sábado, 13 de octubre de 2007

I ♥ PV

A esa parte zen dentro de mí le choca aceptarlo, pero a veces, me enojo con quien menos debo. Me desquito con alguien que lo único malo que hizo fue estar, como dicta el cliché, en un mal momento, en un mal lugar. Es una pena, pero en general así somos los seres humanos: vengativos, rencorosos, caprichosos y berrinchudos. Sin embargo, esta condición de pasarnos la vida buscando punching bags, por más natural que sea, debe parar. Por eso, mi necesidad de reivindicar y hacer las paces con quienes han salido embarrados en mis derroches neuróticos.

Hace un poco más de un año viví una cierta historia de desamor, que como todas las grandes catástrofes, acabó damnificando a por lo menos un inocente. En mí caso, tras el resquebrajamiento en cientos de pedazos de mi corazón, le agarré una tirria espantosa, no a una persona, sino a un lugar. La verdad es que Puerto Vallarta nunca me hizo nada malo, simplemente fue la locación en la que sucedieron ciertos acontecimientos muy dolorosos. De alguna forma, en mi cabeza existía una pelea por el amor de una mujer, entre buenos (la Ciudad de México y yo) contra malos (Puerto Vallarta y un exiliado que ahí vive).

Mi reacción hacia la pobre ciudad del Pacífico fue, sobre más, desproporcionada. Cada vez que alguien me decía que visitaría el lugar, yo contestaba plantando una jeta inconsciente, que probablemente, más que aparentar mi apatía, se me juzgaba de envidioso. A su regreso todas las personas que visitaban esta playa, hablaban maravillas, acentuando mi desaire. Incluso, cuando llegué a escuchar que el puerto era amenazado por algún huracán, deseé que éste le pegara con la misma furia que vivía en mí. No me importaban ni las víctimas ni las consecuencias.

Hace no mucho, tuve que hacer un viaje de negocios a Puerto Vallarta. Una de esas cosas que salen de sorpresa y que uno, simplemente tiene que hacer. Decir que mi motivación estaba renuente al viaje es una auténtica sobrevaloración de cómo me sentía al respecto. Vomitaba la idea como en resaca de borrachera de más de tres licores diferentes. Pero cuando la economía rige las decisiones, hay poco por decidir, así que emprendí el viaje.

Después de sobrepasar mi latente miedo a los aviones, aterricé en Vallarta. Mientras recorría el gusano para llegar al gate, el 89 por ciento de la humedad que había en la ciudad se apoderó de mis movimientos, convirtiéndome en un letárgico animal bípedo, que se desplazaba con la gracia de un manatí fuera del agua. Durante el trayecto del taxi al hotel me la pasé contestando los mensajes y llamadas que inesperadamente recibí durante el vuelo, mientras precavidamente, mi celular permanecía apagado. Finalmente, llegué a mi habitación con una fresca bienvenida del aire acondicionado. Esa noche, después de arreglar la presentación que me había llevado hasta allá, dormí poco pero muy profundamente.

A diferencia de este relato, la reunión fue breve y concisa, por lo que para el medio día yo ya había cumplido con mis obligaciones, quedándome cerca de ocho horas antes de tomar el vuelo de regreso. Me fui tres a la playa, donde el calor y los borbotones de sudor que escurrían de mi frente, hicieron imposible poder seguir leyendo la novela que llevé conmigo. Simplemente me recosté en el camastro y dejé que el ruido de la temporada baja, me arrullara durante una siesta. Después caminé por la arena hasta donde el sol me permitió, regresé y me fui directo a la habitación para darme un baño de aire acondicionado.

Me quedé dormido otra media hora y me metí a la regadera para quitarme, como alguna vez me dijo la chava de Sonora, lo "chucatoso" o pegajoso por el sudor. Me volví a vestir y pedí a un taxista me llevara al malecón, que por mi misma misión de trabajo, estudié la noche anterior, generándome mucha curiosidad. Después caminé por el pueblito y me refugié en un Starbucks esperando encontrar un auténtico contraste de temperaturas. Al no ser así, seguí caminando y tomé otro taxi de regreso al hotel para empacar. La experiencia rebasó por mucho mis expectativas.

Realmente no pasé más de 18 horas, pero creo por mucho que fueron de las mejores 18 horas de mi vida. Hoy no sólo me doy cuenta que Puerto Vallarta nunca me hizo nada malo, sino que entiendo al exiliado, que en algún momento fue mi enemigo virtual, y las razones por las que se mudó ahí.

Quién sabe, en una de ésas, tal vez y lo alcanzo algún día.

martes, 2 de octubre de 2007

Historias de la publicidad, en boca de un economista. Vol. I

Hoy, cuando no podía ser un día más frustrante, en el que apenas y juntaba dinero suficiente para la renta de mi departamento, por ahí de las 12 del día recibí una llamada de un tal Antonio que me dijo, ― ¿Tocayo? Hola.

― ¿Quién habla?― le pregunté.

― Toño, tu tocayo― a lo que yo me quedé callado.

― Toño de sistemas― siguió ―. Oye, ¿quería saber si me podías prestar tu computadora?

Le contesté que no podía, que estaba esperando cambios del storyboardista y que me urgía mandar un mail.

― Es que me la vas a tener que prestar. Es muy importante. Yo no estoy en la oficina, pero ahorita va a ir contigo Marco― justo en ese momento Marco, un hombre no muy alto con la cabeza rapada tocó mi hombro ―. Le tienes que dar
tu computadora a Marco. Ahorita.

― Pues voy a tener que hablar con mi jefa, yo no le puedo dar la computadora a nadie. Estoy muy ocupado ― contesté, ya encabronado.

― Te vamos a dar otra― respondió mi "tocayo"
.

― Muy parecida― agregó Marco como si se hubieran puesto de acuerdo en su sincronizado plan macabro.

― Ni madres. Yo no les voy a dar nada. Voy a hablar con mi jefa que dudo mucho que esté de acuerdo con esto...

― A ver, dame la extensión de Cecilia ― interrumpió Antonio.

Colgué con él, y cual mafioso esperando la orden para acatar una sentencia Marco dijo, ― yo espero.

Acabé de mandar el mail y salí rabioso a ver a mi jefa. Antonio acababa de hablar con ella y no hubo nada más que hacer. Mi máquina fue asignada a alguien más.

Esperé toda la tarde para recibir mi nueva computadora, molestando al pobre becario para que me dejara checar mi correo en la suya. Finalmente me dieron la de la antigua directora creativa. Mucho peor que la que me quitaron.

Esta misma tarde, Cecilia me pidió que fuera a recoger un premio porque habíamos resultado finalistas en el concurso de publicidad infantil, El Chupete, por nuestro comercial de "Pancitas Felices". Subí al escenario con Luis Bassat (creativo multigalardonado en Cannes, Presidente de Bassat Ogilvy en España y candidato para presidir el FC Barcelona) y Rodrigo Ron (Presidente del festival), me tomaron unas fotos con el premio y me fui a casa, esperando ahora, juntar dinero para pagar las tarjetas de crédito.