domingo, 14 de febrero de 2010

De oídas

Me he estado perdiendo de un auténtico universo de placeres y delicias mundanas, y todo porque, como dijo doña Cristina Pacheco, "aquí nos tocó vivir". Desde niño crecí con la idea de que vivir en el Distrito Federal era la ostia —dentro de la humilde realidad mexicana—, porque la urbe era la única que podía ofrecer todos los servicios y facilidades que la imaginación más guajira y exquisita pudiera pensar —repito, dentro de la realidad mexicana—. Así que nunca tuve el menor afán de cuestionar este argumento; porque si vivo en la capital, estoy viviendo en el paraíso.

A pesar de este silogismo, los chilangos estamos tan acomplejados del lugar donde vivimos, que cuando vamos a algún destino turístico dentro del país, por alguna razón, lo comparamos de inmediato con la capital. “Fuimos de vacaciones a San Miguel de Allende; es bonito, pero jamás viviría ahí”; “En el puente fui a visitar a mis primos a Guadalajara; me la pasé poca madre, pero qué hueva vivir ahí, es un pueblote” son el tipo de expresiones que solemos decir. Este afán por confrontar a la ciudad con otras poblaciones, por desarrollar ese absurdo complejo de superioridad, es por lo que nos hemos ganado la fama que tenemos en el resto de la República. Claro, esto no ocurre cuando se trata de otras ciudades del mundo. Los capitalinos soñamos con vivir en París, Tokio, Madrid, Nueva York, Barcelona, Buenos Aires y hasta Estambul, aunque sea por una temporada.

En junio del año pasado conocí a alguien que, entre otras cosas, me hizo cambiar drásticamente de opinión sobre vivir en provincia. Hace poco más de siete meses me mandaron con Emilia, colega y amiga, a un workshop en Toluca. El propósito de este viaje no es relevante en lo más mínimo, era algo de trabajo, pero Christian estaba ahí. Era la única persona que, junto conmigo, se había tomado en serio la solicitud de llevar un atavío casual. Contrario a su nombre "de niño" —como ella misma lo describe—, Chris es una de las mujeres más encantadoras que yo haya conocido. Pronto empezamos a platicar y me contó que vivía en Querétaro, aunque era originaria de Sonora, de la misma ciudad donde había nacido la mujer que había protagonizado, dos años antes, una de las más intensas historias de amor en mi vida; una historia cuyas dimensiones exceden los límites de este espacio. En fin, la campana anunciaba el segundo round para Ciudad Obregón, quien me mandaba una representante más. Una muy diferente a la primera. Una a la que no le importaron los doscientos kilómetros y nueve años que separaban nuestras casas y nuestras edades, respectivamente. Empezamos a salir y eso me hizo pasar varias noches en la ciudad del Bajío.

Hoy, Chris y yo ya no estamos juntos por razones que tampoco competen a este foro, pero nuestra relación me deja recuerdos indelebles. Entre otros, y volviendo al tema de esta entrada, me quedó una maravillosa impresión de Santiago de Querétaro. Una ciudad que está creciendo de forma acelerada y con un orden quisquilloso. Grandes consorcios multinacionales se asentaron en las periferias del lugar—motivo por el cual Chris terminó allá—, trayendo consigo una derrama importante. El centro reúne épocas y gente de todo tipo. En los bares aún se puede fumar y beber hasta la madrugada. Los atardeceres forman un espectáculo cuyo único precio es una posible tortícolis. Sin embargo, lo que hace verdaderamente atractivo de una ciudad como Querétaro es que el tiempo no se pierde en pequeñeces. Los trayectos son breves y las distancias cortas. El tiempo parece pasar más lento y la vida rinde más.

Durante las muchas llamadas telefónicas que la lejanía decretaba, Chris recordó en varias ocasiones su infancia en Obregón. Relatos de una nostalgia liviana enmarcados por colores saturados y contrastantes; de niños osados peinando las calles con sus bicicletas y de los padres serenos esperándolos en casa; de recorridos que desembocaban en campos de girasoles; de paréntesis sobre la banqueta para apreciar la explosión de colores en el cielo que adornaba las tardes; de las delicias refrescantes después de un partido de beisbol; de mariscadas perpetuas con familias propias y ajenas. Relatos que parecen salidos de una película, pero que eran la realidad de un grupo de niños afortunados. Relatos ajenos para quienes crecimos en suburbios acotados, con padres paranoides.

Me queda claro que nunca he vivido en nada parecido a un paraíso.