jueves, 2 de julio de 2009

Colita que pisar

Durante la comida de hace unos días, en medio de un abrumador ataque de gripa, discutía con mi madre sobre el escepticismo, la manipulación de la información, las versiones oficiales y hasta de nuestro sistema de creencias individuales. Todas estas divergencias giraban alrededor de un tema, que por su relevancia, había acaparado la atención de todos los medios en los últimos días. Por supuesto no se trataba de las elecciones del pasado cinco de julio, ni de cómo, a pesar de la victoria abrumadora del PRI, por fin, nos libraremos del martirio que han significado las campañas electorales; desde los tiempos del IFE en televisión —que sólo lograron generar una apatía generalizada en la población—, hasta los desconocidos candidatos que adornan las calles con sus desfigurados semblantes y frases hechas como: "atrévete a cambiar", "juntos por la educación" o, mi favorita, la del candidato por el PRI para jefe delegacional de Miguel Hidalgo, "Seguridad o renuncio". El tema central de nuestra plática era la repentina muerte de Michael Jackson.

Ese jueves, había regresado a casa temprano, después de provocar auténtico terror entre algunos de mis colegas de trabajo por mi catarro, dejando claro que después de la influenza, un estornudo no volverá a ser el mismo. Comí algo rápido y me dormí un par de horas. Al despertar, me senté en la computadora para ver si se había ofrecido algo, y lo que encuentro es el sobrenombre de messenger de una amiga que leía, "nomás uno regresa y se muere Farrah y Michael". Sabiendo la condición médica del ícono sexual de los setentas, mi curiosidad se volcó al "Michael" fallecido. Por mi cabeza pasaron apellidos de la talla de Douglas, Jordan y Phelps, pero sin lugar a dudas el de Jackson, fue el que más sentido me hizo. Encontré una noticia de una repetidora local de la ABC, que confirmaba la muerte de autoproclamado Rey del Pop. Recorrí varios sitios y todos los encabezados decían exactamente lo mismo.

Una serie de especulaciones empezaron a llegar a mí, como si el asunto se tratara de seguridad nacional, o algo así. Mi primera reacción fue bastante peculiar. Está fingiendo su muerte para revivir su carrera, pensé. Hendrix, Lennon, Cobain y hasta Selena, son claros ejemplos de lo redituable que puede resultar morirse; y si a alguien "necesitaba" de este artificios para mejorar su situación, era Jackson. Me lo imaginé haciendo tributo al pasado mes de abril en México, usando un bonito tapabocas mientras se acostumbraba a su nueva casa de playa en Bora Bora, lugar que lo hospedaría mientras pasaba la conmoción de su deceso. Mi segunda hipótesis, una ligeramente más creíble, era el suicidio. El hombre estaba mal, física y mentalmente. Llevaba años tapando escándalos y no era difícil imaginar que decidiera acabar con su vida, que aunque a simplemente vista parecía bañada en éxito, no encuentro otra palabra para describirla que miserable. Finalmente, la más ridícula de todas mis suposiciones fue una que surgió después de terminar de leer las primeras notas que emergían de la red, piezas que hablaban sobre el intenso estrés y desgaste físico al que estaba sometido Jackson antes de su gira —absolutamente vendida— por Inglaterra. Creí lo que las versiones oficiales manifestaban hasta el momento, un ataque cardiaco durante un ensayo. No por tratarse de Michael Jackson, su muerte tenía que ser tan estrafalaria como él. Al final del día era un hombre de cincuenta años estirando los límites de su cuerpo, tratando de recuperar la gloria perdida.

Esa noche, Fernando Rivera Calderón le dedicó su programa de radio, compartiendo anécdotas y, sobretodo, la música del cantante. Al volver a escuchar su obra, se vuelve irrelevante su estilo de vida, las acusaciones en su contra (ciertas o no), en qué malgastaba su dinero (comprar los huesos del "hombre elefante" y tener su propio parque de diversiones) o bien, si le puso "Mantita" a su primogénito (o peor aún, pensar en cómo fueron concebidas esas criaturas). El genio de Jackson es innegable. Sin embargo, hoy alcancé a ver el final de su tributo póstumo por televisión. Además de sus familiares y amigos, desfilaron por el Staples Center de Los Ángeles un sin fin de reverendos, políticos y oportunistas, que más allá de la música, hablaban de la calidad humana del artista. De cómo rompió y abrió brechas a los afroamericanos, incluso uno se atrevió a decir que gracias a Michael Jackson y su interminable lucha por la equidad racial, Barack Obama había llegado a la presidencia de los Estados Unidos. Hasta hoy, en la industria musical, nadie ha vendido más de 750 millones de discos (y probablemente nadie lo vuelva hacer, porque ya no se venden discos), nadie tenía esa facilidad para hacer éxitos, nadie había puesto a bailar así al mundo; pero esa misma persona es la que se sometía a cirugías y tratamientos para dejar de aparentar lo que era en realidad, un afroamericano. Jackson odiaba ser negro, odiaba sus orígenes y las cosas que vivió de niño. Quería alejarse tanto de la realidad que terminó lográndolo, convirtiéndose en un monstruo. Un engendro asexual, con gustos que difícilmente generen admiración. Dos días antes de morir se podía ver a Jackson ensayar para su nueva gira, con el ideal de revivir su carrera, lo único que había hecho bien. Al final, sin importar cómo, lo logró, y merece descansar en paz.

sábado, 23 de mayo de 2009

Caprichos sonoros

Si mi yo de 15 años me escuchara decir esto, probablemente se ofendería tanto conmigo, que me quitaría el habla por los próximos 17 años; pero es que cada vez odio más manejar. Sobretodo detesto los trayectos largos. Los sueños de estar detrás de un volante, de mi yo de 15 años, jamás contemplaron la impotencia en el movimiento que significa el tráfico. Las horas perdidas y el estrés de no poder calcular el tiempo del recorrido. Sin embargo, hay un cable negro en mi coche que enlaza, casi religiosamente, a dos objetos esenciales para que mis viajes sean menos tediosos. Es el cable negro que conecta el estéreo con el iPod. Esa unión, aunque sencilla, produce un auténtico milagro en cuanto a entretenimiento móvil.

La semana pasada, conducía a mi trabajo con buen tiempo —una condición necesaria para disfrutar cualquier cosa a esa hora—, por lo que seleccioné la función que toca aleatoriamente todas las canciones del reproductor. El resultado fue una lista tan selecta y delicada, como si hubiera sido elegida meticulosamente por un ser humano con muy buen gusto. Conforme transcurría la selección, me imaginaba que dentro del aparato vivía un pequeño terodáctilo (como en los Picapiedra), que con unos diminutos audífonos descansando en su cabeza, elegía una por una las piezas que conformaban el repertorio, mientras decía viendo a la cámara: "Estos humanos son tan fáciles de complacer". Así fueron sonando en orden de aparición: One more time de The Cure; Mi Agüita Amarilla de los Los Toreros Muertos; The Sweater Song de Weezer; Leave me alone de Razorlight; Shiver de Coldplay; Remedy de los Black Crowes; Fake Tales of San Francisco de los sobrevaloradísimos Arctic Monkeys; Here We Go Again de los Hives; Life on Mars de Bowie; Dig for Fire de los Pixies y a unas cuadras antes de llegar a mi oficina, la devastadora Lost Cause de Beck.

Este concierto fue cortesía de la aleatoriedad de un momento, pero como fue algo muy disfrutable, sincronizado y afortunado, pudo haber sido todo un desastre. Es por eso que cuando sé que tengo que estar un buen rato en el auto, cuando tengo que enfrentar la realidad de ese enclaustramiento obligatorio, acudo a la siempre certera compañía de Steve Jones. Sí, el mismo Steve Jones, guitarra del Never Mind the Bollocks, Here's the Sex Pistols, el único disco de la legendaria banda de punk, y que hoy tiene uno de los programas más escuchados en Los Ángeles. La primera vez que oí Jonsey's Jukebox, fue hace cerca de dos años, cuando acababa de descubrir los podcasts y me había suscrito a los de Indie 103.1. En medio de uno de esos embotellamientos que caracterizan la Ciudad de México, me acuerdo que elegí uno al azar, e inmediatamente sonó una voz ronca y pausada de acento cockney, que presentaba a Adam Sandler, después de las formalidades típicas de la radio como decir la hora y hablar brevemente del clima. El formato del programa era tan libre, que el comediante acabó entrevistando al propio Jones. Lo cuestionaba con la inocencia de un fan, pero con la seguridad de alguien que tiene más dinero en su cuenta de banco. Era casi como escuchar detrás de una pared la conversación de dos buenos amigos, que sin saberlo habían trascendido de formas radicalmente opuestas en la industria del entretenimiento.

Jones no tiene ningún tipo de reserva para restregarle a sus invitados que forma parte de los Sex Pistols, bromear sobre su superada adicción a la heroína, contar que fue sometido a una colonoscopia o dejarse adular por los panelistas de los viernes —día en el que invita temáticamente a individuos para discutir y calificar nueva música. Aunque parece lento y disperso, sus comentarios son todo lo contrario: ácidos y certeros. Hay todo un lenguaje secreto que define su show, como decir que inicia a las "doce campanadas", que va a "visitar al duque" para mandar a comerciales o calificar las malas canciones como "pantalones" y las buenas con "mostaza" (y todos los derivados como "pantalones cortos con una mancha de mostaza French's"), términos que pueden confundir incluso a sus compatriotas británicos. Y luego está la música. Uno pensaría que el pionero del punk tendría gustos segmentados en cuanto a este tema se refiere, pero la selección de Jonsey es una de las más eclécticas y refinadas que existen. Desde motown hasta rock progresivo, clásicos y piezas recién grabadas, él las conoce todas. Pero lo mejor es cuando tiene algún músico —o no— invitado y juntos se echan un palomazo. Jones tiene la facilidad de mejorar cualquier tema con su guitarra, aun sin conocerlo de antemano. Entra en el momento preciso, echa un solo que puede ser tan sutil como catártico.

Mientras los podcasts de Jonsey's Jukebox se puedan seguir bajando, mientras Steve Jones siga al aire, no habrá recorrido en mi coche que sea lo suficientemente largo. Gracias, Jonsey.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Es el fin del mundo (pero me siento bien)

Esta entrada la empecé a escribir hace un par de semanas. Quería restablecer un cierto orden y continuidad en mi blog. Mi intención original era darle una repasadita al tema de la crisis económica. Iba a iniciar con la definición de la RAE de "apechugar", que por cierto lee: "cargar con alguna obligación o circunstancia ingrata o no deseada". De ésta, la palabra clave es "ingrata", una que de forma estrecha, se puede asociar con los tiempos que estamos viviendo. Cuando redactaba las primeras líneas de este inocente post, nadie tenía idea de lo que se avecinaría en los siguientes días y, definitivamente, de lo mucho que íbamos a apechugar.

Al principio eran simples los rumores que, de boca en boca y siempre acompañados de algún chiste, recorrían la ciudad, pero pronto cobraron aires apocalípticos. Las noticias llegaban como si las estuviera narrando Orson Wells en 1938. Una ansiedad colectiva invadió todas las conversaciones, desde aquellos que, como yo, pensaban que todo era una cortina de humo mediática, y los que creían que era el fin de la humanidad, apoyados de cifras alarmistas. Al principio los hábitos no cambiaron mucho. Aún bañado en trabajo, el sábado por la tarde le caí a Evelio y a su asesor de tesis para comer en el Non Solo Pasta de la Roma. Más tarde nos alcanzó Anabel y todo parecía normal, sin embargo la escena era desoladora. Prácticamente no había comensales en el salón y aún menos personas en la calle, además que era difícil evadir el tema en la plática. Los días pasaron y poco a poco, hasta los más escépticos cubrimos nuestros rostros con tapabocas de fieltro.

Se cancelaron las escuelas y los trabajos debían desempeñarse en casa. Se suspendieron los conciertos y cerraron cines y teatros; les siguieron los restaurantes y los centros comerciales. Los partidos de fútbol en la capital se jugaron libres de aficionados, y la jornada siguiente, lo mismo sucedió en el resto del país. Blockbuster aumentó sus ganancias un 40%, pero les duró poco el gusto, porque pronto tuvieron que dejar de operar como resto. La ciudad estaba transformada en un pueblucho fantasma y, por si fuera poco, en uno de los días más álgidos, tembló

Los números oficiales fueron un auténtico carnaval. La especulación de los noticieros anunciaba que eran miles los infectados por la nueva cepa de influenza y aún más escandalosos eran los pronósticos de las defunciones. Uno a uno se iluminaron en el mapa los países que se sumaban a la inminente pandemia. Mientras tanto, en la ciudad, parecía que era cuestión de horas para que nos alcanzara a todos. Hasta que un día, a media semana, apareció el Secretario de Salud, anunciando que de los ciento y pico de decesos cuantificados en las últimas horas, sólo siete habían sido causados por el virus. Hoy, México sufre de marginación y rechazo de otras naciones, hay perdidas multimillonarias en cientos de industrias (menos la del tapabocas) por el cierre total de sus actividades y los enfermos, los que sí se contagiaron no llegan a mil y los muertos a cincuenta.

La influenza se irá, pero la crisis económica que deambulaba por el mundo antes de la epidemia, se acentuará. Por eso, es tiempo para la indulgencia, para la banalidad y para el romance. Durante una crisis se come más chocolate, se hace más el amor, se beben más cervezas y se baila como si la Tierra no girara. En tiempos de crisis el pensamiento tiene límites, el cansancio llega pronto y la remuneración se demora. Es cuando cosas como el fútbol, o cualquier otro deporte, cobran mayor relevancia. Como el fenómeno que acaba de causar el clásico español, Real Madrid contra Barcelona, o las semifinales de la Champions. Incluso, hace unos días me sorprendí por lo divertido que son los juegos de la MLS y hasta los de Primera A. Entretenimiento simple y puro. En tiempos de crisis debemos maximizar los placeres al menor costo. Vienen tiempos de mucho apechugar, de apechugarnos los unos con los otros.

miércoles, 8 de abril de 2009

S.O.S.

Este espacio ha sido tomado. Profanado, básicamente. Siento coraje —como la absurda campaña del Partido Verde que hace poco se esparció por diferentes medios— tras el secuestro de mi blog y otras actividades recreativas. Mi cara se ha delineado y los pantalones me quedan grandes. Yo se lo atribuyo a la desaparición de mis frecuentes ingestas alcóholicas y la forma en la que sedaban la rutina. El agotamiento es tal, que llevo más de dos meses tratando de acabar Life & Times of Michael K de Coetzee. Regresó la hipocondría y trajo con ella a las contracturas musculares.

A principios de año fui asaltado por una carga desmesurada de trabajo, que no sólo me ha impedido escribir, tampoco me permite ir al súper o llevar a cabo las actividades más corrientes. Ni siquiera tengo tiempo para sentarme a leer otros blogs. La verdad es que me tomó por sorpresa. Ahora, mi vida es gobernada por jornadas laborales de más de trece horas. Me despierto más temprano y me acuesto más tarde. Mis hábitos han dejado de ser tales y se han convertido en sus antónimos, cualquiera que estos sean. Los extraño. Me extraño.

Lo peor de todo no es lo que estoy dejando de hacer, o el tiempo que paso desempeñando mi trabajo. Lo que está realmente mal, es el fruto de éste. Hay una enorme diferencia entre satisfacer necesidades y crearlas. Después de proyectos maratónicos, de la alienación de los amigos y la privación del sueño, al final del día, el producto de todo ese sacrificio es tan efímero, que lo único que logra es matarnos un poquito.

Siempre me propuse escribir una entrada corta, al menos esta vez lo logré.

viernes, 30 de enero de 2009

Cuatro semanas

La llamada a mi celular me tomó por sorpresa. Tenía la mente en blanco y la mirada fija en el interior de mi mochila, tratando de recordar qué era lo que estaba buscando, cuando lo escuché. Han de haber sido alrededor de las doce del día, momento en el que el hambre y la desidia no suelen dejarme trabajar en paz. Volteé el aparato que vibraba sobre el escritorio y leí en la carátula que era mi mamá. Haciendo todo lo posible por mantener la calma, me informó que era inminente internar a mi papá. Acababa de colgar con el médico después de recibir los resultados de las pruebas de sangre, que le había mandado a hacer un par de horas antes, dado su progresivo deterioro físico.

—No saben exactamente lo que tiene. Parece que es una obstrucción en las vías biliares.
—¿Qué es eso? Es del hígado ¿no?— pregunté muy nervioso por las connotaciones que puede tener la palabra ‘obstrucción’.
—El doctor me dijo: «Está muy grave, señora»— repitió mi mamá, haciendo énfasis en el superlativo—, tenemos que esperar a las tomografías, pero se ve mal.

Me dejé caer en mi silla para escuchar el relato de mi madre que, de repente, interrumpió mi papá, para darme un recado. Quería encargarme una bata de baño nueva y una novela de aventuras. Cuando indagué más sobre el género de la encomienda, mi mamá, atareada por dejar lista la maleta, me pasó a mi padre. «Algo de aventuras, como el "Capitán Alatriste", que sea fácil de leer, porque no sé cuánto tiempo voy a estar en el hospital», pidió con lucidez, pero con una voz muy débil, que se apagaba antes de terminar las oraciones, casi como un silbido. Cuando colgué era cerca de la una de la tarde. Salí disparado de mi oficina, con la cabeza llena de pensamientos turbios. Lloré como un niño chiquito todo el camino para recoger a mi hermana, quien ya me esperaba en el acceso de su edificio. A diferencia de mí, se veía entera, un poco seria, pero sin mostrar un ápice de preocupación.

—¿Tienes gripa?— me preguntó cuando subió al coche.

Después de comer fuimos al centro comercial de Santa Fe. En el Péndulo, tras una certera recomendación del encargado —un tipo sabio de barba crecida y escasa cabellera, de quien prácticamente me despedí de abrazo—, compré Capitán de Mar y Tierra de Patrick O’Brian, mientras mi hermana se encargaba de la bata. Satisfechos con nuestras compras emprendimos el largo camino hacia el sur. Hicimos una escala en casa de mis papás para dejar un coche y agarrar algunas cosas. Mientras yo iba al baño, sonó el teléfono. Cuando salí, mi hermana escuchaba con atención lo que mi madre le decía a través del auricular. Sin voltear a verme estiró un brazo y levantó su dedo pulgar hacia el techo. Sin entender exactamente cuáles, supe que eran buenas noticias.

—No es cáncer— susurró dirigiéndose a mí, tapando la bocina para no interrumpir a mi madre. Sentí como, con esas tres palabras, mi cuerpo se liberaba de una terrible opresión.

La impresión al llegar al hospital fue más surrealista que desgarradora. Su aspecto era terrible, había envejecido diez años en sólo cuatro días; toda su piel, desde la calvita hasta la última arruga, estaba teñida de un color intenso, que mi madre no pudo describir mejor: «amarillo Simpson». Su habitación estaba en el sexto piso del inmueble —prestación a la que tenía derecho mi padre, por ser médico de ahí—, una planta que remodelaron a principios de los años noventa, cuando se puso de moda entre personajuchos del medio farandulero, pseudocelebridades, que no querían mezclarse con el resto de los pacientes. De hecho, en esa época una leyenda urbana decía que Luis Miguel tenía una habitación permanente ahí, para desintoxicarse cada vez que visitaba México. La iluminación era tenue y hacía juego con los pisos de mármol negro con acentos verdes y unas figurillas espantosas, como las que se venden en la sección de regalos del Palacio de Hierro. Parecía el interior de una casa en el Pedregal en 1988. La atención, en teoría, debía haber sido mejor que en los otros niveles, pero teníamos que tocar el timbre varias veces para que alguna señorita lo atendiera. Durante esos días una auténtica convención de especialistas se dio cita en la habitación; desfilaban con arrogancia, pavoneando sus batas blancas, mientras las enfermeras hacían todo el trabajo sucio —literalmente. Cada uno era invocado por otro, como deidades mitológicas para funciones específicas, pero en lugar de fertilidad, abundancia o condiciones climáticas para una mejor cosecha, el hematólogo, gastroenterólogo, cardiólogo, hepatólogo, los residentes, cirujanos, la nutrióloga e infectólogo se pasaban la bolita, tenían pequeñas riñas de poder y planeaban sus vacaciones, mientras mi padre los veía frustrado, con unos ojos en los que el ámbar había sustituido al blanco.

Los diagnósticos dieron varias oscilaciones entre cosas terminales e infecciones pinchurrientas, pero lo que era una realidad es que mi papá, cada vez, lucía peor. Pronto resolvieron que tenían que hacerle una endoscopia, pero para esto, necesitaban un donador de plaquetas. En el laboratorio nos rechazaron a mi mamá (por haber tomado medicamentos) a mi hermana y cuñado (ambos por el grosor de sus venas) y a mí (por mi «estilo de vida promiscuo» y haber tenido más de una pareja sexual en el año). Por fin encontraron a mi primo el cardiólogo, un hombre ejemplar para los altos estándares del banco de sangre: esposo y padre de dos. Él, a su vez, nos explicó lo extenuante del procedimiento de este tipo de donación, por lo que quedamos en deuda con él. Los días siguientes fueron probablemente los más difíciles. La endoscopia duró más de tres horas y tuvo que ser interrumpida porque el corazón de mi papá estuvo a punto de ceder. Su estado era crítico. Por dos semanas se dedicaron a fortalecerlo, querían prepararlo para una futura cirugía en la que le quitarían su destruida vesícula.

Empezaron las guardias nocturnas, por las que tuve que faltar un par de veces a a la oficina. Las vacaciones de invierno estaban a menos de una semana y mi ausencia no tuvo mayores implicaciones. A diferencia de los días, las noches en el hospital eran pacíficas, por lo menos entre las doce y las cinco de la mañana, en las que las intermitentes visitas de las enfermeras eran menos frecuentes y cuando lo hacían, entraban sin encender la luz, sigilosas como enormes ratones blancos, revisaban las máquinas y salían sin hacer el menor ruido. Yo pasaba ese tiempo en vela, aprovechando la calma para leer y escribir un poco. Me alumbraba con la luz tenue de una lamparita que tenía que estar acomodando, para seguir las líneas de mi libro de Auster. A esas horas sólo se escuchaba el gorgoteo de la bomba que dosificaba los medicamentos y el alimento a mi padre, que dormía apaleado por todos los estudios que le practicaban durante el día.

—Hijo, ¿puedes ver que trajeron?— me preguntó una mañana, ilusionado después de ver salir al hombre de la «dieta».
—Dos vasos de agua, pa— contesté. Por su expresión pude ver que era una de las peores noticias que le habían dado hasta el momento. Bajó la mirada y empezó a darle vueltas a su mascarilla de oxígeno como un niño aburrido. Le ofrecí prender la televisión o pasarle su libro, pero rechazó las propuestas. Llevaba más de cinco días sin probar alimento, sin experimentar un sabor en su boca. Le daban de comer a través de una sonda que entraba por su nariz y bajaba hasta el estómago.

Quizá la segunda persona, después de mi padre, que más resintió todo este calvario, fue mi mamá. Sus jornadas eran maratónicas. Fue la que más tiempo estuvo en el hospital, además de encargarse de sus ocupaciones habituales. Incluso preparó una modesta cena las noches del 24 y el 31, no sólo para nosotros, sino para el staff del piso. De no haber sido por ella, las celebraciones de Navidad y Año Nuevo hubieran pasado desapercibidas. Estábamos agotados y desmoralizados, y es que hay edificaciones que están cargadas de ciertas emociones por naturaleza. Los aeropuertos, por ejemplo, son lugares nostálgicos, uno está rodeado de despedidas y reencuentros, de los que esperan y de los que se van. En los hospitales, en cambio, sólo hay angustia. Es ver a alguien que quieres en un estado de absoluta vulnerabilidad, en los momentos más patéticos y dolorosos. Es verlo con un eterno cableado que penetra su piel, dejando a su paso moretones y llagas.

Para la tercera semana el cirujano hizo un paréntesis en sus vacaciones y la operación llegó. De repente parecía que la decisión se tomó en base a una agenda y no a los análisis de sangre —que le practicaban diariamente a las cinco de la mañana. La intervención fue difícil, larga y, de boca del propio equipo médico, todo un reto; en cambio, la recuperación fue rápida y exponencial. Todos los días mi papá recuperaba una habilidad: caminar, masticar, ir solo al baño. Cada vez había un cablecito menos en su cuerpo, hasta que por fin, una semana después, la mañana del primer lunes del 2009, lo dieron de alta.

Ese domingo lo fui a visitar a su casa, y vimos juntos el partido del Atlas. Era un encuentro en el que mi equipo jugaba contra el Pachuca por un pase para la Copa Libertadores. Para el final del primer tiempo iban perdiendo por tres goles, sin embargo, el Atlas, milagrosamente, logró empatar y hacer que el juego se decidiera en penales. Mi papá se veía repuesto, había recuperado el tono natural de su piel y una complexión más saludable. Tenía buen ánimo a pesar de todas las restricciones a las que estaba sujeto.

—Yo conocí al Atlas cuando te conocí a ti, bueno, desde que tú le vas, con eso que te da por moverte siempre fuera de los estándares y lo convencional. Pero bueno, si tú te vuelves finlandés, yo me volveré también finlandés— me dijo al finalizar la sesión.

Es la vez que más he disfrutado ver perder a mi equipo de fútbol.


miércoles, 31 de diciembre de 2008

Los 10 discos de mi 2008

Hay un himno terrible que involuntariamente me recuerda a mi infancia. Es una canción de uno de los primeros boybands en la historia y cada vez que suena, se adhiere en el inconsciente con la fuerza y simpatía con la que lo hace un chicle a una suela de zapato. Por si fuera poco, está acompañada de un bailecillo que aún se puede ver ejecutado por personas —de escasa dignidad— en bodas y eventos similares. En este año que pronto expirará, creo que por fin entendí a Menudo cuando hacían su súplica misericordiosa, y es que si pudiera definir el año con una sola palabra, definitivamente ésta sería "claridad". Los últimos 365 días fueron un lapso en el que pude apreciar las cosas con una mayor nitidez, casi como un espectador imparcial. No sé si adjudicarle esta percepción a mi edad, al psicoanálisis o a ambas. No hubieron tantos dramas ni tantas sorpresas, más sí muchas decepciones. Pocas fiestas para tantas borracheras. Rescaté varios recuerdos para examinarlos bajo esta nueva lente. De alguna forma este sentimiento se refleja en la lista de los discos que repercutieron más en mi 2008. De hecho, todas las presentes son grabaciones previas, que por lo menos tienen un año de antigüedad. En esta lista no hay fiesta, no hay Hot Chips ni MGMTs —por extraordinarios que sean. Hay reflexión y retrospección. Una mirada al ayer, para tratar de, finalmente, dejarlo ir.

10) Iron & Wine - "The Shepherd's Dog"

Todos sabemos que los grandes cambios no ocurren de la noche a la mañana. Pero de alguna forma, muchos de nosotros así los esperamos. Sam Beam (nombre de pila de Iron & Wine) había prometido un cambio en su música para su nueva producción. Mucho se especuló al respecto, y personas cercanas a él hablaban de una progresión hacia sonidos cercanos del rock setentero. El disco salió en 2007 y con él, volvieron los susurros melancólicos que han caracterizado al cantautor, pero ahora cargados de arreglos elaborados, dando un primer paso lejos del folk acústico. Para concebir un cambio a largo plazo hay que entender los pasos intermedios, los baby steps, y Sam Beam, sin miedo a las presiones mediáticas, los sabe dar con una precisión coreográfica.

9) The Dandy Warhols - "Thirteen Tales From Urban Bohemia"

Una de las más grandes cualidades que tienen los Dandy Warhols es que, a diferencia de los padres, saben crecer con uno. Aceptan el lugar y el momento en el que estás. Su música no envejece, se amolda y permanece vigente, aún cuando utiliza en su grabación recursos de otro momento, como scratches de discos en tornamesas. Thirteen Tales from Urban Bohemia es probablemente el álbum mejor logrado de los Warhols. Editado en 1999, fue una cámara visionaria que predicaría muchos de los sonidos, las imágenes y las historias que viviríamos en la primer década del nuevo siglo.

8) R.E.M. - "Green"

El 2008 fue un año de reencuentros inesperados, tanto con las personas como con la música que jugaron un rol esencial durante mis años universitarios. Íñigo, Karla Renata y Sánchez me han ayudado a recordar quién fui, mientras Green ha estado sonando en el fondo. Es un disco que anunciaba la dirección que tomaría R.E.M. después de dejar el mundo "independiente" y firmar un contrato multimillonario con Warner Brothers. La experimentación sonora, el optimismo irónico y una latente madurez musical son algunas de los características que hacen de Green una obra redonda. Hay veces que los elementos del pasado crecen con uno, adaptándose a las nuevas realidades e incluso pueden llegar a disfrutarse más, que en el momento de su gestación.

7) Band of Horses - "Cease to Begin
"

El fin del verano —cual teen movie gabacha— estuvo cargado de experiencias etílicas compartidas y patrocinadas por un grupo de nuevos y extraordinarios individuos. A mi edad los excesos diarios y sus respectivas intrigas, por más divertidos que sean, tienden a generar un desgaste exponencial. El fin de ese periodo era inminente y cuando llegó, me encontró desilusionado y, como típicamente pasa, con el corazón roto. Encontré refugio en la fraternal amistad que establecí con el Maestro Evelio Rojas y en la música de Band of Horses, un grupo que había visto cambios drásticos en su alineación, pero que han repercutido mínimamente en su esencia. Cease to Begin es un reflejo de que la adversidad puede ser el mejor motor creativo.

6) The National - "Alligator"

Ocurre muy esporádicamente, pero hay veces que un grupo llega a nuestras vidas intempestivamente, con el azote de un huracán, apropiándose de nuestros furores más fanáticos. Cuando descubrí a The National en el programa Subterranean de MTV2, jamás pensé que dos años después se arraigaría tanto en mí el humilde grupo que, durante la transmisión en televisión, le costaba trabajo sostenerle la mirada a su entrevistador. En el caso de The National he ido conociendo su discografía de atrás para adelante, y siempre cuestioné que otro disco pudiera siquiera alcanzar a Boxer. Alligator es casi tan bueno, y después de varias oídas, incluso pensé que era mejor.

5) Feist - "The Reminder"


La voz de Leslie Feist es ambivalente. Tiene el poder de aliviar las heridas más profundas o bien, ser un espectáculo de pirotecnia cuando estás celebrando algo. Es el cable azul y el cable rojo de una bomba, puede estallar o puede sembrar paz. Tiene la capacidad de navegar por melodías reflexivas y juguetonas, tomando ingredientes prestados de Nina Simone, los Kings of Convenience y de sus cuates de Broken Social Scene. En The Reminder, Feist nos invita a sonreír, a llevárnosla leve, a departir y a disfrutar del eterno cachondeo que es, en sí, la condición humana. Cuando tienes delante todas esas subidas y bajadas, lo mejor es levantar los brazos.

4) Tegan & Sara - "The Con"

Una de las personajes que más he admirado en mi vida dijo alguna vez, "no es fácil ser verde". Tegan y Sara Quin son dos hermanas gemelas que saben exactamente a lo que la Rana René se refería con esta frase —porque si alguien ha sido alienado y sabe predicar sobre la tolerancia es la Rana René. En The Con, más que celebrar sus diferencias y preferencias sexuales con el resto de la sociedad, Tegan, Sara y sus diminutos cuerpos la enfrentan con furia, relevándose con maestría sin concederle ninguna oportunidad a sus rivales. Las canciones son certeras y contundentes, sin dejar atrás ese encanto y sensibilidad tan particulares que han desarrollado hasta ahora.

3) Wolf Parade - "Apologies to the Queen Mary"


Es probable que no seamos conscientes hasta donde puede llegar la banda de Montreal, Wolf Parade. Su potencial es realmente abrumador. Los coequiperos en la dirección del grupo, Spencer Krug y Dan Boeckner manejan una técnica de composición similar a la de Lennon y McCarney, en la que uno lleva la batuta de sus piezas y el otro la acentúa. Su primer disco, Apologies to the Queen Mary, tiene un trabajo meticuloso en su producción, que logra un balance casi perfecto de ambas personalidades. Mientras Boekner es prototípicamente "rockero", Krug tiende a experimentar con progresiones y sonidos ambientales. Wolf Parade nos demuestran que la diplomacia puede lograr grandes cosas. La única pregunta es: ¿cuánto durará?

2) Death Cab for Cutie -"Plans"


Entre Transatlanticism y Plans hay dos años de diferencia. Dos años que le permitieron a Death Cab for Cutie hacerse un poco más viejos y un poco más ricos. Plans es un muy bonito ejemplo de cómo emigrar hacia una disquera transnacional y no prostituirse en el camino. Es indiscutible la libertad creativa que tuvieron para hacerlo. El guitarrista Chris Walla siguió a cargo de la producción, como lo había hecho en las últimas entregas del grupo, administrando con maestría la nueva cubetada de recursos. Es un disco donde no sólo resalta el trabajo de estudio, Ben Gibbard sigue trabajando en los contenidos, con letras más ambiciosas que construyen relatos sencillos y sólidos. Plans es un disco que te hace recordar, aunque no quieras, al ser que sigues amando y que ya no te contesta los mails que aún le mandas.

1) The National - "Boxer"

Tanto que decir y tan poco tiempo para hacerlo. La barítona voz de Matt Berninger retumba en lo más profundo de las emociones, encontrando la belleza en las cosas más mundanas. El duelo de guitarras desoladoras entre los hermanos Dessner lleva las melodías, libres de protagonismos. Un par de hermanos más, los Devendorf escondidos en el escenario —uno detrás de la bateria y el otro viendo uno de los costados del escenario con un bajo colgando de su hombro—, son los ingenieros detrás de la grandeza de cada canción. Es el disco que más escuché, el que más me pegó, el que más me ayudó y el que más me curó. Es un disco que suena a un grupo de amigos que renunciaron a sus trabajos y que no podrían estar haciendo otra cosa. Que creen en las causas, pero que no se toman demasiado en serio la vida. El 2008 no fue el mejor de los años, de hecho fue uno muy ríspido y accidentado. De no haber sido por Boxer, tal vez lo lamentaría.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Nombre es destino

A lo largo y ancho de la cultura popular hay un nombre propio que es, probablemente, de los más influyentes de entre todos sus colegas denominadores. Tiene tan sólo cuatro letras, pero cada vez que se pronuncia está cargado de un cierto brío y respeto implícito. Hacer un poco de memoria es suficiente para encontrar a un "Jack" célebre (vivo o muerto, real o ficticio) en prácticamente todas las disciplinas. En el cine Jack Nicholson, Jack Rollins (el productor de cabecera de Woody Allen), Jack Warner (fundador de la Warner Brothers) y Jack Skellington (entrañable personaje de Burton); en la música Jack White y Jack Johnson (que no me da pena reconocer que me cae bien y me gusta lo que hace); en la literatura Jack Kerouac y Jack London; en el arte contemporáneo Jackson Pollock; asesinos famosos como Jack The Ripper y Jack Kevorkian (el padrino de las muertes asistidas); en los deportes Jack Sikma (que ayudó a mis desaparecidos Supersonics a conseguir su único título en el '79); en la televisión Jack Bauer, Samurai Jack y Jack Handey (autor de los Deep Thoughts en Saturday Night Live); y hasta en los licores Jack Daniel.

Sin embargo, a pesar de su nombre y de una carrera de gran éxito, hay un Jack que no suele recibir muchos elogios. Su nombre no es sinónimo de grandeza ni de vanguardia, sino más bien se asocia a lo burdo y lo insustancial. Incluso, hubo un momento en el que dudé si debía o no dedicarle toda una entrada en este blog, y es que de pura casualidad y por diferentes motivos, en las últimas semanas he encontrado algo muy agradable en el trabajo de Jack Black.

Hace un poco más de un mes fui con un grupo de amigos a ver Be Kind Rewind de Michel Gondry, una película que, por un lado, hace un homenaje al cine meramente de entretenimiento, y por otro, critica la sobreprotección y explotación de los derechos de autor. Al salir de la sala, los cuatro estábamos divididos en partes iguales sobre el veredicto: a Lucía y Mema les había parecido "equis" —que no me extrañó en lo más mínimo, ya que ambos se jactan de ser críticos implacables—, mientras que a Evelio y a mí nos había gustado mucho. Definitivamente, una de las particularidades que más disfruté de la cinta, además de la precisa dirección de Gondry, fue la mancuerna que forman los protagonistas. En el mundo del Hip-Hop, la autoridad de Mos Def es indiscutible. Es uno de los artistas más sólidos e innovadores en el género. En Be Kind Rewind logra una actuación notable, y mucho se debe a la química que tiene en pantalla con su coestelar, Jack Black, que a su vez se desenvuelve como un actor experimentado, sin perder su bufona personalidad, misma que le ha dado de comer bastante bien en los últimos años.

En el 2004 Noah Baumbach escribió junto con Wes Anderson The Life Aquatic with Steve Zissou y el siguiente año dirigió y escribió The Squid and the Whale. Ambas películas tienen guiones y tonos muy diferentes, pero comparten un cierto toque agridulce que las hace igual de entrañables. Hace un par de semanas, navegando por el IMDB (Internet Movie Data Base), encontré que después de Squid & The Whale, Baumbach había hecho otra película y, coincidentemente, la miré de reojo en el muro de "estrenos" durante mi última visita al Blockbuster. Siendo entusiasta de sus entregas anteriores, no lo pensé dos veces y salí corriendo a rentar Margot at the Wedding. Es una película difícil —sin contar que la vi al mediodía y que las cortinas de manta de mi departamento permiten que la luz entre con libertad, provocando un reflejo insoportable en la superficie de la televisión—, con diálogos inconexos y secuencias que entran de golpe sin un establecimiento previo. Pero la pura presencia de Nicole Kidman (con su felino e inexpresivo rostro después de varias sesiones de botox) en el rol principal, hizo mi experiencia completamente agotadora. La odio. No sé qué fue de esa criatura celestial, de rizada cabellera bermellón, que dominaba la pantalla en Dead Calm (1988). Hoy en día, Kidman tiene que ser una de las actrices más sobrevaloradas de la industria. En cambio, la pequeña participación que tiene Jack Black en la película es conmovedora y genuina. Hay una escena en particular que me sorprendió mucho, donde su personaje tiene que llorar en un arranque histérico, suplicando a su pareja (Jennifer Jason Leigh) por una segunda oportunidad.

Haciendo un recorrido por el resto de su filmografía desde School of Rock, hasta Kung Fu Panda, pasando por Nacho Libre y su proyecto de chiste-rock, Tenacious D —con quien ha grabado cuatro discos y sí, son bastante chistosos— probablemente Jack Black nunca gane un Oscar, ni reciba mayor distinción. Pero finalmente es un tipo creativo, naturalmente bonachón, con buen tino para elegir guiones. Su trabajo puede no gustar, pero nunca decepciona. Jack Black nos recuerda que la grandeza no necesariamente se obtiene por un legado de obras extraordinarias, por romper paradigmas o violentar convenciones. La grandeza se puede lograr haciendo bien lo que te gusta, sin importar que a los demás no.