miércoles, 31 de diciembre de 2008

Los 10 discos de mi 2008

Hay un himno terrible que involuntariamente me recuerda a mi infancia. Es una canción de uno de los primeros boybands en la historia y cada vez que suena, se adhiere en el inconsciente con la fuerza y simpatía con la que lo hace un chicle a una suela de zapato. Por si fuera poco, está acompañada de un bailecillo que aún se puede ver ejecutado por personas —de escasa dignidad— en bodas y eventos similares. En este año que pronto expirará, creo que por fin entendí a Menudo cuando hacían su súplica misericordiosa, y es que si pudiera definir el año con una sola palabra, definitivamente ésta sería "claridad". Los últimos 365 días fueron un lapso en el que pude apreciar las cosas con una mayor nitidez, casi como un espectador imparcial. No sé si adjudicarle esta percepción a mi edad, al psicoanálisis o a ambas. No hubieron tantos dramas ni tantas sorpresas, más sí muchas decepciones. Pocas fiestas para tantas borracheras. Rescaté varios recuerdos para examinarlos bajo esta nueva lente. De alguna forma este sentimiento se refleja en la lista de los discos que repercutieron más en mi 2008. De hecho, todas las presentes son grabaciones previas, que por lo menos tienen un año de antigüedad. En esta lista no hay fiesta, no hay Hot Chips ni MGMTs —por extraordinarios que sean. Hay reflexión y retrospección. Una mirada al ayer, para tratar de, finalmente, dejarlo ir.

10) Iron & Wine - "The Shepherd's Dog"

Todos sabemos que los grandes cambios no ocurren de la noche a la mañana. Pero de alguna forma, muchos de nosotros así los esperamos. Sam Beam (nombre de pila de Iron & Wine) había prometido un cambio en su música para su nueva producción. Mucho se especuló al respecto, y personas cercanas a él hablaban de una progresión hacia sonidos cercanos del rock setentero. El disco salió en 2007 y con él, volvieron los susurros melancólicos que han caracterizado al cantautor, pero ahora cargados de arreglos elaborados, dando un primer paso lejos del folk acústico. Para concebir un cambio a largo plazo hay que entender los pasos intermedios, los baby steps, y Sam Beam, sin miedo a las presiones mediáticas, los sabe dar con una precisión coreográfica.

9) The Dandy Warhols - "Thirteen Tales From Urban Bohemia"

Una de las más grandes cualidades que tienen los Dandy Warhols es que, a diferencia de los padres, saben crecer con uno. Aceptan el lugar y el momento en el que estás. Su música no envejece, se amolda y permanece vigente, aún cuando utiliza en su grabación recursos de otro momento, como scratches de discos en tornamesas. Thirteen Tales from Urban Bohemia es probablemente el álbum mejor logrado de los Warhols. Editado en 1999, fue una cámara visionaria que predicaría muchos de los sonidos, las imágenes y las historias que viviríamos en la primer década del nuevo siglo.

8) R.E.M. - "Green"

El 2008 fue un año de reencuentros inesperados, tanto con las personas como con la música que jugaron un rol esencial durante mis años universitarios. Íñigo, Karla Renata y Sánchez me han ayudado a recordar quién fui, mientras Green ha estado sonando en el fondo. Es un disco que anunciaba la dirección que tomaría R.E.M. después de dejar el mundo "independiente" y firmar un contrato multimillonario con Warner Brothers. La experimentación sonora, el optimismo irónico y una latente madurez musical son algunas de los características que hacen de Green una obra redonda. Hay veces que los elementos del pasado crecen con uno, adaptándose a las nuevas realidades e incluso pueden llegar a disfrutarse más, que en el momento de su gestación.

7) Band of Horses - "Cease to Begin
"

El fin del verano —cual teen movie gabacha— estuvo cargado de experiencias etílicas compartidas y patrocinadas por un grupo de nuevos y extraordinarios individuos. A mi edad los excesos diarios y sus respectivas intrigas, por más divertidos que sean, tienden a generar un desgaste exponencial. El fin de ese periodo era inminente y cuando llegó, me encontró desilusionado y, como típicamente pasa, con el corazón roto. Encontré refugio en la fraternal amistad que establecí con el Maestro Evelio Rojas y en la música de Band of Horses, un grupo que había visto cambios drásticos en su alineación, pero que han repercutido mínimamente en su esencia. Cease to Begin es un reflejo de que la adversidad puede ser el mejor motor creativo.

6) The National - "Alligator"

Ocurre muy esporádicamente, pero hay veces que un grupo llega a nuestras vidas intempestivamente, con el azote de un huracán, apropiándose de nuestros furores más fanáticos. Cuando descubrí a The National en el programa Subterranean de MTV2, jamás pensé que dos años después se arraigaría tanto en mí el humilde grupo que, durante la transmisión en televisión, le costaba trabajo sostenerle la mirada a su entrevistador. En el caso de The National he ido conociendo su discografía de atrás para adelante, y siempre cuestioné que otro disco pudiera siquiera alcanzar a Boxer. Alligator es casi tan bueno, y después de varias oídas, incluso pensé que era mejor.

5) Feist - "The Reminder"


La voz de Leslie Feist es ambivalente. Tiene el poder de aliviar las heridas más profundas o bien, ser un espectáculo de pirotecnia cuando estás celebrando algo. Es el cable azul y el cable rojo de una bomba, puede estallar o puede sembrar paz. Tiene la capacidad de navegar por melodías reflexivas y juguetonas, tomando ingredientes prestados de Nina Simone, los Kings of Convenience y de sus cuates de Broken Social Scene. En The Reminder, Feist nos invita a sonreír, a llevárnosla leve, a departir y a disfrutar del eterno cachondeo que es, en sí, la condición humana. Cuando tienes delante todas esas subidas y bajadas, lo mejor es levantar los brazos.

4) Tegan & Sara - "The Con"

Una de las personajes que más he admirado en mi vida dijo alguna vez, "no es fácil ser verde". Tegan y Sara Quin son dos hermanas gemelas que saben exactamente a lo que la Rana René se refería con esta frase —porque si alguien ha sido alienado y sabe predicar sobre la tolerancia es la Rana René. En The Con, más que celebrar sus diferencias y preferencias sexuales con el resto de la sociedad, Tegan, Sara y sus diminutos cuerpos la enfrentan con furia, relevándose con maestría sin concederle ninguna oportunidad a sus rivales. Las canciones son certeras y contundentes, sin dejar atrás ese encanto y sensibilidad tan particulares que han desarrollado hasta ahora.

3) Wolf Parade - "Apologies to the Queen Mary"


Es probable que no seamos conscientes hasta donde puede llegar la banda de Montreal, Wolf Parade. Su potencial es realmente abrumador. Los coequiperos en la dirección del grupo, Spencer Krug y Dan Boeckner manejan una técnica de composición similar a la de Lennon y McCarney, en la que uno lleva la batuta de sus piezas y el otro la acentúa. Su primer disco, Apologies to the Queen Mary, tiene un trabajo meticuloso en su producción, que logra un balance casi perfecto de ambas personalidades. Mientras Boekner es prototípicamente "rockero", Krug tiende a experimentar con progresiones y sonidos ambientales. Wolf Parade nos demuestran que la diplomacia puede lograr grandes cosas. La única pregunta es: ¿cuánto durará?

2) Death Cab for Cutie -"Plans"


Entre Transatlanticism y Plans hay dos años de diferencia. Dos años que le permitieron a Death Cab for Cutie hacerse un poco más viejos y un poco más ricos. Plans es un muy bonito ejemplo de cómo emigrar hacia una disquera transnacional y no prostituirse en el camino. Es indiscutible la libertad creativa que tuvieron para hacerlo. El guitarrista Chris Walla siguió a cargo de la producción, como lo había hecho en las últimas entregas del grupo, administrando con maestría la nueva cubetada de recursos. Es un disco donde no sólo resalta el trabajo de estudio, Ben Gibbard sigue trabajando en los contenidos, con letras más ambiciosas que construyen relatos sencillos y sólidos. Plans es un disco que te hace recordar, aunque no quieras, al ser que sigues amando y que ya no te contesta los mails que aún le mandas.

1) The National - "Boxer"

Tanto que decir y tan poco tiempo para hacerlo. La barítona voz de Matt Berninger retumba en lo más profundo de las emociones, encontrando la belleza en las cosas más mundanas. El duelo de guitarras desoladoras entre los hermanos Dessner lleva las melodías, libres de protagonismos. Un par de hermanos más, los Devendorf escondidos en el escenario —uno detrás de la bateria y el otro viendo uno de los costados del escenario con un bajo colgando de su hombro—, son los ingenieros detrás de la grandeza de cada canción. Es el disco que más escuché, el que más me pegó, el que más me ayudó y el que más me curó. Es un disco que suena a un grupo de amigos que renunciaron a sus trabajos y que no podrían estar haciendo otra cosa. Que creen en las causas, pero que no se toman demasiado en serio la vida. El 2008 no fue el mejor de los años, de hecho fue uno muy ríspido y accidentado. De no haber sido por Boxer, tal vez lo lamentaría.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Nombre es destino

A lo largo y ancho de la cultura popular hay un nombre propio que es, probablemente, de los más influyentes de entre todos sus colegas denominadores. Tiene tan sólo cuatro letras, pero cada vez que se pronuncia está cargado de un cierto brío y respeto implícito. Hacer un poco de memoria es suficiente para encontrar a un "Jack" célebre (vivo o muerto, real o ficticio) en prácticamente todas las disciplinas. En el cine Jack Nicholson, Jack Rollins (el productor de cabecera de Woody Allen), Jack Warner (fundador de la Warner Brothers) y Jack Skellington (entrañable personaje de Burton); en la música Jack White y Jack Johnson (que no me da pena reconocer que me cae bien y me gusta lo que hace); en la literatura Jack Kerouac y Jack London; en el arte contemporáneo Jackson Pollock; asesinos famosos como Jack The Ripper y Jack Kevorkian (el padrino de las muertes asistidas); en los deportes Jack Sikma (que ayudó a mis desaparecidos Supersonics a conseguir su único título en el '79); en la televisión Jack Bauer, Samurai Jack y Jack Handey (autor de los Deep Thoughts en Saturday Night Live); y hasta en los licores Jack Daniel.

Sin embargo, a pesar de su nombre y de una carrera de gran éxito, hay un Jack que no suele recibir muchos elogios. Su nombre no es sinónimo de grandeza ni de vanguardia, sino más bien se asocia a lo burdo y lo insustancial. Incluso, hubo un momento en el que dudé si debía o no dedicarle toda una entrada en este blog, y es que de pura casualidad y por diferentes motivos, en las últimas semanas he encontrado algo muy agradable en el trabajo de Jack Black.

Hace un poco más de un mes fui con un grupo de amigos a ver Be Kind Rewind de Michel Gondry, una película que, por un lado, hace un homenaje al cine meramente de entretenimiento, y por otro, critica la sobreprotección y explotación de los derechos de autor. Al salir de la sala, los cuatro estábamos divididos en partes iguales sobre el veredicto: a Lucía y Mema les había parecido "equis" —que no me extrañó en lo más mínimo, ya que ambos se jactan de ser críticos implacables—, mientras que a Evelio y a mí nos había gustado mucho. Definitivamente, una de las particularidades que más disfruté de la cinta, además de la precisa dirección de Gondry, fue la mancuerna que forman los protagonistas. En el mundo del Hip-Hop, la autoridad de Mos Def es indiscutible. Es uno de los artistas más sólidos e innovadores en el género. En Be Kind Rewind logra una actuación notable, y mucho se debe a la química que tiene en pantalla con su coestelar, Jack Black, que a su vez se desenvuelve como un actor experimentado, sin perder su bufona personalidad, misma que le ha dado de comer bastante bien en los últimos años.

En el 2004 Noah Baumbach escribió junto con Wes Anderson The Life Aquatic with Steve Zissou y el siguiente año dirigió y escribió The Squid and the Whale. Ambas películas tienen guiones y tonos muy diferentes, pero comparten un cierto toque agridulce que las hace igual de entrañables. Hace un par de semanas, navegando por el IMDB (Internet Movie Data Base), encontré que después de Squid & The Whale, Baumbach había hecho otra película y, coincidentemente, la miré de reojo en el muro de "estrenos" durante mi última visita al Blockbuster. Siendo entusiasta de sus entregas anteriores, no lo pensé dos veces y salí corriendo a rentar Margot at the Wedding. Es una película difícil —sin contar que la vi al mediodía y que las cortinas de manta de mi departamento permiten que la luz entre con libertad, provocando un reflejo insoportable en la superficie de la televisión—, con diálogos inconexos y secuencias que entran de golpe sin un establecimiento previo. Pero la pura presencia de Nicole Kidman (con su felino e inexpresivo rostro después de varias sesiones de botox) en el rol principal, hizo mi experiencia completamente agotadora. La odio. No sé qué fue de esa criatura celestial, de rizada cabellera bermellón, que dominaba la pantalla en Dead Calm (1988). Hoy en día, Kidman tiene que ser una de las actrices más sobrevaloradas de la industria. En cambio, la pequeña participación que tiene Jack Black en la película es conmovedora y genuina. Hay una escena en particular que me sorprendió mucho, donde su personaje tiene que llorar en un arranque histérico, suplicando a su pareja (Jennifer Jason Leigh) por una segunda oportunidad.

Haciendo un recorrido por el resto de su filmografía desde School of Rock, hasta Kung Fu Panda, pasando por Nacho Libre y su proyecto de chiste-rock, Tenacious D —con quien ha grabado cuatro discos y sí, son bastante chistosos— probablemente Jack Black nunca gane un Oscar, ni reciba mayor distinción. Pero finalmente es un tipo creativo, naturalmente bonachón, con buen tino para elegir guiones. Su trabajo puede no gustar, pero nunca decepciona. Jack Black nos recuerda que la grandeza no necesariamente se obtiene por un legado de obras extraordinarias, por romper paradigmas o violentar convenciones. La grandeza se puede lograr haciendo bien lo que te gusta, sin importar que a los demás no.

domingo, 23 de noviembre de 2008

El regalo perfecto

Es imposible caminar por la ciudad a mediados de octubre sin ver cómo empiezan a erguirse las escandalosas estructuras que formarán los escaparates navideños de los centros comerciales. La competencia por atraer consumidores es casi tan grande como su despliegue de parafernalia: toboganes para deslizarse por nieve real, pistas de patinaje en hielo, enormes árboles amorfos y animatronics que hacen ver a los de Showbiz Pizza como auténticas obras de inteligencia artificial. En fin, siguiendo con la tradición de estos lugares que cada año estiran más las fiestas decembrinas, me gustaría hacer una recomendación a todos aquellos que les gusta planear con anticipación sus regalos para esta temporada.

"Regale afecto, no lo compre" decía una campaña publicitaria del Instituto Nacional del Consumidor cuando yo era niño. Un slogan que no me hacía el más mínimo sentido, especialmente cuando era pautado simultáneamente con las últimas novedades en juguetes anunciadas por Chabelo. Pero en esta época de recesiones financieras, economías contracturadas y tipos de cambio volátiles, ese consejo cobra un nuevo significado. La navidad no es una fecha muy significativa para mí, pero si llegara mi hermana (o cualquier ser querido económicamente activo para el caso) el 24 de diciembre, me estrechara entre sus brazos y me diera un beso en la mejilla diciendo algo como, —¡Feliz navidad, hermano! Este abrazo es tu regalo, ¡Muchas felicidades!— la (lo) quitaría de encima, me levantaría ofendido y le dejaría de hablar hasta el siguiente año nuevo. Por eso, el chiste está en cómo expresamos nuestro afecto.

Es muy difícil quedar mal, sin importar la ocasión, cuando se regala música (a menos que el presente en cuestión sean los grandes éxitos de Laura Pausini o el "unplugged" de Mijares). Pero aún es más difícil quedar mal cuando se regala una compilación, hecha a mano, de la música que pensamos que le puede gustar a la persona sujeta al obsequio. En el clásico del confesionario masculino, "High Fidelity" de Nick Hornby, Rob, el personaje principal, dice que hacer un mix-tape, es como escribir una carta, porque hay mucho borrar, volver a empezar y pensamiento involucrado. Estoy de acuerdo, grabar un cassette era una auténtica ciencia, sobretodo para que cupieran todos las pistas en cada uno de los lados y no se cortaran a la mitad. Yo en particular medía la duración de cada canción e incluso calculaba el tiempo que debía haber entre una y otra. Gracias a los CDs y más recientemente al iTunes, hacer una compilación para alguien es mucho más fácil.

La última vez que regalé una antología casera fue hace dos años a mi sobrina Lucía. Mi lógica era muy sencilla: ¿qué se le regala a un recién nacido que, la verdad, lo tiene todo? ¿Un juguete, un peluche, el típico mameluco o chambrita? El resto de sus familiares, padrinos y similares se encargarían de eso. Así que le quemé un disco con la música que yo escuchaba cuando era niño y la que le pondría a mis hijos, si los tuviera. La selección recorría desde a los Muppets, pasando por Plaza Sésamo cantando a los Beatles, Bugs Bunny y los Looney Tunes, hasta cosas actuales que me dio mucho gusto descubrir; como la canción que hacen los Shins para el disco de Bob Esponja o la de Frank Black en el soundtrack de la Powerpuff Girls.

El criterio, por lo tanto, para elegir las piezas que integrarán el regalo, debe de ser un equilibrio entre lo que a nosotros nos gusta, con lo que esperamos le guste a la otra persona. Un balance entre el egoísmo y la empatía. Algo parecido a lo que hace (o debería hacer) un DJ cuando está poniendo música en un lugar. Es la confrontación de lo que a él le gustaría escuchar con lo que la gente espera escuchar. Un buen pinchadiscos debe tener la sensibilidad para percibir la forma en la que su audiencia está reaccionando a su selección. Tiene que percatarse del estado de ánimo colectivo y saber cuándo es un buen momento para ponerles algo que sea inusual. De esa misma forma se hace el mix-tape perfecto. Uno se tiene que anticipar a la reacción que probablemente está provocando un corte en particular y a dónde se quiere llevar al escucha con el siguiente. La experiencia se construye con cada track que se incorpora a la lista.

Existen softwares y páginas en Internet programadas para hacer recomendaciones musicales, dependiendo de los gustos de cada persona y, por ende, listas de reproducción. Last FM y Pandora son un par de buenos sitios que hacen su sugerencia basándose en las similitudes de la canción que se usó como referencia. El caso de Pandora es en especial interesante porque no sólo se basa en el género y grupos que pertenecen a una misma corriente, sino que analiza la estructura misma de la canción y sus arreglos, para hacer una propuesta. El Genius, la nueva función de iTunes hace, tal cual, listas de canciones "que van bien juntas" tomando en cuenta los gustos (y comportamiento comercial) de sus millones de usuarios alrededor del mundo, con resultados muy contundentes. Las opciones autómatas son divertidas y útiles, como cuando quieres que la música se ponga sola en una fiesta, sin embargo como regalo acaban siendo más frías que la temperatura que, por las mañanas, azota la ciudad.

Al final del día, hacer un buen mix para alguien depende justamente de ese factor: quién lo va a recibir. Por supuesto, antes que nada, se debe poner especial atención en las letras, por aquello de los mensajes erróneos ("The One I Love" de R.E.M. tiene que ser una de las piezas más malinterpretadas de la historia). Sólo hay que repasar las canciones que nos recuerdan y que asociamos con esa persona, dejarnos llevar por los estados de ánimo que surgen espontáneamente y escoger cuál es la pieza que, de manera natural, acompañaría a la anterior. Todo bajo un orden lógico (raras veces The Velvet Underground va bien después de Lionel Richie). Aunque pensándolo bien, lo más difícil de hacer una de estas compilaciones no es en sí el proceso de hacerla, sino el volverla a escuchar después de que terminó la historia con la persona a la que se la regalaste.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Martes negro

Al tratar de acercarme a Virreyes, lo único que se alcanzaba a escuchar era el chasquido que emite el iPod cuando las canciones pasan de arriba a abajo por la pantalla. Buscaba una ruta alterna a la interminable y estática fila de coches que se había formado en "el bosque", mientras Ana hacía lo propio, esperando encontrar una canción en el aparato. Media hora después, cuando por fin desembocamos en la avenida, nos topamos con otra fila más larga y más congestionada.

—Carlos tiene mejor iPod que tú— dijo mi acompañante, refiriéndose a mi colección de música.

Voltee a verla con reproche.

— ¿Te dolió, verdad? Quise que te doliera. ¡Ash! No tienes la que quiero de los Kooks— remató y en ese momento empezó a sonar "Shut Up and Let me Go" de los Ting Tings.

Pasaron otros quince minutos más y habíamos avanzado, cuando mucho, cinco metros. Me aflojé el nudo de la corbata y abrí el primer botón de mi camisa. Unos días antes me había pasado lo mismo en esa parte de las Lomas y es que últimamente, cualquier recorrido en esta ciudad toma al menos una hora, sin importar la ubicación geográfica del destino.

—¿Por qué no mejor escuchamos el radio? Por lo menos para saber cómo va Obama— sugerí.

—¿Ya estarán dando resultados?— me preguntó Ana.

—Supongo— dije al mismo tiempo que sintonizaba W Radio, la estación que se escucha con mayor claridad en mi coche.

Al aire estaba un reportero terminando de dar una nota sobre una avioneta que se había desplomado cerca de Reforma. Después, los dos locutores, un hombre y una mujer, claramente alterados por la noticia, especulaban sobre la posibilidad de que el Secretario de Gobernación podía haber estado en ese vuelo.

—¿Se mató Mouriño?— preguntó Ana inquieta—Oye, eso es súper cerca de aquí. ¡Qué horror! Es el vicepresidente.

Ambos sacamos nuestros celulares. Seguimos escuchando. Hablamos con nuestros familiares y amigos, tratando de encontrar una forma de salir del perenne embotellamiento, mientras surgían los detalles que hoy todos conocemos. Para este momento nuestra preocupación era más que evidente, no sólo por estar a unas cuantas cuadras del epicentro, sino porque nos estábamos quedando sin gasolina. El plan era volver por donde veníamos para tratar de ir hacia Santa Fe y esperar ahí, pero como cuando se destapa una tubería, el carril que conducía hacia Periférico Sur empezó a fluir milagrosamente. En cuestión de minutos llegamos a una gasolinera donde cargamos combustible y un respiro de tranquilidad. Desde ese punto le marqué a Evelio para saber cómo estaba transcurriendo el evento al que originalmente nos dirigíamos, la celebración de la Embajada de Estados Unidos por sus elecciones. Supusimos que todos los invitados ya estarían al tanto de la tragedia área, sin embargo la sorpresa de mi amigo, a cargo de la organización de la gala, me reveló lo contrario.

Ana y yo decidimos intentarlo una vez más, pero para el segundo asalto nos enfrentamos a una ciudad con calles desiertas, como pocas veces uno puede verlas. En cuestión de minutos ya estábamos en el hotel de Polanco, donde se vivía una realidad completamente diferente. Llegar al fin, en esas condiciones, se sentía como todo un triunfo, casi como el que se celebraba al cruzar los detectores de armas y la revisión por parte de la seguridad del embajador. Al interior del salón en el séptimo piso del Camino Real, nos recibieron Evelio, con esa calidez que lo caracteriza, y unas enormes pantallas que transmitían las señales de las diferentes cadenas de televisión gringas, todas anunciando los 200 y pico votos electorales que acercaban a Barack Obama a la presidencia.

—Quiero uno de ésos— demandó Ana, refiriéndose a unos sombreros con franjas y estrellas de brillantina que traían algunos invitados.

—Ven, vamos a conseguirte uno— dije y, poco a poco, Ana y yo nos dejamos envolver por la festividad. Llegaron el resto de nuestros amigos. Bebimos demasiado como solemos hacer y nos reímos demasiado, como también solemos hacer. Acosamos a los meseros para que nos trajeran de los platos típicos (hamburguesas y hot dogs) que se estaban sirviendo. Seguimos en su júbilo al minoritario grupo, rodeado de republicanos, que aplaudió cuando Obama ganó Virginia y minutos después, cuando CNN lo declaraba vencedor de la contienda electoral. Pero cada vez que salíamos a la terraza a fumar, los helicópteros que sobrevolaban las Lomas nos restregaban nuestra realidad, una muy diferente a la que se proyectaba en las pantallas. La realidad de un posible atentado, de las pérdidas cándidas, de un país infiltrado en lo más íntimo de sus estructuras y de la impotencia convertida en rutina.

Hubo un momento en el que nuestra desvergonzada fiesta se vio interrumpida por una pequeña ovación, y es que Obama estaba por dar su primer discurso como presidente electo. Es innegable la forma en la que el hombre fungió como estandarte de fe, no sólo para un país, sino para el mundo. Apoyar a Obama era estar a favor de un cambio en el modelo económico, que durante la era de Bush, estaba centrado en el armamentismo y la guerra. Como ciudadanos del mundo estábamos obligados a apoyarlo.

Fue una noche de contrastes. Una noche con mucho que lamentar y otro tanto que celebrar.



domingo, 26 de octubre de 2008

Crónica del desconcierto

Entre la represión priísta, el miedo a los disturbios y saldos rojos o simplemente la falta de cultura, por años México fue ignorado como escala en las giras de los grupos alrededor del mundo. Con rarísimas y enigmáticas visitas de The Police, Queen, The Doors, Rod Stewart y Bon Jovi en un lapso de veinte años, los conciertos no eran más que una idea utópica. A partir de 1991 cuando se adaptó el Palacio de los Deportes como arena de espectáculos, en ese histórico show de INXS, las presentaciones en vivo se vieron con más frecuentes, aunque nunca con actos en el punto más alto de sus carreras, salvo tal vez los casos de Guns N' Roses, U2 y Metallica.

Antes de emoción o arrebato, la reacción predominante del público mexicano es siempre de sorpresa, cada vez que se anuncia el concierto de algún artista o se publica el cartel de un festival, aun cuando México, Guadalajara y Monterrey son ya sedes importantes para este tipo de espectáculos. Los promotores descubrieron el negociazo que es traer a un grupo, pero nosotros todavía no estamos acostumbrados a recibirlos en nuestro país. Esa sorpresa, junto con todos esos años de tenernos hambrientos como a los leones en el circo romano, redituaron en un júbilo furioso que se manifiesta en cada presentación. Para la última fecha de Pearl Jam en la capital, de esa legendaria primera visita en 2003, cuando ya habían tocado por más de tres horas y que después de que se encendieran las luces del lugar para que la gente lo desalojara, Eddie Vedder y compañía salieron nuevamente al escenario para interpretar Yellow Ledbetter, sorprendidos por la reacción del público, que forzaba sus límites de entrega.

El sábado pasado, durante el Motorokr, Wayne Coyne de los Flaming Lips compartió con los miles de individuos que tenía frente a él, que en repetidas ocasiones sus colegas le habían preguntado que, ¿por qué no habían tocado nunca en México, si era uno de los mejores públicos del mundo? A lo que él respondía: "Ni siquiera sabía que nos querían aquí". Pensar en juntar a los Flaming Lips en un mismo cartel con grupos consolidados como Nine Inch Nails y la reunión de Stone Temple Pilots hubiera sido impensable hace diez años, pero que además lo hicieran con MGMT y The Kooks que están en boga y apenas tienen uno y dos discos respectivamente, es un auténtico logro en este país. Ese sábado me sorprendí como hace mucho tiempo no me ocurría.

Después de consultar los horarios para el festival, como suelo hacer con prácticamente todo, organicé un itinerario de lo que quería ver: llegar para los Kooks, esperar en ese escenario a los Flaming Lips, salir corriendo a ver a MGMT y volver a correr a ver a Stone Temple Pilots, ver un par de canciones de Nine Inch Nails y regresar a mi casa o tratar de conectar una fiesta, si el cansancio me lo permitía. Justo antes de salir para el festival, mientras esperaba a que mi amiga Ana llegara a mi casa para irnos en metro, recibí mi primera sorpresa, un mensaje de facebook de Celeste diciéndome que estaba muy enojada con nuestra situación. Lo que había pasado es que yo acordé con ella hacerme a un lado, dada la vertiginosa rapidez con la que me estaba clavando, siendo que su posición era el exacto punto opuesto. Ella deseaba que fuéramos sólo amigos o "mejores amigos" de ser posible. Quise así explicarle lo mucho que detesto (y lo doloroso que es) establecer este tipo de relaciones con las mujeres que me gustan, por lo que pedí que entendiera que no iba a poder estar tan cerca como lo había estado en los últimos dos meses y pico. Celeste estuvo de acuerdo y ahora estaba enojada, así que contesté a su inesperado mensaje ofreciéndole dejar atrás el posmodernismo con el que habíamos manejado las cosas (todo fue vía messenger y facebook) y vernos en vivo al día siguiente. Habiendo picado el botón de send a mi mensaje, bajé a encontrarme con Ana y a emprender el recorrido hacia el Autódromo.

Ya ahí, disfruté el concierto como lo hago con todos los conciertos a los que voy: bailo, brinco, cargo a alguna chica que mida menos del metro sesenta en mis hombros para que pueda ver y tomo cerveza como Homero Simpson. También, pude apreciar que los Kooks no van a llegar a ningún lado, pero son divertidos (además de que fue el único set que vi completo con Ana, que sí es fan). Los Flaming Lips no sonaron nada bien, pero me conmovieron muchísimo; el Foro Sol cantó una versión muy emotiva de "Yoshimi" con sólo un pianito, tipo el de Schroeder de Peanuts, de acompañamiento. MGMT lo vi muy lejos, pero sobretodo, estaba demasiado distraído tratando de enlazar inútilmente mi celular, con el de alguno de los muchos conocidos que también estaban ahí. Después, llegué a la segunda canción de los Stone Temple Pilots y no puedo negar que toda esa nostalgia noventera fluyó por mis venas junto con el alcohol de las ocho cervezas que me había tomado. Bailé más, brinqué más y por fortuna, no tuve que cargar a nadie porque ya estaba con amigos en las gradas. Todo estaba saliendo conforme a mi plan, hasta que salió Nine Inch Nails. A diferencia de lo que había programado, no me pude ir a la segunda canción.

Si Stone Temple Pilots dan un gran concierto de rock, entonces Nine Inch Nails es una pieza de arte. Antes que cualquier otra cosa, quiero reiterar mi escepticismo con respecto a la música de Trent Reznor, que nunca me ha tocado lo suficiente o tal vez, nunca he estado lo suficientemente enojado con el mundo. Sin embargo, su show en vivo es una experiencia sublime en todos los sentidos de la palabra. Es un espectáculo que vale el precio del boleto y hasta sale barato. Es un despliegue de tecnología atada estrechamente con una dirección de arte vanguardista y estética. Todo esto sucede gracias a tres pantallas de leads sensibles al tacto, que proyectan un collage de imágenes cuya capacidad de impactar, conmover y sorprender van in crescendo conforme avanza el setlist. Cada canción está ligada a un mini performance visual de lo más sofisticado, casi hipnótico, dejando a la música en un segundo plano (para los que no somos fans) y seguramente en un total cúmulo de sensaciones catárticas para los que sí.

Unos días antes del concierto, en una reunión, Celeste nos puso un video de Youtube donde aparece Tom Cruise hablando de la cientología, con una determinación y fanatismo que más que ser simpáticos, acaban dando mucho miedo. Es terrible ver cómo perdió su voluntad y se dejó atrapar en una maraña de ideas incoherentes, que ahora, defiende como si fueran la verdad más absoluta. En el caso de mi experiencia con Nine Inch Nails, no me importó abandonar mis convicciones y dejarme convertir por Reznor, junto con varios cientos que inicialmente no teníamos planeado estar ahí (entre ellos Ana, con quien había acordado el itinerario y a quien le escribí un mensaje diciendo: "Espero que no te hayas ido") y sin embargo, para nuestra sorpresa, terminamos viendo algo sencillamente hermoso. Lo que definitivamente extrañé fue no poder estar con Celeste para compartirlo con ella, le hubiera encantado, pero de todas formas lo disfruté con la ilusión de verla al día siguiente, con una esperanza ingenua de volver a ser sorprendido.

domingo, 12 de octubre de 2008

Al maestro con cariño

Parece que desde su salida de las salas, el Caballero de la Noche se llevó con él las buenas opciones para ir al cine, dejando una cartelera seca y extraña. Van y vienen comedias de los actores que algún publirelacionista vivaracho y chafa se atrevió a apodar como the Frat Pack, que incluye a Ben Stiller, Jack Black, Will Ferrell, Luke Wilson y Steve Carell. Todas fracasos totales, exhibiéndose, si bien les va, sólo un par de semanas. Por otro lado, hay varias películas mexicanas y las típicas de terror, que generalmente evito por ser muy aprehensivo y sufrir de pesadillas en las noches. De hecho hay películas mexicanas como Divina Confusión y Kada Kien su Karma (así la escriben), que me dan más miedo ver, que las propias de horror.

Ante la falta de alternativas, hace unos días fui con mi amiga Leticia a ver Charlie Bartlett, una película muy rara y pretenciosa que sólo estuvo una semana en el cine. Entramos porque salía Robert Downy Jr., sin embargo el protagonista era Anton Yelchin, un chamaquito infumable al que quieres que le vaya mal durante todo el desarrollo de la trama. Es sobreactuado, cursi y tiene una vocecita que provoca el mismo efecto que te hagan un piercing en el cerebelo. En sí la película trata de un estudiante rico y edípico, que es tan avispado y carismático, que no tiene ni un sólo amigo y lo expulsan de todas las escuelas privadas. Es así como llega a una institución pública, con todos los clichés que eso conlleva: las porristas, los bullies, los nerds y los desadaptados suicidas. Como es de esperarse, el nuevo chico pijo es detestado por sus compañeros (y el espectador de paso) por venir de una escuela más fresa. Es ahí cuando decide empezar a venderle a los demás estudiantes los antidepresivos que a él le recetan, con la esperanza de caerles mejor. Nadie hace amigos como Prozac y Charlie se convierte rápidamente en el más popular de la escuela, ofreciendo no sólo medicamentos controlados, sino psicoterapia dentro de los cubículos del baño de hombres. Robert Downey Jr. interpreta al director de la escuela, el maestro incansable de historia venido a menos por la aplanadora burocrática de sueños que representa su puesto actual. Es el encargado de encausar a Charlie por el buen camino, aunque su alcoholismo y arranque de celos (el muchacho se anda tirando a su hija) obstaculizan su misión.

La educación es un tema sensible y por años Hollywood a hecho homenaje a la noble profesión de enseñar con cintas como To Sir With Love (1967), Dead Poets Society (1989), Rushmore(1998), Finding Forrester (2000) y hasta el Karate Kid (1984). Lo que trata de hacer Charlie Bartlett (claramente sin éxito) es enseñarnos otro ángulo, uno más egoísta y visceral pero que no convence a nadie. En su lugar, la producción debió darse una vuelta por nuestro bonito país, inspirarse en una de las muchas manifestaciones que organiza el Sindicato de Maestros y contar la historia a Doña Elba Esther. ¿Qué más egoísta y visceral quieren? En comparación, el personaje de Robert Downey Jr. es tierno y soso.

De alguna forma, todos hemos tenido maestros que han cambiado el curso de nuestras vidas. Los que lo logran son los que tienen la capacidad de sortear nuestras barreras de rebeldía y autoritarismo; los que cuando dan clases le tiran a ganarse nuestra confianza y hasta amistad. Pero la condición básica para enseñar es el respeto y es que es imposible aprender de alguien, a quien al final del día, sólo quieres hacerle la vida imposible. En alguna ocasión mi maestra de biología en secundaria le pidió ayuda al profesor de química para controlarnos. El maestro, que era de Gales, entró al salón con con una regla de madera, pasando completamente desapercibido por los 22 estudiantes que se escuchaban como la Central de Abastos en viernes de quincena. En ese momento el británico estrelló la regla en una de las mesas del laboratorio, generando tal estruendo, que provocó un silencio abrumador en el cuarto. La atención del grupo era suya. Tomó su regla, se la entregó a la maestra de biología y salió. El rostro de ella se parecía al de los primeros hombres después de descubrir la rueda. Trató de seguir con su clase, al tiempo que nosotros seguimos nuestro desmadre, pero ahora no estaba sola, tenía un poderoso instrumento de control. La mujer se paró en el centro de su pequeño estrado, apuntó con precisión el metro de madera y lo dejó caer con toda su fuerza sobre la mesa frente a ella. Con dificultad se alcanzó a escuchar un flaco "clac", lo que provocó un escaso segundo de silencio en el salón, seguido de la más pura hilaridad. Las cínicas carcajadas obligaron a la maestra a tomar sus cosas y salir con la cabeza agachada.

Ahora que lo veo en retrospectiva, me siento mal por la mujer quien parecía haberse puesto el reto profesional de dejar sus clases en "maternal", para darlas en un aula llena de pubertos de catorce años. Sin embargo, también me emociona recordar a los que definitivamente moldearon mis percepciones: Lourdes (español), que me provocó mi primer desamor en primaria; Mr. Mac (literatura) que me enseñó a leer y a escribir de verdad; Mayahuel (filosofía) que me puso "10" por el resto del semestre después una plática de pasillo; Íñigo (historia) que me hizo testigo en su boda; Alejo (políticas públicas) que me hizo ambientalista; Julián (comercio internacional) que me metió a la economía y luego me ayudó a dejarla y Manuel (creación literaria) quién me enseñó a mostrar y no a demostrar. Espero que conforme pase el tiempo, la cartelera de cine mejore y esta lista se haga más grande.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Pláticas de sobrefiesta

No habían pasado ni treinta segundos desde que el mesero trajo la quesadilla de Celeste y las órdenes de bisteck a nuestra mesa, cuando el ritual de preparación del taco de media noche fue abruptamente interrumpido por un comentario proveniente de la mesa de junto.

―No mames güey, el otro día estuve con unas gringas, delis, delis― escuchamos decir a un tipo.

―Mhhhmmm― le contestó su amigo, ignorándolo por completo.

Celeste, masticando su primer bocado, volteó a verme tratando de dirigir mi atención a la conversación, aunque era imposible evadirla. Le sonreí con complicidad y nuevamente tomé la cuchara con salsa para verterla sobre la carne, que cada vez humeaba menos. Sin decir nada acordamos no hablar entre nosotros y acompañarnos del imprudente soliloquio.

― Es que las gringas son otro pedo. Estaba en el evento de la semana pasada, ¿no? Bueno pues en eso, pues que me encuentro con unas gringas súper delis todas. Y pues les enseño mi acreditación y pues ya, güey. Me agarré a una para que me chupara el pipí ― dijo el desinhibido comensal.

Celeste y yo encontramos una vez más nuestras miradas, tan incrédulos como alarmados por lo que acabábamos de escuchar. No era lo que estaba diciendo, sino cómo lo estaba diciendo. "Chupar el pipí" tiene que ser una de las peores frases para describir el sexo oral en la historia. Es como se lo diría alguien a su mamá, si le tuviera mucha confianza como para hablar con ella de esas cosas: "Mamá, conocí a Fulanita, me chupó el pipí. Súper deli."

Aunque yo estaba algo entretenido con la situación, traté de interpretar la expresión de mi acompañante, que oscilaba entre la sorpresa y la incomodidad, para saber si quería que hiciera algo al respecto. Ambos seguimos escuchando, dejándonos llevar por el surrealismo de la escena. En ese momento entraron al local lo que Celeste describiría como unas "moderniquis": tres mujeres entre los veinticinco y treinta años, vestidas con pantalones de tubo, tacones, playeras con imaginería ochentera y cortes de pelo asimétricos.

―¡Sof! ¿Qué onda güey?― gritó el tipo a la última del trío, la única güera, quien a su vez hizo una seña a sus amigas de "espérenme tantito, voy a saludar y las alcanzo". Las otras dos moderniquis entraron al sitio con cara de fuchi, mientras que su compañera se dirigió hacia la mesa detrás de nosotros. Sin poder pecar de absoluta indiscreción, Celeste y yo mantuvimos firmes nuestras posiciones, sólo escuchando.

―¿Qué pedo, Sof? Siéntate, trae a tus amigas. ¿Qué onda, a dónde se fueron? Quédate tú. Qué chingón verte. Déjanos invitarte algo― siguió incisivamente el único que hablaba de los dos―. No mames güey, ¿a qué no sabes de dónde vengo?

―No, pues ni idea― respondió Sof, la moderniqui rubia.

Burning, fucking, Man, güey. Fucking crazy.

―Qué chingón, ¿dónde fue o qué? Osea, a mí nadie me invitó.

―¿Cómo?― preguntó confundido por un instante el tipo ―. No güey, fue en Vegas, fucking Las Vegas, baby. Burning Man, búscalo en Google, mañana. You, Google, tomorrow, fucking Burning Man Festival.

Celeste, que no disfraza sus emociones ni un segundo, empezaba a impacientarse con cada incoherencia que decía el hombre, al mismo tiempo que nuestros tacos se hacían menos apetecibles. La plática continuó por varios minutos hasta que la moderniqui recordó que sus amigas la esperaban y apresurada se despidió del emocionado personaje, que seguía pidiéndole que buscara el festival de Burning Man en Google.

Cuando por fin terminamos, el mesero se acercó a preguntarnos si queríamos algo más, y al unísono, Celeste y yo pedimos la cuenta. Con el movimiento aproveché para ver de reojo a los protagonistas de nuestra cena. Tenían más de cuarenta años. Camisas abiertas hasta medio torso, cadenas de oro, pantalones Dockers y mantenían el mismo look que seguramente usaban en 1983, cuando al ritmo de Take on me, aterrorizaban las "discotecas" de México y Acapulco.

―Güey la Sof, güey― remató a grito pelado el que no había hablado en toda la noche, mientras yo firmaba el baucher de la tarjeta lo más rápido posible―. ¿Está deli no? Puta, seguro chupa el pipí súper rico.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Exhaltando el nacionalismo

Hay cosas que llegan a nuestras vidas a través de un accidente o una simple casualidad y otras que van abriéndose brecha, con una persistencia admirable. Ambas pueden ser igual de relevantes. Ambas pueden tener el mismo impacto y lograr el mismo nivel de consolidación. La única diferencia entre ambas formas es el tiempo que tardan en hacerlo. Mi gusto por el grupo de Cincinnati, hoy reubicado acertadamente en Brooklyn, The National es un claro ejemplo del segundo caso.

Hace no tanto tiempo como me gustaría pensar, cuando aún vivía con mis papás, gozaba de ciertas comodidades que hoy han quedado sepultadas debajo de varios recibos de pagos de servicios y rentas. Una de las más memorables era mi Dish Network, una especie de Sky gabacho, que me permitía ver toda la televisión que pudiera imaginar, a un precio relativamente bajo y sin infringir ninguna ley. Esto último porque la empresa no existía ni operaba propiamente en México y por lo tanto, piratear su señal quedaba amparada en una especie de limbo legal que la exentaba de ser un delito. En esa época me gustaba sentarme a escribir en mi computadora, al igual que lo estoy haciendo ahora, pero con el canal MTV2 de música de fondo. Las madrugadas de los domingos eran particularmente buenas porque repetían Subterranean, el programa que sustituyó al desaparecido 120 minutes y en el que se mostraba una selección de lo mejorcito de la música alternativa, indie o como se le llamara en su momento. Hace dos años, la noche del 21 de agosto para ser exactos (esta precisión es cortesía de los fans que publican las listas de videos que salían en el programa, domingo a domingo) fue cuando escuché por primera vez a The National. Eran los invitados de dicho programa y la verdad es que ni pelé la entrevista que les hicieron, pero captaron mi atención cuando presentaron su video "Abel"; una claustrofóbica presentación del grupo y aunque sencilla, era bastante emocionante. En ese momento pensé que eran un grupillo más de la oleada de los prefijos "the" y que no pasarían de ahí.

La verdad es que no me equivoqué del todo, porque el grupo desapareció un tiempo considerable, no volvió a ser programado en MTV2, ni en la radio, ni tampoco se hablaba de ellos en revistas o publicaciones masivas. No supe nada de ellos hasta el 6 de noviembre del siguiente año (ahora la exactitud es cortesía de Gmail), cuando la niña con la que salía me mandó ese día tres canciones por correo electrónico del nuevo disco de un grupo "que me iba a encantar y que tenía que oír". Agradecí mucho tanto el gesto, como el regalo, pero nuevamente no puse mucha atención. Obviamente se trataba de The National y lo que había pasado con ellos durante este tiempo, es que se habían enclaustrado para a escribir uno de los mejores discos de 2007 y sin duda, el que más veces he escuchado en lo que va del año, Boxer, aunque yo no lo hice hasta después del concierto que dieron en México.

La noche del 29 de marzo de este año (fecha confirmada por last.fm) fue insólita porque, por primera vez en muchos años, se traslapaban dos muy buenos shows en la ciudad. Por un lado, Justice hacía una segunda visita al país, con su celebradísimo DJ set que tanto gusta, y por el otro, el Indie'O Fest, que prometía en su cartel a Broken Social Scene y a The National. Éste último lo organizaron los muchachos de Chikita Violenta, que deberían aceptar que son mejores promotores de conciertos que músicos y dedicarse exclusivamente a esto. Por varias semanas consideré ambas opciones con mucho cuidado, aunque la decisión se tomó sola. La chava a la que le estaba tirando la onda quería ir a ver a Broken Social Scene, así que la invité, mientras que todos nuestros amigos iban a Justice. La situación con la muchacha en cuestión no prosperó, pero el concierto fue memorable.

The National está formado por Matt Berninger (voz) y dos pares de hermanos: Bryan y Scott Devendorf (bajo y bateria) y Aaron y Bryce Dessner (guitarras), que como bien señaló en alguna ocasión mi amigo Javier Manzanera, manejan el look "hobbit". En vivo se comportan como un equipo, cada uno aceptando y jugando una posición específica para ejecutar a la perfección cada canción; pero al mismo tiempo, se siente que son buenos amigos y que se la están pasando bien. Sus filas están bien divididas con los Davendorf al fondo, Scott en el bajo, siempre dándole el costado al público e intercambiando miradas con su hermano, ambos detrás de unos lentes de gota. La línea frontal la integran los Dessner flanqueando a Berniger, quien carece de la imagen prototípica del frontman de una agrupación (es alto, güero y teto), sin emabrgo en el escenario entra en un trance, un tanto ezquizoide, que logra el objetivo de emocionar al público: cierra los ojos de principio a fin de cada canción, aplaude a contratiempo, se emociona y aletea sus brazos sin moverse de su lugar. Entre piezas baja la mirada, da las gracias susurrando al micrófono y empieza la que sigue.

Al final The National me convencieron que no eran una bandilla más. Salí corriendo a comprar los discos y ahora no puedo dejar de escucharlos. Me han acompañando una buena parte del año, y en muchas ocasiones, involuntariamente. A veces la verdad está en los lugares comunes. Con The National, definitivamente, descubrí el hilo negro.



jueves, 7 de agosto de 2008

La ecología de la inspiración

Todo buen ambientalista sabe que talar árboles no es malo. Los seres humanos nos hemos acostumbrado al uso de la madera para un sin fin de prácticas (mis pisos de duela, por ejemplo) y que difícilmente pueden ser sustituidos por otras materias primas. Aquellos individuos que se atan a los árboles con consignas hippies no son ambientalistas, son precisamente eso: hippies. El daño ecológico de cortar un árbol no es en sí producido por el hecho de tirarlo, sino por la velocidad a la que se hace; y con esto no me refiero a que debemos de hacer concursos para serruchar bosques despacito. Todos los insumos renovables tienen una tasa natural de reproducción, que si se calcula y se respeta con exactitud, se pueden consumir sustentablemente, sin alterar su biodiversidad, regeneración y vitalidad, tanto hoy, como en los años venideros. El gran problema de la deforestación es la tala ilegal que no toma en cuenta estas velocidades de renovación, y por consiguiente, por la falta de políticas y leyes que persigan a los infractores.

Hace unos días me di cuenta que el cuaderno que cargo a todas partes para escribir diferentes ideas aisladas (no porque sean significativas, sino para que no se me olviden por aquello del déficit de atención), también tiene su propia tasa de uso y desuso. Por alguna razón que desconozco mis cuadernos y libros sufren de una cierta erosión al ser transportados en una mochila (sin importar cual sea ésta). Las pastas se empiezan a resquebrajar, doblar y de alguna forma a marchitar. Las letras impresas en ambas caras se difuminan y se pierden en los fondos. Los lomos se desprenden y terminan por liberar las páginas que antes sujetaban. En fin, parece que en lugar de llevarlos con uno de paseo, los estuviera mandando a la guerra. Obviamente mientras más tiempo pasen lejos del librero, peor termina siendo su condición física.

El punto es que había pasado ya tiempo desde que sacaba dicho cuadernillo para apuntar algo, y es que en las últimas semanas he estado en particular inspirado. Así fue como descubrí que la tasa natural de mi generación de ideas estaba muy por debajo de la tasa de desgaste por transportación permanente de mi libreta, por lo que a ese paso, no completaría su vida útil. Esto quiere decir que mi sequía emocional estaba contribuyendo al rápido deterioro del cuaderno, que a su vez está hecho principalmente de papel, y hasta donde entiendo, ésta se elabora con pulpa de los árboles.

Si mi teoría no falla, el amor es autosustentable y mi cuaderno regresará a su mochila.

Ilustraciones: Ben Wilson
www.benwilsonart.com

domingo, 13 de julio de 2008

...y iTunes mató a todos los demás

Para mi octavo cumpleaños en 1985, al igual que todos los años, mis papás me preguntaron qué quería de regalo. Fue la primera vez que no escogí un juguete de los que anunciaba Chabelo los domingos en la mañana; en cambio ese año pedí un disco, el Make it Big de Wham!, un dueto inglés conformado por George Michael y otro tipo que hoy nadie recuerda. El día que recibí lo que en mis manos era un enorme acetato, y puse la aguja justo en la rayita correspondiente para que sonara Wake me up before you go go, independientemente de lo bizarro de la selección, fue cuando empezó mi melomanía. Se había acabado la era de Parchis, Timbiriche, Burbujas y El Duende Bubulín, para dar paso a la música pop y un fanatismo absoluto por los Hombres G, Madonna (a quien desprecio hoy en día) y Mecano, de quienes compré varios viniles.

El cambio de formato y la masificación del cassette me agarró en un viaje que hice con mis papás a Nueva York, donde me llevé un Walkman y me clavé por primera vez en el Hip-Hop. Compré cintas de Run DMC, Young MC y Digital Underground y las escuchaba mientras mi mamá nos paseaba a mi hermana y a mí por las calles de esta ciudad. Cuando por fin llegó el CD, porque a mi casa llegó tarde, yo ya estaba inmerso en Guns N' Roses y bandas aledañas de la escena glam de esa época. Sin embargo, aún cuando los géneros van y vienen, lo que ha permanecido a lo largo de mis 31 años, es que siempre que he tenido un excedente de dinero, voy a gastarlo a una tienda de discos. Desde la tan desaparecida como legendaria Zorba en Perisur, hasta la siempre certera Amazon en Internet, la experiencia de poseer un álbum nuevo me es en extremo placentera.

Por casi 20 años, varios formatos como el MiniDisc y el DCC (Digital Compact Cassette) trataron de amedrentar al siempre noble Disco Compacto. Todos sin éxito hasta hoy, cuando su latente sucesor trasgredió la barrera de lo físico. Es como un ninja, virtual y sigiloso, que golpea cuando nadie se lo espera, sin dejar huella de sus pasos, y es que con el lanzamiento de la tienda de iTunes, las ventas de CDs se colapsaron. Ciertamente el desarrollo del mp3, el mp4 y su difusión vía Internet tuvieron un fuerte impacto sobre la industria discográfica en general, obligándola a replantear sus prácticas, estrategias, costos y políticas. Sin embargo con iTunes, quienes aún contamos con un poco de conciencia moral sobre los derechos de autor, tenemos una opción legal de bajar música a un precio moderado. Sólo basta comprar o mandar pedir una tarjeta prepagada en una tienda de Apple en el gabacho y listo.

He de confesar que al principio me emocionaron mucho mis primeras compras en la tienda virtual, ya que se trataron principalmente de rarezas y versiones exclusivas que no son fáciles de encontrar en otros lugares. Sin embargo, pronto me di cuenta que comprar un mp3 es como el chorizo de pavo, las galletas sin azúcar o cualquiera de las "opciones saludables" que nos ofrecen a las personas que hemos tenido que seguir una dieta; nada más no sabe igual que el original. Hay algo demasiado etéreo en la adquisición de archivos digitales. Se pierde la sensación de abrir un disco, de ver todo el trabajo de diseño que hay en él, de hojear el librito con anticipación antes de que empiece a sonar la primer pista, en fin, todo el ritual que me ha acompañado desde que era un preadolescente.

La verdad es que no tengo nada en contra del formato. Es vital para el funcionamiento del iPod, artefacto que que me dio la libertad de cargar a todas partes mi discografía, y en pocas palabras, la oportunidad de ser muy feliz a donde quiera que vaya. Tampoco estoy en contra de la difusión de estos archivos en Internet y mucho menos de la tan sonada tienda en línea. Nunca antes habíamos tenido la oportunidad, como especie, de tener tantas opciones musicales, tan variadas y tan cerca. Incluso los grupos están obligados a hacer mejores discos completos, porque ahora los consumidores tienen la oportunidad de comprar una sola canción. Poco a poco los tracks de relleno morirán o simplemente no se venderán. Además el control, creativo y económico, está regresando a las manos de los artistas, quienes nunca debieron perderlo en primer lugar.

Ni modo. Supongo que también me tendré que acostumbrar al chorizo de pavo.

miércoles, 2 de julio de 2008

Para el hombre con trabajo

Los viernes suelo llegar a mi casa al rededor de las cuatro de la tarde en un estado de absoluto agotamiento, después de partirme la madre durante toda la semana en mi oficina. Hay pocos momentos tan felices como cuando por fin llego, me como algo rápido y me duermo por lo menos un par de horas. A penas mi cabeza toca la almohada y entro en un sueño tan profundo que a veces no despierto sino hasta la media noche. Hace dos semanas, me acababa de acostar cuando mi celular timbró anunciando la llegada de un mensaje. Justamente acababa de cambiar este tono y había puesto el grito que hacía Goofy en las caricaturas cuando se caía de un peñasco. Inmediatamente brinqué de la cama por la sorpresa y lo estridente de la nueva alerta. Entre sueños abrí mi celular y leí el mensaje que Mema había mandado a sus amigos, avisando que Roberto, su hermano, había muerto.

Tuve que leer el texto en la pantalla del celular al menos tres veces antes de poderlo entender y no porque la breve oración no fuera clara, sino por la magnitud de la noticia. Cuando finalmente me incorporé, traté de marcarle varias veces a Memita sin conseguir hablar con él. Me metí al Facebook de Roberto y varias personas ya le habían dejado algunas palabras de despedida. En ese momento constaté (como si hubiera tenido fe de lo contrario) la noticia, e hice lo mismo.

La primera vez que vi a Roberto fue cuando estaba en primer semestre de la carrera y Mema aún estaba en prepa. Solíamos pasar mucho tiempo en el centro de Tlalpan, tomábamos café en La Selva y a veces cerveza en la cantina. Una noche mi amigo me invitó al restaurante 1900 a conocer a su hermano, que había regresado de tocar algunas plazas con Moenia. Era el ingeniero de sonido de varios grupos de esa época incluyendo Fobia, Julieta Venegas y la Maldita Vecindad. Me acuerdo perfecto de ese día, porque Roberto me saludó con un abrazo tan fuerte, como si yo hubiera sido un hermano Caballero más, que hace tiempo no veía. Toda la noche Mema y yo nos burlamos de nosotros mismos, porque nuestra selección de platillos para cenar era la más barata del menú, y en cambio, Roberto pedía lo que se le antojaba. Esa noche le pusimos Working Man, e hicimos toda una disertación sobre las diferencias de la vida de estudiante contra las de alguien económicamente activo. A partir de esa noche nos hicimos muy buenos amigos.

Hoy, tanto Mema como yo somos parte de la fuerza laboral del país y Roberto nos enseñó que se puede vivir relativamente bien, haciendo algo que realmente te gusta. Hoy, Mema y yo pedimos lo que se nos antoja cuando vamos a cenar a algún lugar.

Te voy a extrañar Working Man.


jueves, 5 de junio de 2008

Historias de la publicidad en boca de un paladar sofisticado

Hace seis meses, cuando recibí la carta con la oferta económica para entrar a la agencia donde trabajo actualmente, también venían desglosadas las prestaciones. Entre ellas destacaba, como una muy interesante, el servicio de comedor. Por la módica cantidad de $15 pesos, que se descargan automáticamente de una tarjetita y se cobra vía nómina mes tras mes, uno puede tener acceso de lunes a jueves a dos opciones de sopa, guarnición y plato fuerte, además de postres. En el caso que la selección de menú no sea del agrado del comensal, también hay a elegir una serie de platillos que se preparan al momento: carne, pechuga o queso panela asados, huevos al gusto o bien, el platillo hipocalórico (nombre rimbombante para ensalada con atún). En papel no suena nada mal, pero la realidad es que las opciones acaban siendo temáticas, monótonas y, por lo tanto, poco apetecibles. Por ejemplo, si hacen chiles rellenos, entonces la sopa y el arroz también son a la "poblana" o alguna variación que incorpore este tipo de chile en su preparación, para ahorrar en ingredientes.

Hay una receta en particular que me malviaja de sobremanera, el "caldo Xochitl". Su elaboración es tan simple, como insípido su sabor. Se toma un recipiente con salsa pico de gallo (chiles serranos, jitomate picado y cebolla) y se vierte en una enorme cacerola con agua. Eso es todo y con ese mismo descaro lo sirven. Las opciones que se preparan al momento son en verdad lamentables, en especial la carne asada, que sería una auténtica suela de zapato, claro está, si las suelas de zapato fueran pellejudas.

Alguien me preguntó hace poco, "¿qué esperabas por 15 pesos?" y la respuesta es simple: no mucho. Sin embargo, con tan sólo cruzar la calle del edificio de McCann, todas las tardes se pone una seño que vende tacos de guisado. Una auténtica artesana en la selección de ingredientes y la combinación de los mismos para elaborar un menú diferente todos los días, expuesto en un pizarroncito colgado en la barda de la casa donde se pone. Los guisos van desde lo clásico como la tinga, el bisteck con nopal, la longaniza con papas y el huevo revuelto, hasta lo más sofisticado como el chile relleno o las tortitas de espinaca. Cada taco es servido con tres tortillas y una camita de arroz o frijol, por lo que echarse dos es casi una comida completa. Todo este glamour garnachero por tan sólo $5 pesos más que el comedor empresarial. Estos tacos de autor son una delicia y no por nada la cola para pedirlos puede ser de más de 20 personas. Además si de salud se trata, la comida del comedor es elaborada con grandes cantidades de aceite que supera por mucho a la que usa la seño.

Definitivamente este país se caracteriza por sufrir grandes desigualdades en todos los niveles. En este caso, la brecha se invirtió.

jueves, 15 de mayo de 2008

Una breve sobre uno que era grande

El otro día estaba comprando música en línea con los $50 dólares que tengo de tarjetas prepagadas en iTunes. En eso, me topo con el décimo sencillo más vendido en la tienda titulado "Viva la Vida" y pienso, Coldplay es demasiado grande para que les dé $0.99 centavos así nada más. Así que decido buscar la canción en hypem.com para escucharla primero ahí.

De entrada el título me pareció en extremo cursi, principalmente porque está en español y en segunda por lo que en sí quiere decir. Sin embargo, no puedo negar que esto me generó aún más curiosidad de escucharla. Cuando piqué play, me moví de ventana para contestar lo que alguien me escribía por messenger en lo que cargaba la canción. De repente en mis bocinas empezó a escucharse como un remix de la canción de Alizée. Ésa que acompañada por el video donde sale con el traje del pescadito, nos hipnotiza a los hombres como el flautista a las ratas en Hamelin.

Cuando tienes TDA (trastorno por déficit de atención) se te puede olvidar de un instante a otro lo que estabas haciendo, y ya inmerso en mi conversación virtual, la música de fondo me sacó
muchísimo de onda. ¿Por qué sonaba la cantantilla francesa? En ese momento la voz Chris Martin aparece en la canción y recordé lo que había seleccionado. En efecto era el nuevo sencillo de Coldplay que utiliza el mismo arreglo de cuerdas que "J'en Ai Marre" de Alizée. Incrédulo, la volví a escuchar desde el principio y la impresión fue la misma. Coldplay estaba plagiando un clásico del eurotrash. La canción nunca levanta y nunca evoluciona; se mantiene monótona e insípida.

A Cecilia, mi jefa del trabajo, le he aprendido muchas cosas. Hace no mucho, estábamos platicando sobre Coldplay y la segunda serie de conciertos que hicieron en México y ella dijo, "Yo dejé de comprar los discos desde que ese güey se casó con la Paltrow. Es lo mismo que le pasa a todos los artistas cuando ya no están deprimidos." Lo más irónico de esto es que las primeras líneas de la canción dicen: "I used to rule the world".

Definitivamente ya no.

lunes, 7 de abril de 2008

Un clavo sí saca a otro clavo

Odio con toda el alma los anglisismos, cuando irónicamente soy una persona que al hablar se expresa con muchas palabras en inglés. Pero por lo mismo, me genera un gran conflicto escribir la palabra fútbol, derivación fonética de football, en lugar de su correcta grafía. En fin, si para la RAE está bien, ¿quién soy yo para juzgarla?

En mi primaria, como en el resto de las escuelas de este país, el deporte nacional era el fútbol. Mis compañeritos, todos seguidores del América, parecían sacados de un anuncio de Televisa: comían, respiraban, soñaban y cagaban fútbol. Para mí era mucha presión, ya que aunque no me desagradaba para nada el deporte, mis intereses estaban diversificados. Me encantaba la clase de música y tocar los xilófonos de madera, dibujaba por horas, me metía a la biblioteca y devoraba todos los libros que podía de Dr. Seuss, además de echar con mis amigos la cascarita en el recreo. Me acuerdo perfecto de mi momento más glorioso jugando soccer (¿por qué no escribimos "sóquer"?) cuando de puro churro dejé mi puesto de defensa, recorrí la banda derecha, me cayó un balón rebotado justo en la pierna y disparé para anotar el gol con el que mi equipo, el Quinto A, le ganó una final a Sexto. El problema eran los cinco niños de mi salón que tenían pasatiempos limitados y sólo vivían para el fútbol. Mi amigo Gabriel y yo nos vimos en más de una ocasión teniendo que jugar partidos en contra de nuestra voluntad, para completar el equipo. En esta edad tan formativa, es terrible obligar a un niño a hacer algo que no quiere, así que me traumé y aunque no me he perdido un mundial, una Copa Europea o finales importantes, mandé el fútbol a la chingada.

Hay algo en seguir a un equipo, sin importar el deporte, que llena un gran vacío en el macho (y algunas hembras) de la especie humana y creo está relacionado con la testosterona y la adrenalina que se libera durante un encuentro. En mi caso lo llenaban con el basket. Siempre he seguido a los Sonics de Seattle, por todo el cariño que le guardo a esta ciudad y por la oportunidad de poder ver algunos partidos ahí. En cuanto al fútbol, todos mis primos lo practicaban e incluso uno tuvo propuestas para ser arquero profesional, hasta que mi tío atajó sus sueños y lo convenció en un lance espectacular de ser arquitecto. En la familia existía una gran rivalidad entre los Nava-Townsend que le iban al América y los Pinelo-Nava, hinchas de las Chivas. En casa de los Nava-Kainz, mi padre apoya a su alma mater, los Pumas de la UNAM, aunque como muchos mexicanos, es un americanista de clóset.

A mediados de los años 90 si alguien me preguntaba a quién le iba, yo respondía "villamelonamente"que al Atlas, porque no veía muchos partidos y sólo me enteraba de los resultados. Esto ocurrió porque mi abuelo, el austriaco, vivía en Guadalajara y además era el equipo del que es aficionado Trino Camacho. En esa época yo era muy fan del monero tapatío. Amaba al Santos (que hacía junto a Jis) y el Galimatías, la sección que tenía dentro del programa Blanco y Negro con Carmen Aristegui y Javier Solórzano, donde doblaba películas antiguas de Superman, Batman y el Llanero Solitario y parodiaba situaciones políticas de la época, desde el "error de diciembre", hasta el asesinato de Colosio.

Doce años después, los Sonics de Seattle están a punto de ser exportados a Oklahoma y sus dueños llevan un par de años dinamitando al equipo para hacer un cochinero administrativo y así, lograr una huida más rápida de la ciudad. Mi afición deportista había quedado huérfana, por lo que empecé a seguir los partidos del Atlas. Vi con gusto como Andrés Guardado se fue al Deportivo la Coruña y con tristeza como fueron el peor equipo del torneo pasado. Este año, no han mejorado mucho, pero el equipo clasificó por un volado a la Copa Libertadores lo que cambió su actitud de juego en el campeonato mexicano. Yo paralelamente, quise llevar mi fanatismo a otro nivel y en el puente pasado hice un viaje relámpago a Guadalajara con mi cuñado (Puma) y hermana (sin equipo), para bautizarme con la la siempre fiel porra del Atlas, la Barra 51.

Mi visita junto con los Pumas al estadio Jalisco fue por demás emocionante. Al medio tiempo, los rojinegros se fueron al vestidor con un hombre menos y perdiendo 2-0. Pero al iniciar la segunda mitad y tras un cambio afortunado, Omar Flores entró al partido y anotó rápidamente de cabeza. El equipo de la Universidad tuvo tantas llegadas, como mala suerte para concretarlas. Cuando parecía que los Pumas se robarían tres puntos de Guadalajara, en el minuto 93, habiendo ya transcurrido el tiempo reglamentario, Bruno Marioni cobró un penal para empatar el partido. Yo me uní al grito eufórico de "gol"con los otros treintaytantosmil atlistas que asistieron al estadio. En ese momento, pegando de brincos, no sólo superé los traumas de mi niñez, también me entregué a una nueva relación que espero esté llena de goles.