En mi primaria, como en el resto de las escuelas de este país, el deporte nacional era el fútbol. Mis compañeritos, todos seguidores del América, parecían sacados de un anuncio de Televisa: comían, respiraban, soñaban y cagaban fútbol. Para mí era mucha presión, ya que aunque no me desagradaba para nada el deporte, mis intereses estaban diversificados. Me encantaba la clase de música y tocar los xilófonos de madera, dibujaba por horas, me metía a la biblioteca y devoraba todos los libros que podía de Dr. Seuss, además de echar con mis amigos la cascarita en el recreo. Me acuerdo perfecto de mi momento más glorioso jugando soccer (¿por qué no escribimos "sóquer"?) cuando de puro churro dejé mi puesto de defensa, recorrí la banda derecha, me cayó un balón rebotado justo en la pierna y disparé para anotar el gol con el que mi equipo, el Quinto A, le ganó una final a Sexto. El problema eran los cinco niños de mi salón que tenían pasatiempos limitados y sólo vivían para el fútbol. Mi amigo Gabriel y yo nos vimos en más de una ocasión teniendo que jugar partidos en contra de nuestra voluntad, para completar el equipo. En esta edad tan formativa, es terrible obligar a un niño a hacer algo que no quiere, así que me traumé y aunque no me he perdido un mundial, una Copa Europea o finales importantes, mandé el fútbol a la chingada.Hay algo en seguir a un equipo, sin importar el deporte, que llena un gran vacío en el macho (y algunas hembras) de la especie humana y creo está relacionado con la testosterona y la adrenalina que se libera durante un encuentro. En mi caso lo llenaban con el basket. Siempre he seguido a los Sonics de Seattle, por todo el cariño que le guardo a esta ciudad y por la oportunidad de poder ver algunos partidos ahí. En cuanto al fútbol, todos mis primos lo practicaban e incluso uno tuvo propuestas para ser arquero profesional, hasta que mi tío atajó sus sueños y lo convenció en un lance espectacular de ser arquitecto. En la familia existía una gran rivalidad entre los Nava-Townsend que le iban al América y los Pinelo-Nava, hinchas de las Chivas. En casa de los Nava-Kainz, mi padre apoya a su alma mater, los Pumas de la UNAM, aunque como muchos mexicanos, es un americanista de clóset.
A mediados de los años 90 si alguien me preguntaba a quién le iba, yo respondía "villamelonamente"que al Atlas, porque no veía muchos partidos y sólo me enteraba de los resultados. Esto ocurrió porque mi abuelo, el austriaco, vivía en Guadalajara y además era el equipo del que es aficionado Trino Camacho. En esa época yo era muy fan del monero tapatío. Amaba al Santos (que hacía junto a Jis) y el Galimatías, la sección que tenía dentro del programa Blanco y Negro con Carmen Aristegui y Javier Solórzano, donde doblaba películas antiguas de Superman, Batman y el Llanero Solitario y parodiaba situaciones políticas de la época, desde el "error de diciembre", hasta el asesinato de Colosio.Doce años después, los Sonics de Seattle están a punto de ser exportados a Oklahoma y sus dueños llevan un par de años dinamitando al equipo para hacer un cochinero administrativo y así, lograr una huida más rápida de la ciudad. Mi afición deportista había quedado huérfana, por lo que empecé a seguir los partidos del Atlas. Vi con gusto como Andrés Guardado se fue al Deportivo la Coruña y con tristeza como fueron el peor equipo del torneo pasado. Este año, no han mejorado mucho, pero el equipo clasificó por un volado a la Copa Libertadores lo que cambió su actitud de juego en el campeonato mexicano. Yo paralelamente, quise llevar mi fanatismo a otro nivel y en el puente pasado hice un viaje relámpago a Guadalajara con mi cuñado (Puma) y hermana (sin equipo), para bautizarme con la la siempre fiel porra del Atlas, la Barra 51.
Mi visita junto con los Pumas al estadio Jalisco fue por demás emocionante. Al medio tiempo, los rojinegros se fueron al vestidor con un hombre menos y perdiendo 2-0. Pero al iniciar la segunda mitad y tras un cambio afortunado, Omar Flores entró al partido y anotó rápidamente de cabeza. El equipo de la Universidad tuvo tantas llegadas, como mala suerte para concretarlas. Cuando parecía que los Pumas se robarían tres puntos de Guadalajara, en el minuto 93, habiendo ya transcurrido el tiempo reglamentario, Bruno Marioni cobró un penal para empatar el partido. Yo me uní al grito eufórico de "gol"con los otros treintaytantosmil atlistas que asistieron al estadio. En ese momento, pegando de brincos, no sólo superé los traumas de mi niñez, también me entregué a una nueva relación que espero esté llena de goles.
1 comentario:
después del malísimo partido que fuimos a ver, creo que me mantendré al margen del sóquer. Pero a ver si en en vez de eso echamos unas chelas no??
besos
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