En cambio, crecí fascinado leyendo historietas de superhéroes –Batman y Spider-Man siempre fueron mis favoritos– y viendo a Scooby Doo huir y comerse sus problemas en la tele. Más grande las Tortugas Ninja se convirtieron en una obsesión. ¿Qué pensaría mi papá de su hijo en ese momento? Quizás algo como, "¿Por qué le ilusionan reptiles sosos, con antifaces de colores cubriendo sus ojos, cuando podría ver a Clint Eastwood hacer cara de malo?", o, tal vez, era un concepto demasiado amorfo, tan inexplicable, para siquiera reflexionar sobre él.Hace unos cuantos fines de semana me preguntó si podía acompañarlo al cine. Un acontecimiento raro en sí, ya que siempre ha preferido ahorrarse los tumultos y ver películas en la comodidad de su sillón. Me pidió llevarlo a ver Temple de Acero –True Grit, en inglés–, la más reciente producción de los hermanos Coen y con la que incursionan en el género favorito de mi padre, el de vaqueros. Accedí inmediatamente. Siempre he disfrutado las cintas de los Coen, pero más ver a mi papá salir de la casa para algo que no sea ir a trabajar. Le dije que me avisara el día que mejor le conviniera y que yo adaptaría mi agenda. Pasaron por lo menos tres semanas para que se decidiera a ir. La verdad, ya hasta se me había olvidado.
Tuvimos suerte, la película aún estaba en cartelera en una que otra sala de la ciudad. Por estar nominada al Oscar, su permanencia en el cine se vio ligeramente estirada. Encontramos una función cerca de casa de mis papás un domingo a las 10:30 de la noche. Horario poco ortodoxo, pero mi padre no es un hombre muy ortodoxo que digamos. Compré los boletos con anticipación aunque llegué un poco tarde por él esa noche. A pesar de que no hacía frío, salió de su casa con una gabardina puesta. Debajo traía un blazer azul marino y pantalones de mezclilla. Subió a mi coche y me saludó afectuoso. Llegamos al cine justo a tiempo. La sala estaba bastante llena a pesar del extraño día y horario. Nos sentamos en una esquina de la parte superior y pusimos los pies en un barandal, convenientemente ubicado frente a nuestras butacas.
La película tiene el don de enganchar desde sus primeras escenas. A partir de ahí es una aventura al más puro estilo de los clásicos del género, pero salpicada con la visión agridulce de los Coen. Con esos destellos en los que uno no sabe si reír o llorar. Durante la función volteaba a ver de reojo a mi padre quien estaba tan atrapado como yo. Podía sentir su fascinación, pero más allá del argumento, de ese deseo frustrado de vivir en un momento o un lugar donde la vida era tan sencilla como despertar, beber un whiskey sin mojar el cigarro que yace sobre la boca, montar por las praderas, arrear y comercializar cabezas de ganado y de vez en cuando, vengar una que otra muerte.De regreso, teniendo el típico intercambio de ideas que sucede después de ver una película, sea cual sea, no podía dejar de pensar que después de 33 años, de alguna forma, mi papá se había salido con la suya.
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