viernes, 27 de noviembre de 2009

Colmillo mata crisis

La respuesta de la industria discográfica ante la recesión más grave que haya sufrido la economía mundial en años, es tan sencilla como ingeniosa. Es una receta que, si se sigue al pie de la letra, puede traer consigo muy buenos dividendos: si usted es bueno en lo que hace y quiere más dinero, échele un telefonazo a sus cuates (siempre y cuando estos gocen del mismo talento, éxito y popularidad que usted) y juntos exploten al máximo el morbo del público, saliendo de gira a cuanta ciudad encuentre en el mapa. No olvide bautizar su nueva agrupación con un nombre astuto y pegajoso. Trate de ser lo más prolífico posible y repita esta receta cuantas veces y a su imaginación se le ocurran nombres astutos y pegajosos.

Si algo ha caracterizado el desenlace de esta década, tiene que ser el resurgimiento de los "supergrupos": una alianza estratégica entre distintos músicos de renombre, concentrados en un solo proyecto, y probablemente Jack White es quien mejor capitaliza este recurso. En el 2005 se juntó con Brendan Benson y la sección rítmica de los Greenhornes (Jack Lawrence en el bajo y Patrick Keeler en la batería) para formar a los Raconteurs, en lo que parecía era un inocente intento por hacer mejor música que la que estaba logrando con su dizque hermana, Meg. ¡Pero no! Todo era parte de su maquiavélico plan para dominar la escena "independiente". Tres años y un fallido disco de los White Stripes después, Jack White volvió a reclutar a músicos famosos para un nuevo conjunto, The Dead Weather, en el que oculto detrás de la batería, White controla como un titiritero macabro a Alison Mosshart (The Kills), Dean Fertita (Queens of the Stone Age) y, nuevamente, a Jack Lawrence. Ambos esfuerzos, aunque bien dotados de aptitudes y recursos musicales, al final del día, resultan monótonos e intrascendentes.

Por desgracia —o fortuna de muchos—, White no es el único en practicar la lucrativa tendencia. Incluso, ésta ya alcanzó a los artistas que presumían de poseer una cierta integridad. Jimmy James (My Morning Jacket) y M. Ward unieron sus fuerzas con Conor Oberst y Mike Mogis de Bright Eyes, nombrando cínicamente a su proyecto 'Monsters of Folk'. Al mismo tiempo, Ward formó un dúo bastante coqueto de música retro (She & Him) con la actriz Zooey Deschanel, y en el que ambos salieron beneficiados. El músico de Portland logró obtener una mayor proyección, mientras que ella entró de puntitas a la escena musical, sin parecer una actriz más que le hace al "juguemos a cantar". Sin embargo, no son únicamente las nuevas generaciones quienes están practicando el supergrupismo. Johnny Marr, el legendario guitarrista de los Smiths, se integró a las filas de Modest Mouse; John Paul Jones de Led Zeppelin junto con dos célebres supergrupistas, Dave Grohl y Josh Homme, conformaron Them Crooked Vultures y, en lo que seguramente es el más exótico de todos los supergrupos, el baterista Bun E. Carlos, de Cheap Trick, se unió con James Iha, de los Smashing Pumpkins, y con uno de los hermanitos Hanson para formar Tinted Windows. Ya sólo falta que Prince se asocie con Ringo Starr, las grabaciones perdidas de Elvis y una beluga.

Lo peor es que en México no nos quedamos atrás, y como se nos da eso de la copiadera, las pseudoestrellas de rock ya formaron también sus supergrupos. Miembros de Fobia, Molotov, Café Tacuba y, por supuesto, Jay de la Cueva (de todos los grupos de rock que hay en el país) integran Los Odio; mientras que Leonardo Di Fobia, Jonás de Plastilina Mosh, el baterista de la Ley —que le llegó a tirar alguna vez la onda a la mamá de mi amiga Claudia Flores—, Poncho de la Lupita y el Vampiro, forman Los Concorde. ¿Qué lograron? Dejar de encabezar festivales con sus respectivos grupos, para ser simples teloneros y tocar en barecitos.

Toda esta promiscuidad musical ha demostrado ser tan rentable, que en nuestro país se expande rápidamente a otras disciplinas como la política, por ejemplo. Enrique Peña Nieto, Emilio Chuayffet y Carlos Salinas ya preparan la nueva producción de su supergrupo, que esperan salga para el 2012. Yo, ante tan apocalíptica visión, espero que la modita pase pronto.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Nadie dijo que fuera fácil

Cuando suena la alarma de mi celular por las mañanas, la cama se me aferra como una esposa que, fuera de sí, implora a su marido para que no la abandone. Las sábanas y cobijas suben la temperatura haciendo inhóspito el clima fuera de ellas, mientras que las almohadas sostienen mi cabeza y la acurrucan en una delicada envoltura. Es una combinación que tiene un efecto somnífero y hace imposible abrir los ojos. Pero el estruendo del teléfono —cada vez es más fuerte— se une a un factor aún mayor, un factor que puede contra los elementos en la habitación que tratan de retenerme: la responsabilidad, porque todos los días me despierto para ir a trabajar.

De chiquito, algo similar ocurría cuando no quería ir a la escuela; mi mamá me decía que si no lo hacía, me iba a dar una caja de chicles para salir a vender. A mi corta edad, este argumento me parecía sumamente inverosímil. ¿Qué tenía que ver dejar de ir a la escuela, con vender chicles en la calle, cuando yo sólo pedía dormir un poco más? Hoy lo entiendo mejor. Los papás inculcan en sus hijos la idea de que la educación que reciban va a ser determinante para afectar el pronóstico de su vida laboral. Una idea que no está del todo equivocada, pero que está muy lejos de ser absolutamente cierta. Desde muy joven tuve visiones apocalípticas sobre el futuro y el no poder ser dueño de mi tiempo. Primero, doce años de tener que ir a la escuela —pensaba—, después, mínimo cuatro o cinco de universidad (y qué bueno que no quise ser médico) y luego, el resto de tu vida dedicársela a un trabajo. Aún siendo muy joven tenía claro que una de las principales batallas en mi vida iba a ser lograr la autonomía de mi tiempo o, tal vez, nunca me ha gustado tener obligaciones.

En una plática muy apasionada con Christian —quien estaba teniendo broncas con su jefe— pude verbalizar con suma claridad mi concepción del trabajo. A unos días de dicha plática, puedo ver en retrospectiva que más allá de ser una visión pesimista, es bastante escatológica y, de antemano, pido disculpas a quien pueda ofenderse por la misma. En pocas palabras comparaba las relaciones y estructuras de poder laboral con comer popó, y argumentaba que el sistema de remuneración estaba estrechamente relacionado con la cantidad de materia fecal que uno pudiera tolerar. Es decir, para crecer en un trabajo uno tiene que comer mucha popó y mientras más popó esté dispuesto a comer, entonces mayores serán las oportunidades que se presenten. Egos, envidia, acoso, nepotismo, avaricia, ineptitud, chismes, chantajes, atropellos y explotación son solamente algunas de las cosas con las que se tiene que lidiar diario en cualquier oficina, además de desempeñar, claro está, el cargo por el que en teoría nos están pagando.

Las satisfacciones son escasas y los disgustos cosa de todos los días, porque en la misma etimología de ‘trabajo’ está implícito el sufrimiento. La palabra proviene del latín tripalium que significa ‘tres palos’, un instrumento de tortura en el que se amarraba a la gente para ser azotada. De tripalium el sentido derivó a tripaliare o ‘torturar’, y después, trebajo que quiere decir ‘esfuerzo’, ‘sufrimiento’ o ‘sacrificio’ (y todo por unos cuantos pesos). En lo personal son contadas las personas que conozco que han logrado convertir a las cosas que realmente disfrutan hacer en su trabajo. Esas cosas que apasionan, por las que vale la pena pelear y despertar temprano —y con gusto— en las mañanas. Probablemente la cualidad que une a ese selecto grupo que hace lo que quiere, sin importar qué y por disímil que sea, es que tienen las agallas para hacerlo. Mientras eso sucede, la cajita de chicles no suena como una opción tan desfachatada después de todo.