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domingo, 13 de julio de 2008

...y iTunes mató a todos los demás

Para mi octavo cumpleaños en 1985, al igual que todos los años, mis papás me preguntaron qué quería de regalo. Fue la primera vez que no escogí un juguete de los que anunciaba Chabelo los domingos en la mañana; en cambio ese año pedí un disco, el Make it Big de Wham!, un dueto inglés conformado por George Michael y otro tipo que hoy nadie recuerda. El día que recibí lo que en mis manos era un enorme acetato, y puse la aguja justo en la rayita correspondiente para que sonara Wake me up before you go go, independientemente de lo bizarro de la selección, fue cuando empezó mi melomanía. Se había acabado la era de Parchis, Timbiriche, Burbujas y El Duende Bubulín, para dar paso a la música pop y un fanatismo absoluto por los Hombres G, Madonna (a quien desprecio hoy en día) y Mecano, de quienes compré varios viniles.

El cambio de formato y la masificación del cassette me agarró en un viaje que hice con mis papás a Nueva York, donde me llevé un Walkman y me clavé por primera vez en el Hip-Hop. Compré cintas de Run DMC, Young MC y Digital Underground y las escuchaba mientras mi mamá nos paseaba a mi hermana y a mí por las calles de esta ciudad. Cuando por fin llegó el CD, porque a mi casa llegó tarde, yo ya estaba inmerso en Guns N' Roses y bandas aledañas de la escena glam de esa época. Sin embargo, aún cuando los géneros van y vienen, lo que ha permanecido a lo largo de mis 31 años, es que siempre que he tenido un excedente de dinero, voy a gastarlo a una tienda de discos. Desde la tan desaparecida como legendaria Zorba en Perisur, hasta la siempre certera Amazon en Internet, la experiencia de poseer un álbum nuevo me es en extremo placentera.

Por casi 20 años, varios formatos como el MiniDisc y el DCC (Digital Compact Cassette) trataron de amedrentar al siempre noble Disco Compacto. Todos sin éxito hasta hoy, cuando su latente sucesor trasgredió la barrera de lo físico. Es como un ninja, virtual y sigiloso, que golpea cuando nadie se lo espera, sin dejar huella de sus pasos, y es que con el lanzamiento de la tienda de iTunes, las ventas de CDs se colapsaron. Ciertamente el desarrollo del mp3, el mp4 y su difusión vía Internet tuvieron un fuerte impacto sobre la industria discográfica en general, obligándola a replantear sus prácticas, estrategias, costos y políticas. Sin embargo con iTunes, quienes aún contamos con un poco de conciencia moral sobre los derechos de autor, tenemos una opción legal de bajar música a un precio moderado. Sólo basta comprar o mandar pedir una tarjeta prepagada en una tienda de Apple en el gabacho y listo.

He de confesar que al principio me emocionaron mucho mis primeras compras en la tienda virtual, ya que se trataron principalmente de rarezas y versiones exclusivas que no son fáciles de encontrar en otros lugares. Sin embargo, pronto me di cuenta que comprar un mp3 es como el chorizo de pavo, las galletas sin azúcar o cualquiera de las "opciones saludables" que nos ofrecen a las personas que hemos tenido que seguir una dieta; nada más no sabe igual que el original. Hay algo demasiado etéreo en la adquisición de archivos digitales. Se pierde la sensación de abrir un disco, de ver todo el trabajo de diseño que hay en él, de hojear el librito con anticipación antes de que empiece a sonar la primer pista, en fin, todo el ritual que me ha acompañado desde que era un preadolescente.

La verdad es que no tengo nada en contra del formato. Es vital para el funcionamiento del iPod, artefacto que que me dio la libertad de cargar a todas partes mi discografía, y en pocas palabras, la oportunidad de ser muy feliz a donde quiera que vaya. Tampoco estoy en contra de la difusión de estos archivos en Internet y mucho menos de la tan sonada tienda en línea. Nunca antes habíamos tenido la oportunidad, como especie, de tener tantas opciones musicales, tan variadas y tan cerca. Incluso los grupos están obligados a hacer mejores discos completos, porque ahora los consumidores tienen la oportunidad de comprar una sola canción. Poco a poco los tracks de relleno morirán o simplemente no se venderán. Además el control, creativo y económico, está regresando a las manos de los artistas, quienes nunca debieron perderlo en primer lugar.

Ni modo. Supongo que también me tendré que acostumbrar al chorizo de pavo.

domingo, 11 de marzo de 2007

Ahhhh... los ochentas

El frío de la mañana se une a las ganas que tengo de orinar para hacer más fastidiosa esta experiencia, de lo que ya es en sí. Un par de muchachitos dejan a sus papás en la larguísima fila en la que estoy formado, para cobijarse debajo de los primeros rayos de sol, que aún se ven a lo lejos. Saco el libro que estoy leyendo de mi mochila, me pongo los audífonos y mis lentes para tratar de abstraerme de la situación. Apenas abro el libro para hacer que mi mirada busque las líneas que dejé la última vez que lo visité, cuando un hombre se acerca contando en alto, igualito al Conde Contar de Plaza Sésamo.

— 70, 71, 72...— me quito un audífono y descubro que en su conteo soy el número 73.

— ¿Por qué cuenta señor? — le pregunta una señora como a dos lugares de mí en la fila.

— Es que por ser domingo, sólo van a entregar 80 fichas para sacar el pasaporte.

Una semana antes, llegué a las ocho y media de la mañana a las oficinas de la Secretaría de Relaciones Exteriores en Villa Olímpica, para tramitar el documento en cuestión. Habían cambiado la entrada del estacionamiento y ahora, la ubicación de ésta era por la del antiguo Cinema Perisur, famosísimo por dos cosas: tener un equipo de seguridad que evitaba a toda costa que los adolescentes se besaran en este recinto al séptimo arte y una melodía chifladita, tan pegajosa como la de Peter, Bjorn y John, que anunciaba el intermedio.

Ya ahí, bajé de mi auto y descubrí una enorme fila de personas, que auguraban una demora en mi agenda. En ese momento calculé, que a lo mucho, me tardaría un par de horas en hacer el trámite. Llegué con el policía que custodiaba la entrada y le pedí un formato de solicitud.

— ¿Para pagar?— me preguntó el hombre con el tono prepotente que uno esperaría escuchar de un guardia de oficina gubernamental.

— No, para el pasaporte— le contesté.

— Uy joven, hasta mañana. Ya se repartieron todas.

—Y, ¿a que hora tengo que llegar?

—Pues mire, estas personas llegaron desde las tres de la mañana— dijo, señalando a las personas que encabezaban la fila.

Con la obvia frustración que generó su respuesta, regresé a mi oficina antes de lo que esperaba.

En 1988 fui por primera vez a Estados Unidos y a lo que posiblemente es uno de los sitios turísticos más icónicos, Disney World. Volamos vía Miami y en este aeropuerto, mi hermana, a sus entonces cuatro años, se aventó un comentario que recuerdo con muchísimos cariño, —¡Secuestraron el avión y nos trajeron a Cuba!— dijo la inocente. Vestido con unas bermuditas floreadas de colores fosforescentes, una camisita polo negra y una gorra de camionero con la imagen de Mickey Mouse celebrando sus 60 años, mi misión en Disneylandia fue fotografiarme con cuanta botarga pudiera. No tengo idea porqué, pero a mis nueve años, los juegos y demás atracciones que ofrece el parque, no eran tan atractivos como ver adolescentes de Florida uniformados con calurosísimos disfraces de personajes animados. Me parecían fascinantes.

Para llegar a Orlando mi mamá nos despertó como a las cuatro de la mañana un día regular de clases. Nos bañamos rápido y, muy abrigados, nos llevó a Villa Olímpica para formarnos por horas para que nos dieran la bendita ficha de pasaporte. En esa época sólo había que elegir una fecha y que mi mamá avisara en la escuela que mi hermana y yo, nos ausentaríamos para sacar el pasaporte. A mis casi treinta años, me encantaría poder hacer lo mismo, pedir a mi madre que le hable a mis jefes para decirles que no podré ir a trabajar para conseguir el documento.

Con 72 personas antes que yo en la fila y la latente posibilidad de no recibir ficha, deduzco irónicamente que no fui el único en encontrar la única oficina que expide pasaportes los fines de semana. En algún momento de mi espera, distraigo mi lectura con una gordita que accidentadamente llega con su madre, un par de posiciones atrás de mí.

—Ya se acabaron las fichas.

—¿Cómo? — le pregunta su mamá consternadísima.

—Sí, van a dar hasta ahí, hasta la señora de rojo —contesta apuntando a una mujer muy lejos de nosotros.

Sin ficha, haciéndome pipí y con un sabor a fracaso en la boca, emprendí el regreso de Mundo E. Me tendría que levantar a las cuatro de la madrugada un día de estos, como lo hizo mi mamá en 1988. Lo peor es que también tengo vencida la visa de Estados Unidos.