martes, 4 de agosto de 2009

Nomadismo

Hace unas cuantas noches abrí los ojos en plena madrugada y, aún entre sueños, me metí un pinche susto al ver una figura no identificada descansando en la pared. Entraba por la ventana un débil reflejo del farol de la calle, que apenas iluminaba un gran rectángulo negro. El objeto inerte ocupaba justo el espacio donde normalmente hay un escritorio. Sin despertar por completo, y todavía inquieto, fijé mi atención sobre la extraña silueta para descubrir, por fin, que era la puerta de la habitación. Para ser exactos, la puerta de la habitación de mi nuevo departamento. Sentí una tranquilidad inmediata, obligando a mi cuerpo a sucumbir nuevamente ante el sueño.

Tras una mudanza, es cuestión de tiempo para que estos episodios de desubicación espacial ocurran con menos frecuencia. También es cuestión de tiempo acostumbrarse a los ruidos y olores nuevos, a dejar de vivir en un departamento "interior" y hacerlo en uno "exterior", a todos los desperfectos que aparecen uno tras otro, o al ejército de choferes del valet parking del restaurante de la esquina, que tiene secuestrados los lugares para estacionarse en la calle. En teoría, es sólo cuestión de tiempo para que un inmueble de uso habitacional se convierta en un hogar.

–¿Te has puesto a pensar lo difícil que es elegir el primer mueble de tu casa?– me preguntó Chris el otro día–. A partir de ese primer mueble, depende el resto de tu decoración; de todos los colores y los estilos. Ese primer mueble es una de las decisiones más difíciles que puedes tomar.

Chris, la única diseñadora industrial en Latinoamérica para la empresa transnacional donde trabaja, tiene razón. Los objetos que colgamos, sus colores y los detalles que visten un espacio son el primer paso para apropiarnos del sitio en el que vivimos. Pero sólo el primer paso. Para lograrlo en su totalidad es esencial tener algo que no venden en Home Depot, en Ikea, ni mucho menos en su fusil "tropicalizado", la Idea Interior. Es un elemento que hace falta para que cualquier buena relación –romántica, fraternal o laboral– funcione. Para hacer de una vivienda un hogar se necesita química. Por lo mismo, si hay algo más difícil que formar un hogar, es dejarlo.

Hace poco más de un mes tuve que despedirme del mío. Era un departamento relativamente grande, rodeado de ventanas que bañaban de luz hasta el último rincón. Los muros eran robustos y los techos de doble altura. Tenía dos habitaciones con personalidades de mellizos: cada una era diferente y, a la vez, complementaria a la de su hermano. En la que yo dormía había una ventana grande y un baño modesto, mientras que la otra era más oscura, pero con un baño más joto (tenía tina) y un clóset de blancos. Al entrar, la duela antigua era la encargada de dar la bienvenida y acompañar cada paso con sus crujidos. Por su reducido tamaño, la cocina podía hospedar a un par de personas con dificultad, pero fue testigo de varias creaciones culinarias restringidas por los intermitentes ingredientes dentro del refrigerador.

Geográficamente no podía ser mejor. Mi departamento estaba en un edificio de tres plantas con acabados en mármol en el corazón de la colonia Nápoles. Insurgentes me quedaba a media cuadra, Patriotismo a unas cinco, el distribuidor vial a tres, la Condesa a diez minutos caminando y Polanco también a diez, pero en auto. Alrededor de la manzana tenía absolutamente todo lo que podía pedir: un bar –que perteneció por varios meses a mi amigo Matu, hasta que se lo despojaron los dueños del local, para ellos quedarse con las utilidades del negocio–; un Blockbuster; un Extra y varias "tienditas" o misceláneas; un parque, un vendedor de esquites en la esquina de ese parque y un restaurante chino y una pizzería casera en la contraesquina de ese mismo parque; cerrajerías; lavanderías; cafecitos; hamburguesas y hasta un cine a sólo una estación de Metrobus de distancia. Además, entre los vecinos se vivía un ambiente realmente cosmopolita. En el Superama, que también estaba a escasas dos cuadras y que abría las 24 horas del día, se podían escuchar en las filas para pagar todo tipo de acentos. Era una delicia vivir ahí.

La realidad es que el departamento que dejé era demasiado caro para una persona sola, al menos para este pobre publicista –que sacrificó buenos sueldos por poder ir a trabajar en tennis (y que al final del día tampoco es la gran cosa)–, por lo que durante los dos años que viví ahí, lo compartí. El primero fue con Fernanda, una brasileña que conocí en el trabajo y que después de un año de vivir conmigo acabó odiándome más que a las tortillas de maíz (y en serio que le daban asco). Después se mudó Griss, quien tuvo que dejar el departamento antes de tiempo por dar a luz a una pequeña bebé que nació hace unos meses. Por varios meses hurgué hasta en los sitios más recónditos para encontrar un compañero de piso, terminé despidiéndome del departamento número siete, de mi edificio.

No creo que nadie se cambie de casa por gusto, y menos después de la chinga que representa una mudanza. Más bien, esta decisión se toma al estar frente a frente con una buena oportunidad –como encontrar un lugar más amplio, tener acceso a un espacio de estacionamiento, mejorar la ubicación– o porque vivir ahí es aún más insoportable –por plagas, conserjes, vecinos o roomates nefastos– que el acto en sí de mudarse. También puede ser que, como me sucedió a mí, los ingresos no sean suficientes. Hoy, lo único que me queda es esperar a que el tiempo haga de las suyas para que mi nuevo hábitat –uno mucho más modesto y con menos onda que el anterior– y yo, nos acostumbremos, nos gustemos y sintamos cariño el uno por el otro. Porque vamos a estar, por lo menos, un año juntos.

4 comentarios:

Iñigo dijo...

Di la verdad, Toño. Te cambiaste por problemas con Hacienda... Ja, ja, ja.

Un saludote

New Found Lust dijo...

Pero qué bien se siente no depender de la renta del que vive contigo...

y según yo es más cozy.

Gabriela/undies dijo...

¿Y ahora dónde vives? Invita jeje.

Anónimo dijo...

podrías escribir algo nuevo?