Al principio eran simples los rumores que, de boca en boca y siempre acompañados de algún chiste, recorrían la ciudad, pero pronto cobraron aires apocalípticos. Las noticias llegaban como si las estuviera narrando Orson Wells en 1938. Una ansiedad colectiva invadió todas las conversaciones, desde aquellos que, como yo, pensaban que todo era una cortina de humo mediática, y los que creían que era el fin de la humanidad, apoyados de cifras alarmistas. Al principio los hábitos no cambiaron mucho. Aún bañado en trabajo, el sábado por la tarde le caí a Evelio y a su asesor de tesis para comer en el Non Solo Pasta de la Roma. Más tarde nos alcanzó Anabel y todo parecía normal, sin embargo la escena era desoladora. Prácticamente no había comensales en el salón y aún menos personas en la calle, además que era difícil evadir el tema en la plática. Los días pasaron y poco a poco, hasta los más escépticos cubrimos nuestros rostros con tapabocas de fieltro.
Se cancelaron las escuelas y los trabajos debían desempeñarse en casa. Se suspendieron los conciertos y cerraron cines y teatros; les siguieron los restaurantes y los centros comerciales. Los partidos de fútbol en la capital se jugaron libres de aficionados, y la jornada siguiente, lo mismo sucedió en el resto del país. Blockbuster aumentó sus ganancias un 40%, pero les duró poco el gusto, porque pronto tuvieron que dejar de operar como resto. La ciudad estaba transformada en un pueblucho fantasma y, por si fuera poco, en uno de los días más álgidos, tembló
Los números oficiales fueron un auténtico carnaval. La especulación de los noticieros anunciaba que eran miles los infectados por la nueva cepa de influenza y aún más escandalosos eran los pronósticos de las defunciones. Uno a uno se iluminaron en el mapa los países que se sumaban a la inminente pandemia. Mientras tanto, en la ciudad, parecía que era cuestión de horas para que nos alcanzara a todos. Hasta que un día, a media semana, apareció el Secretario de Salud, anunciando que de los ciento y pico de decesos cuantificados en las últimas horas, sólo siete habían sido causados por el virus. Hoy, México sufre de marginación y rechazo de otras naciones, hay perdidas multimillonarias en cientos de industrias (menos la del tapabocas) por el cierre total de sus actividades y los enfermos, los que sí se contagiaron no llegan a mil y los muertos a cincuenta.La influenza se irá, pero la crisis económica que deambulaba por el mundo antes de la epidemia, se acentuará. Por eso, es tiempo para la indulgencia, para la banalidad y para el romance. Durante una crisis se come más chocolate, se hace más el amor, se beben más cervezas y se baila como si la Tierra no girara. En tiempos de crisis el pensamiento tiene límites, el cansancio llega pronto y la remuneración se demora. Es cuando cosas como el fútbol, o cualquier otro deporte, cobran mayor relevancia. Como el fenómeno que acaba de causar el clásico español, Real Madrid contra Barcelona, o las semifinales de la Champions. Incluso, hace unos días me sorprendí por lo divertido que son los juegos de la MLS y hasta los de Primera A. Entretenimiento simple y puro. En tiempos de crisis debemos maximizar los placeres al menor costo. Vienen tiempos de mucho apechugar, de apechugarnos los unos con los otros.
1 comentario:
A mi me gustó.
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