El frío de la mañana se une a las ganas que tengo de orinar para hacer más fastidiosa esta experiencia, de lo que ya es en sí. Un par de muchachitos dejan a sus papás en la larguísima fila en la que estoy formado, para cobijarse debajo de los primeros rayos de sol, que aún se ven a lo lejos. Saco el libro que estoy leyendo de mi mochila, me pongo los audífonos y mis lentes para tratar de abstraerme de la situación. Apenas abro el libro para hacer que mi mirada busque las líneas que dejé la última vez que lo visité, cuando un hombre se acerca contando en alto, igualito al Conde Contar de Plaza Sésamo.
— 70, 71, 72...— me quito un audífono y descubro que en su conteo soy el número 73.
— ¿Por qué cuenta señor? — le pregunta una señora como a dos lugares de mí en la fila.
— Es que por ser domingo, sólo van a entregar 80 fichas para sacar el pasaporte.
— ¿Para pagar?— me preguntó el hombre con el tono prepotente que uno esperaría escuchar de un guardia de oficina gubernamental.
— No, para el pasaporte— le contesté.
— Uy joven, hasta mañana. Ya se repartieron todas.
—Y, ¿a que hora tengo que llegar?
—Pues mire, estas personas llegaron desde las tres de la mañana— dijo, señalando a las personas que encabezaban la fila.
Con la obvia frustración que generó su respuesta, regresé a mi oficina antes de lo que esperaba.En 1988 fui por primera vez a Estados Unidos y a lo que posiblemente es uno de los sitios turísticos más icónicos, Disney World. Volamos vía Miami y en este aeropuerto, mi hermana, a sus entonces cuatro años, se aventó un comentario que recuerdo con muchísimos cariño, —¡Secuestraron el avión y nos trajeron a Cuba!— dijo la inocente. Vestido con unas bermuditas floreadas de colores fosforescentes, una camisita polo negra y una gorra de camionero con la imagen de Mickey Mouse celebrando sus 60 años, mi misión en Disneylandia fue fotografiarme con cuanta botarga pudiera. No tengo idea porqué, pero a mis nueve años, los juegos y demás atracciones que ofrece el parque, no eran tan atractivos como ver adolescentes de Florida uniformados con calurosísimos disfraces de personajes animados. Me parecían fascinantes.
Para llegar a Orlando mi mamá nos despertó como a las cuatro de la mañana un día regular de clases. Nos bañamos rápido y, muy abrigados, nos llevó a Villa Olímpica para formarnos por horas para que nos dieran la bendita ficha de pasaporte. En esa época sólo había que elegir una fecha y que mi mamá avisara en la escuela que mi hermana y yo, nos ausentaríamos para sacar el pasaporte. A mis casi treinta años, me encantaría poder hacer lo mismo, pedir a mi madre que le hable a mis jefes para decirles que no podré ir a trabajar para conseguir el documento.
—Ya se acabaron las fichas.
—¿Cómo? — le pregunta su mamá consternadísima.
—Sí, van a dar hasta ahí, hasta la señora de rojo —contesta apuntando a una mujer muy lejos de nosotros.
Sin ficha, haciéndome pipí y con un sabor a fracaso en la boca, emprendí el regreso de Mundo E. Me tendría que levantar a las cuatro de la madrugada un día de estos, como lo hizo mi mamá en 1988. Lo peor es que también tengo vencida la visa de Estados Unidos.
