sábado, 23 de mayo de 2009

Caprichos sonoros

Si mi yo de 15 años me escuchara decir esto, probablemente se ofendería tanto conmigo, que me quitaría el habla por los próximos 17 años; pero es que cada vez odio más manejar. Sobretodo detesto los trayectos largos. Los sueños de estar detrás de un volante, de mi yo de 15 años, jamás contemplaron la impotencia en el movimiento que significa el tráfico. Las horas perdidas y el estrés de no poder calcular el tiempo del recorrido. Sin embargo, hay un cable negro en mi coche que enlaza, casi religiosamente, a dos objetos esenciales para que mis viajes sean menos tediosos. Es el cable negro que conecta el estéreo con el iPod. Esa unión, aunque sencilla, produce un auténtico milagro en cuanto a entretenimiento móvil.

La semana pasada, conducía a mi trabajo con buen tiempo —una condición necesaria para disfrutar cualquier cosa a esa hora—, por lo que seleccioné la función que toca aleatoriamente todas las canciones del reproductor. El resultado fue una lista tan selecta y delicada, como si hubiera sido elegida meticulosamente por un ser humano con muy buen gusto. Conforme transcurría la selección, me imaginaba que dentro del aparato vivía un pequeño terodáctilo (como en los Picapiedra), que con unos diminutos audífonos descansando en su cabeza, elegía una por una las piezas que conformaban el repertorio, mientras decía viendo a la cámara: "Estos humanos son tan fáciles de complacer". Así fueron sonando en orden de aparición: One more time de The Cure; Mi Agüita Amarilla de los Los Toreros Muertos; The Sweater Song de Weezer; Leave me alone de Razorlight; Shiver de Coldplay; Remedy de los Black Crowes; Fake Tales of San Francisco de los sobrevaloradísimos Arctic Monkeys; Here We Go Again de los Hives; Life on Mars de Bowie; Dig for Fire de los Pixies y a unas cuadras antes de llegar a mi oficina, la devastadora Lost Cause de Beck.

Este concierto fue cortesía de la aleatoriedad de un momento, pero como fue algo muy disfrutable, sincronizado y afortunado, pudo haber sido todo un desastre. Es por eso que cuando sé que tengo que estar un buen rato en el auto, cuando tengo que enfrentar la realidad de ese enclaustramiento obligatorio, acudo a la siempre certera compañía de Steve Jones. Sí, el mismo Steve Jones, guitarra del Never Mind the Bollocks, Here's the Sex Pistols, el único disco de la legendaria banda de punk, y que hoy tiene uno de los programas más escuchados en Los Ángeles. La primera vez que oí Jonsey's Jukebox, fue hace cerca de dos años, cuando acababa de descubrir los podcasts y me había suscrito a los de Indie 103.1. En medio de uno de esos embotellamientos que caracterizan la Ciudad de México, me acuerdo que elegí uno al azar, e inmediatamente sonó una voz ronca y pausada de acento cockney, que presentaba a Adam Sandler, después de las formalidades típicas de la radio como decir la hora y hablar brevemente del clima. El formato del programa era tan libre, que el comediante acabó entrevistando al propio Jones. Lo cuestionaba con la inocencia de un fan, pero con la seguridad de alguien que tiene más dinero en su cuenta de banco. Era casi como escuchar detrás de una pared la conversación de dos buenos amigos, que sin saberlo habían trascendido de formas radicalmente opuestas en la industria del entretenimiento.

Jones no tiene ningún tipo de reserva para restregarle a sus invitados que forma parte de los Sex Pistols, bromear sobre su superada adicción a la heroína, contar que fue sometido a una colonoscopia o dejarse adular por los panelistas de los viernes —día en el que invita temáticamente a individuos para discutir y calificar nueva música. Aunque parece lento y disperso, sus comentarios son todo lo contrario: ácidos y certeros. Hay todo un lenguaje secreto que define su show, como decir que inicia a las "doce campanadas", que va a "visitar al duque" para mandar a comerciales o calificar las malas canciones como "pantalones" y las buenas con "mostaza" (y todos los derivados como "pantalones cortos con una mancha de mostaza French's"), términos que pueden confundir incluso a sus compatriotas británicos. Y luego está la música. Uno pensaría que el pionero del punk tendría gustos segmentados en cuanto a este tema se refiere, pero la selección de Jonsey es una de las más eclécticas y refinadas que existen. Desde motown hasta rock progresivo, clásicos y piezas recién grabadas, él las conoce todas. Pero lo mejor es cuando tiene algún músico —o no— invitado y juntos se echan un palomazo. Jones tiene la facilidad de mejorar cualquier tema con su guitarra, aun sin conocerlo de antemano. Entra en el momento preciso, echa un solo que puede ser tan sutil como catártico.

Mientras los podcasts de Jonsey's Jukebox se puedan seguir bajando, mientras Steve Jones siga al aire, no habrá recorrido en mi coche que sea lo suficientemente largo. Gracias, Jonsey.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Es el fin del mundo (pero me siento bien)

Esta entrada la empecé a escribir hace un par de semanas. Quería restablecer un cierto orden y continuidad en mi blog. Mi intención original era darle una repasadita al tema de la crisis económica. Iba a iniciar con la definición de la RAE de "apechugar", que por cierto lee: "cargar con alguna obligación o circunstancia ingrata o no deseada". De ésta, la palabra clave es "ingrata", una que de forma estrecha, se puede asociar con los tiempos que estamos viviendo. Cuando redactaba las primeras líneas de este inocente post, nadie tenía idea de lo que se avecinaría en los siguientes días y, definitivamente, de lo mucho que íbamos a apechugar.

Al principio eran simples los rumores que, de boca en boca y siempre acompañados de algún chiste, recorrían la ciudad, pero pronto cobraron aires apocalípticos. Las noticias llegaban como si las estuviera narrando Orson Wells en 1938. Una ansiedad colectiva invadió todas las conversaciones, desde aquellos que, como yo, pensaban que todo era una cortina de humo mediática, y los que creían que era el fin de la humanidad, apoyados de cifras alarmistas. Al principio los hábitos no cambiaron mucho. Aún bañado en trabajo, el sábado por la tarde le caí a Evelio y a su asesor de tesis para comer en el Non Solo Pasta de la Roma. Más tarde nos alcanzó Anabel y todo parecía normal, sin embargo la escena era desoladora. Prácticamente no había comensales en el salón y aún menos personas en la calle, además que era difícil evadir el tema en la plática. Los días pasaron y poco a poco, hasta los más escépticos cubrimos nuestros rostros con tapabocas de fieltro.

Se cancelaron las escuelas y los trabajos debían desempeñarse en casa. Se suspendieron los conciertos y cerraron cines y teatros; les siguieron los restaurantes y los centros comerciales. Los partidos de fútbol en la capital se jugaron libres de aficionados, y la jornada siguiente, lo mismo sucedió en el resto del país. Blockbuster aumentó sus ganancias un 40%, pero les duró poco el gusto, porque pronto tuvieron que dejar de operar como resto. La ciudad estaba transformada en un pueblucho fantasma y, por si fuera poco, en uno de los días más álgidos, tembló

Los números oficiales fueron un auténtico carnaval. La especulación de los noticieros anunciaba que eran miles los infectados por la nueva cepa de influenza y aún más escandalosos eran los pronósticos de las defunciones. Uno a uno se iluminaron en el mapa los países que se sumaban a la inminente pandemia. Mientras tanto, en la ciudad, parecía que era cuestión de horas para que nos alcanzara a todos. Hasta que un día, a media semana, apareció el Secretario de Salud, anunciando que de los ciento y pico de decesos cuantificados en las últimas horas, sólo siete habían sido causados por el virus. Hoy, México sufre de marginación y rechazo de otras naciones, hay perdidas multimillonarias en cientos de industrias (menos la del tapabocas) por el cierre total de sus actividades y los enfermos, los que sí se contagiaron no llegan a mil y los muertos a cincuenta.

La influenza se irá, pero la crisis económica que deambulaba por el mundo antes de la epidemia, se acentuará. Por eso, es tiempo para la indulgencia, para la banalidad y para el romance. Durante una crisis se come más chocolate, se hace más el amor, se beben más cervezas y se baila como si la Tierra no girara. En tiempos de crisis el pensamiento tiene límites, el cansancio llega pronto y la remuneración se demora. Es cuando cosas como el fútbol, o cualquier otro deporte, cobran mayor relevancia. Como el fenómeno que acaba de causar el clásico español, Real Madrid contra Barcelona, o las semifinales de la Champions. Incluso, hace unos días me sorprendí por lo divertido que son los juegos de la MLS y hasta los de Primera A. Entretenimiento simple y puro. En tiempos de crisis debemos maximizar los placeres al menor costo. Vienen tiempos de mucho apechugar, de apechugarnos los unos con los otros.