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lunes, 28 de marzo de 2011

Hasta que se le hizo

Dicen que cuando nací, mucho antes de que los ultrasonidos fueran lo suficientemente sofisticados para saber con antelación el género de un feto, mi papá salió corriendo a una juguetería a celebrar que su primogénito era varón. Allí compró un kit completo de vaqueros, que consistía en un cinturón con una hebilla grande, un par de revólveres de juguete, un sombrero y un caballo con ruedas. Cuando me llevaron a casa, de mi cuna ya colgaban las pistolas y el caballo descansaba a un lado esperando a su jinete. El problema fue que toda esa parafernalia western ahí quedó, y el jinete nunca hizo mucho caso de ella.

En cambio, crecí fascinado leyendo historietas de superhéroes –Batman y Spider-Man siempre fueron mis favoritos– y viendo a Scooby Doo huir y comerse sus problemas en la tele. Más grande las Tortugas Ninja se convirtieron en una obsesión. ¿Qué pensaría mi papá de su hijo en ese momento? Quizás algo como, "¿Por qué le ilusionan reptiles sosos, con antifaces de colores cubriendo sus ojos, cuando podría ver a Clint Eastwood hacer cara de malo?", o, tal vez, era un concepto demasiado amorfo, tan inexplicable, para siquiera reflexionar sobre él.

Hace unos cuantos fines de semana me preguntó si podía acompañarlo al cine. Un acontecimiento raro en sí, ya que siempre ha preferido ahorrarse los tumultos y ver películas en la comodidad de su sillón. Me pidió llevarlo a ver Temple de Acero –True Grit, en inglés–, la más reciente producción de los hermanos Coen y con la que incursionan en el género favorito de mi padre, el de vaqueros. Accedí inmediatamente. Siempre he disfrutado las cintas de los Coen, pero más ver a mi papá salir de la casa para algo que no sea ir a trabajar. Le dije que me avisara el día que mejor le conviniera y que yo adaptaría mi agenda. Pasaron por lo menos tres semanas para que se decidiera a ir. La verdad, ya hasta se me había olvidado.

Tuvimos suerte, la película aún estaba en cartelera en una que otra sala de la ciudad. Por estar nominada al Oscar, su permanencia en el cine se vio ligeramente estirada. Encontramos una función cerca de casa de mis papás un domingo a las 10:30 de la noche. Horario poco ortodoxo, pero mi padre no es un hombre muy ortodoxo que digamos. Compré los boletos con anticipación aunque llegué un poco tarde por él esa noche. A pesar de que no hacía frío, salió de su casa con una gabardina puesta. Debajo traía un blazer azul marino y pantalones de mezclilla. Subió a mi coche y me saludó afectuoso. Llegamos al cine justo a tiempo. La sala estaba bastante llena a pesar del extraño día y horario. Nos sentamos en una esquina de la parte superior y pusimos los pies en un barandal, convenientemente ubicado frente a nuestras butacas.

La película tiene el don de enganchar desde sus primeras escenas. A partir de ahí es una aventura al más puro estilo de los clásicos del género, pero salpicada con la visión agridulce de los Coen. Con esos destellos en los que uno no sabe si reír o llorar. Durante la función volteaba a ver de reojo a mi padre quien estaba tan atrapado como yo. Podía sentir su fascinación, pero más allá del argumento, de ese deseo frustrado de vivir en un momento o un lugar donde la vida era tan sencilla como despertar, beber un whiskey sin mojar el cigarro que yace sobre la boca, montar por las praderas, arrear y comercializar cabezas de ganado y de vez en cuando, vengar una que otra muerte.

De regreso, teniendo el típico intercambio de ideas que sucede después de ver una película, sea cual sea, no podía dejar de pensar que después de 33 años, de alguna forma, mi papá se había salido con la suya.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Nombre es destino

A lo largo y ancho de la cultura popular hay un nombre propio que es, probablemente, de los más influyentes de entre todos sus colegas denominadores. Tiene tan sólo cuatro letras, pero cada vez que se pronuncia está cargado de un cierto brío y respeto implícito. Hacer un poco de memoria es suficiente para encontrar a un "Jack" célebre (vivo o muerto, real o ficticio) en prácticamente todas las disciplinas. En el cine Jack Nicholson, Jack Rollins (el productor de cabecera de Woody Allen), Jack Warner (fundador de la Warner Brothers) y Jack Skellington (entrañable personaje de Burton); en la música Jack White y Jack Johnson (que no me da pena reconocer que me cae bien y me gusta lo que hace); en la literatura Jack Kerouac y Jack London; en el arte contemporáneo Jackson Pollock; asesinos famosos como Jack The Ripper y Jack Kevorkian (el padrino de las muertes asistidas); en los deportes Jack Sikma (que ayudó a mis desaparecidos Supersonics a conseguir su único título en el '79); en la televisión Jack Bauer, Samurai Jack y Jack Handey (autor de los Deep Thoughts en Saturday Night Live); y hasta en los licores Jack Daniel.

Sin embargo, a pesar de su nombre y de una carrera de gran éxito, hay un Jack que no suele recibir muchos elogios. Su nombre no es sinónimo de grandeza ni de vanguardia, sino más bien se asocia a lo burdo y lo insustancial. Incluso, hubo un momento en el que dudé si debía o no dedicarle toda una entrada en este blog, y es que de pura casualidad y por diferentes motivos, en las últimas semanas he encontrado algo muy agradable en el trabajo de Jack Black.

Hace un poco más de un mes fui con un grupo de amigos a ver Be Kind Rewind de Michel Gondry, una película que, por un lado, hace un homenaje al cine meramente de entretenimiento, y por otro, critica la sobreprotección y explotación de los derechos de autor. Al salir de la sala, los cuatro estábamos divididos en partes iguales sobre el veredicto: a Lucía y Mema les había parecido "equis" —que no me extrañó en lo más mínimo, ya que ambos se jactan de ser críticos implacables—, mientras que a Evelio y a mí nos había gustado mucho. Definitivamente, una de las particularidades que más disfruté de la cinta, además de la precisa dirección de Gondry, fue la mancuerna que forman los protagonistas. En el mundo del Hip-Hop, la autoridad de Mos Def es indiscutible. Es uno de los artistas más sólidos e innovadores en el género. En Be Kind Rewind logra una actuación notable, y mucho se debe a la química que tiene en pantalla con su coestelar, Jack Black, que a su vez se desenvuelve como un actor experimentado, sin perder su bufona personalidad, misma que le ha dado de comer bastante bien en los últimos años.

En el 2004 Noah Baumbach escribió junto con Wes Anderson The Life Aquatic with Steve Zissou y el siguiente año dirigió y escribió The Squid and the Whale. Ambas películas tienen guiones y tonos muy diferentes, pero comparten un cierto toque agridulce que las hace igual de entrañables. Hace un par de semanas, navegando por el IMDB (Internet Movie Data Base), encontré que después de Squid & The Whale, Baumbach había hecho otra película y, coincidentemente, la miré de reojo en el muro de "estrenos" durante mi última visita al Blockbuster. Siendo entusiasta de sus entregas anteriores, no lo pensé dos veces y salí corriendo a rentar Margot at the Wedding. Es una película difícil —sin contar que la vi al mediodía y que las cortinas de manta de mi departamento permiten que la luz entre con libertad, provocando un reflejo insoportable en la superficie de la televisión—, con diálogos inconexos y secuencias que entran de golpe sin un establecimiento previo. Pero la pura presencia de Nicole Kidman (con su felino e inexpresivo rostro después de varias sesiones de botox) en el rol principal, hizo mi experiencia completamente agotadora. La odio. No sé qué fue de esa criatura celestial, de rizada cabellera bermellón, que dominaba la pantalla en Dead Calm (1988). Hoy en día, Kidman tiene que ser una de las actrices más sobrevaloradas de la industria. En cambio, la pequeña participación que tiene Jack Black en la película es conmovedora y genuina. Hay una escena en particular que me sorprendió mucho, donde su personaje tiene que llorar en un arranque histérico, suplicando a su pareja (Jennifer Jason Leigh) por una segunda oportunidad.

Haciendo un recorrido por el resto de su filmografía desde School of Rock, hasta Kung Fu Panda, pasando por Nacho Libre y su proyecto de chiste-rock, Tenacious D —con quien ha grabado cuatro discos y sí, son bastante chistosos— probablemente Jack Black nunca gane un Oscar, ni reciba mayor distinción. Pero finalmente es un tipo creativo, naturalmente bonachón, con buen tino para elegir guiones. Su trabajo puede no gustar, pero nunca decepciona. Jack Black nos recuerda que la grandeza no necesariamente se obtiene por un legado de obras extraordinarias, por romper paradigmas o violentar convenciones. La grandeza se puede lograr haciendo bien lo que te gusta, sin importar que a los demás no.

domingo, 12 de octubre de 2008

Al maestro con cariño

Parece que desde su salida de las salas, el Caballero de la Noche se llevó con él las buenas opciones para ir al cine, dejando una cartelera seca y extraña. Van y vienen comedias de los actores que algún publirelacionista vivaracho y chafa se atrevió a apodar como the Frat Pack, que incluye a Ben Stiller, Jack Black, Will Ferrell, Luke Wilson y Steve Carell. Todas fracasos totales, exhibiéndose, si bien les va, sólo un par de semanas. Por otro lado, hay varias películas mexicanas y las típicas de terror, que generalmente evito por ser muy aprehensivo y sufrir de pesadillas en las noches. De hecho hay películas mexicanas como Divina Confusión y Kada Kien su Karma (así la escriben), que me dan más miedo ver, que las propias de horror.

Ante la falta de alternativas, hace unos días fui con mi amiga Leticia a ver Charlie Bartlett, una película muy rara y pretenciosa que sólo estuvo una semana en el cine. Entramos porque salía Robert Downy Jr., sin embargo el protagonista era Anton Yelchin, un chamaquito infumable al que quieres que le vaya mal durante todo el desarrollo de la trama. Es sobreactuado, cursi y tiene una vocecita que provoca el mismo efecto que te hagan un piercing en el cerebelo. En sí la película trata de un estudiante rico y edípico, que es tan avispado y carismático, que no tiene ni un sólo amigo y lo expulsan de todas las escuelas privadas. Es así como llega a una institución pública, con todos los clichés que eso conlleva: las porristas, los bullies, los nerds y los desadaptados suicidas. Como es de esperarse, el nuevo chico pijo es detestado por sus compañeros (y el espectador de paso) por venir de una escuela más fresa. Es ahí cuando decide empezar a venderle a los demás estudiantes los antidepresivos que a él le recetan, con la esperanza de caerles mejor. Nadie hace amigos como Prozac y Charlie se convierte rápidamente en el más popular de la escuela, ofreciendo no sólo medicamentos controlados, sino psicoterapia dentro de los cubículos del baño de hombres. Robert Downey Jr. interpreta al director de la escuela, el maestro incansable de historia venido a menos por la aplanadora burocrática de sueños que representa su puesto actual. Es el encargado de encausar a Charlie por el buen camino, aunque su alcoholismo y arranque de celos (el muchacho se anda tirando a su hija) obstaculizan su misión.

La educación es un tema sensible y por años Hollywood a hecho homenaje a la noble profesión de enseñar con cintas como To Sir With Love (1967), Dead Poets Society (1989), Rushmore(1998), Finding Forrester (2000) y hasta el Karate Kid (1984). Lo que trata de hacer Charlie Bartlett (claramente sin éxito) es enseñarnos otro ángulo, uno más egoísta y visceral pero que no convence a nadie. En su lugar, la producción debió darse una vuelta por nuestro bonito país, inspirarse en una de las muchas manifestaciones que organiza el Sindicato de Maestros y contar la historia a Doña Elba Esther. ¿Qué más egoísta y visceral quieren? En comparación, el personaje de Robert Downey Jr. es tierno y soso.

De alguna forma, todos hemos tenido maestros que han cambiado el curso de nuestras vidas. Los que lo logran son los que tienen la capacidad de sortear nuestras barreras de rebeldía y autoritarismo; los que cuando dan clases le tiran a ganarse nuestra confianza y hasta amistad. Pero la condición básica para enseñar es el respeto y es que es imposible aprender de alguien, a quien al final del día, sólo quieres hacerle la vida imposible. En alguna ocasión mi maestra de biología en secundaria le pidió ayuda al profesor de química para controlarnos. El maestro, que era de Gales, entró al salón con con una regla de madera, pasando completamente desapercibido por los 22 estudiantes que se escuchaban como la Central de Abastos en viernes de quincena. En ese momento el británico estrelló la regla en una de las mesas del laboratorio, generando tal estruendo, que provocó un silencio abrumador en el cuarto. La atención del grupo era suya. Tomó su regla, se la entregó a la maestra de biología y salió. El rostro de ella se parecía al de los primeros hombres después de descubrir la rueda. Trató de seguir con su clase, al tiempo que nosotros seguimos nuestro desmadre, pero ahora no estaba sola, tenía un poderoso instrumento de control. La mujer se paró en el centro de su pequeño estrado, apuntó con precisión el metro de madera y lo dejó caer con toda su fuerza sobre la mesa frente a ella. Con dificultad se alcanzó a escuchar un flaco "clac", lo que provocó un escaso segundo de silencio en el salón, seguido de la más pura hilaridad. Las cínicas carcajadas obligaron a la maestra a tomar sus cosas y salir con la cabeza agachada.

Ahora que lo veo en retrospectiva, me siento mal por la mujer quien parecía haberse puesto el reto profesional de dejar sus clases en "maternal", para darlas en un aula llena de pubertos de catorce años. Sin embargo, también me emociona recordar a los que definitivamente moldearon mis percepciones: Lourdes (español), que me provocó mi primer desamor en primaria; Mr. Mac (literatura) que me enseñó a leer y a escribir de verdad; Mayahuel (filosofía) que me puso "10" por el resto del semestre después una plática de pasillo; Íñigo (historia) que me hizo testigo en su boda; Alejo (políticas públicas) que me hizo ambientalista; Julián (comercio internacional) que me metió a la economía y luego me ayudó a dejarla y Manuel (creación literaria) quién me enseñó a mostrar y no a demostrar. Espero que conforme pase el tiempo, la cartelera de cine mejore y esta lista se haga más grande.

lunes, 11 de diciembre de 2006

Por lo menos alguien cerró bien el año...

No voy a decir cuál es para no echarlo a perder, pero en el momento climático y absolutamente predecible de Un buen año, cinta en cartelera con Russell Crowe (después de dar el viejazo gacho y que sus noches de excesos le pasaron la cuenta), me fue imposible no voltear a mi alrededor y capturar las expresiones de los presentes. A mi lado derecho estaba mi queridísima Annie, exnovia y de mis mejores amigas. Del lado izquierdo estaba una pareja en sus 40s, atrás otra pareja mucho más acaramelada en sus 30s y adelante un grupito de dos chavas y un güey. El punto es que todos cayeron redonditos ante cómo culminaba la trama cursi, y veían con esperanza y hasta un poco de envidia lo que sucedía en la pantalla. ¿Es que nadie ha amado a alguien en esta ciudad?

Las situaciones que presentan las romanticomedias desde que yo era niño son siempre las mismas: Chavo conoce a Chava o viceversa (y también se pueden hacer todas las combinaciones de género que la imaginación permita). Chavo no puede estar con Chava porque Chava es pobre, judía, católica, virgen, fresa, mojigata, puta, etc. Chavo la deja ir cuando Chava le dice que lo ama, pero la vida sin Chava se vuelve insportable para Chavo: al caminar por las calles, al pensar en su cuarto, o simplemente hacer popó, porque todo le recuerda a Chava. Chavo se convence que Chava es la onda y va por ella... pero Chava es muy orgullosa y no perdona fácil, por lo que hace que Chavo ruegue tantito y entonces se besan.

Entonces, ¿por qué son tan exitosas estas películas? Yo creo que son muy pocas las personas que se atreven a amar a esa personita que realmente les mueve el tapete desde adentro, la que toca nuestras fibras más reptilianas y que nos hace irracionales. A esa persona que nos entiende y encanta, pero sobretodo nos apasiona. Ése es exactamente el tipo de relación que ponen en las películas. El chiste es que todos podemos tener nuestra propia historia de amor si nos atrevemos. Tal vez la persona quien nos va a tocar el alma esté en donde menos la esperamos: puede ser la que atiende en el Starbucks, una celebridad que aún no nos presentan o estar sentada a un par de cubículos del lugar donde trabajamos. Lo que definitivamente no ponen en las películas, o por lo menos en la mayoría de las comedias románticas gabachas, es que este tipo de relación, bajita la mano, siempre acaba en un arañazo. Así funciona la pasión.