domingo, 15 de noviembre de 2009

Nadie dijo que fuera fácil

Cuando suena la alarma de mi celular por las mañanas, la cama se me aferra como una esposa que, fuera de sí, implora a su marido para que no la abandone. Las sábanas y cobijas suben la temperatura haciendo inhóspito el clima fuera de ellas, mientras que las almohadas sostienen mi cabeza y la acurrucan en una delicada envoltura. Es una combinación que tiene un efecto somnífero y hace imposible abrir los ojos. Pero el estruendo del teléfono —cada vez es más fuerte— se une a un factor aún mayor, un factor que puede contra los elementos en la habitación que tratan de retenerme: la responsabilidad, porque todos los días me despierto para ir a trabajar.

De chiquito, algo similar ocurría cuando no quería ir a la escuela; mi mamá me decía que si no lo hacía, me iba a dar una caja de chicles para salir a vender. A mi corta edad, este argumento me parecía sumamente inverosímil. ¿Qué tenía que ver dejar de ir a la escuela, con vender chicles en la calle, cuando yo sólo pedía dormir un poco más? Hoy lo entiendo mejor. Los papás inculcan en sus hijos la idea de que la educación que reciban va a ser determinante para afectar el pronóstico de su vida laboral. Una idea que no está del todo equivocada, pero que está muy lejos de ser absolutamente cierta. Desde muy joven tuve visiones apocalípticas sobre el futuro y el no poder ser dueño de mi tiempo. Primero, doce años de tener que ir a la escuela —pensaba—, después, mínimo cuatro o cinco de universidad (y qué bueno que no quise ser médico) y luego, el resto de tu vida dedicársela a un trabajo. Aún siendo muy joven tenía claro que una de las principales batallas en mi vida iba a ser lograr la autonomía de mi tiempo o, tal vez, nunca me ha gustado tener obligaciones.

En una plática muy apasionada con Christian —quien estaba teniendo broncas con su jefe— pude verbalizar con suma claridad mi concepción del trabajo. A unos días de dicha plática, puedo ver en retrospectiva que más allá de ser una visión pesimista, es bastante escatológica y, de antemano, pido disculpas a quien pueda ofenderse por la misma. En pocas palabras comparaba las relaciones y estructuras de poder laboral con comer popó, y argumentaba que el sistema de remuneración estaba estrechamente relacionado con la cantidad de materia fecal que uno pudiera tolerar. Es decir, para crecer en un trabajo uno tiene que comer mucha popó y mientras más popó esté dispuesto a comer, entonces mayores serán las oportunidades que se presenten. Egos, envidia, acoso, nepotismo, avaricia, ineptitud, chismes, chantajes, atropellos y explotación son solamente algunas de las cosas con las que se tiene que lidiar diario en cualquier oficina, además de desempeñar, claro está, el cargo por el que en teoría nos están pagando.

Las satisfacciones son escasas y los disgustos cosa de todos los días, porque en la misma etimología de ‘trabajo’ está implícito el sufrimiento. La palabra proviene del latín tripalium que significa ‘tres palos’, un instrumento de tortura en el que se amarraba a la gente para ser azotada. De tripalium el sentido derivó a tripaliare o ‘torturar’, y después, trebajo que quiere decir ‘esfuerzo’, ‘sufrimiento’ o ‘sacrificio’ (y todo por unos cuantos pesos). En lo personal son contadas las personas que conozco que han logrado convertir a las cosas que realmente disfrutan hacer en su trabajo. Esas cosas que apasionan, por las que vale la pena pelear y despertar temprano —y con gusto— en las mañanas. Probablemente la cualidad que une a ese selecto grupo que hace lo que quiere, sin importar qué y por disímil que sea, es que tienen las agallas para hacerlo. Mientras eso sucede, la cajita de chicles no suena como una opción tan desfachatada después de todo.

4 comentarios:

Iñigo dijo...

Estimado Toño:

Recuerda que, invariablemente, el infierno son los demás.

Un abrazp

New Found Lust dijo...

no quero tripaliaaaaar, no quero tripaliaaaaar...

Anónimo dijo...

Felicidades Anjito, interesante reflexión.Me da pena decirlo pero yo soy una de esas personas a las que trabajar le gusta. El trabajo es una forma tangible de sentirme productiva, tanto porque lo que hago me permite la expresión, como por que además recibo un pago por ello, sin entrar en la larga discusión si éste es justo o no.

Gabriela/undies dijo...

"If you´re eating a shit sandwich, chances are, you probably ordered it."