domingo, 4 de marzo de 2012

De haber sabido. Parte I

He de confesar que llevo relativo poco tiempo de saber la existencia del arte Lowbrow, o ese movimiento artístico pop-surrealista que sufre la misma suerte que la música alternativa. Piezas y artistas a los que se les desea catalogar, pero su propia naturaleza excluye a todas las definiciones preconcebidas. Cuando digo que reconozco que tengo poco de conocer el Lowbrow, lo digo evidenciando mi propia ignorancia, pero sobre todo, con un cierto grado de rencor y envidia. Sentimientos que me recuerdan cuando entré a la industria de la publicidad.

Charles Schultz y su hobby.
De antemano pido disculpas por el flashback dentro de otro flashback, pero antes de hablar de ese momento, me regresaré unos cuantos años más atrás. Cuando era niño y mis papás me preguntaban qué quería ser de grande, con toda determinación contestaba que "comiquero", una palabra que en mi joven vocabulario usaba para describir a aquellas personas que se dedican a hacer historietas profesionalmente. A esto mis padres siempre respondían que "eso no es una profesión, sino un hobby". Ahora sí, de regreso a mi entrada a la publicidad, cuando me involucré por primera vez en la producción de un comercial de televisión, me encargaron supervisar la creación del storyboard, que es una serie de viñetas ilustradas que cuentan el flujo del comercial o cualquier cosa que eventualmente será una película. En pocas palabras, un cómic.

Lo primero que tenía que hacer para ello era encontrar al Conejo. Lejos de cualquier referencia que pudiera provenir de la obra de Lewis Carroll, el Conejo era el storyboardista al que mi jefa del momento le tenía mayor confianza. Esto, de entrada, era particularmente difícil. El Conejo era un tipo con muchísimo trabajo, se la pasaba de junta en junta y su hermana, quién le llevaba su apretada agenda, era el único medio de contacto con él. En el mundo del storyboardismo una cotización depende del número de cuadros que se requieren, si llevan o no color, además del nivel del detalle. Cada cuadro oscila entre los $150 y $300 pesos, y un storyboard lleva en promedio quince cuadros. A un ilustrador le toma un par de días entregar un trabajo completo —incluyendo cambios—, y la mayoría de las veces hacen dos o tres ‘boards’ simultáneos. Ponerse a hacer las matemáticas al respecto, resultaría ocioso, el punto es que hacerle “dibujitos” —como mis papás llamaban a una de mis más grandes pasiones— a las agencias de publicidad es un negocio muy lucrativo.

Por lo regular el brief se le da a los ilustradores por teléfono, pero para este proyecto, el Conejo tuvo que ir a mi oficina. Ahí lo conocí y tras la reunión no pude quedarme con las ganas de decirle lo mucho que lo admiraba. El pobre Conejo reaccionó desconcertado. Trataba de discernir si me lo estaba tratando de ligar —una práctica común en este medio— o lo que le decía era sincero. Me acuerdo haberle dicho que era todo lo que mis papás siempre me dijeron que no se podía hacer. Abrumado buscó algo que responder, mientras yo sentía una enorme frustración de no poder regresar a decirle a una versión más joven de mí que estudiara ilustración — o lo que se le diera la gana— y que todo estaría bien. Pero sobre todo, que no moriría de hambre.

Un nudo es siempre un buen regalo.
Al igual que Michael J. Fox, quiero regresar otro pelín más en el tiempo, a la preparatoria para ser exactos. Aunque parezca irónico una de las clases en la escuela que más sufrí fue la de arte. No por lo que tenía que hacer en ella —aunque realmente detestaba lavar los pinceles cuando acababa— sino por la persona que la impartía, Miss Emily, quien me odiaba tanto como yo a ella. Era una mujer triste y amargada que se decía ser una pintora profesional. La obra de Miss Emily constaba de un montón de cuadros inspirados en su tema favorito: los nudos. Pintaba toda clase de cuerdas atadas, siempre de una forma solemne y sobria. Su técnica favorita era la acuarela; durante las clases ella hacía sus nudos usando el material más caro de la escuela, mientras a nosotros nos daba unas pinchurrientas pinturas acrílicas Vinci.

La maestra detestaba tanto mi técnica, como mis temas —mismos que yo elegía con toda alevosía para provocarla— y no tenía reparo en decírmelo. Si había que ilustrar una escena de la naturaleza, “Qué tenga mucho verde, mucho pasto”, como pedía Miss Emily, yo pintaba una tacleada en un partido de futbol americano o a un rinoceronte en brama, corriendo por la jungla. Para sorpresa de muchos, y en especial para Miss Emily y su pobre hígado que se hacía puré cuando sucedía, en las exposiciones de la escuela, mis cuadros llamaban mucho más la atención y tenían mayor reconocimiento que sus nudos.

Sin saberlo, y de una forma muy ingenua, en mi clase de arte durante los noventas, replicaba la actitud desvergonzada, anarquista y burlona de los artistas plásticos en Los Ángeles, y otras ciudades donde se dio el Lowbrow. La misma que la define —si esto es posible— y se ve plasmada en sus obras. Piezas inspiradas en la calle y en las mismas tiras cómicas que leía —y quise hacer profesionalmente— cuando era niño. Una postura desafiante, chusca e inspiradora que por mi triste desinformación y mala suerte no conocí hasta años después.

La última vez que vi a Miss Emily fue poco antes de graduarme. Entré al salón de arte para despedirme de la maestra y pedirle los trabajos que hice durante los cursos.

—Todos los trabajos se destruyen —me dijo —. Ya rompí los tuyos.
—Perra —le respondí en mi cabeza, mientras salía del salón.

Cuando le platiqué a mi psicóloga del Conejo o de Miss Emily me suplicó que volviera a dibujar. Que lo retomara, que tratara de dedicarme a hacer storyboards o lo que fuera. Le respondí que no, que yo ya me dedicaba a otras cosas, que había errado el camino y que era demasiado viejo para volver a empezar.

Luke Chueh y su interpretación del Lowbrow.
En lugar de eso me volví fanático del movimiento y de sus sucesores. Del Lowbrow y el nuevo diseño, las intervenciones y los art toys, los pósters de conciertos, las celdas de animación y todas esas cosas maravillosas que se han apropiado de las paredes en las galerías y los museos. De los nombres que han hecho el arte accesible, que por paradójico que resulte, y lo sacaron de las calles. Empecé a admirar a ilustradores y artistas como si fueran las bandas que escuchaba en mi juventud. A aprenderme sus nombres y apellidos como si fueran los integrantes de un equipo de futbol.

También empecé a coleccionar sus obras, que a diferencia del arte moderno, es algo muy sencillo y barato de hacer; sólo se tiene que tener una cuenta de eBay y acceso a Internet. La simpleza de los trazos, el humor, la creatividad y el absurdo de las piezas han ido decorando las paredes y repisas de mi casa, haciendo que poco a poco se parezcan a la habitación de un niño.

Paredes y repisas con artistas que hacen lo que se les da la gana y están muy lejos de morirse de hambre en el intento.

lunes, 28 de marzo de 2011

Hasta que se le hizo

Dicen que cuando nací, mucho antes de que los ultrasonidos fueran lo suficientemente sofisticados para saber con antelación el género de un feto, mi papá salió corriendo a una juguetería a celebrar que su primogénito era varón. Allí compró un kit completo de vaqueros, que consistía en un cinturón con una hebilla grande, un par de revólveres de juguete, un sombrero y un caballo con ruedas. Cuando me llevaron a casa, de mi cuna ya colgaban las pistolas y el caballo descansaba a un lado esperando a su jinete. El problema fue que toda esa parafernalia western ahí quedó, y el jinete nunca hizo mucho caso de ella.

En cambio, crecí fascinado leyendo historietas de superhéroes –Batman y Spider-Man siempre fueron mis favoritos– y viendo a Scooby Doo huir y comerse sus problemas en la tele. Más grande las Tortugas Ninja se convirtieron en una obsesión. ¿Qué pensaría mi papá de su hijo en ese momento? Quizás algo como, "¿Por qué le ilusionan reptiles sosos, con antifaces de colores cubriendo sus ojos, cuando podría ver a Clint Eastwood hacer cara de malo?", o, tal vez, era un concepto demasiado amorfo, tan inexplicable, para siquiera reflexionar sobre él.

Hace unos cuantos fines de semana me preguntó si podía acompañarlo al cine. Un acontecimiento raro en sí, ya que siempre ha preferido ahorrarse los tumultos y ver películas en la comodidad de su sillón. Me pidió llevarlo a ver Temple de Acero –True Grit, en inglés–, la más reciente producción de los hermanos Coen y con la que incursionan en el género favorito de mi padre, el de vaqueros. Accedí inmediatamente. Siempre he disfrutado las cintas de los Coen, pero más ver a mi papá salir de la casa para algo que no sea ir a trabajar. Le dije que me avisara el día que mejor le conviniera y que yo adaptaría mi agenda. Pasaron por lo menos tres semanas para que se decidiera a ir. La verdad, ya hasta se me había olvidado.

Tuvimos suerte, la película aún estaba en cartelera en una que otra sala de la ciudad. Por estar nominada al Oscar, su permanencia en el cine se vio ligeramente estirada. Encontramos una función cerca de casa de mis papás un domingo a las 10:30 de la noche. Horario poco ortodoxo, pero mi padre no es un hombre muy ortodoxo que digamos. Compré los boletos con anticipación aunque llegué un poco tarde por él esa noche. A pesar de que no hacía frío, salió de su casa con una gabardina puesta. Debajo traía un blazer azul marino y pantalones de mezclilla. Subió a mi coche y me saludó afectuoso. Llegamos al cine justo a tiempo. La sala estaba bastante llena a pesar del extraño día y horario. Nos sentamos en una esquina de la parte superior y pusimos los pies en un barandal, convenientemente ubicado frente a nuestras butacas.

La película tiene el don de enganchar desde sus primeras escenas. A partir de ahí es una aventura al más puro estilo de los clásicos del género, pero salpicada con la visión agridulce de los Coen. Con esos destellos en los que uno no sabe si reír o llorar. Durante la función volteaba a ver de reojo a mi padre quien estaba tan atrapado como yo. Podía sentir su fascinación, pero más allá del argumento, de ese deseo frustrado de vivir en un momento o un lugar donde la vida era tan sencilla como despertar, beber un whiskey sin mojar el cigarro que yace sobre la boca, montar por las praderas, arrear y comercializar cabezas de ganado y de vez en cuando, vengar una que otra muerte.

De regreso, teniendo el típico intercambio de ideas que sucede después de ver una película, sea cual sea, no podía dejar de pensar que después de 33 años, de alguna forma, mi papá se había salido con la suya.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Los 10 discos de mi 2010

A diferencia de años anteriores, escribir de música se ha convertido para mí en una obligación. Esto no quiere decir que haya dejado de ser un gusto. En febrero Yahoo! me contrató para escribir un blog dentro de su canal de música sobre la escena independiente. La propuesta inicial consideraba hablar exclusivamente de México, pero tras explicarles que los contenidos que se pudieran generar del resto de Iberoamérica, además de los países sajones, podrían ser infinitamente más interesantes, acordamos hacerlo de esta forma. Desde entonces, tres veces a la semana, he firmado diferentes piezas sobre la música que se está haciendo de manera independiente. Una tarea difícil, dado que no soy músico y mis argumentos se reducen a una cuestión completamente subjetiva.

La experiencia me ha dado la disciplina para mantenerme al día sobre lo que está sonando alrededor del mundo. También me ha forzado, de alguna forma, a prestar más atención a lo que se está produciendo en nuestro país y el resto de las naciones hispanoparlantes. Lo primero no se ve reflejado en esta lista. Los discos más significativos de mi 2010 son un álbum editado el año pasado y otro en 1989. Sin embargo, en cuanto a escuchar más propuestas concebidas en español, en la lista aparecen dos grandes placas, una mexicana y otra venezolana. Ambas de dos grandes y talentosos amigos.

Siguiendo una tradición que —como el título de este foro manifiesta—, probablemente a nadie le importe, aquí la lista de los discos con mayor rotación en mis audífonos y que más disfruté en este 2010.

10. Torreblanca -"Defensa EP"

A Juan Manuel Torreblanca lo conozco hace muchos años. Él y mi hermana eran un par de chavitos musicalmente precoces, que intercambiaban desde partituras, hasta videos de Radiohead cuando éstos aún vivían en cintas VHS. Tomaban café en el Jarocho de Coyoacán y tenían largas disertaciones sobre Tori Amos. Mi hermana dejó la música y le perdió la pista Juan. Él, por fortuna, siguió en esa noble profesión y junto a un grupo de buenos amigos (Andrea Balency, El Abuelo, El Tío y Jerson Vázquez) formó a la banda mexicana más interesante y propositiva en años. El Defensa EP –con sus escasas cuatro canciones, empaque artesanal y un sencillo pegajoso– es sólo una probadita de lo que estos capitalinos pueden hacer con tantito apoyo.

9. The Black Keys - "Brothers"

Una de las cosas que más me pesan del 2010 fue el haberme atarugado y no comprar boletos a tiempo para ver a este dueto de Akron, Ohio, mientras estuve de vacaciones en Los Ángeles. Con Brothers estos músicos, que no están unidos consanguíneamente, probaron que hasta las fórmulas que parecen más limitadas por su básica estructura —guitarra y batería—, pueden recrear cualquier sonido. Brothers es un homenaje (bien hecho) al soul de los sesentas. Captura a la perfección cómo en esa época el desamor confería poder de redención a las personas. Cuando el llorar estaba bien y nos hacía más fuertes.

8. Ulises Hadjis - "Presente"

Lo mejor de mi súbito nombramiento como periodista de rock es el poder conocer a muchos de los creadores que lo hacen. El caso del venezolano Ulises Hadjis es probablemente el más especial. Denise de Hello Seahorse! me puso en contacto con él. Lo entrevisté vía messenger y me hizo llegar su disco a través de Juan Manuel Torreblanca. Su música es delicada y meticulosa. No se permite imperfecciones, pero al mismo tiempo es capaz de transmitir un abanico de sentimientos. Unos meses más tarde Ulises hizo una breve visita a México. Tuve la oportunidad de escucharlo en vivo –una experiencia realmente conmovedora–, pero más importante aún, conocerlo en persona y, a partir de ese momento, considerarlo mi amigo.

7. Phoenix - "Wolfgang Amadeus Phoenix"

Es difícil catalogar a Phoenix. Y no sólo en cuanto al género musical al que pertenecen. En lo personal me es difícil ordenarlos dentro de mis gustos, porque no es una banda que sea cien por ciento de fiesta, pero tampoco una a la que hay que tomar demasiado en serio. He de reconocer que me tardé en caer seducido por el Wolfgang Amadeus Phoenix, pero una vez que lo hice, lo puse sin parar a todas horas. Es un disco para no dejarse bajonear, para mover el piecito al compás de melodías contagiosas y para clavarse en los matices sonoros y progresiones light que intentan. Gracias a este disco los de Phoenix tuvieron un gran 2010, haciendo una gira por todo el mundo.

6. Matt & Kim - "Grand"

Por alguna razón durante el 2010 me llamaron mucho la atención los duetos. Parejas de músicos que estiran la liga de sus recursos al máximo, y que no se dejan intimidar por otros conjuntos de mayor número de integrantes. Ese es tal cual el caso de Matt & Kim, un par de amigos de Brooklyn que dan grandes shows de rock –los pude ver en San Diego–, sin levantarse de sus respectivos banquillos, detrás de unos teclados y una batería. La verdad es que Grand es un disco bobo. Los fans clavados que fueron a ver a Roger Waters exprimir sus carteras con su show de luces, escupirían al escucharlo. Pero en definitiva es un disco divertido, sin mayores pretensiones, que invita a la gente a echarse una trago y bailar. Algo que a muchos les hizo falta este año.

5. The National - "High Violet"

Llevo al menos unos tres años venerando a The National. Sus dos trabajos anteriores, Alligator y Boxer, son la antesala evolutiva de un sonido que lleva tiempo en gestación. Un sonido trabajado, pensado y característico que seguramente logrará sobreponerse al olvido del tiempo. High Violet es la suma y consagración de varios años de trabajo para el grupo. Es el álbum que los hace oficialmente parte del catálogo del legendario sello 4AD y con el que se han ganado el respeto de los críticos más exigentes. Sin embargo, High Violet suena tan bien, que perdió una cierta crudeza que pintaba con actitud las canciones de The National. El resultado es más contenido, más minucioso. Al final, como dicen por ahí, es cuestión de gustos.

4. Arcade Fire - "The Suburbs"

Arcade Fire es el grupo que le dirá a sus colegas músicos cómo se hacen las cosas de ahora en adelante. Tras un frío Neon Bible, su placa anterior, el colectivo canadiense regresa con un trabajo adictivo, conceptual, nostálgico y, que interpretado en vivo, suena exquisito. El buen gusto tiene su origen en el cuidado de los detalles, y en el caso de The Suburbs, éstos lucen en toda la obra. Desde la mezcla, hasta el diseño del escenario en el que se presentan. Han pasado grandes cosas para el grupillo que sorprendió al mundo con la canción "Rebellion (Lies)" en 2003, que no sólo se fue abriendo paso a través de las ondas radiales, también se convirtió, poco a poco, en el himno de una generación. De hecho The Suburbs está lleno de ellos.

3. The xx - "xx"

No sé en qué momento pasó, pero cuando me hice viejo, perdí un poco la fe en las nuevas propuestas musicales. Es por eso que no le puse mucha atención al conjunto británico The xx cuando salió. Hoy me trago todas mis palabras al respecto. Estos muchachitos londinenses me han hecho volver a creer que no todo está hecho. Sus beats melancólicos con grandes reminiscencias a The Cure, los relevos andróginos en las voces –entre la varonil Romy Madley Croft y el delicado Oliver Sim–, la quisquillosa estética que rodea el empaque del disco y la sencillez con la que abordan cada canción, hacen a The xx una delicia sonora.

2. Pixies - "Doolittle"

Desde las primeras notas del bajo de Kim Deal en "Debaser" —pieza con la que abre este disco de 1989—, los Pixies perfeccionaron el arte de emocionar a sus seguidores utilizando un montón de recursos. Tienen canciones crudas y agresivas ("Tame", ) que sirven para esos días en las que uno ya no está para chingaderas, otras más melódicas y condescendientes ("Monkey Gone To Heaven" y "La La Love You") y hasta declaraciones borrachas de amor y deseo ("Hey"). Todas funcionan porque todas logran mover algo. Pero la principal cualidad del Doolittle es que es un disco que parece que se grabó ayer, con canciones que no envejecen. Ojalá pudiéramos decir lo mismo de sus integrantes.

1. Tegan and Sara - "Sainthood"


Han habido unos cuantos modelos en mi vida que he seguido y en algunos casos emulado. Dibujantes, escritores, artistas y músicos que con sus obras han servido de inspiración en mis propios proyectos. Este año se sumó a esa lista Tegan Quin, la mitad del dueto de Calgary Tegan & Sara. Al poner atención en sus canciones, no es tan difícil identificar cuál de las gemelas escribió cada una. En Sainthood, Tegan perfecciona su estilo y demuestra que no se tiene que sufrir para sentir, recuerda el lugar donde creció y se burla de su propia neurosis. Además, con su hermana Sara hace una mancuerna única y juntas logran discos que, sin ser obras maestras, saben impregnarse en uno como la tinta de un tatuaje.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Deja ir

He platicado tantas veces esta historia en en los últimos dos meses, que ya mejor la dejo redactada aquí para futuras referencias. Todo empezó con un miedo irracional. De ésos que se agarran por vivir algún tipo de experiencia traumática y que, al final, terminan por no ser tan irracionales. De hecho, fue un miedo que tardó en manifestarse durante mis sesiones de terapia. Supongo que las historias constantes de desamor en el que está envuelta mi vida, habían acaparado las conversaciones con la psicóloga.

No recuerdo cuántos exactamente, pero hace como ocho o nueve años, estaba con mi exnovia Annie –que en ese entonces era mi novia– en un avión rumbo a Phoenix, Arizona. Era la escala dentro de un itinerario que debía llevarnos a la ciudad de Seattle. Hasta ese momento el vuelo había sido un tanto accidentado, con un brincoteo constante producto de la turbulencia, pero dentro de lo considerado normal. Annie platicaba con nuestro vecino de fila –un tipo que alegaba haber sido roadie de Flans en los ochentas– sobre accidentes carreteros, lo que a mí me tenía un tanto ansioso pero, nuevamente, dentro de lo normal.

Cuando la distancia se había cubierto prácticamente en su totalidad, el piloto advirtió que iniciaría el tan esperado descenso. Siempre es emocionante llegar a cualquier lugar, pero en nuestro caso, teníamos boletos para ver a U2 –que en ese entonces no eran tan despreciables como ahora–, íbamos a visitar a mi abuela que se había mudado allí hace un par de años y, en general, estábamos contentos porque eran nuestras primeras vacaciones desde que éramos novios. El rutinario protocolo de aterrizaje siguió. La gente subió sus mesitas y enderezó sus asientos, las sobrecargos regresaron a sus lugares y el avión hizo lo suyo. De repente, las turbinas resonaron y la nave volvió a tomar altura. El piloto, a través del sonido local, dijo que las condiciones del clima no eran favorables para aterrizar, y que sobrevolaríamos la ciudad por lo menos quince minutos más hasta que la torre de control autorizara la maniobra.

No habían pasado ni cinco minutos –los conté con mi reloj– cuando empezamos a bajar precipitadamente. No llegó en ningún momento a sentirse como una caída libre, pero el rostro de desconcierto y, por momentos, de franco miedo en las sobrecargos obviaba que algo no estaba bien. Por las ventanillas una densa capa gris nos prevenía de saber exactamente lo que estaba pasando. Incluso el roadie de Flans dejó de narrar sus anécdotas para sujetarse solemnemente a su asiento. El aterrizaje fue terrible. En el proceso una de las alas golpeó el concreto y el avión derrapo por la pista, provocando uno que otro grito. Una vez en tierra un silencio abrazó a todos los pasajeros. No hubo despedidas cordiales por parte de la tripulación, ni los tradicionales informes meteorológicos. Caminamos como comitiva de un funeral hasta el carrusel donde una a una fueron apareciendo nuestras maletas. Después pasó algo que puso en evidencia que algo falló durante ese vuelo. Fue a la hora de entrar al país, los agentes migratorios se portaron de lo más cordiales, no hicieron el interrogatorio habitual y nadie en el vuelo tuvo que pasar aduana. El viaje y el resto de nuestros planes fluyeron sin contratiempos, pero a partir de nuestro regreso, no volví a poner pie dentro de un avión.

Pasaron al menos seis años antes de poder volar otra vez. Primero fue un viaje a Guadalajara y después otro a Puerto Vallarta. Ambos a Jalisco, ambos duraron 45 minutos y ambos fueron por motivos de trabajo. Pensar en viajar por gusto me parecía aberrante. La sola idea de subirme a un avión hacía que el cuerpo se me engarrotara y, sin importar el clima, me daba bofetones de escalofríos. Conforme pasó el tiempo yo me hice más viejo y mi fobia más fuerte. Los lugares por conocer parecían multiplicarse. Pláticas de ciudades y de eventos; crónicas de vacaciones, de urbes y conciertos; playas y continentes, todos me eran igual de recónditos.

Al principio eran pocos los que conocían de esto. Aunque poco a poco mi debilidad comenzó a relucir con mayor frecuencia y, de igual forma, cinismo. La compartía con quien pudiera, siempre recibiendo expresiones de incredulidad y decepción a cambio, como si tuviera pinta de un viajero empedernido. Y así, con cada persona con la que me confesaba, mi confianza creció. Fue como una especie de "salida del clóset" de la cobardía aérea y se convirtió en un grupo de ayuda multitudinario y aleatorio. "Yo no vuelo", solía decir en mis primeras citas con mujeres, dejando en claro que mi falta de experiencia geográfica se debía a una manía, sin dar pie a otras interpretaciones. Lo que en algún momento me pareció imposible también ocurrió. El deseo por querer vencer el miedo se incrementó con cada recuento. Al repetirlo una y otra vez, y al ver siempre las mismas caras de lástima y pena ajena de mis interlocutores, lo fue fortaleciendo.

Un día como cualquier otro mi colega Emilia me envió por messenger un enlace. Se trataba de un ofertón, de esos que casi nunca suceden, para viajar a California por menos de $200 dólares. Por otro lado, George, uno de mis mejores amigos de toda la vida, llevaba algo así como seis años invitándome –inútilmente– a visitarlo en Los Ángeles. Parecía que los planetas se habían alineado y sin pensarlo demasiado compré un boleto de avión para irme de vacaciones a esa ciudad.

Los días pasaron, y conforme se acercaba la fecha de mi viaje sufría como si también lo hiciera el final de mi existencia. Para alguien que no ha experimentado lo que son las fobias esto puede parecer ridículo, pero ése es justamente el punto de los miedos irracionales, temerle a algo ridículo. Me sentía como Sean Penn en Dead Man Walking —o lo que supongo experimentaba el personaje de esa película porque la verdad, nunca la vi— antes de ser ejecutado. Incluso el día del vuelo, al despertar, la resignación había sepultado por completo a la emoción. Llegué al aeropuerto y había pasado tanto tiempo desde la última vez que había salido del país, que nunca me habían tocado las revisiones exhaustivas que surgieron después del 11 de septiembre.

Mientras el agente revisaba el interior de mis Vans buscando explosivos, una pequeña niña de unos tres años jugaba con su madre en la sala de espera. Al verla todo el miedo antes de abordar se diluyó. Me hizo recordar lo emocionante que era viajar cuando tenía su edad, la frustrante espera antes de abordar el avión y la euforia que despertaba cuando los motores finalmente se encendían. Subí a la nave que iba semi vacía y tomé mi asiento. Había escogido pasillo y el asiento de junto nunca se ocupó. En el de la ventanilla estaba un muchacho en sus veintes. Usaba lentes y llevaba puesto un pantalón de vestir y una camisa fajada. Miraba ansioso por su ventana y leía el tarjetón con las medidas precautorias. Me dio la impresión de que se trataba de su primer viaje en avión, porque cada vez que la aeronave hacía cualquier tipo de maniobra, él volteaba a verme buscando con una mirada que le dijera que todo estaba bien. Me sentí obligado a ayudarlo. Cuando sentía que me veía, bajaba mi libro y hacía contacto visual con él, asegurándole que no pasaba nada malo. Ni yo mismo podía creer mi repentina seguridad aérea.

El piloto anunció el descenso, pero esta vez, a diferencia de lo que pasó en Phoenix, el aterrizaje fue tan suave como si un niño colocara un avión de juguete sobre el edredón de su cama. Al recoger mi equipaje y pasar todo el protocolo de seguridad, George ya me esperaba en la terminal aérea. Con su característica gorra para atrás, bermudas y chanclas me dio la bienvenida y nos subimos con prisa a su jeep. De inmediato me acurrucó el clima que caracteriza y ha hecho famosa a California, saqué de la maleta mis lentes de sol y me recosté en el asiento, mientras la contrastante arquitectura desfilaba por mi ventana. Cuando llegamos a su departamento, mi amigo se disculpó de tener que salir corriendo, pero había habido un cambio en su horario y debía llegar antes a su trabajo. Me explicó donde estaba todo, volvió a subir a su jeep y desapareció por las siguientes nueve horas. Tenía poco más de veinte minutos en Los Ángeles, estaba solo y no tenía idea qué hacer.

Me metí a Google Maps, que en Estados Unidos funciona mejor que cualquier guía turística, para buscar algún lugar cerca en donde comer y pasear un rato. En los Ángeles las distancias son eternas y las mejores opciones que encontré fueron un Costco y un restaurante de comida hindú, el cual me había advertido mi amigo que le había causado un diarreón el día anterior. En eso escuché ruido en la cocina. Asumí que era la compañera de piso de George y salí a presentarme. Traté de hacer ruido al caminar para no asustarla. Era una diminuta mujer que buscaba en cuclillas algo en el refrigerador para echar a una sartén humeante. Por su atuendo supe que estaba en Los Ángeles. Traía puestos unos shorts minúsculos, sandalias y una blusa que dejaba ver su ropa interior y varios tatuajes pequeñitos en puntos estratégicos de su cuerpo. Tras las formalidades y preguntas redundantes sobre el clima, Eileen me sugirió caminar un par de millas para ir a la playa. Ante mis opciones —Costco, diarrea o playa— decidí hacerle caso. Me puse unas bermudas y seguí sus direcciones hacia Venice Beach.

Mi recorrido estuvo adornado por estereotipos gringos. Pasé por una típica secundaria americana, que me hizo reconocer lo fidedignas que son las representaciones de éstas en la tele y las películas. También compré agua en una tiendita que era atendida por lo que parecía el hermano joven de Cheech Marín y, a la mitad de mi camino, el sol se colocó justo detrás de una calle enmarcada por palmeras infinitas. Conforme me iba acercando al mar, el ambiente se relajó. Las calles se inundaron de gente andando en bicicletas, paseando a sus perros, haciendo ejercicio y regresando de surfear. Las paredes se empezaron a pintar con murales y los edificios a sofisticar con vanguardias arquitectónicas. Las tiendas de tatuajes se multiplicaban, incluso superando en número a los Starbucks y otras cafeterías. Sin darme cuenta topé con la playa. El sol estaba a la mitad de su ocaso, pintando el cielo de un degradado que iba de cobre a azul marino. La gente parecía haber puesto pausa a sus actividades, esperando ese momento. Se podía escuchar música de cada uno de los establecimientos del malecón —en su mayoría lentes de sol, camisetas y, por supuesto, tatuajes—, pero las personas guardaban un silencio casi religioso. Me fui acercando a la arena y descansé en una barda mientras el sol acababa de ocultarse. En ese instante me invadió una paz y un sentimiento de logro absoluto. Aunque traté de capturar el momento con la cámara de mi celular, al voltear a mi alrededor descubrí cual sería la mejor forma de no olvidar ese atardecer en Venice.

Regresé al departamento, saqué mi libreta y me puse a bocetear lo que sería mi primer tatuaje. La idea original era una pequeña la silueta de avión —como las de los taxis de aeropuerto— en mi muñeca. Pero al explorar las posibilidades supe que tenía que ser un avión de papel visto desde arriba con la leyenda "Deja Ir". Averigüé de varios lugares donde podía hacérmelo y con quién, entre ellas el de Kat Von D, pero sus costos exorbitantes, además de que ella no está físicamente ahí, me hicieron descartarla. Finalmente me decidí por Ink Monkey Tattoo, un estudio que estaba muy cerca de casa de George y ampliamente recomendado por Eileen y su novio. Una mañana de miércoles mi amigo me despertó temprano y me dijo en inglés que si quería tatuarme, ése era el día, así que sin pensarlo mucho fuimos al estudio, le enseñé el boceto a uno de los tatuadores, lo calcó, mejoró la tipografía, aplicó el esténcil y 45 minutos después mi piel quedó grabada para siempre. Un recordatorio que permanecerá en mi antebrazo mientras viva, y con el que ojalá, no olvide de todas las cosas que el miedo me ha privado y del mundo que aún tengo por recorrer.

viernes, 19 de marzo de 2010

Historias de la publicidad en boca de un soñador claustrofóbico

El primer día que puse un pie en una agencia de publicidad para trabajar ahí, traía puesto un saco de pana café, una playera de Bob Esponja, jeans y Converse de algún color neutro. La oficina estaba en una de esas construcciones que parecen medievales al sur de la ciudad, casi en la salida hacia Cuernavaca, para ser exactos.

La agencia era muy pequeña y estaba dividida en dos departamentos dentro de ese edificio; uno para "creativos"y los ingenieros en sistemas, y otro donde estaban todos los demás. En medio de ambos había un consultorio al que visitaban las señoras ricas del sur para bajar de peso, y que el médico a cargo huyó del país, tras matar a una de ellas por una sobredosis de anfetaminas.

Me asignaron un cubículo enorme al lado de la directora creativa. Ahí había una iMac –de esas que parecían la cabeza de una tortuga ninja– color aqua. Lo compartí unas semanas con la otra redactora a la cual yo supliría, pero aún así el espacio parecía infinito. Después esa jefa me cambió a otro cubículo con las misma dimensiones pero lejos de ella, porque me había empezado a odiar. Nunca entendí exactamente porqué. Los clientes y el resto de los empleados me querían mucho, pero ella se retorcía en su lugar cada vez que me veía. Cuando dejó la empresa para dar a luz y dedicarse por completo a la maternidad, me enteré que una de las razones fue, de hecho, mi playera estampada con Bob Esponja.

Durante todo el tiempo que trabajé con ella, la mujer trató de torturarme al sintonizar su aparato de sonido con Exa, 97.7 o los 40 principales, a todo volumen y junto a mi lugar, pero el espacio era tan grande que con ponerme un par de audífonos los éxitos de Chayanne, Christian, Luis Miguel o Kabah, pasaban desapercibidos.

Han transcurrido algo así como siete años desde que entré a este negocio. Hoy trabajo en una de las agencias multinacionales más grandes y de mayor prestigio, y las condiciones no han variado demasiado. Bueno, físicamente sí.

Mi cubículo actual tiene la mitad del tamaño que tuvo el primero, eso sin contar que lo comparto con una dupla –el director de arte–. Por persona no debemos tener más de metro y medio cuadrado, y nos rodean otros cinco escritorios idénticos, cada uno con su respectiva pareja creativa. Ni qué decir del barullo que se escucha todo el tiempo y las intermitentes distracciones que acompañan la jornada laboral. Se necesita ser un auténtico monje shaolin para poder abstraerse de todo lo que pasa por minuto en nuestro entorno. Puras cosas mundanas, nada extraordinarias ni mucho menos divertidas.

Pero lo que hace realmente insufrible el tiempo que pasamos ahí es uno de nuestros colegas. Sin afán de sonar xenófobo o intolerante, hay un creativo argentino que desde que llega hasta que se va, emite tal cantidad de ruido que es como si trabajáramos junto a una obra o, peor aún, un mercado sobre ruedas.

El tipo es en sí –llamémoslo para fines prácticos Argentinoescandaloso– una barra de hinchas de futbol. No sabe modular su voz, por lo que cada cosa que dice, lo hace gritando. Bajo esta premisa se explica su mal hábito de ir al cine y contar al día siguiente la película que vio, incluyendo el final y los momentos climáticos. Para acabarla de fregar se roba algún distintivo de la cinta –como el chiflidito de Fantastic Mr. Fox– y lo repite como anuncio del bicentenario durante semanas.

También gusta de agregarle la palabra rock n' roll a todo lo que dice: "Ahí viene Menganito del rock n' roll", "Así es esto del rock n' roll", "El rock n' roll no para", "Buenos días del rock n' roll". Son como diálogos salidos de Spinal Tap, pero sin ser chistosos. Se escucha pretencioso y altisonante.

A Argentinoescandaloso le encanta que la gente sepa que ya llegó –lo hace entonando cánticos inverosímiles mientras camina por los pasillos–, aunque para su involuntaria audiencia esto represente un mal agüero. Cuando le llaman a su Nextel, sostiene pláticas enteras sobre equipos argentinos de segunda división, de jugadores desconocidos y resultados insignificantes utilizando el altavoz, así que los que estamos cerca, no sólo lo escuchamos a él, sino a quién le marcó.

Recientemente desarrolló un gusto particular por la lucha libre norteamericana, ésa que está tan bien escrita como la trilogía de telenovelas de Thalía, en las que sus personajes siempre se llamaban "María". Se la pasa viendo repeticiones de peleas, se emociona, grita y pega en su escritorio, y cuando tiene que trabajar, se inspira con el tema de Raw, interpretado por los reyes del rock-corporativo, Nickelback. El problema es que escucha la misma canción de quince a veinte veces al día, una tras otra sin parar.

Argentinoescandaloso no es una mala persona, en lo más mínimo, simplemente su inseguridad lo hace querer ser omnipresente. Una condición que además le ha dado buenos resultados. El jefe lo quiere mucho y además tiene una legión de fans que llega a saludarlo todos los días, listos para que les echen a perder una película más.

Mi único refugio son un par de audífonos, unidos por un cable que me llevo a los oídos todos los días, en todo momento, a veces con los ojos cerrados, imaginando el día en el que no sólo me libraré de Argentinoescandaloso, pero de un espacio tan asfixiante como lo es una oficina. Un par de bocinas pequeñitas que dejan oír el sonido de la libertad.

domingo, 14 de febrero de 2010

De oídas

Me he estado perdiendo de un auténtico universo de placeres y delicias mundanas, y todo porque, como dijo doña Cristina Pacheco, "aquí nos tocó vivir". Desde niño crecí con la idea de que vivir en el Distrito Federal era la ostia —dentro de la humilde realidad mexicana—, porque la urbe era la única que podía ofrecer todos los servicios y facilidades que la imaginación más guajira y exquisita pudiera pensar —repito, dentro de la realidad mexicana—. Así que nunca tuve el menor afán de cuestionar este argumento; porque si vivo en la capital, estoy viviendo en el paraíso.

A pesar de este silogismo, los chilangos estamos tan acomplejados del lugar donde vivimos, que cuando vamos a algún destino turístico dentro del país, por alguna razón, lo comparamos de inmediato con la capital. “Fuimos de vacaciones a San Miguel de Allende; es bonito, pero jamás viviría ahí”; “En el puente fui a visitar a mis primos a Guadalajara; me la pasé poca madre, pero qué hueva vivir ahí, es un pueblote” son el tipo de expresiones que solemos decir. Este afán por confrontar a la ciudad con otras poblaciones, por desarrollar ese absurdo complejo de superioridad, es por lo que nos hemos ganado la fama que tenemos en el resto de la República. Claro, esto no ocurre cuando se trata de otras ciudades del mundo. Los capitalinos soñamos con vivir en París, Tokio, Madrid, Nueva York, Barcelona, Buenos Aires y hasta Estambul, aunque sea por una temporada.

En junio del año pasado conocí a alguien que, entre otras cosas, me hizo cambiar drásticamente de opinión sobre vivir en provincia. Hace poco más de siete meses me mandaron con Emilia, colega y amiga, a un workshop en Toluca. El propósito de este viaje no es relevante en lo más mínimo, era algo de trabajo, pero Christian estaba ahí. Era la única persona que, junto conmigo, se había tomado en serio la solicitud de llevar un atavío casual. Contrario a su nombre "de niño" —como ella misma lo describe—, Chris es una de las mujeres más encantadoras que yo haya conocido. Pronto empezamos a platicar y me contó que vivía en Querétaro, aunque era originaria de Sonora, de la misma ciudad donde había nacido la mujer que había protagonizado, dos años antes, una de las más intensas historias de amor en mi vida; una historia cuyas dimensiones exceden los límites de este espacio. En fin, la campana anunciaba el segundo round para Ciudad Obregón, quien me mandaba una representante más. Una muy diferente a la primera. Una a la que no le importaron los doscientos kilómetros y nueve años que separaban nuestras casas y nuestras edades, respectivamente. Empezamos a salir y eso me hizo pasar varias noches en la ciudad del Bajío.

Hoy, Chris y yo ya no estamos juntos por razones que tampoco competen a este foro, pero nuestra relación me deja recuerdos indelebles. Entre otros, y volviendo al tema de esta entrada, me quedó una maravillosa impresión de Santiago de Querétaro. Una ciudad que está creciendo de forma acelerada y con un orden quisquilloso. Grandes consorcios multinacionales se asentaron en las periferias del lugar—motivo por el cual Chris terminó allá—, trayendo consigo una derrama importante. El centro reúne épocas y gente de todo tipo. En los bares aún se puede fumar y beber hasta la madrugada. Los atardeceres forman un espectáculo cuyo único precio es una posible tortícolis. Sin embargo, lo que hace verdaderamente atractivo de una ciudad como Querétaro es que el tiempo no se pierde en pequeñeces. Los trayectos son breves y las distancias cortas. El tiempo parece pasar más lento y la vida rinde más.

Durante las muchas llamadas telefónicas que la lejanía decretaba, Chris recordó en varias ocasiones su infancia en Obregón. Relatos de una nostalgia liviana enmarcados por colores saturados y contrastantes; de niños osados peinando las calles con sus bicicletas y de los padres serenos esperándolos en casa; de recorridos que desembocaban en campos de girasoles; de paréntesis sobre la banqueta para apreciar la explosión de colores en el cielo que adornaba las tardes; de las delicias refrescantes después de un partido de beisbol; de mariscadas perpetuas con familias propias y ajenas. Relatos que parecen salidos de una película, pero que eran la realidad de un grupo de niños afortunados. Relatos ajenos para quienes crecimos en suburbios acotados, con padres paranoides.

Me queda claro que nunca he vivido en nada parecido a un paraíso.

miércoles, 27 de enero de 2010

Ligues de segunda división

No acababa de llegar a la fiesta y saludar a las pocas y esparcidas personas que conocía allí, cuando mi amiga Raquel me recibió con una declaración optimista, en lugar de los habituales ademanes de cortesía.

—Hoy sí vengo con todo— dijo ilusionada con un vaso de plástico en la mano.

Supuse que se refería a ligar o algo parecido, pero antes de poder responderle cualquier cosa, Raquel ya se había perdido en la multitud. Me dio ternura su determinación y ubiqué la barra más cercana para hacerme, también, de un vaso de plástico. Un rato después, volví a verla platicando con un grupo de chavas, al mismo tiempo que examinaba como una depredadora al resto de la concurrencia. En ese momento su amiga Mayte, se paró junto a mí en el bar.

—¿Cómo espera Raque agarrarse a alguien hoy, si está con sus amigas lesbianas?— me preguntó.

—No la juzgues. Tal vez, está ligando— contesté.

—Claro que no. Raque no es gay.

—A mí me dijo que "venía con todo". Tal vez a eso se refería.

—Le gustan los hombres, pero así, no se le va a acercar ninguno— respondió indignada.

Cuando se fue, puse un poco más de atención en las amigas de Raquel. Si alguien me las hubiera presentado, no habría sabido si saludarlas de beso o extenderles la mano, y definitivamente no ayudaban a Raquel en su causa. Sin embargo, en algún momento de la noche, un tipo se armó de valor y abordó a mi muy resguardada amiga. Creo que no habían pasado ni tres minutos cuando el sujeto desistió y abatido, la dejó sola. Finalmente, las amigas de Raquel se despidieron de ella y vino hasta donde estábamos nosotros.

—¿Qué pasó mi Rach? ¿Porqué te despachaste a ese cuate?— le pregunté con curiosidad morbosa.

—Estaba bien feo— respondió, provocando que todos los que estábamos ahí volteáramos a vernos los unos a los otros; Mayte sólo se llevó una mano a la cara, en completa frustración.

Semanas después, en otra fiesta con el mismo grupo, Raquel regresó triunfante a la barra, después de pasearse un buen rato por el recinto que nos albergaba.

—Ya encontré a un güey que me gusta. Mmmm... Está yummy— dijo lasciva.

—¿Quién?— indagó Mayte, recorriendo el lugar con la mirada.

—Ése— señaló Raquel con autoridad.

A diferencia del hombre de la primera fiesta —que era un tipo común y corriente—, el objeto del deseo de mi amiga era, por lo menos, cinco años más joven que ella y parecía un modelo recién desembarcado de algún país de Europa del este. Raquel no es una mujer fea, ni mucho menos, es bajita, muy simpática y agradable, pero sus gustos son un tanto ambiciosos.

—Voy por él— le dijo a Mayte, llena de actitud.

Y así fue. Empezó a pavonearse y a ejecutar pasos de baile que pretendían ser cadenciosos alrededor del muchachito, quien estaba más concentrado en su vaso de whisky, que en el ritual de apareamiento frente a él. Ante la escena, Mayte se llevó, nuevamente, la mano a la cara.

Hay un terminajo en la industria publicitaria que se utiliza para describir las piezas de comunicación cuyo objetivo es hacer al espectador desear algo, que normalmente está fuera del poder adquisitivo: 'aspiracional'. Es el mismo terminajo con el que se pueden describir los gustos y el comportamiento de mi amiga Raquel. Los gringos también tienen un concepto para explicar este tipo de situaciones. Todos los que vimos las películas ochenteras de Emilio Estevez, Demi Moore y Rob Lowe, o series como Salvados por la Campana, Los Años Maravillosos y 90210 estamos familiarizados con el famoso "no está en tu liga", que se repetía una y otra vez cuando rechazaban sentimentalmente a alguno de los personajes. La expresión surge, probablemente, de los deportes; los equipos y participantes son separados y catalogados según su nivel y aptitudes en diferentes ligas, buscando un mismo nivel de competitividad —aunque divertido, resultaría inhumano poner a enfrentarse al Barça contra el Ferro de la segunda división argentina—.

Las ligas son tan subjetivas como ofensivas, pero de alguna forma nos sitúan en una realidad a la hora del cortejo y, en muchos casos, nos protegen de un posible rechazo. Es innegable que vivimos en un mundo superficial, en donde la inmensa mayoría de la gente es juzgada diariamente por su apariencia física, género, origen étnico, orientación sexual y nivel socioecónomico. Tratar de imaginar que en las relaciones románticas esto no pasa, sería muy inocente. Es por eso que las ligas apelan a todo tipo de estereotipos, factores económicos, educativos, raciales y hasta de popularidad. Citando a otra amiga, Ana Elena, “Si es escritor o músico sube dos puntos; pero si es futbolista, diez”.

La existencia de las ligas interpersonales es muy discutible, pero lo que es un hecho, es que mientras más afines seamos a las personas que pretendemos, mayores serán las probabilidades de entablar una relación —lo más sana y satisfactoria posible—. Es nuestra neurosis la que nos hace querer superar deficiencias e inseguridades a través de la pareja, una situación que en definitiva nos aleja del objetivo inicial, que era encontrar a una.

Hoy, Raquel está muy enamorada y, sobretodo, es correspondida por un hombre, bastante carita, que mide unos cinco centímetros menos que ella.