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domingo, 4 de marzo de 2012

De haber sabido. Parte I

He de confesar que llevo relativo poco tiempo de saber la existencia del arte Lowbrow, o ese movimiento artístico pop-surrealista que sufre la misma suerte que la música alternativa. Piezas y artistas a los que se les desea catalogar, pero su propia naturaleza excluye a todas las definiciones preconcebidas. Cuando digo que reconozco que tengo poco de conocer el Lowbrow, lo digo evidenciando mi propia ignorancia, pero sobre todo, con un cierto grado de rencor y envidia. Sentimientos que me recuerdan cuando entré a la industria de la publicidad.

Charles Schultz y su hobby.
De antemano pido disculpas por el flashback dentro de otro flashback, pero antes de hablar de ese momento, me regresaré unos cuantos años más atrás. Cuando era niño y mis papás me preguntaban qué quería ser de grande, con toda determinación contestaba que "comiquero", una palabra que en mi joven vocabulario usaba para describir a aquellas personas que se dedican a hacer historietas profesionalmente. A esto mis padres siempre respondían que "eso no es una profesión, sino un hobby". Ahora sí, de regreso a mi entrada a la publicidad, cuando me involucré por primera vez en la producción de un comercial de televisión, me encargaron supervisar la creación del storyboard, que es una serie de viñetas ilustradas que cuentan el flujo del comercial o cualquier cosa que eventualmente será una película. En pocas palabras, un cómic.

Lo primero que tenía que hacer para ello era encontrar al Conejo. Lejos de cualquier referencia que pudiera provenir de la obra de Lewis Carroll, el Conejo era el storyboardista al que mi jefa del momento le tenía mayor confianza. Esto, de entrada, era particularmente difícil. El Conejo era un tipo con muchísimo trabajo, se la pasaba de junta en junta y su hermana, quién le llevaba su apretada agenda, era el único medio de contacto con él. En el mundo del storyboardismo una cotización depende del número de cuadros que se requieren, si llevan o no color, además del nivel del detalle. Cada cuadro oscila entre los $150 y $300 pesos, y un storyboard lleva en promedio quince cuadros. A un ilustrador le toma un par de días entregar un trabajo completo —incluyendo cambios—, y la mayoría de las veces hacen dos o tres ‘boards’ simultáneos. Ponerse a hacer las matemáticas al respecto, resultaría ocioso, el punto es que hacerle “dibujitos” —como mis papás llamaban a una de mis más grandes pasiones— a las agencias de publicidad es un negocio muy lucrativo.

Por lo regular el brief se le da a los ilustradores por teléfono, pero para este proyecto, el Conejo tuvo que ir a mi oficina. Ahí lo conocí y tras la reunión no pude quedarme con las ganas de decirle lo mucho que lo admiraba. El pobre Conejo reaccionó desconcertado. Trataba de discernir si me lo estaba tratando de ligar —una práctica común en este medio— o lo que le decía era sincero. Me acuerdo haberle dicho que era todo lo que mis papás siempre me dijeron que no se podía hacer. Abrumado buscó algo que responder, mientras yo sentía una enorme frustración de no poder regresar a decirle a una versión más joven de mí que estudiara ilustración — o lo que se le diera la gana— y que todo estaría bien. Pero sobre todo, que no moriría de hambre.

Un nudo es siempre un buen regalo.
Al igual que Michael J. Fox, quiero regresar otro pelín más en el tiempo, a la preparatoria para ser exactos. Aunque parezca irónico una de las clases en la escuela que más sufrí fue la de arte. No por lo que tenía que hacer en ella —aunque realmente detestaba lavar los pinceles cuando acababa— sino por la persona que la impartía, Miss Emily, quien me odiaba tanto como yo a ella. Era una mujer triste y amargada que se decía ser una pintora profesional. La obra de Miss Emily constaba de un montón de cuadros inspirados en su tema favorito: los nudos. Pintaba toda clase de cuerdas atadas, siempre de una forma solemne y sobria. Su técnica favorita era la acuarela; durante las clases ella hacía sus nudos usando el material más caro de la escuela, mientras a nosotros nos daba unas pinchurrientas pinturas acrílicas Vinci.

La maestra detestaba tanto mi técnica, como mis temas —mismos que yo elegía con toda alevosía para provocarla— y no tenía reparo en decírmelo. Si había que ilustrar una escena de la naturaleza, “Qué tenga mucho verde, mucho pasto”, como pedía Miss Emily, yo pintaba una tacleada en un partido de futbol americano o a un rinoceronte en brama, corriendo por la jungla. Para sorpresa de muchos, y en especial para Miss Emily y su pobre hígado que se hacía puré cuando sucedía, en las exposiciones de la escuela, mis cuadros llamaban mucho más la atención y tenían mayor reconocimiento que sus nudos.

Sin saberlo, y de una forma muy ingenua, en mi clase de arte durante los noventas, replicaba la actitud desvergonzada, anarquista y burlona de los artistas plásticos en Los Ángeles, y otras ciudades donde se dio el Lowbrow. La misma que la define —si esto es posible— y se ve plasmada en sus obras. Piezas inspiradas en la calle y en las mismas tiras cómicas que leía —y quise hacer profesionalmente— cuando era niño. Una postura desafiante, chusca e inspiradora que por mi triste desinformación y mala suerte no conocí hasta años después.

La última vez que vi a Miss Emily fue poco antes de graduarme. Entré al salón de arte para despedirme de la maestra y pedirle los trabajos que hice durante los cursos.

—Todos los trabajos se destruyen —me dijo —. Ya rompí los tuyos.
—Perra —le respondí en mi cabeza, mientras salía del salón.

Cuando le platiqué a mi psicóloga del Conejo o de Miss Emily me suplicó que volviera a dibujar. Que lo retomara, que tratara de dedicarme a hacer storyboards o lo que fuera. Le respondí que no, que yo ya me dedicaba a otras cosas, que había errado el camino y que era demasiado viejo para volver a empezar.

Luke Chueh y su interpretación del Lowbrow.
En lugar de eso me volví fanático del movimiento y de sus sucesores. Del Lowbrow y el nuevo diseño, las intervenciones y los art toys, los pósters de conciertos, las celdas de animación y todas esas cosas maravillosas que se han apropiado de las paredes en las galerías y los museos. De los nombres que han hecho el arte accesible, que por paradójico que resulte, y lo sacaron de las calles. Empecé a admirar a ilustradores y artistas como si fueran las bandas que escuchaba en mi juventud. A aprenderme sus nombres y apellidos como si fueran los integrantes de un equipo de futbol.

También empecé a coleccionar sus obras, que a diferencia del arte moderno, es algo muy sencillo y barato de hacer; sólo se tiene que tener una cuenta de eBay y acceso a Internet. La simpleza de los trazos, el humor, la creatividad y el absurdo de las piezas han ido decorando las paredes y repisas de mi casa, haciendo que poco a poco se parezcan a la habitación de un niño.

Paredes y repisas con artistas que hacen lo que se les da la gana y están muy lejos de morirse de hambre en el intento.

lunes, 28 de marzo de 2011

Hasta que se le hizo

Dicen que cuando nací, mucho antes de que los ultrasonidos fueran lo suficientemente sofisticados para saber con antelación el género de un feto, mi papá salió corriendo a una juguetería a celebrar que su primogénito era varón. Allí compró un kit completo de vaqueros, que consistía en un cinturón con una hebilla grande, un par de revólveres de juguete, un sombrero y un caballo con ruedas. Cuando me llevaron a casa, de mi cuna ya colgaban las pistolas y el caballo descansaba a un lado esperando a su jinete. El problema fue que toda esa parafernalia western ahí quedó, y el jinete nunca hizo mucho caso de ella.

En cambio, crecí fascinado leyendo historietas de superhéroes –Batman y Spider-Man siempre fueron mis favoritos– y viendo a Scooby Doo huir y comerse sus problemas en la tele. Más grande las Tortugas Ninja se convirtieron en una obsesión. ¿Qué pensaría mi papá de su hijo en ese momento? Quizás algo como, "¿Por qué le ilusionan reptiles sosos, con antifaces de colores cubriendo sus ojos, cuando podría ver a Clint Eastwood hacer cara de malo?", o, tal vez, era un concepto demasiado amorfo, tan inexplicable, para siquiera reflexionar sobre él.

Hace unos cuantos fines de semana me preguntó si podía acompañarlo al cine. Un acontecimiento raro en sí, ya que siempre ha preferido ahorrarse los tumultos y ver películas en la comodidad de su sillón. Me pidió llevarlo a ver Temple de Acero –True Grit, en inglés–, la más reciente producción de los hermanos Coen y con la que incursionan en el género favorito de mi padre, el de vaqueros. Accedí inmediatamente. Siempre he disfrutado las cintas de los Coen, pero más ver a mi papá salir de la casa para algo que no sea ir a trabajar. Le dije que me avisara el día que mejor le conviniera y que yo adaptaría mi agenda. Pasaron por lo menos tres semanas para que se decidiera a ir. La verdad, ya hasta se me había olvidado.

Tuvimos suerte, la película aún estaba en cartelera en una que otra sala de la ciudad. Por estar nominada al Oscar, su permanencia en el cine se vio ligeramente estirada. Encontramos una función cerca de casa de mis papás un domingo a las 10:30 de la noche. Horario poco ortodoxo, pero mi padre no es un hombre muy ortodoxo que digamos. Compré los boletos con anticipación aunque llegué un poco tarde por él esa noche. A pesar de que no hacía frío, salió de su casa con una gabardina puesta. Debajo traía un blazer azul marino y pantalones de mezclilla. Subió a mi coche y me saludó afectuoso. Llegamos al cine justo a tiempo. La sala estaba bastante llena a pesar del extraño día y horario. Nos sentamos en una esquina de la parte superior y pusimos los pies en un barandal, convenientemente ubicado frente a nuestras butacas.

La película tiene el don de enganchar desde sus primeras escenas. A partir de ahí es una aventura al más puro estilo de los clásicos del género, pero salpicada con la visión agridulce de los Coen. Con esos destellos en los que uno no sabe si reír o llorar. Durante la función volteaba a ver de reojo a mi padre quien estaba tan atrapado como yo. Podía sentir su fascinación, pero más allá del argumento, de ese deseo frustrado de vivir en un momento o un lugar donde la vida era tan sencilla como despertar, beber un whiskey sin mojar el cigarro que yace sobre la boca, montar por las praderas, arrear y comercializar cabezas de ganado y de vez en cuando, vengar una que otra muerte.

De regreso, teniendo el típico intercambio de ideas que sucede después de ver una película, sea cual sea, no podía dejar de pensar que después de 33 años, de alguna forma, mi papá se había salido con la suya.

viernes, 30 de enero de 2009

Cuatro semanas

La llamada a mi celular me tomó por sorpresa. Tenía la mente en blanco y la mirada fija en el interior de mi mochila, tratando de recordar qué era lo que estaba buscando, cuando lo escuché. Han de haber sido alrededor de las doce del día, momento en el que el hambre y la desidia no suelen dejarme trabajar en paz. Volteé el aparato que vibraba sobre el escritorio y leí en la carátula que era mi mamá. Haciendo todo lo posible por mantener la calma, me informó que era inminente internar a mi papá. Acababa de colgar con el médico después de recibir los resultados de las pruebas de sangre, que le había mandado a hacer un par de horas antes, dado su progresivo deterioro físico.

—No saben exactamente lo que tiene. Parece que es una obstrucción en las vías biliares.
—¿Qué es eso? Es del hígado ¿no?— pregunté muy nervioso por las connotaciones que puede tener la palabra ‘obstrucción’.
—El doctor me dijo: «Está muy grave, señora»— repitió mi mamá, haciendo énfasis en el superlativo—, tenemos que esperar a las tomografías, pero se ve mal.

Me dejé caer en mi silla para escuchar el relato de mi madre que, de repente, interrumpió mi papá, para darme un recado. Quería encargarme una bata de baño nueva y una novela de aventuras. Cuando indagué más sobre el género de la encomienda, mi mamá, atareada por dejar lista la maleta, me pasó a mi padre. «Algo de aventuras, como el "Capitán Alatriste", que sea fácil de leer, porque no sé cuánto tiempo voy a estar en el hospital», pidió con lucidez, pero con una voz muy débil, que se apagaba antes de terminar las oraciones, casi como un silbido. Cuando colgué era cerca de la una de la tarde. Salí disparado de mi oficina, con la cabeza llena de pensamientos turbios. Lloré como un niño chiquito todo el camino para recoger a mi hermana, quien ya me esperaba en el acceso de su edificio. A diferencia de mí, se veía entera, un poco seria, pero sin mostrar un ápice de preocupación.

—¿Tienes gripa?— me preguntó cuando subió al coche.

Después de comer fuimos al centro comercial de Santa Fe. En el Péndulo, tras una certera recomendación del encargado —un tipo sabio de barba crecida y escasa cabellera, de quien prácticamente me despedí de abrazo—, compré Capitán de Mar y Tierra de Patrick O’Brian, mientras mi hermana se encargaba de la bata. Satisfechos con nuestras compras emprendimos el largo camino hacia el sur. Hicimos una escala en casa de mis papás para dejar un coche y agarrar algunas cosas. Mientras yo iba al baño, sonó el teléfono. Cuando salí, mi hermana escuchaba con atención lo que mi madre le decía a través del auricular. Sin voltear a verme estiró un brazo y levantó su dedo pulgar hacia el techo. Sin entender exactamente cuáles, supe que eran buenas noticias.

—No es cáncer— susurró dirigiéndose a mí, tapando la bocina para no interrumpir a mi madre. Sentí como, con esas tres palabras, mi cuerpo se liberaba de una terrible opresión.

La impresión al llegar al hospital fue más surrealista que desgarradora. Su aspecto era terrible, había envejecido diez años en sólo cuatro días; toda su piel, desde la calvita hasta la última arruga, estaba teñida de un color intenso, que mi madre no pudo describir mejor: «amarillo Simpson». Su habitación estaba en el sexto piso del inmueble —prestación a la que tenía derecho mi padre, por ser médico de ahí—, una planta que remodelaron a principios de los años noventa, cuando se puso de moda entre personajuchos del medio farandulero, pseudocelebridades, que no querían mezclarse con el resto de los pacientes. De hecho, en esa época una leyenda urbana decía que Luis Miguel tenía una habitación permanente ahí, para desintoxicarse cada vez que visitaba México. La iluminación era tenue y hacía juego con los pisos de mármol negro con acentos verdes y unas figurillas espantosas, como las que se venden en la sección de regalos del Palacio de Hierro. Parecía el interior de una casa en el Pedregal en 1988. La atención, en teoría, debía haber sido mejor que en los otros niveles, pero teníamos que tocar el timbre varias veces para que alguna señorita lo atendiera. Durante esos días una auténtica convención de especialistas se dio cita en la habitación; desfilaban con arrogancia, pavoneando sus batas blancas, mientras las enfermeras hacían todo el trabajo sucio —literalmente. Cada uno era invocado por otro, como deidades mitológicas para funciones específicas, pero en lugar de fertilidad, abundancia o condiciones climáticas para una mejor cosecha, el hematólogo, gastroenterólogo, cardiólogo, hepatólogo, los residentes, cirujanos, la nutrióloga e infectólogo se pasaban la bolita, tenían pequeñas riñas de poder y planeaban sus vacaciones, mientras mi padre los veía frustrado, con unos ojos en los que el ámbar había sustituido al blanco.

Los diagnósticos dieron varias oscilaciones entre cosas terminales e infecciones pinchurrientas, pero lo que era una realidad es que mi papá, cada vez, lucía peor. Pronto resolvieron que tenían que hacerle una endoscopia, pero para esto, necesitaban un donador de plaquetas. En el laboratorio nos rechazaron a mi mamá (por haber tomado medicamentos) a mi hermana y cuñado (ambos por el grosor de sus venas) y a mí (por mi «estilo de vida promiscuo» y haber tenido más de una pareja sexual en el año). Por fin encontraron a mi primo el cardiólogo, un hombre ejemplar para los altos estándares del banco de sangre: esposo y padre de dos. Él, a su vez, nos explicó lo extenuante del procedimiento de este tipo de donación, por lo que quedamos en deuda con él. Los días siguientes fueron probablemente los más difíciles. La endoscopia duró más de tres horas y tuvo que ser interrumpida porque el corazón de mi papá estuvo a punto de ceder. Su estado era crítico. Por dos semanas se dedicaron a fortalecerlo, querían prepararlo para una futura cirugía en la que le quitarían su destruida vesícula.

Empezaron las guardias nocturnas, por las que tuve que faltar un par de veces a a la oficina. Las vacaciones de invierno estaban a menos de una semana y mi ausencia no tuvo mayores implicaciones. A diferencia de los días, las noches en el hospital eran pacíficas, por lo menos entre las doce y las cinco de la mañana, en las que las intermitentes visitas de las enfermeras eran menos frecuentes y cuando lo hacían, entraban sin encender la luz, sigilosas como enormes ratones blancos, revisaban las máquinas y salían sin hacer el menor ruido. Yo pasaba ese tiempo en vela, aprovechando la calma para leer y escribir un poco. Me alumbraba con la luz tenue de una lamparita que tenía que estar acomodando, para seguir las líneas de mi libro de Auster. A esas horas sólo se escuchaba el gorgoteo de la bomba que dosificaba los medicamentos y el alimento a mi padre, que dormía apaleado por todos los estudios que le practicaban durante el día.

—Hijo, ¿puedes ver que trajeron?— me preguntó una mañana, ilusionado después de ver salir al hombre de la «dieta».
—Dos vasos de agua, pa— contesté. Por su expresión pude ver que era una de las peores noticias que le habían dado hasta el momento. Bajó la mirada y empezó a darle vueltas a su mascarilla de oxígeno como un niño aburrido. Le ofrecí prender la televisión o pasarle su libro, pero rechazó las propuestas. Llevaba más de cinco días sin probar alimento, sin experimentar un sabor en su boca. Le daban de comer a través de una sonda que entraba por su nariz y bajaba hasta el estómago.

Quizá la segunda persona, después de mi padre, que más resintió todo este calvario, fue mi mamá. Sus jornadas eran maratónicas. Fue la que más tiempo estuvo en el hospital, además de encargarse de sus ocupaciones habituales. Incluso preparó una modesta cena las noches del 24 y el 31, no sólo para nosotros, sino para el staff del piso. De no haber sido por ella, las celebraciones de Navidad y Año Nuevo hubieran pasado desapercibidas. Estábamos agotados y desmoralizados, y es que hay edificaciones que están cargadas de ciertas emociones por naturaleza. Los aeropuertos, por ejemplo, son lugares nostálgicos, uno está rodeado de despedidas y reencuentros, de los que esperan y de los que se van. En los hospitales, en cambio, sólo hay angustia. Es ver a alguien que quieres en un estado de absoluta vulnerabilidad, en los momentos más patéticos y dolorosos. Es verlo con un eterno cableado que penetra su piel, dejando a su paso moretones y llagas.

Para la tercera semana el cirujano hizo un paréntesis en sus vacaciones y la operación llegó. De repente parecía que la decisión se tomó en base a una agenda y no a los análisis de sangre —que le practicaban diariamente a las cinco de la mañana. La intervención fue difícil, larga y, de boca del propio equipo médico, todo un reto; en cambio, la recuperación fue rápida y exponencial. Todos los días mi papá recuperaba una habilidad: caminar, masticar, ir solo al baño. Cada vez había un cablecito menos en su cuerpo, hasta que por fin, una semana después, la mañana del primer lunes del 2009, lo dieron de alta.

Ese domingo lo fui a visitar a su casa, y vimos juntos el partido del Atlas. Era un encuentro en el que mi equipo jugaba contra el Pachuca por un pase para la Copa Libertadores. Para el final del primer tiempo iban perdiendo por tres goles, sin embargo, el Atlas, milagrosamente, logró empatar y hacer que el juego se decidiera en penales. Mi papá se veía repuesto, había recuperado el tono natural de su piel y una complexión más saludable. Tenía buen ánimo a pesar de todas las restricciones a las que estaba sujeto.

—Yo conocí al Atlas cuando te conocí a ti, bueno, desde que tú le vas, con eso que te da por moverte siempre fuera de los estándares y lo convencional. Pero bueno, si tú te vuelves finlandés, yo me volveré también finlandés— me dijo al finalizar la sesión.

Es la vez que más he disfrutado ver perder a mi equipo de fútbol.