Anoche, en la comida de cumpleaños de Coquito, durante la sobremesa de lo que fue un auténtico festín de tacos de guisado, mezcales y cervezas estaba platicando con mi ex-concuño, Gustavo. Le contaba sobre las últimas filmaciones de comerciales en las que había participado y cuál había sido exactamente mi rol
en cada una de ellas. Rápidamente se unió a la plática Ariel Gordon, un premiado director y escritor de cine. Rara vez Ariel se pierde de una conversación que trata, aunque sea en pequeña medida, de filmaciones y producciones. Pronto Gustavo, que está por irse a California a estudiar guionismo, presenció un debate sobre lo podrida que está la industria de la publicidad y cómo los "pobres" realizadores cinematográficos literalmente se prostituyen haciendo comerciales.

Ariel defendía a los directores (que por cierto nadie estaba atacando) citando a Mandibulín y argumentando que "nadie los respeta" ni se toma en cuenta su punto de vista, ya que al final del día tienen que someter sus opiniones a los detestables creativos que sienten que lo saben todo. Yo, vorazmente arremetí diciendo que los directores y los creativos debíamos entender que las piezas publicitarias que hacemos, no deben de ser consideradas obras artísticas. La publicidad no es arte, por el simple hecho que tiene como fin vender un producto. La publicidad es, antes que cualquier otra cosa, un trabajo.

Claro está que hay muchos directores, productores y creativos que no han tenido la oportunidad de filmar una película, escribir un libro o tener una banda de
rock, por lo que depositan en cada uno de los
spots o
prints que hacen toda su pasión y entrega. Esto no está mal, pero yo tampoco he escrito una película, un libro o he tocado la batería en
Coachella, sin embargo entiendo que cuando se me ocurre un anuncio, probablemente el cliente acabará haciendo con él lo que quiera. La frustración ocurre cuando no se tiene otro medio de expresión. Con sólo imaginar lo que sintió el equipo creativo que hizo las vallas de la campaña de Converse cuando les dijeron que Fher de Maná (con un cuerpo que claramente no es el suyo) debía compartir un mismo espacio con James Dean, M.I.A. y Sid Vicious. La publicidad genera por definición mucha frustración.

En la película de 1995
Thank You For Smoking, de Jason Reitman (director de
Juno), cuando le preguntan al personaje de Aaron Eckhart cómo y por qué defiende a la industria tabacalera, siendo consciente del daño que está haciendo en la sociedad, él contesta, "tengo una hipoteca por pagar". La verdad es que no tiene nada de malo hacer publicidad, mientras directores, creativos, fotógrafos, diseñadores y demás profesionistas, entendamos que el objetivo de un anuncio, por más inmoral que parezca, es crearle una necesidad a una persona que no la tiene. Si ese anuncio gana premios y es una auténtica poesía estética, pictórica o cinematógrafica qué mejor, pero si no, ¿por qué frustrarse? Al final, el dinero que financia las producciones es de un cliente (por eso se le llama así), mismo que está pagando por un servicio. El día que se metan con mi obra (la película o novela que escriba, el cuadro que pinte o los monitos que dibuje) sea lo que sea, ese día sí habrá sangre.