jueves, 2 de julio de 2009

Colita que pisar

Durante la comida de hace unos días, en medio de un abrumador ataque de gripa, discutía con mi madre sobre el escepticismo, la manipulación de la información, las versiones oficiales y hasta de nuestro sistema de creencias individuales. Todas estas divergencias giraban alrededor de un tema, que por su relevancia, había acaparado la atención de todos los medios en los últimos días. Por supuesto no se trataba de las elecciones del pasado cinco de julio, ni de cómo, a pesar de la victoria abrumadora del PRI, por fin, nos libraremos del martirio que han significado las campañas electorales; desde los tiempos del IFE en televisión —que sólo lograron generar una apatía generalizada en la población—, hasta los desconocidos candidatos que adornan las calles con sus desfigurados semblantes y frases hechas como: "atrévete a cambiar", "juntos por la educación" o, mi favorita, la del candidato por el PRI para jefe delegacional de Miguel Hidalgo, "Seguridad o renuncio". El tema central de nuestra plática era la repentina muerte de Michael Jackson.

Ese jueves, había regresado a casa temprano, después de provocar auténtico terror entre algunos de mis colegas de trabajo por mi catarro, dejando claro que después de la influenza, un estornudo no volverá a ser el mismo. Comí algo rápido y me dormí un par de horas. Al despertar, me senté en la computadora para ver si se había ofrecido algo, y lo que encuentro es el sobrenombre de messenger de una amiga que leía, "nomás uno regresa y se muere Farrah y Michael". Sabiendo la condición médica del ícono sexual de los setentas, mi curiosidad se volcó al "Michael" fallecido. Por mi cabeza pasaron apellidos de la talla de Douglas, Jordan y Phelps, pero sin lugar a dudas el de Jackson, fue el que más sentido me hizo. Encontré una noticia de una repetidora local de la ABC, que confirmaba la muerte de autoproclamado Rey del Pop. Recorrí varios sitios y todos los encabezados decían exactamente lo mismo.

Una serie de especulaciones empezaron a llegar a mí, como si el asunto se tratara de seguridad nacional, o algo así. Mi primera reacción fue bastante peculiar. Está fingiendo su muerte para revivir su carrera, pensé. Hendrix, Lennon, Cobain y hasta Selena, son claros ejemplos de lo redituable que puede resultar morirse; y si a alguien "necesitaba" de este artificios para mejorar su situación, era Jackson. Me lo imaginé haciendo tributo al pasado mes de abril en México, usando un bonito tapabocas mientras se acostumbraba a su nueva casa de playa en Bora Bora, lugar que lo hospedaría mientras pasaba la conmoción de su deceso. Mi segunda hipótesis, una ligeramente más creíble, era el suicidio. El hombre estaba mal, física y mentalmente. Llevaba años tapando escándalos y no era difícil imaginar que decidiera acabar con su vida, que aunque a simplemente vista parecía bañada en éxito, no encuentro otra palabra para describirla que miserable. Finalmente, la más ridícula de todas mis suposiciones fue una que surgió después de terminar de leer las primeras notas que emergían de la red, piezas que hablaban sobre el intenso estrés y desgaste físico al que estaba sometido Jackson antes de su gira —absolutamente vendida— por Inglaterra. Creí lo que las versiones oficiales manifestaban hasta el momento, un ataque cardiaco durante un ensayo. No por tratarse de Michael Jackson, su muerte tenía que ser tan estrafalaria como él. Al final del día era un hombre de cincuenta años estirando los límites de su cuerpo, tratando de recuperar la gloria perdida.

Esa noche, Fernando Rivera Calderón le dedicó su programa de radio, compartiendo anécdotas y, sobretodo, la música del cantante. Al volver a escuchar su obra, se vuelve irrelevante su estilo de vida, las acusaciones en su contra (ciertas o no), en qué malgastaba su dinero (comprar los huesos del "hombre elefante" y tener su propio parque de diversiones) o bien, si le puso "Mantita" a su primogénito (o peor aún, pensar en cómo fueron concebidas esas criaturas). El genio de Jackson es innegable. Sin embargo, hoy alcancé a ver el final de su tributo póstumo por televisión. Además de sus familiares y amigos, desfilaron por el Staples Center de Los Ángeles un sin fin de reverendos, políticos y oportunistas, que más allá de la música, hablaban de la calidad humana del artista. De cómo rompió y abrió brechas a los afroamericanos, incluso uno se atrevió a decir que gracias a Michael Jackson y su interminable lucha por la equidad racial, Barack Obama había llegado a la presidencia de los Estados Unidos. Hasta hoy, en la industria musical, nadie ha vendido más de 750 millones de discos (y probablemente nadie lo vuelva hacer, porque ya no se venden discos), nadie tenía esa facilidad para hacer éxitos, nadie había puesto a bailar así al mundo; pero esa misma persona es la que se sometía a cirugías y tratamientos para dejar de aparentar lo que era en realidad, un afroamericano. Jackson odiaba ser negro, odiaba sus orígenes y las cosas que vivió de niño. Quería alejarse tanto de la realidad que terminó lográndolo, convirtiéndose en un monstruo. Un engendro asexual, con gustos que difícilmente generen admiración. Dos días antes de morir se podía ver a Jackson ensayar para su nueva gira, con el ideal de revivir su carrera, lo único que había hecho bien. Al final, sin importar cómo, lo logró, y merece descansar en paz.