Es imposible caminar por la ciudad a mediados de octubre sin ver cómo empiezan a erguirse las escandalosas estructuras que formarán los escaparates navideños de los centros comerciales. La competencia por atraer consumidores es casi tan grande como su despliegue de parafernalia: toboganes para deslizarse por nieve real, pistas de patinaje en hielo, enormes árboles amorfos y animatronics que hacen ver a los de Showbiz Pizza como auténticas obras de inteligencia artificial. En fin, siguiendo con la tradición de estos lugares que cada año estiran más las fiestas decembrinas, me gustaría hacer una recomendación a todos aquellos que les gusta planear con anticipación sus regalos para esta temporada."Regale afecto, no lo compre" decía una campaña publicitaria del Instituto Nacional del Consumidor cuando yo era niño. Un slogan que no me hacía el más mínimo sentido, especialmente cuando era pautado simultáneamente con las últimas novedades en juguetes anunciadas por Chabelo. Pero en esta época de recesiones financieras, economías contracturadas y tipos de cambio volátiles, ese consejo cobra un nuevo significado. La navidad no es una fecha muy significativa para mí, pero si llegara mi hermana (o cualquier ser querido económicamente activo para el caso) el 24 de diciembre, me estrechara entre sus brazos y me diera un beso en la mejilla diciendo algo como, —¡Feliz navidad, hermano! Este abrazo es tu regalo, ¡Muchas felicidades!— la (lo) quitaría de encima, me levantaría ofendido y le dejaría de hablar hasta el siguiente año nuevo. Por eso, el chiste está en cómo expresamos nuestro afecto.
Es muy difícil quedar mal, sin importar la ocasión, cuando se regala música (a menos que el presente en cuestión sean los grandes éxitos de Laura Pausini o el "unplugged" de Mijares). Pero aún es más difícil quedar mal cuando se regala una compilación, hecha a mano, de la música que pensamos que le puede gustar a la persona sujeta al obsequio. En el clásico del confesionario masculino, "High Fidelity" de Nick Hornby, Rob, el personaje principal, dice que hacer un mix-tape, es como escribir una carta, porque hay mucho borrar, volver a empezar y pensamiento involucrado. Estoy de acuerdo, grabar un cassette era una auténtica ciencia, sobretodo para que cupieran todos las pistas en cada uno de los lados y no se cortaran a la mitad. Yo en particular medía la duración de cada canción e incluso calculaba el tiempo que debía haber entre una y otra. Gracias a los CDs y más recientemente al iTunes, hacer una compilación para alguien es mucho más fácil.La última vez que regalé una antología casera fue hace dos años a mi sobrina Lucía. Mi lógica era muy sencilla: ¿qué se le regala a un recién nacido que, la verdad, lo tiene todo? ¿Un juguete, un peluche, el típico mameluco o chambrita? El resto de sus familiares, padrinos y similares se encargarían de eso. Así que le quemé un disco con la música que yo escuchaba cuando era niño y la que le pondría a mis hijos, si los tuviera. La selección recorría desde a los Muppets, pasando por Plaza Sésamo cantando a los Beatles, Bugs Bunny y los Looney Tunes, hasta cosas actuales que me dio mucho gusto descubrir; como la canción que hacen los Shins para el disco de Bob Esponja o la de Frank Black en el soundtrack de la Powerpuff Girls.
El criterio, por lo tanto, para elegir las piezas que integrarán el regalo, debe de ser un equilibrio entre lo que a nosotros nos gusta, con lo que esperamos le guste a la otra persona. Un balance entre el egoísmo y la empatía. Algo parecido a lo que hace (o debería hacer) un DJ cuando está poniendo música en un lugar. Es la confrontación de lo que a él le gustaría escuchar con lo que la gente espera escuchar. Un buen pinchadiscos debe tener la sensibilidad para percibir la forma en la que su audiencia está reaccionando a su selección. Tiene que percatarse del estado de ánimo colectivo y saber cuándo es un buen momento para ponerles algo que sea inusual. De esa misma forma se hace el mix-tape perfecto. Uno se tiene que anticipar a la reacción que probablemente está provocando un corte en particular y a dónde se quiere llevar al escucha con el siguiente. La experiencia se construye con cada track que se incorpora a la lista.
Existen softwares y páginas en Internet programadas para hacer recomendaciones musicales, dependiendo de los gustos de cada persona y, por ende, listas de reproducción. Last FM y Pandora son un par de buenos sitios que hacen su sugerencia basándose en las similitudes de la canción que se usó como referencia. El caso de Pandora es en especial interesante porque no sólo se basa en el género y grupos que pertenecen a una misma corriente, sino que analiza la estructura misma de la canción y sus arreglos, para hacer una propuesta. El Genius, la nueva función de iTunes hace, tal cual, listas de canciones "que van bien juntas" tomando en cuenta los gustos (y comportamiento comercial) de sus millones de usuarios alrededor del mundo, con resultados muy contundentes. Las opciones autómatas son divertidas y útiles, como cuando quieres que la música se ponga sola en una fiesta, sin embargo como regalo acaban siendo más frías que la temperatura que, por las mañanas, azota la ciudad.
Al final del día, hacer un buen mix para alguien depende justamente de ese factor: quién lo va a recibir. Por supuesto, antes que nada, se debe poner especial atención en las letras, por aquello de los mensajes erróneos ("The One I Love" de R.E.M. tiene que ser una de las piezas más malinterpretadas de la historia). Sólo hay que repasar las canciones que nos recuerdan y que asociamos con esa persona, dejarnos llevar por los estados de ánimo que surgen espontáneamente y escoger cuál es la pieza que, de manera natural, acompañaría a la anterior. Todo bajo un orden lógico (raras veces The Velvet Underground va bien después de Lionel Richie). Aunque pensándolo bien, lo más difícil de hacer una de estas compilaciones no es en sí el proceso de hacerla, sino el volverla a escuchar después de que terminó la historia con la persona a la que se la regalaste.
