domingo, 26 de octubre de 2008

Crónica del desconcierto

Entre la represión priísta, el miedo a los disturbios y saldos rojos o simplemente la falta de cultura, por años México fue ignorado como escala en las giras de los grupos alrededor del mundo. Con rarísimas y enigmáticas visitas de The Police, Queen, The Doors, Rod Stewart y Bon Jovi en un lapso de veinte años, los conciertos no eran más que una idea utópica. A partir de 1991 cuando se adaptó el Palacio de los Deportes como arena de espectáculos, en ese histórico show de INXS, las presentaciones en vivo se vieron con más frecuentes, aunque nunca con actos en el punto más alto de sus carreras, salvo tal vez los casos de Guns N' Roses, U2 y Metallica.

Antes de emoción o arrebato, la reacción predominante del público mexicano es siempre de sorpresa, cada vez que se anuncia el concierto de algún artista o se publica el cartel de un festival, aun cuando México, Guadalajara y Monterrey son ya sedes importantes para este tipo de espectáculos. Los promotores descubrieron el negociazo que es traer a un grupo, pero nosotros todavía no estamos acostumbrados a recibirlos en nuestro país. Esa sorpresa, junto con todos esos años de tenernos hambrientos como a los leones en el circo romano, redituaron en un júbilo furioso que se manifiesta en cada presentación. Para la última fecha de Pearl Jam en la capital, de esa legendaria primera visita en 2003, cuando ya habían tocado por más de tres horas y que después de que se encendieran las luces del lugar para que la gente lo desalojara, Eddie Vedder y compañía salieron nuevamente al escenario para interpretar Yellow Ledbetter, sorprendidos por la reacción del público, que forzaba sus límites de entrega.

El sábado pasado, durante el Motorokr, Wayne Coyne de los Flaming Lips compartió con los miles de individuos que tenía frente a él, que en repetidas ocasiones sus colegas le habían preguntado que, ¿por qué no habían tocado nunca en México, si era uno de los mejores públicos del mundo? A lo que él respondía: "Ni siquiera sabía que nos querían aquí". Pensar en juntar a los Flaming Lips en un mismo cartel con grupos consolidados como Nine Inch Nails y la reunión de Stone Temple Pilots hubiera sido impensable hace diez años, pero que además lo hicieran con MGMT y The Kooks que están en boga y apenas tienen uno y dos discos respectivamente, es un auténtico logro en este país. Ese sábado me sorprendí como hace mucho tiempo no me ocurría.

Después de consultar los horarios para el festival, como suelo hacer con prácticamente todo, organicé un itinerario de lo que quería ver: llegar para los Kooks, esperar en ese escenario a los Flaming Lips, salir corriendo a ver a MGMT y volver a correr a ver a Stone Temple Pilots, ver un par de canciones de Nine Inch Nails y regresar a mi casa o tratar de conectar una fiesta, si el cansancio me lo permitía. Justo antes de salir para el festival, mientras esperaba a que mi amiga Ana llegara a mi casa para irnos en metro, recibí mi primera sorpresa, un mensaje de facebook de Celeste diciéndome que estaba muy enojada con nuestra situación. Lo que había pasado es que yo acordé con ella hacerme a un lado, dada la vertiginosa rapidez con la que me estaba clavando, siendo que su posición era el exacto punto opuesto. Ella deseaba que fuéramos sólo amigos o "mejores amigos" de ser posible. Quise así explicarle lo mucho que detesto (y lo doloroso que es) establecer este tipo de relaciones con las mujeres que me gustan, por lo que pedí que entendiera que no iba a poder estar tan cerca como lo había estado en los últimos dos meses y pico. Celeste estuvo de acuerdo y ahora estaba enojada, así que contesté a su inesperado mensaje ofreciéndole dejar atrás el posmodernismo con el que habíamos manejado las cosas (todo fue vía messenger y facebook) y vernos en vivo al día siguiente. Habiendo picado el botón de send a mi mensaje, bajé a encontrarme con Ana y a emprender el recorrido hacia el Autódromo.

Ya ahí, disfruté el concierto como lo hago con todos los conciertos a los que voy: bailo, brinco, cargo a alguna chica que mida menos del metro sesenta en mis hombros para que pueda ver y tomo cerveza como Homero Simpson. También, pude apreciar que los Kooks no van a llegar a ningún lado, pero son divertidos (además de que fue el único set que vi completo con Ana, que sí es fan). Los Flaming Lips no sonaron nada bien, pero me conmovieron muchísimo; el Foro Sol cantó una versión muy emotiva de "Yoshimi" con sólo un pianito, tipo el de Schroeder de Peanuts, de acompañamiento. MGMT lo vi muy lejos, pero sobretodo, estaba demasiado distraído tratando de enlazar inútilmente mi celular, con el de alguno de los muchos conocidos que también estaban ahí. Después, llegué a la segunda canción de los Stone Temple Pilots y no puedo negar que toda esa nostalgia noventera fluyó por mis venas junto con el alcohol de las ocho cervezas que me había tomado. Bailé más, brinqué más y por fortuna, no tuve que cargar a nadie porque ya estaba con amigos en las gradas. Todo estaba saliendo conforme a mi plan, hasta que salió Nine Inch Nails. A diferencia de lo que había programado, no me pude ir a la segunda canción.

Si Stone Temple Pilots dan un gran concierto de rock, entonces Nine Inch Nails es una pieza de arte. Antes que cualquier otra cosa, quiero reiterar mi escepticismo con respecto a la música de Trent Reznor, que nunca me ha tocado lo suficiente o tal vez, nunca he estado lo suficientemente enojado con el mundo. Sin embargo, su show en vivo es una experiencia sublime en todos los sentidos de la palabra. Es un espectáculo que vale el precio del boleto y hasta sale barato. Es un despliegue de tecnología atada estrechamente con una dirección de arte vanguardista y estética. Todo esto sucede gracias a tres pantallas de leads sensibles al tacto, que proyectan un collage de imágenes cuya capacidad de impactar, conmover y sorprender van in crescendo conforme avanza el setlist. Cada canción está ligada a un mini performance visual de lo más sofisticado, casi hipnótico, dejando a la música en un segundo plano (para los que no somos fans) y seguramente en un total cúmulo de sensaciones catárticas para los que sí.

Unos días antes del concierto, en una reunión, Celeste nos puso un video de Youtube donde aparece Tom Cruise hablando de la cientología, con una determinación y fanatismo que más que ser simpáticos, acaban dando mucho miedo. Es terrible ver cómo perdió su voluntad y se dejó atrapar en una maraña de ideas incoherentes, que ahora, defiende como si fueran la verdad más absoluta. En el caso de mi experiencia con Nine Inch Nails, no me importó abandonar mis convicciones y dejarme convertir por Reznor, junto con varios cientos que inicialmente no teníamos planeado estar ahí (entre ellos Ana, con quien había acordado el itinerario y a quien le escribí un mensaje diciendo: "Espero que no te hayas ido") y sin embargo, para nuestra sorpresa, terminamos viendo algo sencillamente hermoso. Lo que definitivamente extrañé fue no poder estar con Celeste para compartirlo con ella, le hubiera encantado, pero de todas formas lo disfruté con la ilusión de verla al día siguiente, con una esperanza ingenua de volver a ser sorprendido.

domingo, 12 de octubre de 2008

Al maestro con cariño

Parece que desde su salida de las salas, el Caballero de la Noche se llevó con él las buenas opciones para ir al cine, dejando una cartelera seca y extraña. Van y vienen comedias de los actores que algún publirelacionista vivaracho y chafa se atrevió a apodar como the Frat Pack, que incluye a Ben Stiller, Jack Black, Will Ferrell, Luke Wilson y Steve Carell. Todas fracasos totales, exhibiéndose, si bien les va, sólo un par de semanas. Por otro lado, hay varias películas mexicanas y las típicas de terror, que generalmente evito por ser muy aprehensivo y sufrir de pesadillas en las noches. De hecho hay películas mexicanas como Divina Confusión y Kada Kien su Karma (así la escriben), que me dan más miedo ver, que las propias de horror.

Ante la falta de alternativas, hace unos días fui con mi amiga Leticia a ver Charlie Bartlett, una película muy rara y pretenciosa que sólo estuvo una semana en el cine. Entramos porque salía Robert Downy Jr., sin embargo el protagonista era Anton Yelchin, un chamaquito infumable al que quieres que le vaya mal durante todo el desarrollo de la trama. Es sobreactuado, cursi y tiene una vocecita que provoca el mismo efecto que te hagan un piercing en el cerebelo. En sí la película trata de un estudiante rico y edípico, que es tan avispado y carismático, que no tiene ni un sólo amigo y lo expulsan de todas las escuelas privadas. Es así como llega a una institución pública, con todos los clichés que eso conlleva: las porristas, los bullies, los nerds y los desadaptados suicidas. Como es de esperarse, el nuevo chico pijo es detestado por sus compañeros (y el espectador de paso) por venir de una escuela más fresa. Es ahí cuando decide empezar a venderle a los demás estudiantes los antidepresivos que a él le recetan, con la esperanza de caerles mejor. Nadie hace amigos como Prozac y Charlie se convierte rápidamente en el más popular de la escuela, ofreciendo no sólo medicamentos controlados, sino psicoterapia dentro de los cubículos del baño de hombres. Robert Downey Jr. interpreta al director de la escuela, el maestro incansable de historia venido a menos por la aplanadora burocrática de sueños que representa su puesto actual. Es el encargado de encausar a Charlie por el buen camino, aunque su alcoholismo y arranque de celos (el muchacho se anda tirando a su hija) obstaculizan su misión.

La educación es un tema sensible y por años Hollywood a hecho homenaje a la noble profesión de enseñar con cintas como To Sir With Love (1967), Dead Poets Society (1989), Rushmore(1998), Finding Forrester (2000) y hasta el Karate Kid (1984). Lo que trata de hacer Charlie Bartlett (claramente sin éxito) es enseñarnos otro ángulo, uno más egoísta y visceral pero que no convence a nadie. En su lugar, la producción debió darse una vuelta por nuestro bonito país, inspirarse en una de las muchas manifestaciones que organiza el Sindicato de Maestros y contar la historia a Doña Elba Esther. ¿Qué más egoísta y visceral quieren? En comparación, el personaje de Robert Downey Jr. es tierno y soso.

De alguna forma, todos hemos tenido maestros que han cambiado el curso de nuestras vidas. Los que lo logran son los que tienen la capacidad de sortear nuestras barreras de rebeldía y autoritarismo; los que cuando dan clases le tiran a ganarse nuestra confianza y hasta amistad. Pero la condición básica para enseñar es el respeto y es que es imposible aprender de alguien, a quien al final del día, sólo quieres hacerle la vida imposible. En alguna ocasión mi maestra de biología en secundaria le pidió ayuda al profesor de química para controlarnos. El maestro, que era de Gales, entró al salón con con una regla de madera, pasando completamente desapercibido por los 22 estudiantes que se escuchaban como la Central de Abastos en viernes de quincena. En ese momento el británico estrelló la regla en una de las mesas del laboratorio, generando tal estruendo, que provocó un silencio abrumador en el cuarto. La atención del grupo era suya. Tomó su regla, se la entregó a la maestra de biología y salió. El rostro de ella se parecía al de los primeros hombres después de descubrir la rueda. Trató de seguir con su clase, al tiempo que nosotros seguimos nuestro desmadre, pero ahora no estaba sola, tenía un poderoso instrumento de control. La mujer se paró en el centro de su pequeño estrado, apuntó con precisión el metro de madera y lo dejó caer con toda su fuerza sobre la mesa frente a ella. Con dificultad se alcanzó a escuchar un flaco "clac", lo que provocó un escaso segundo de silencio en el salón, seguido de la más pura hilaridad. Las cínicas carcajadas obligaron a la maestra a tomar sus cosas y salir con la cabeza agachada.

Ahora que lo veo en retrospectiva, me siento mal por la mujer quien parecía haberse puesto el reto profesional de dejar sus clases en "maternal", para darlas en un aula llena de pubertos de catorce años. Sin embargo, también me emociona recordar a los que definitivamente moldearon mis percepciones: Lourdes (español), que me provocó mi primer desamor en primaria; Mr. Mac (literatura) que me enseñó a leer y a escribir de verdad; Mayahuel (filosofía) que me puso "10" por el resto del semestre después una plática de pasillo; Íñigo (historia) que me hizo testigo en su boda; Alejo (políticas públicas) que me hizo ambientalista; Julián (comercio internacional) que me metió a la economía y luego me ayudó a dejarla y Manuel (creación literaria) quién me enseñó a mostrar y no a demostrar. Espero que conforme pase el tiempo, la cartelera de cine mejore y esta lista se haga más grande.