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miércoles, 6 de mayo de 2009

Es el fin del mundo (pero me siento bien)

Esta entrada la empecé a escribir hace un par de semanas. Quería restablecer un cierto orden y continuidad en mi blog. Mi intención original era darle una repasadita al tema de la crisis económica. Iba a iniciar con la definición de la RAE de "apechugar", que por cierto lee: "cargar con alguna obligación o circunstancia ingrata o no deseada". De ésta, la palabra clave es "ingrata", una que de forma estrecha, se puede asociar con los tiempos que estamos viviendo. Cuando redactaba las primeras líneas de este inocente post, nadie tenía idea de lo que se avecinaría en los siguientes días y, definitivamente, de lo mucho que íbamos a apechugar.

Al principio eran simples los rumores que, de boca en boca y siempre acompañados de algún chiste, recorrían la ciudad, pero pronto cobraron aires apocalípticos. Las noticias llegaban como si las estuviera narrando Orson Wells en 1938. Una ansiedad colectiva invadió todas las conversaciones, desde aquellos que, como yo, pensaban que todo era una cortina de humo mediática, y los que creían que era el fin de la humanidad, apoyados de cifras alarmistas. Al principio los hábitos no cambiaron mucho. Aún bañado en trabajo, el sábado por la tarde le caí a Evelio y a su asesor de tesis para comer en el Non Solo Pasta de la Roma. Más tarde nos alcanzó Anabel y todo parecía normal, sin embargo la escena era desoladora. Prácticamente no había comensales en el salón y aún menos personas en la calle, además que era difícil evadir el tema en la plática. Los días pasaron y poco a poco, hasta los más escépticos cubrimos nuestros rostros con tapabocas de fieltro.

Se cancelaron las escuelas y los trabajos debían desempeñarse en casa. Se suspendieron los conciertos y cerraron cines y teatros; les siguieron los restaurantes y los centros comerciales. Los partidos de fútbol en la capital se jugaron libres de aficionados, y la jornada siguiente, lo mismo sucedió en el resto del país. Blockbuster aumentó sus ganancias un 40%, pero les duró poco el gusto, porque pronto tuvieron que dejar de operar como resto. La ciudad estaba transformada en un pueblucho fantasma y, por si fuera poco, en uno de los días más álgidos, tembló

Los números oficiales fueron un auténtico carnaval. La especulación de los noticieros anunciaba que eran miles los infectados por la nueva cepa de influenza y aún más escandalosos eran los pronósticos de las defunciones. Uno a uno se iluminaron en el mapa los países que se sumaban a la inminente pandemia. Mientras tanto, en la ciudad, parecía que era cuestión de horas para que nos alcanzara a todos. Hasta que un día, a media semana, apareció el Secretario de Salud, anunciando que de los ciento y pico de decesos cuantificados en las últimas horas, sólo siete habían sido causados por el virus. Hoy, México sufre de marginación y rechazo de otras naciones, hay perdidas multimillonarias en cientos de industrias (menos la del tapabocas) por el cierre total de sus actividades y los enfermos, los que sí se contagiaron no llegan a mil y los muertos a cincuenta.

La influenza se irá, pero la crisis económica que deambulaba por el mundo antes de la epidemia, se acentuará. Por eso, es tiempo para la indulgencia, para la banalidad y para el romance. Durante una crisis se come más chocolate, se hace más el amor, se beben más cervezas y se baila como si la Tierra no girara. En tiempos de crisis el pensamiento tiene límites, el cansancio llega pronto y la remuneración se demora. Es cuando cosas como el fútbol, o cualquier otro deporte, cobran mayor relevancia. Como el fenómeno que acaba de causar el clásico español, Real Madrid contra Barcelona, o las semifinales de la Champions. Incluso, hace unos días me sorprendí por lo divertido que son los juegos de la MLS y hasta los de Primera A. Entretenimiento simple y puro. En tiempos de crisis debemos maximizar los placeres al menor costo. Vienen tiempos de mucho apechugar, de apechugarnos los unos con los otros.

lunes, 7 de abril de 2008

Un clavo sí saca a otro clavo

Odio con toda el alma los anglisismos, cuando irónicamente soy una persona que al hablar se expresa con muchas palabras en inglés. Pero por lo mismo, me genera un gran conflicto escribir la palabra fútbol, derivación fonética de football, en lugar de su correcta grafía. En fin, si para la RAE está bien, ¿quién soy yo para juzgarla?

En mi primaria, como en el resto de las escuelas de este país, el deporte nacional era el fútbol. Mis compañeritos, todos seguidores del América, parecían sacados de un anuncio de Televisa: comían, respiraban, soñaban y cagaban fútbol. Para mí era mucha presión, ya que aunque no me desagradaba para nada el deporte, mis intereses estaban diversificados. Me encantaba la clase de música y tocar los xilófonos de madera, dibujaba por horas, me metía a la biblioteca y devoraba todos los libros que podía de Dr. Seuss, además de echar con mis amigos la cascarita en el recreo. Me acuerdo perfecto de mi momento más glorioso jugando soccer (¿por qué no escribimos "sóquer"?) cuando de puro churro dejé mi puesto de defensa, recorrí la banda derecha, me cayó un balón rebotado justo en la pierna y disparé para anotar el gol con el que mi equipo, el Quinto A, le ganó una final a Sexto. El problema eran los cinco niños de mi salón que tenían pasatiempos limitados y sólo vivían para el fútbol. Mi amigo Gabriel y yo nos vimos en más de una ocasión teniendo que jugar partidos en contra de nuestra voluntad, para completar el equipo. En esta edad tan formativa, es terrible obligar a un niño a hacer algo que no quiere, así que me traumé y aunque no me he perdido un mundial, una Copa Europea o finales importantes, mandé el fútbol a la chingada.

Hay algo en seguir a un equipo, sin importar el deporte, que llena un gran vacío en el macho (y algunas hembras) de la especie humana y creo está relacionado con la testosterona y la adrenalina que se libera durante un encuentro. En mi caso lo llenaban con el basket. Siempre he seguido a los Sonics de Seattle, por todo el cariño que le guardo a esta ciudad y por la oportunidad de poder ver algunos partidos ahí. En cuanto al fútbol, todos mis primos lo practicaban e incluso uno tuvo propuestas para ser arquero profesional, hasta que mi tío atajó sus sueños y lo convenció en un lance espectacular de ser arquitecto. En la familia existía una gran rivalidad entre los Nava-Townsend que le iban al América y los Pinelo-Nava, hinchas de las Chivas. En casa de los Nava-Kainz, mi padre apoya a su alma mater, los Pumas de la UNAM, aunque como muchos mexicanos, es un americanista de clóset.

A mediados de los años 90 si alguien me preguntaba a quién le iba, yo respondía "villamelonamente"que al Atlas, porque no veía muchos partidos y sólo me enteraba de los resultados. Esto ocurrió porque mi abuelo, el austriaco, vivía en Guadalajara y además era el equipo del que es aficionado Trino Camacho. En esa época yo era muy fan del monero tapatío. Amaba al Santos (que hacía junto a Jis) y el Galimatías, la sección que tenía dentro del programa Blanco y Negro con Carmen Aristegui y Javier Solórzano, donde doblaba películas antiguas de Superman, Batman y el Llanero Solitario y parodiaba situaciones políticas de la época, desde el "error de diciembre", hasta el asesinato de Colosio.

Doce años después, los Sonics de Seattle están a punto de ser exportados a Oklahoma y sus dueños llevan un par de años dinamitando al equipo para hacer un cochinero administrativo y así, lograr una huida más rápida de la ciudad. Mi afición deportista había quedado huérfana, por lo que empecé a seguir los partidos del Atlas. Vi con gusto como Andrés Guardado se fue al Deportivo la Coruña y con tristeza como fueron el peor equipo del torneo pasado. Este año, no han mejorado mucho, pero el equipo clasificó por un volado a la Copa Libertadores lo que cambió su actitud de juego en el campeonato mexicano. Yo paralelamente, quise llevar mi fanatismo a otro nivel y en el puente pasado hice un viaje relámpago a Guadalajara con mi cuñado (Puma) y hermana (sin equipo), para bautizarme con la la siempre fiel porra del Atlas, la Barra 51.

Mi visita junto con los Pumas al estadio Jalisco fue por demás emocionante. Al medio tiempo, los rojinegros se fueron al vestidor con un hombre menos y perdiendo 2-0. Pero al iniciar la segunda mitad y tras un cambio afortunado, Omar Flores entró al partido y anotó rápidamente de cabeza. El equipo de la Universidad tuvo tantas llegadas, como mala suerte para concretarlas. Cuando parecía que los Pumas se robarían tres puntos de Guadalajara, en el minuto 93, habiendo ya transcurrido el tiempo reglamentario, Bruno Marioni cobró un penal para empatar el partido. Yo me uní al grito eufórico de "gol"con los otros treintaytantosmil atlistas que asistieron al estadio. En ese momento, pegando de brincos, no sólo superé los traumas de mi niñez, también me entregué a una nueva relación que espero esté llena de goles.