En la edición de marzo (que está próxima a desaparecer) de la revista Quo aparece un artículo que escribí sobre la suerte, el cual sufrió algunas modificaciones por parte de mis editores. Entre las bajas está una entrevista que hice con el astrólogo Jaime Polanco y una que otra "jiribilla" que no encajaba en el formato de la revista.A continuación, el Author's Cut de dicho artículo:
La suerte bajo el microscopio
Por Antonio J. Nava
Una noche de regreso de cenar con mi papá, cuando tenía unos 12 años, se me ocurrió preguntarle qué hacer para ligarme a la chava que me gustaba. En su época, mi papá siempre se cotizó muy bien con las chicas y realmente necesitaba su consejo. Me contestó que los hombres no ligan a las mujeres, que ellas nos ligan a nosotros. No entendí. Me explicó que lo único que yo tenía que hacer para “ligar” era estar atento a las señales que me mandaran las mujeres y sobretodo tener la seguridad para enfrentarlas. Hace aproximadamente un mes conocí a una mujer maravillosa con la que creo tener toda la química del mundo y no pude dejar de recordar el sabio consejo de mi papá. Sin embargo, con toda su experiencia, mi padre olvidó decirme algo que es fundamental. No importa el tamaño del reto, ante cualquier cruzada se necesita tener buena suerte, y es que la mujer en cuestión, la chica que me ha quitado tantas horas de procesos mentales, tiene novio.
Después de estudiar economía y llevar cerca de diez materias de estadística en la carrera, me cuesta trabajo pensar que la suerte es una fuerza sobrenatural que nos envuelve y determina nuestro destino. Independientemente de cómo la percibamos o qué características le atribuyamos, es una realidad que al final del día, nuestras vidas están a su merced. El simple hecho de abrir los ojos cada mañana, nos pone en su total disposición, tanto para lo bueno como lo malo. ¿Cómo saber que nos deparan las siguientes horas? Tal vez es el día que nuestro jefe nos de el tan anhelado aumento de sueldo, o al caminar por la calle pisamos excremento de lo que esperamos sea un perro. Tal vez, el equipo de fútbol al que le vamos pierde el partido que parecía en la bolsa o, la chava que nos gusta, nos favorezca con su preferencia.
Entre definiciones y percepciones
Una opinión dividida
De una forma u otra, todos en algún momento de nuestras vidas hemos aceptado la existencia de la suerte. Nos hemos sentido favorecidos o bien, escupidos por ella. Todos hemos verbalizado las frases, “qué buena suerte” o “tengo la peor suerte”. Pero ¿qué es realmente la suerte?
Las diferentes fuentes parecen tener un conflicto conceptual al presentar sus respectivas definiciones sobre el tema. Por ejemplo, en el diccionario de Merriam-Webster la suerte es definida como “una fuerza que trae buena fortuna o adversidad”. La Real Academia Española (RAE) la define como un “encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito o casual”. La Wikipedia, la nueva fuente de conocimiento popular en línea, dice que “es una forma de superstición interpretada de forma diferente por individuos diferentes”. El hecho es que no hay una congruencia conceptual en su definición.
La noción de suerte es tan vieja como la humanidad misma y podemos verla personificada en diferentes deidades mitológicas alrededor del mundo. En las representaciones de Tyche, la diosa griega de la suerte y el azar, ésta suele cargar en sus manos un timón simbolizando la forma en la que decidía el curso del mundo o bien, con una esfera que ilustraba cómo su decisión sobre un acontecimiento podía “rodar” a donde su impredecible juicio quisiera. En las culturas nórdicas y escandinavas encontramos a Loki, que aunque no era un dios como tal, muchos le rezaban para mejorar su fortuna. Y hablando de la misma, así es como los romanos llamaban a la deidad que veneraban para cambiar su suerte. Fortuna, la diosa romana del azar, fue muy popular en su época, ya que existían varios templos para rendirle tributo al rededor de las ciudades. Fortuna llevaba en sus brazos una cornucopia o cuerno de la abundancia.
A diferencia de lo que comúnmente pensamos, la astrología no trata de revelarnos lo que nos depara la suerte. En una entrevista, el astrólogo mexicano Jaime Polanco me comenta que la suerte es un concepto menor, "Jung decía que lo que los gitanos llaman suerte a lo que los filósofos llaman destino". Con más de diez años de estudios en astrología, Polanco explica que la concepción popular de suerte demerita su verdadero sentido, "en hebreo suerte se dice mazal que a su vez es sinónimo de destino".
Para el astrólogo las supersticiones que buscan "cambiar" o "predecir" la suerte, acaban por rebajarla, a lo que él llama, "un nivel mundano". Polanco dice que las supersticiones refuerzan los estereotipos negativos sobre el destino, "no hay que interpretar los actos donde interviene la suerte independientes los unos de lo otros". Por ejemplo, al adjudicarle que algo no nos salió a la mala suerte generada por a pasar por debajo de una escalera o al cruzarse con un gato negro, nos remite a seres sin autonomía y sobre todo, sin responsabilidades, ya que estamos justificando nuestras conductas y comportamientos. En cambio, para el astrólogo debemos de interpretar cada cosa que nos pasa como parte de una gran cadena que se engarza para ayudarnos a descubrir el por qué de nuestra existencia. Cuando uno cobra autoconsciencia de que todo lo que vivimos es por algo, entonces nos obligamos a ser responsables de nuestros actos, "la astrología busca que cada persona se dé cuenta que todo está conectado, que las cosas que nos pasan tienen un significado, por lo que siempre debemos preguntarnos por qué estamos viviendo ésto y conectarlo con toda nuestra vida.
Desde los antiguos filósofos griegos, el concepto de suerte fue mencionado desde un punto de vista científico sin llegar a explicarla a profundidad, e incluso, la adjudicaron a diferentes deidades. Aristóteles, en cambio, explora a detalle la noción de suerte y su relación con la naturaleza en el segundo Libro de su obra “la Física”. El filósofo teoriza que en cualquier cambio natural existen un sin número de causas accidentales, siendo la suerte y el azar dos de ellas. Las distingue al decir que el azar es una causa accidental, mientras que en la suerte confluye una decisión consciente, como las que tomamos a diario los seres humanos. Por ejemplo, supongamos que me urge ver a un amigo que es el único que puede ayudarme en un problema. Voy a una fiesta y de repente, ahí está mi amigo, Aristóteles diría que tuve buena suerte. Por otro lado, mi suerte hubiera sido mala si en la fiesta me encontrara a alguien que odio y simplemente no quisiera ver. Entonces para Aristóteles la suerte es un acontecimiento que puede desenlazarse en dos vertientes: una buena y una mala.
En cambio, el azar es aquel desenlace que no involucra ningún tipo de voluntad, por ejemplo cuando un peñasco se desprende de una montaña, cae y mata a dos personas. El peñasco nunca “pensó” en caer. Así, el azar es una coincidencia, un accidente causal que ocurre en algunas ocasiones. Para Aristóteles la suerte tiene un propósito, un fin, ocurre por alguna razón.
Una visión interesante sobre la suerte y la ciencia es la de Mark Twain, tal y como la presenta en su cuento corto “La ciencia vs. La Suerte”, publicado originalmente en la revista The Galaxy en 1870. En esta historia, Jim Sturgis es un abogado con una carrera brillante, nunca ha perdido un caso y no tiene pensado hacerlo. Un día le asignan una particular tarea en la que debe defender a unos muchachos que estaban acusados de jugar cartas, y en la época, los juegos de azar estaban prohibidos.
Sabiendo que, efectivamente, los chicos habían apostado dinero en diferentes juegos de cartas, Sturgis tuvo un momento de iluminación. Durante el juicio, el prominente abogado sorprendió a la corte al afirmar que los muchachos sí habían estado jugando cartas, pero que éstas no eran un juego de azar, sino de ciencia. El juez expectante permitió a Sturgis seguir con su demostración, para la cual convocó a dos grupos. El primero estaba conformado por seis decanos que defenderían la postura que los juegos de cartas son de “suerte”; mientras que el segundo equipo tendía seis maestros jugadores, viejos tahúres que defenderían el lado de la ciencia. Ambos equipos se encerraron en un cuarto con una baraja. Después de varias horas y de que los decanos tuvieran que repetidamente pedir dinero prestado a los presentes, se llegó a un veredicto: los juegos de cartas no podían ser una cuestión ni de azar ni de suerte, ya que en toda la noche los decanos no ganaron ni una mano. Si hubiera sido un juego de azar, en algún momento la suerte debió favorecer a estos, pero ésto nunca pasó.
Para Chip Denman, profesor de estadística de la Universidad de Maryland y fundador de la National Capital Area Skeptics, asociación que promueve el pensamiento crítico para el entendimiento de las ciencias, “la suerte es cuando la probabilidad se toma personalmente”.
El profesor Denman explicó en una entrevista para el Washington Post que la probabilidad es la rama de las matemáticas que se encarga de cuantificar el azar, la incertidumbre y el error. La estadística, a su vez, es la ciencia que trata de hacer conclusiones incluso cuando hay incertidumbre sobre un resultado. Pero cuando perdemos de vista la gran escala de las cosas, tomamos el lado personal de la probabilidad y nos concentramos en las cosas buenas y malas que nos ocurren, entonces a eso le llamamos “suerte”.
De probabilidades a probabilidades
En su libro Lady Luck: The Theory of Probability, el matemático Warren Weaver relata los hechos de un sorprendente acontecimiento, tal y como aparecieron en la revista Life, que desafiaron todas las leyes de la probabilidad. Una noche, los 15 miembros del coro de una iglesia en Beatrice, Nebraska llegaron tarde por alguna razón a la reunión que tenían programada a las 19:20 hrs., el primero de mayo de 1950. Existieron más o menos diez razones diferentes y, totalmente independientes, por las cuales los miembros del coro no llegaron a la cita. Weaver dice que no sólo fueron estas coincidencias afortunadas, ya que la iglesia se desplomó por una explosión exactamente a las 19:25 hrs., sino que también fueron altamente improbables. Los miembros del coro le atribuyeron sus respectivos retardos a un acto de divino.
En términos muy sencillos la probabilidad de que algo suceda, P(E), se calcula dividendo el número de casos favorables para que ocurra el evento (n) entre el número total de resultados posibles (N). Matemáticamente la fórmula es la siguiente:
Por ejemplo, para calcular la probabilidad de que al tirar un dado salga un número determinado como el dos, dividimos el número de caras marcadas son un dos en un dado, entre el total de caras. O sea:
P(salga un dos)= 1/6
Por lo tanto, la probabilidad de que al tirar un dado, salga un dos es de 17%.
El profesor Weaver calculó la probabilidad de que ocurriera un acontecimiento tan increíble como el de los 15 coristas de la iglesia, llegando a un número aproximado de uno en un millón, más o menos 0.0001%. Si redondeamos ésta número obtenemos una probabilidad de cero, o bien un accidente. Según la RAE, por “accidente” entendemos un “suceso eventual que altera el orden regular de las cosas”.
Sería muy natural decir que los coristas tuvieron muy buena suerte por haber llegado tarde a su ensayo, ya que de otra forma los cimientos de la iglesia les hubieran caído en plena entonación del Ave María, sin embargo tenemos frente a nosotros un hecho completamente probabilístico y no de suerte.
Pongamos otro ejemplo y pensemos en un árbol que dio sus primeros brotes una tarde de primavera, en medio de un pastizal. Los árboles más cercanos están a unos 600 metros cuadrados de distancia, así que nuestro amigo árbol nunca tuvo que competir por agua ni nutrientes en la tierra con otros árboles, por lo que en tan sólo 23 años logró llegar a su absoluta madurez. Cada año, sus ramas se llenan de unas manzanas tan rojas como majestuosas. Supongamos que calculamos la probabilidad de que durante una tormenta eléctrica un rayo caiga justo sobre nuestro árbol, y que ésta, es también una en un millón. Si cae el rayo e incinera a nuestro árbol, nadie va a decir “qué mala suerte” o pensar “pobre arbolito de manzanas, tiene la peor suerte, ese rayo cayó justo donde él estaba”. La vida está llena de accidentes, de probabilidades poco factibles pero como dice el doctor Chip Denman se lo atribuimos a la suerte cuando las tomamos personalmente.
Podemos cambiar nuestra suerte
El profesor Richard Wiseman de la Universidad de Hertfordshire lleva más de diez años estudiando la suerte. Como lo describe en un artículo publicado por BBC News, quiso saber por qué algunas personas están en el lugar correcto en el momento preciso, mientras otros sólo viven una larga cadena de fracasos. Wiseman afirma que la mayoría de la gente, tanto con suerte como los que no, no están conscientes de las causas que originan su fortuna. Sin embargo, después de realizar un experimento sencillo el profesor afirma que son los pensamientos y comportamiento los responsables de su buena o mala suerte.
Reunió a un amplio grupo de personas que se autodenominaban como "afortunados" o "desafortunados" a través de una convocatoria masiva en diferentes medios impresos. Una vez seleccionados, los participantes recibieron un periódico donde debían contar el número de fotografías que había. Wiseman colocó en cada periódico un anuncio de media plana que leía: "Menciona al investigador que viste esto y recibe £250 libras." La mayoría de los desafortunados no vieron el anuncio mientras los que se consideraban con suerte sí. Wiseman encontró que la gente sin suerte tiende a ser más ansiosa, condición que no les permite percibir cosas y situaciones inesperadas. Van a fiestas con la misión de encontrar al amor de su vida y se pierden la oportunidad e hacer buenos amigos. En cambio, la gente afortunada es más relajada y abierta por lo que ven "lo que está ahí, lo que hay" en lugar "de lo que buscan."
Wiseman propone que existen cuatro principios para cambiar nuestra suerte. La gente con suerte tiene la habilidad de percatarse cuando existe una oportunidad, toman decisiones a partir de su intuición, crean profecías satisfactorias a través de la generación de expectativas positivas y adoptan una actitud elástica y resistente que transforma la mala suerte en buena.
Al poner su teoría en práctica con un grupo de voluntarios, Wiseman obtuvo resultados dramáticos. A través de la implementación de ejercicios que les permitiera captar oportunidades, escuchar su intuición, esperar tener suerte y fortalecerse contra la mala suerte, el 80% de los participantes se consideraba "más felices", más satisfechos con su vida, y sobretodo, con mejor suerte.
La fórmula de Wiseman para cambiar nuestra suerte se sintetiza en cuatro consejos básicos:
- Escuchar a nuestros instintos más primarios (suelen estar en lo correcto)
- Estar abierto a nuevas experiencias además de tratar de romper con la rutina
- Tomar el tiempo para recordar los momentos en los que nos ha ido bien
- Visualizarse a sí mismo teniendo suerte antes de una llamada telefónica, junta importante o donde queremos que nos vaya bien
Independientemente de lo que hagamos por cambiar nuestra suerte, ésta no desaparece, dejándonos siempre a su merced. Tal y como ocurre en la película "La Provocación" (Match Point, 2005) de Woody Allen, en donde el resto de nuestras vidas pueda estar decidido por un microscópico acto de suerte, como que una pelota de tenis, al pegar en la red, caiga o no en nuestro lado. Lo que debemos hacer es conocer y entender que estamos frente a un hecho probabilístico que puede resultar a nuestro favor o no. Tenemos que tratar de inclinar la balanza de nuestro lado y tratar de siempre sentirnos satisfechos con lo que nos tocó hacer, desde ponernos nuestro mejor traje para una entrevista, hasta confesarle nuestro amor a la chica que nos gusta.Buena suerte.






