viernes, 19 de marzo de 2010

Historias de la publicidad en boca de un soñador claustrofóbico

El primer día que puse un pie en una agencia de publicidad para trabajar ahí, traía puesto un saco de pana café, una playera de Bob Esponja, jeans y Converse de algún color neutro. La oficina estaba en una de esas construcciones que parecen medievales al sur de la ciudad, casi en la salida hacia Cuernavaca, para ser exactos.

La agencia era muy pequeña y estaba dividida en dos departamentos dentro de ese edificio; uno para "creativos"y los ingenieros en sistemas, y otro donde estaban todos los demás. En medio de ambos había un consultorio al que visitaban las señoras ricas del sur para bajar de peso, y que el médico a cargo huyó del país, tras matar a una de ellas por una sobredosis de anfetaminas.

Me asignaron un cubículo enorme al lado de la directora creativa. Ahí había una iMac –de esas que parecían la cabeza de una tortuga ninja– color aqua. Lo compartí unas semanas con la otra redactora a la cual yo supliría, pero aún así el espacio parecía infinito. Después esa jefa me cambió a otro cubículo con las misma dimensiones pero lejos de ella, porque me había empezado a odiar. Nunca entendí exactamente porqué. Los clientes y el resto de los empleados me querían mucho, pero ella se retorcía en su lugar cada vez que me veía. Cuando dejó la empresa para dar a luz y dedicarse por completo a la maternidad, me enteré que una de las razones fue, de hecho, mi playera estampada con Bob Esponja.

Durante todo el tiempo que trabajé con ella, la mujer trató de torturarme al sintonizar su aparato de sonido con Exa, 97.7 o los 40 principales, a todo volumen y junto a mi lugar, pero el espacio era tan grande que con ponerme un par de audífonos los éxitos de Chayanne, Christian, Luis Miguel o Kabah, pasaban desapercibidos.

Han transcurrido algo así como siete años desde que entré a este negocio. Hoy trabajo en una de las agencias multinacionales más grandes y de mayor prestigio, y las condiciones no han variado demasiado. Bueno, físicamente sí.

Mi cubículo actual tiene la mitad del tamaño que tuvo el primero, eso sin contar que lo comparto con una dupla –el director de arte–. Por persona no debemos tener más de metro y medio cuadrado, y nos rodean otros cinco escritorios idénticos, cada uno con su respectiva pareja creativa. Ni qué decir del barullo que se escucha todo el tiempo y las intermitentes distracciones que acompañan la jornada laboral. Se necesita ser un auténtico monje shaolin para poder abstraerse de todo lo que pasa por minuto en nuestro entorno. Puras cosas mundanas, nada extraordinarias ni mucho menos divertidas.

Pero lo que hace realmente insufrible el tiempo que pasamos ahí es uno de nuestros colegas. Sin afán de sonar xenófobo o intolerante, hay un creativo argentino que desde que llega hasta que se va, emite tal cantidad de ruido que es como si trabajáramos junto a una obra o, peor aún, un mercado sobre ruedas.

El tipo es en sí –llamémoslo para fines prácticos Argentinoescandaloso– una barra de hinchas de futbol. No sabe modular su voz, por lo que cada cosa que dice, lo hace gritando. Bajo esta premisa se explica su mal hábito de ir al cine y contar al día siguiente la película que vio, incluyendo el final y los momentos climáticos. Para acabarla de fregar se roba algún distintivo de la cinta –como el chiflidito de Fantastic Mr. Fox– y lo repite como anuncio del bicentenario durante semanas.

También gusta de agregarle la palabra rock n' roll a todo lo que dice: "Ahí viene Menganito del rock n' roll", "Así es esto del rock n' roll", "El rock n' roll no para", "Buenos días del rock n' roll". Son como diálogos salidos de Spinal Tap, pero sin ser chistosos. Se escucha pretencioso y altisonante.

A Argentinoescandaloso le encanta que la gente sepa que ya llegó –lo hace entonando cánticos inverosímiles mientras camina por los pasillos–, aunque para su involuntaria audiencia esto represente un mal agüero. Cuando le llaman a su Nextel, sostiene pláticas enteras sobre equipos argentinos de segunda división, de jugadores desconocidos y resultados insignificantes utilizando el altavoz, así que los que estamos cerca, no sólo lo escuchamos a él, sino a quién le marcó.

Recientemente desarrolló un gusto particular por la lucha libre norteamericana, ésa que está tan bien escrita como la trilogía de telenovelas de Thalía, en las que sus personajes siempre se llamaban "María". Se la pasa viendo repeticiones de peleas, se emociona, grita y pega en su escritorio, y cuando tiene que trabajar, se inspira con el tema de Raw, interpretado por los reyes del rock-corporativo, Nickelback. El problema es que escucha la misma canción de quince a veinte veces al día, una tras otra sin parar.

Argentinoescandaloso no es una mala persona, en lo más mínimo, simplemente su inseguridad lo hace querer ser omnipresente. Una condición que además le ha dado buenos resultados. El jefe lo quiere mucho y además tiene una legión de fans que llega a saludarlo todos los días, listos para que les echen a perder una película más.

Mi único refugio son un par de audífonos, unidos por un cable que me llevo a los oídos todos los días, en todo momento, a veces con los ojos cerrados, imaginando el día en el que no sólo me libraré de Argentinoescandaloso, pero de un espacio tan asfixiante como lo es una oficina. Un par de bocinas pequeñitas que dejan oír el sonido de la libertad.