miércoles, 27 de enero de 2010

Ligues de segunda división

No acababa de llegar a la fiesta y saludar a las pocas y esparcidas personas que conocía allí, cuando mi amiga Raquel me recibió con una declaración optimista, en lugar de los habituales ademanes de cortesía.

—Hoy sí vengo con todo— dijo ilusionada con un vaso de plástico en la mano.

Supuse que se refería a ligar o algo parecido, pero antes de poder responderle cualquier cosa, Raquel ya se había perdido en la multitud. Me dio ternura su determinación y ubiqué la barra más cercana para hacerme, también, de un vaso de plástico. Un rato después, volví a verla platicando con un grupo de chavas, al mismo tiempo que examinaba como una depredadora al resto de la concurrencia. En ese momento su amiga Mayte, se paró junto a mí en el bar.

—¿Cómo espera Raque agarrarse a alguien hoy, si está con sus amigas lesbianas?— me preguntó.

—No la juzgues. Tal vez, está ligando— contesté.

—Claro que no. Raque no es gay.

—A mí me dijo que "venía con todo". Tal vez a eso se refería.

—Le gustan los hombres, pero así, no se le va a acercar ninguno— respondió indignada.

Cuando se fue, puse un poco más de atención en las amigas de Raquel. Si alguien me las hubiera presentado, no habría sabido si saludarlas de beso o extenderles la mano, y definitivamente no ayudaban a Raquel en su causa. Sin embargo, en algún momento de la noche, un tipo se armó de valor y abordó a mi muy resguardada amiga. Creo que no habían pasado ni tres minutos cuando el sujeto desistió y abatido, la dejó sola. Finalmente, las amigas de Raquel se despidieron de ella y vino hasta donde estábamos nosotros.

—¿Qué pasó mi Rach? ¿Porqué te despachaste a ese cuate?— le pregunté con curiosidad morbosa.

—Estaba bien feo— respondió, provocando que todos los que estábamos ahí volteáramos a vernos los unos a los otros; Mayte sólo se llevó una mano a la cara, en completa frustración.

Semanas después, en otra fiesta con el mismo grupo, Raquel regresó triunfante a la barra, después de pasearse un buen rato por el recinto que nos albergaba.

—Ya encontré a un güey que me gusta. Mmmm... Está yummy— dijo lasciva.

—¿Quién?— indagó Mayte, recorriendo el lugar con la mirada.

—Ése— señaló Raquel con autoridad.

A diferencia del hombre de la primera fiesta —que era un tipo común y corriente—, el objeto del deseo de mi amiga era, por lo menos, cinco años más joven que ella y parecía un modelo recién desembarcado de algún país de Europa del este. Raquel no es una mujer fea, ni mucho menos, es bajita, muy simpática y agradable, pero sus gustos son un tanto ambiciosos.

—Voy por él— le dijo a Mayte, llena de actitud.

Y así fue. Empezó a pavonearse y a ejecutar pasos de baile que pretendían ser cadenciosos alrededor del muchachito, quien estaba más concentrado en su vaso de whisky, que en el ritual de apareamiento frente a él. Ante la escena, Mayte se llevó, nuevamente, la mano a la cara.

Hay un terminajo en la industria publicitaria que se utiliza para describir las piezas de comunicación cuyo objetivo es hacer al espectador desear algo, que normalmente está fuera del poder adquisitivo: 'aspiracional'. Es el mismo terminajo con el que se pueden describir los gustos y el comportamiento de mi amiga Raquel. Los gringos también tienen un concepto para explicar este tipo de situaciones. Todos los que vimos las películas ochenteras de Emilio Estevez, Demi Moore y Rob Lowe, o series como Salvados por la Campana, Los Años Maravillosos y 90210 estamos familiarizados con el famoso "no está en tu liga", que se repetía una y otra vez cuando rechazaban sentimentalmente a alguno de los personajes. La expresión surge, probablemente, de los deportes; los equipos y participantes son separados y catalogados según su nivel y aptitudes en diferentes ligas, buscando un mismo nivel de competitividad —aunque divertido, resultaría inhumano poner a enfrentarse al Barça contra el Ferro de la segunda división argentina—.

Las ligas son tan subjetivas como ofensivas, pero de alguna forma nos sitúan en una realidad a la hora del cortejo y, en muchos casos, nos protegen de un posible rechazo. Es innegable que vivimos en un mundo superficial, en donde la inmensa mayoría de la gente es juzgada diariamente por su apariencia física, género, origen étnico, orientación sexual y nivel socioecónomico. Tratar de imaginar que en las relaciones románticas esto no pasa, sería muy inocente. Es por eso que las ligas apelan a todo tipo de estereotipos, factores económicos, educativos, raciales y hasta de popularidad. Citando a otra amiga, Ana Elena, “Si es escritor o músico sube dos puntos; pero si es futbolista, diez”.

La existencia de las ligas interpersonales es muy discutible, pero lo que es un hecho, es que mientras más afines seamos a las personas que pretendemos, mayores serán las probabilidades de entablar una relación —lo más sana y satisfactoria posible—. Es nuestra neurosis la que nos hace querer superar deficiencias e inseguridades a través de la pareja, una situación que en definitiva nos aleja del objetivo inicial, que era encontrar a una.

Hoy, Raquel está muy enamorada y, sobretodo, es correspondida por un hombre, bastante carita, que mide unos cinco centímetros menos que ella.

viernes, 8 de enero de 2010

Entre porras

Hay un canto que, aunque trágico, ha sabido definir la idiosincrasia de nuestro país. Un canto que se escucha por igual en los estadios de futbol, en los programas de concursos, en los mítines de López Obrador y hasta como lema en la pasada campaña electoral de Barack Obama. Se trata del tan inconfundible, como mediocre: “¡Sí se puede, sí se puede!”. Esta porra, aunque logra su objetivo de dar aliento a quienes está siendo dedicada, intrínsecamente, da por hecho una derrota. Sin embargo, el sentido de este vitoreo cambia cuando se refiere a la escena de música independiente en México, que definitivamente tiene el marcador en contra, desde hace mucho tiempo.

Los últimos años han caracterizado al rock mexicano por un sin fin de fiascos e imitaciones baratas. La oferta musical reciente no podría ser descrita mejor que con el bonito término que nos regaló la Cámara Nacional del Cine, en los comerciales que anteceden las películas: “pidata”. Con la explosión que ha tenido Internet y lo fácil que es descubrir nueva música, los plagiarios nacionales tienen un catálogo entero que fusilar al alcance de su mano. Con cada grupo que aparece en las ondas radiales, pueden identificarse con facilidad sus "influencias" o a quién están copiando. Desde los Dynamite que hacen una terrible parodia de los Strokes y los Editors, hasta los infumables Bunkers —aunque son originarios de Chile, ya se mudaron a nuestro país— que copian hasta el último elemento de las canciones de Franz Ferdinand.

Pero no todo está perdido. Ante nuestra lúgubre realidad, "región 4" y conformista, han aparecido diferentes actos que le dan, apenas, un suspirito de esperanza a la poco original escena musical. Entre ellos destaca el conjunto capitalino Furland, que en diciembre estrenó su segundo álbum, Historia de la Luz. Escuché el primer sencillo del disco, 'Quiero ser un color', en Radio Ibero una mañana cuando manejaba a mi trabajo. Una vez en el estacionamiento, no me bajé del coche hasta que acabó la canción y, cuando pasó, quedé gratamente impresionado. Unos días después, Ricardo, baterista del grupo, me invitó a una presentación que darían en un pequeño bar de la Condesa, el Tokyo Pop. Tenía mucha curiosidad de escuchar el resto del disco, así que me dí una vuelta, libre de expectativas. En este tipo de shows la gente suele poner más atención al barman, que a las piezas que se interpretan en el escenario, pero aquel viernes fue diferente. Furland tocó para apenas unas cuantas personas, pero lo hicieron con la entrega y, sobretodo, la pericia de un grupo sólido y experimentado, seduciendo a cada uno de los que estábamos ahí, a pesar del tamaño del lugar y su pésima arquitectura. Historia de la Luz es una producción buena onda —a cargo de Emmanuel del Real de Café Tacuba—, con un sonido que no remite a ningún grupo en específico, pero que al mismo tiempo, podría ser la obra de cualquier banda grande.

Sin duda la actuación de Furland, y las piezas que componen Historia de la Luz, fueron un alivio este fin de año y fin de década; un destello que aclara el camino por el que las bandas en México deben atreverse a pasar, mientras el resto de nosotros gritamos: “sí se puede, sí se puede”.

Foto Furland en el Tokyo Pop: © Claudia Ochoa