jueves, 10 de diciembre de 2009

Nostalgia de domingo entre semana

A pesar de sus aires apocalípticos, de esa sensación de que sólo le quedan unas cuantas horas al fin de semana —24, para ser exactos—, el domingo es definitivamente mi día favorito. Es el único de toda la semana en el que se vive una paz que no comparte con ninguno de sus seis compañeros. Hay un contraste maravilloso entre las calles vacías y el movimiento que inunda a las plazas, parques, restaurantes o salas cinematográficas. Es como si existiera un Departamento de la Buena Onda que limpiara, con un camión gigante, a toda esa gente que normalmente abruma las vialidades, y purificara el aire de los claxonazos y las mentadas. Los recorridos tardan sólo el tiempo que deberían tomar, y las distancias cobran sus dimensiones reales. El tiempo se calcula con mayor precisión y volvemos a ser dueños del nuestro. Es un día, como diría mi querido amigo Evelio, para "ejercer la voluntad", en el que da gusto cruzar la ciudad para ver a la familia, o de no quitarse la pijama en lo absoluto, con esa desidia que despiertan las jornadas deportivas. Es el día perfecto para depositarle toda nuestra energía a levantar una cerveza en frente de la televisión, o para desplazarse en dos ruedas. El 'paseo' se redime y desempolva como idea, porque el traslado de un lugar a otro deja de ser una obligación, y tiene como único fin llevarnos a donde queremos ir.

El tiempo no parece transcurrir en domingo. Es condescendiente. La gente no tiene prisa, ni de despertar, ni de llegar. Es el día en el que nos permitimos todo tipo de indulgencias, desde gastronómicas, hasta etílicas —cómo rehusarse a un mezcalito para cerrar la semana—. Es la ocasión ideal para salir a desayunar hotcakes y ponerles mucha miel; para sacar a pasear a nuestras mascotas o, para adoptar alguna. El domingo se lleva bien con las coincidencias y las sorpresas, como cuando una insignificante ida al súper puede resultar —tras un espontáneo desvío por café— en un encuentro con un muy querido amigo y su familia, después de mucho tiempo de no verlo.

Pero es imposible; no se puede ignorar su terrible presagio. Con el pasar de cada hora resuena con mayor fuerza ese sentimiento fatídico, ese recordatorio de que todo está en constante equilibrio, y de que "es demasiado bueno para ser verdad": la inminente llegada del lunes. Es posible que por esta misma razón, —la impotencia y resignación de saber que el fin está cerca—, por la que nos damos permiso de hacer lo que sea. Puede ser, entonces, que el domingo sea, en sí, la mayor enseñanza de vida. ¿Qué pasaría si viviéramos todos los días como vivimos los domingos? Tal vez le sacaríamos un poquito más de jugo a la rutina. A diferencia de lo que piensa el señor Morrisey, ojalá que todos los días fueran domingo.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Colmillo mata crisis

La respuesta de la industria discográfica ante la recesión más grave que haya sufrido la economía mundial en años, es tan sencilla como ingeniosa. Es una receta que, si se sigue al pie de la letra, puede traer consigo muy buenos dividendos: si usted es bueno en lo que hace y quiere más dinero, échele un telefonazo a sus cuates (siempre y cuando estos gocen del mismo talento, éxito y popularidad que usted) y juntos exploten al máximo el morbo del público, saliendo de gira a cuanta ciudad encuentre en el mapa. No olvide bautizar su nueva agrupación con un nombre astuto y pegajoso. Trate de ser lo más prolífico posible y repita esta receta cuantas veces y a su imaginación se le ocurran nombres astutos y pegajosos.

Si algo ha caracterizado el desenlace de esta década, tiene que ser el resurgimiento de los "supergrupos": una alianza estratégica entre distintos músicos de renombre, concentrados en un solo proyecto, y probablemente Jack White es quien mejor capitaliza este recurso. En el 2005 se juntó con Brendan Benson y la sección rítmica de los Greenhornes (Jack Lawrence en el bajo y Patrick Keeler en la batería) para formar a los Raconteurs, en lo que parecía era un inocente intento por hacer mejor música que la que estaba logrando con su dizque hermana, Meg. ¡Pero no! Todo era parte de su maquiavélico plan para dominar la escena "independiente". Tres años y un fallido disco de los White Stripes después, Jack White volvió a reclutar a músicos famosos para un nuevo conjunto, The Dead Weather, en el que oculto detrás de la batería, White controla como un titiritero macabro a Alison Mosshart (The Kills), Dean Fertita (Queens of the Stone Age) y, nuevamente, a Jack Lawrence. Ambos esfuerzos, aunque bien dotados de aptitudes y recursos musicales, al final del día, resultan monótonos e intrascendentes.

Por desgracia —o fortuna de muchos—, White no es el único en practicar la lucrativa tendencia. Incluso, ésta ya alcanzó a los artistas que presumían de poseer una cierta integridad. Jimmy James (My Morning Jacket) y M. Ward unieron sus fuerzas con Conor Oberst y Mike Mogis de Bright Eyes, nombrando cínicamente a su proyecto 'Monsters of Folk'. Al mismo tiempo, Ward formó un dúo bastante coqueto de música retro (She & Him) con la actriz Zooey Deschanel, y en el que ambos salieron beneficiados. El músico de Portland logró obtener una mayor proyección, mientras que ella entró de puntitas a la escena musical, sin parecer una actriz más que le hace al "juguemos a cantar". Sin embargo, no son únicamente las nuevas generaciones quienes están practicando el supergrupismo. Johnny Marr, el legendario guitarrista de los Smiths, se integró a las filas de Modest Mouse; John Paul Jones de Led Zeppelin junto con dos célebres supergrupistas, Dave Grohl y Josh Homme, conformaron Them Crooked Vultures y, en lo que seguramente es el más exótico de todos los supergrupos, el baterista Bun E. Carlos, de Cheap Trick, se unió con James Iha, de los Smashing Pumpkins, y con uno de los hermanitos Hanson para formar Tinted Windows. Ya sólo falta que Prince se asocie con Ringo Starr, las grabaciones perdidas de Elvis y una beluga.

Lo peor es que en México no nos quedamos atrás, y como se nos da eso de la copiadera, las pseudoestrellas de rock ya formaron también sus supergrupos. Miembros de Fobia, Molotov, Café Tacuba y, por supuesto, Jay de la Cueva (de todos los grupos de rock que hay en el país) integran Los Odio; mientras que Leonardo Di Fobia, Jonás de Plastilina Mosh, el baterista de la Ley —que le llegó a tirar alguna vez la onda a la mamá de mi amiga Claudia Flores—, Poncho de la Lupita y el Vampiro, forman Los Concorde. ¿Qué lograron? Dejar de encabezar festivales con sus respectivos grupos, para ser simples teloneros y tocar en barecitos.

Toda esta promiscuidad musical ha demostrado ser tan rentable, que en nuestro país se expande rápidamente a otras disciplinas como la política, por ejemplo. Enrique Peña Nieto, Emilio Chuayffet y Carlos Salinas ya preparan la nueva producción de su supergrupo, que esperan salga para el 2012. Yo, ante tan apocalíptica visión, espero que la modita pase pronto.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Nadie dijo que fuera fácil

Cuando suena la alarma de mi celular por las mañanas, la cama se me aferra como una esposa que, fuera de sí, implora a su marido para que no la abandone. Las sábanas y cobijas suben la temperatura haciendo inhóspito el clima fuera de ellas, mientras que las almohadas sostienen mi cabeza y la acurrucan en una delicada envoltura. Es una combinación que tiene un efecto somnífero y hace imposible abrir los ojos. Pero el estruendo del teléfono —cada vez es más fuerte— se une a un factor aún mayor, un factor que puede contra los elementos en la habitación que tratan de retenerme: la responsabilidad, porque todos los días me despierto para ir a trabajar.

De chiquito, algo similar ocurría cuando no quería ir a la escuela; mi mamá me decía que si no lo hacía, me iba a dar una caja de chicles para salir a vender. A mi corta edad, este argumento me parecía sumamente inverosímil. ¿Qué tenía que ver dejar de ir a la escuela, con vender chicles en la calle, cuando yo sólo pedía dormir un poco más? Hoy lo entiendo mejor. Los papás inculcan en sus hijos la idea de que la educación que reciban va a ser determinante para afectar el pronóstico de su vida laboral. Una idea que no está del todo equivocada, pero que está muy lejos de ser absolutamente cierta. Desde muy joven tuve visiones apocalípticas sobre el futuro y el no poder ser dueño de mi tiempo. Primero, doce años de tener que ir a la escuela —pensaba—, después, mínimo cuatro o cinco de universidad (y qué bueno que no quise ser médico) y luego, el resto de tu vida dedicársela a un trabajo. Aún siendo muy joven tenía claro que una de las principales batallas en mi vida iba a ser lograr la autonomía de mi tiempo o, tal vez, nunca me ha gustado tener obligaciones.

En una plática muy apasionada con Christian —quien estaba teniendo broncas con su jefe— pude verbalizar con suma claridad mi concepción del trabajo. A unos días de dicha plática, puedo ver en retrospectiva que más allá de ser una visión pesimista, es bastante escatológica y, de antemano, pido disculpas a quien pueda ofenderse por la misma. En pocas palabras comparaba las relaciones y estructuras de poder laboral con comer popó, y argumentaba que el sistema de remuneración estaba estrechamente relacionado con la cantidad de materia fecal que uno pudiera tolerar. Es decir, para crecer en un trabajo uno tiene que comer mucha popó y mientras más popó esté dispuesto a comer, entonces mayores serán las oportunidades que se presenten. Egos, envidia, acoso, nepotismo, avaricia, ineptitud, chismes, chantajes, atropellos y explotación son solamente algunas de las cosas con las que se tiene que lidiar diario en cualquier oficina, además de desempeñar, claro está, el cargo por el que en teoría nos están pagando.

Las satisfacciones son escasas y los disgustos cosa de todos los días, porque en la misma etimología de ‘trabajo’ está implícito el sufrimiento. La palabra proviene del latín tripalium que significa ‘tres palos’, un instrumento de tortura en el que se amarraba a la gente para ser azotada. De tripalium el sentido derivó a tripaliare o ‘torturar’, y después, trebajo que quiere decir ‘esfuerzo’, ‘sufrimiento’ o ‘sacrificio’ (y todo por unos cuantos pesos). En lo personal son contadas las personas que conozco que han logrado convertir a las cosas que realmente disfrutan hacer en su trabajo. Esas cosas que apasionan, por las que vale la pena pelear y despertar temprano —y con gusto— en las mañanas. Probablemente la cualidad que une a ese selecto grupo que hace lo que quiere, sin importar qué y por disímil que sea, es que tienen las agallas para hacerlo. Mientras eso sucede, la cajita de chicles no suena como una opción tan desfachatada después de todo.

jueves, 22 de octubre de 2009

Al pop, "pop"

Por invitación de mi querida amiga Alfonsina, soy parte de un grupo de intercambio de canciones vía correo electrónico. La verdad es que mis contribuciones son tan intermitentes, como las buenas decisiones del gabinete actual, pero aun así trato de siempre escuchar las recomendaciones que los otros miembros mandan y leer los textos introductorios que las acompañan. Hace unos días Alfo envió el sencillo "Joints & Jam", que dio a conocer a los Black Eyed Peas, y originó una breve y pasajera controversia musical. En una nostálgica argumentación, Alfo recordaba el Behind The Front —álbum en el que se hospeda esta pieza y que presentó a unos Black Eyed Peas muy lejanos de como los conocemos actualmente— definiendo su música como "más sencilla, pero con más clase".

En eso tiene razón, pero no por ser más sencilla y tener más clase, es mejor. Siendo un fiel seguidor del Hip-Hop desde hace muchos años (Alfo no me dejará mentir), descubrí a los Black Eyed Peas en el '98, cuando sacaron el ya mencionado Behind The Front. La oferta del grupo en esa época era de tres MCs que se distinguían por diseñar ellos mismos su ropa (muy atípica a los pantalones holgados y las largas cadenas con diamantes a las que nos tienen acostumbrados los raperos) y por ser mejores bailarines que raperos. También estaban respaldados, en lugar de un DJ, por un grupo de músicos en vivo. En lo personal ese disco nunca me encantó, era aburrido y seguía esa mala constante de ser un material con un par de buenos sencillos, a lo mucho. Además nunca encajaron realmente en la escena Hip-Hopera de finales de los noventa —tras las muertes de Tupac Shakur y Notorious B.I.G., la rivalidad Este-Oeste se encontraba diluida—, en el momento dominada por el Dirty-South (Ludacris, Trick Daddy, etc.) y el sonido más inteligente de artistas como Mos Def, Common, Q-Tip, The Roots y Talib Kweli.

Después de dos discos fallidos, la evolución de los Peas hacia terrenos más poperos fue muy natural. Probablemente el principal ingrediente de su transformación fue agregar a Fergie —una rubia voluptuosa de vientre delineado, que se encarga de los coros en las canciones— a la alineación y hacer de Taboo y Apl.de.ap meros bailarines y coristas; algo así como los que tenía Caló cuando cantaban "Capitán". Lo suyo siempre han sido las masas y de hecho, creo que el trabajo que hacen hacia ese sentido es mejor que el que en teoría era más alternativo. Incluso, el aligerar su música fue uno de los factores que los trajo a México por primera vez, siendo uno de los primeros actos de "Hip-Hop" que llegó al país. Desde su "Where is the love?" hasta su nueva rola "I've Got a Feeling" —una canción que ya ni siquiera tiene rimas de rap en su estructura, pero que es imposible no mover, al menos, un piececito cuando suena— los Peas aceptaron quienes eran, y en consecuencia les ha ido muy bien. Definitivamente no es música profunda, ni va a trascender en nada (ni siquiera como música bailable), pero tampoco pretende serlo. Es una frivolidad honesta.

Los fresas siempre serán fresas, porque a la fuerza, ni los zapatos entran.

martes, 4 de agosto de 2009

Nomadismo

Hace unas cuantas noches abrí los ojos en plena madrugada y, aún entre sueños, me metí un pinche susto al ver una figura no identificada descansando en la pared. Entraba por la ventana un débil reflejo del farol de la calle, que apenas iluminaba un gran rectángulo negro. El objeto inerte ocupaba justo el espacio donde normalmente hay un escritorio. Sin despertar por completo, y todavía inquieto, fijé mi atención sobre la extraña silueta para descubrir, por fin, que era la puerta de la habitación. Para ser exactos, la puerta de la habitación de mi nuevo departamento. Sentí una tranquilidad inmediata, obligando a mi cuerpo a sucumbir nuevamente ante el sueño.

Tras una mudanza, es cuestión de tiempo para que estos episodios de desubicación espacial ocurran con menos frecuencia. También es cuestión de tiempo acostumbrarse a los ruidos y olores nuevos, a dejar de vivir en un departamento "interior" y hacerlo en uno "exterior", a todos los desperfectos que aparecen uno tras otro, o al ejército de choferes del valet parking del restaurante de la esquina, que tiene secuestrados los lugares para estacionarse en la calle. En teoría, es sólo cuestión de tiempo para que un inmueble de uso habitacional se convierta en un hogar.

–¿Te has puesto a pensar lo difícil que es elegir el primer mueble de tu casa?– me preguntó Chris el otro día–. A partir de ese primer mueble, depende el resto de tu decoración; de todos los colores y los estilos. Ese primer mueble es una de las decisiones más difíciles que puedes tomar.

Chris, la única diseñadora industrial en Latinoamérica para la empresa transnacional donde trabaja, tiene razón. Los objetos que colgamos, sus colores y los detalles que visten un espacio son el primer paso para apropiarnos del sitio en el que vivimos. Pero sólo el primer paso. Para lograrlo en su totalidad es esencial tener algo que no venden en Home Depot, en Ikea, ni mucho menos en su fusil "tropicalizado", la Idea Interior. Es un elemento que hace falta para que cualquier buena relación –romántica, fraternal o laboral– funcione. Para hacer de una vivienda un hogar se necesita química. Por lo mismo, si hay algo más difícil que formar un hogar, es dejarlo.

Hace poco más de un mes tuve que despedirme del mío. Era un departamento relativamente grande, rodeado de ventanas que bañaban de luz hasta el último rincón. Los muros eran robustos y los techos de doble altura. Tenía dos habitaciones con personalidades de mellizos: cada una era diferente y, a la vez, complementaria a la de su hermano. En la que yo dormía había una ventana grande y un baño modesto, mientras que la otra era más oscura, pero con un baño más joto (tenía tina) y un clóset de blancos. Al entrar, la duela antigua era la encargada de dar la bienvenida y acompañar cada paso con sus crujidos. Por su reducido tamaño, la cocina podía hospedar a un par de personas con dificultad, pero fue testigo de varias creaciones culinarias restringidas por los intermitentes ingredientes dentro del refrigerador.

Geográficamente no podía ser mejor. Mi departamento estaba en un edificio de tres plantas con acabados en mármol en el corazón de la colonia Nápoles. Insurgentes me quedaba a media cuadra, Patriotismo a unas cinco, el distribuidor vial a tres, la Condesa a diez minutos caminando y Polanco también a diez, pero en auto. Alrededor de la manzana tenía absolutamente todo lo que podía pedir: un bar –que perteneció por varios meses a mi amigo Matu, hasta que se lo despojaron los dueños del local, para ellos quedarse con las utilidades del negocio–; un Blockbuster; un Extra y varias "tienditas" o misceláneas; un parque, un vendedor de esquites en la esquina de ese parque y un restaurante chino y una pizzería casera en la contraesquina de ese mismo parque; cerrajerías; lavanderías; cafecitos; hamburguesas y hasta un cine a sólo una estación de Metrobus de distancia. Además, entre los vecinos se vivía un ambiente realmente cosmopolita. En el Superama, que también estaba a escasas dos cuadras y que abría las 24 horas del día, se podían escuchar en las filas para pagar todo tipo de acentos. Era una delicia vivir ahí.

La realidad es que el departamento que dejé era demasiado caro para una persona sola, al menos para este pobre publicista –que sacrificó buenos sueldos por poder ir a trabajar en tennis (y que al final del día tampoco es la gran cosa)–, por lo que durante los dos años que viví ahí, lo compartí. El primero fue con Fernanda, una brasileña que conocí en el trabajo y que después de un año de vivir conmigo acabó odiándome más que a las tortillas de maíz (y en serio que le daban asco). Después se mudó Griss, quien tuvo que dejar el departamento antes de tiempo por dar a luz a una pequeña bebé que nació hace unos meses. Por varios meses hurgué hasta en los sitios más recónditos para encontrar un compañero de piso, terminé despidiéndome del departamento número siete, de mi edificio.

No creo que nadie se cambie de casa por gusto, y menos después de la chinga que representa una mudanza. Más bien, esta decisión se toma al estar frente a frente con una buena oportunidad –como encontrar un lugar más amplio, tener acceso a un espacio de estacionamiento, mejorar la ubicación– o porque vivir ahí es aún más insoportable –por plagas, conserjes, vecinos o roomates nefastos– que el acto en sí de mudarse. También puede ser que, como me sucedió a mí, los ingresos no sean suficientes. Hoy, lo único que me queda es esperar a que el tiempo haga de las suyas para que mi nuevo hábitat –uno mucho más modesto y con menos onda que el anterior– y yo, nos acostumbremos, nos gustemos y sintamos cariño el uno por el otro. Porque vamos a estar, por lo menos, un año juntos.

jueves, 2 de julio de 2009

Colita que pisar

Durante la comida de hace unos días, en medio de un abrumador ataque de gripa, discutía con mi madre sobre el escepticismo, la manipulación de la información, las versiones oficiales y hasta de nuestro sistema de creencias individuales. Todas estas divergencias giraban alrededor de un tema, que por su relevancia, había acaparado la atención de todos los medios en los últimos días. Por supuesto no se trataba de las elecciones del pasado cinco de julio, ni de cómo, a pesar de la victoria abrumadora del PRI, por fin, nos libraremos del martirio que han significado las campañas electorales; desde los tiempos del IFE en televisión —que sólo lograron generar una apatía generalizada en la población—, hasta los desconocidos candidatos que adornan las calles con sus desfigurados semblantes y frases hechas como: "atrévete a cambiar", "juntos por la educación" o, mi favorita, la del candidato por el PRI para jefe delegacional de Miguel Hidalgo, "Seguridad o renuncio". El tema central de nuestra plática era la repentina muerte de Michael Jackson.

Ese jueves, había regresado a casa temprano, después de provocar auténtico terror entre algunos de mis colegas de trabajo por mi catarro, dejando claro que después de la influenza, un estornudo no volverá a ser el mismo. Comí algo rápido y me dormí un par de horas. Al despertar, me senté en la computadora para ver si se había ofrecido algo, y lo que encuentro es el sobrenombre de messenger de una amiga que leía, "nomás uno regresa y se muere Farrah y Michael". Sabiendo la condición médica del ícono sexual de los setentas, mi curiosidad se volcó al "Michael" fallecido. Por mi cabeza pasaron apellidos de la talla de Douglas, Jordan y Phelps, pero sin lugar a dudas el de Jackson, fue el que más sentido me hizo. Encontré una noticia de una repetidora local de la ABC, que confirmaba la muerte de autoproclamado Rey del Pop. Recorrí varios sitios y todos los encabezados decían exactamente lo mismo.

Una serie de especulaciones empezaron a llegar a mí, como si el asunto se tratara de seguridad nacional, o algo así. Mi primera reacción fue bastante peculiar. Está fingiendo su muerte para revivir su carrera, pensé. Hendrix, Lennon, Cobain y hasta Selena, son claros ejemplos de lo redituable que puede resultar morirse; y si a alguien "necesitaba" de este artificios para mejorar su situación, era Jackson. Me lo imaginé haciendo tributo al pasado mes de abril en México, usando un bonito tapabocas mientras se acostumbraba a su nueva casa de playa en Bora Bora, lugar que lo hospedaría mientras pasaba la conmoción de su deceso. Mi segunda hipótesis, una ligeramente más creíble, era el suicidio. El hombre estaba mal, física y mentalmente. Llevaba años tapando escándalos y no era difícil imaginar que decidiera acabar con su vida, que aunque a simplemente vista parecía bañada en éxito, no encuentro otra palabra para describirla que miserable. Finalmente, la más ridícula de todas mis suposiciones fue una que surgió después de terminar de leer las primeras notas que emergían de la red, piezas que hablaban sobre el intenso estrés y desgaste físico al que estaba sometido Jackson antes de su gira —absolutamente vendida— por Inglaterra. Creí lo que las versiones oficiales manifestaban hasta el momento, un ataque cardiaco durante un ensayo. No por tratarse de Michael Jackson, su muerte tenía que ser tan estrafalaria como él. Al final del día era un hombre de cincuenta años estirando los límites de su cuerpo, tratando de recuperar la gloria perdida.

Esa noche, Fernando Rivera Calderón le dedicó su programa de radio, compartiendo anécdotas y, sobretodo, la música del cantante. Al volver a escuchar su obra, se vuelve irrelevante su estilo de vida, las acusaciones en su contra (ciertas o no), en qué malgastaba su dinero (comprar los huesos del "hombre elefante" y tener su propio parque de diversiones) o bien, si le puso "Mantita" a su primogénito (o peor aún, pensar en cómo fueron concebidas esas criaturas). El genio de Jackson es innegable. Sin embargo, hoy alcancé a ver el final de su tributo póstumo por televisión. Además de sus familiares y amigos, desfilaron por el Staples Center de Los Ángeles un sin fin de reverendos, políticos y oportunistas, que más allá de la música, hablaban de la calidad humana del artista. De cómo rompió y abrió brechas a los afroamericanos, incluso uno se atrevió a decir que gracias a Michael Jackson y su interminable lucha por la equidad racial, Barack Obama había llegado a la presidencia de los Estados Unidos. Hasta hoy, en la industria musical, nadie ha vendido más de 750 millones de discos (y probablemente nadie lo vuelva hacer, porque ya no se venden discos), nadie tenía esa facilidad para hacer éxitos, nadie había puesto a bailar así al mundo; pero esa misma persona es la que se sometía a cirugías y tratamientos para dejar de aparentar lo que era en realidad, un afroamericano. Jackson odiaba ser negro, odiaba sus orígenes y las cosas que vivió de niño. Quería alejarse tanto de la realidad que terminó lográndolo, convirtiéndose en un monstruo. Un engendro asexual, con gustos que difícilmente generen admiración. Dos días antes de morir se podía ver a Jackson ensayar para su nueva gira, con el ideal de revivir su carrera, lo único que había hecho bien. Al final, sin importar cómo, lo logró, y merece descansar en paz.

sábado, 23 de mayo de 2009

Caprichos sonoros

Si mi yo de 15 años me escuchara decir esto, probablemente se ofendería tanto conmigo, que me quitaría el habla por los próximos 17 años; pero es que cada vez odio más manejar. Sobretodo detesto los trayectos largos. Los sueños de estar detrás de un volante, de mi yo de 15 años, jamás contemplaron la impotencia en el movimiento que significa el tráfico. Las horas perdidas y el estrés de no poder calcular el tiempo del recorrido. Sin embargo, hay un cable negro en mi coche que enlaza, casi religiosamente, a dos objetos esenciales para que mis viajes sean menos tediosos. Es el cable negro que conecta el estéreo con el iPod. Esa unión, aunque sencilla, produce un auténtico milagro en cuanto a entretenimiento móvil.

La semana pasada, conducía a mi trabajo con buen tiempo —una condición necesaria para disfrutar cualquier cosa a esa hora—, por lo que seleccioné la función que toca aleatoriamente todas las canciones del reproductor. El resultado fue una lista tan selecta y delicada, como si hubiera sido elegida meticulosamente por un ser humano con muy buen gusto. Conforme transcurría la selección, me imaginaba que dentro del aparato vivía un pequeño terodáctilo (como en los Picapiedra), que con unos diminutos audífonos descansando en su cabeza, elegía una por una las piezas que conformaban el repertorio, mientras decía viendo a la cámara: "Estos humanos son tan fáciles de complacer". Así fueron sonando en orden de aparición: One more time de The Cure; Mi Agüita Amarilla de los Los Toreros Muertos; The Sweater Song de Weezer; Leave me alone de Razorlight; Shiver de Coldplay; Remedy de los Black Crowes; Fake Tales of San Francisco de los sobrevaloradísimos Arctic Monkeys; Here We Go Again de los Hives; Life on Mars de Bowie; Dig for Fire de los Pixies y a unas cuadras antes de llegar a mi oficina, la devastadora Lost Cause de Beck.

Este concierto fue cortesía de la aleatoriedad de un momento, pero como fue algo muy disfrutable, sincronizado y afortunado, pudo haber sido todo un desastre. Es por eso que cuando sé que tengo que estar un buen rato en el auto, cuando tengo que enfrentar la realidad de ese enclaustramiento obligatorio, acudo a la siempre certera compañía de Steve Jones. Sí, el mismo Steve Jones, guitarra del Never Mind the Bollocks, Here's the Sex Pistols, el único disco de la legendaria banda de punk, y que hoy tiene uno de los programas más escuchados en Los Ángeles. La primera vez que oí Jonsey's Jukebox, fue hace cerca de dos años, cuando acababa de descubrir los podcasts y me había suscrito a los de Indie 103.1. En medio de uno de esos embotellamientos que caracterizan la Ciudad de México, me acuerdo que elegí uno al azar, e inmediatamente sonó una voz ronca y pausada de acento cockney, que presentaba a Adam Sandler, después de las formalidades típicas de la radio como decir la hora y hablar brevemente del clima. El formato del programa era tan libre, que el comediante acabó entrevistando al propio Jones. Lo cuestionaba con la inocencia de un fan, pero con la seguridad de alguien que tiene más dinero en su cuenta de banco. Era casi como escuchar detrás de una pared la conversación de dos buenos amigos, que sin saberlo habían trascendido de formas radicalmente opuestas en la industria del entretenimiento.

Jones no tiene ningún tipo de reserva para restregarle a sus invitados que forma parte de los Sex Pistols, bromear sobre su superada adicción a la heroína, contar que fue sometido a una colonoscopia o dejarse adular por los panelistas de los viernes —día en el que invita temáticamente a individuos para discutir y calificar nueva música. Aunque parece lento y disperso, sus comentarios son todo lo contrario: ácidos y certeros. Hay todo un lenguaje secreto que define su show, como decir que inicia a las "doce campanadas", que va a "visitar al duque" para mandar a comerciales o calificar las malas canciones como "pantalones" y las buenas con "mostaza" (y todos los derivados como "pantalones cortos con una mancha de mostaza French's"), términos que pueden confundir incluso a sus compatriotas británicos. Y luego está la música. Uno pensaría que el pionero del punk tendría gustos segmentados en cuanto a este tema se refiere, pero la selección de Jonsey es una de las más eclécticas y refinadas que existen. Desde motown hasta rock progresivo, clásicos y piezas recién grabadas, él las conoce todas. Pero lo mejor es cuando tiene algún músico —o no— invitado y juntos se echan un palomazo. Jones tiene la facilidad de mejorar cualquier tema con su guitarra, aun sin conocerlo de antemano. Entra en el momento preciso, echa un solo que puede ser tan sutil como catártico.

Mientras los podcasts de Jonsey's Jukebox se puedan seguir bajando, mientras Steve Jones siga al aire, no habrá recorrido en mi coche que sea lo suficientemente largo. Gracias, Jonsey.