miércoles, 6 de mayo de 2009

Es el fin del mundo (pero me siento bien)

Esta entrada la empecé a escribir hace un par de semanas. Quería restablecer un cierto orden y continuidad en mi blog. Mi intención original era darle una repasadita al tema de la crisis económica. Iba a iniciar con la definición de la RAE de "apechugar", que por cierto lee: "cargar con alguna obligación o circunstancia ingrata o no deseada". De ésta, la palabra clave es "ingrata", una que de forma estrecha, se puede asociar con los tiempos que estamos viviendo. Cuando redactaba las primeras líneas de este inocente post, nadie tenía idea de lo que se avecinaría en los siguientes días y, definitivamente, de lo mucho que íbamos a apechugar.

Al principio eran simples los rumores que, de boca en boca y siempre acompañados de algún chiste, recorrían la ciudad, pero pronto cobraron aires apocalípticos. Las noticias llegaban como si las estuviera narrando Orson Wells en 1938. Una ansiedad colectiva invadió todas las conversaciones, desde aquellos que, como yo, pensaban que todo era una cortina de humo mediática, y los que creían que era el fin de la humanidad, apoyados de cifras alarmistas. Al principio los hábitos no cambiaron mucho. Aún bañado en trabajo, el sábado por la tarde le caí a Evelio y a su asesor de tesis para comer en el Non Solo Pasta de la Roma. Más tarde nos alcanzó Anabel y todo parecía normal, sin embargo la escena era desoladora. Prácticamente no había comensales en el salón y aún menos personas en la calle, además que era difícil evadir el tema en la plática. Los días pasaron y poco a poco, hasta los más escépticos cubrimos nuestros rostros con tapabocas de fieltro.

Se cancelaron las escuelas y los trabajos debían desempeñarse en casa. Se suspendieron los conciertos y cerraron cines y teatros; les siguieron los restaurantes y los centros comerciales. Los partidos de fútbol en la capital se jugaron libres de aficionados, y la jornada siguiente, lo mismo sucedió en el resto del país. Blockbuster aumentó sus ganancias un 40%, pero les duró poco el gusto, porque pronto tuvieron que dejar de operar como resto. La ciudad estaba transformada en un pueblucho fantasma y, por si fuera poco, en uno de los días más álgidos, tembló

Los números oficiales fueron un auténtico carnaval. La especulación de los noticieros anunciaba que eran miles los infectados por la nueva cepa de influenza y aún más escandalosos eran los pronósticos de las defunciones. Uno a uno se iluminaron en el mapa los países que se sumaban a la inminente pandemia. Mientras tanto, en la ciudad, parecía que era cuestión de horas para que nos alcanzara a todos. Hasta que un día, a media semana, apareció el Secretario de Salud, anunciando que de los ciento y pico de decesos cuantificados en las últimas horas, sólo siete habían sido causados por el virus. Hoy, México sufre de marginación y rechazo de otras naciones, hay perdidas multimillonarias en cientos de industrias (menos la del tapabocas) por el cierre total de sus actividades y los enfermos, los que sí se contagiaron no llegan a mil y los muertos a cincuenta.

La influenza se irá, pero la crisis económica que deambulaba por el mundo antes de la epidemia, se acentuará. Por eso, es tiempo para la indulgencia, para la banalidad y para el romance. Durante una crisis se come más chocolate, se hace más el amor, se beben más cervezas y se baila como si la Tierra no girara. En tiempos de crisis el pensamiento tiene límites, el cansancio llega pronto y la remuneración se demora. Es cuando cosas como el fútbol, o cualquier otro deporte, cobran mayor relevancia. Como el fenómeno que acaba de causar el clásico español, Real Madrid contra Barcelona, o las semifinales de la Champions. Incluso, hace unos días me sorprendí por lo divertido que son los juegos de la MLS y hasta los de Primera A. Entretenimiento simple y puro. En tiempos de crisis debemos maximizar los placeres al menor costo. Vienen tiempos de mucho apechugar, de apechugarnos los unos con los otros.

miércoles, 8 de abril de 2009

S.O.S.

Este espacio ha sido tomado. Profanado, básicamente. Siento coraje —como la absurda campaña del Partido Verde que hace poco se esparció por diferentes medios— tras el secuestro de mi blog y otras actividades recreativas. Mi cara se ha delineado y los pantalones me quedan grandes. Yo se lo atribuyo a la desaparición de mis frecuentes ingestas alcóholicas y la forma en la que sedaban la rutina. El agotamiento es tal, que llevo más de dos meses tratando de acabar Life & Times of Michael K de Coetzee. Regresó la hipocondría y trajo con ella a las contracturas musculares.

A principios de año fui asaltado por una carga desmesurada de trabajo, que no sólo me ha impedido escribir, tampoco me permite ir al súper o llevar a cabo las actividades más corrientes. Ni siquiera tengo tiempo para sentarme a leer otros blogs. La verdad es que me tomó por sorpresa. Ahora, mi vida es gobernada por jornadas laborales de más de trece horas. Me despierto más temprano y me acuesto más tarde. Mis hábitos han dejado de ser tales y se han convertido en sus antónimos, cualquiera que estos sean. Los extraño. Me extraño.

Lo peor de todo no es lo que estoy dejando de hacer, o el tiempo que paso desempeñando mi trabajo. Lo que está realmente mal, es el fruto de éste. Hay una enorme diferencia entre satisfacer necesidades y crearlas. Después de proyectos maratónicos, de la alienación de los amigos y la privación del sueño, al final del día, el producto de todo ese sacrificio es tan efímero, que lo único que logra es matarnos un poquito.

Siempre me propuse escribir una entrada corta, al menos esta vez lo logré.

viernes, 30 de enero de 2009

Cuatro semanas

La llamada a mi celular me tomó por sorpresa. Tenía la mente en blanco y la mirada fija en el interior de mi mochila, tratando de recordar qué era lo que estaba buscando, cuando lo escuché. Han de haber sido alrededor de las doce del día, momento en el que el hambre y la desidia no suelen dejarme trabajar en paz. Volteé el aparato que vibraba sobre el escritorio y leí en la carátula que era mi mamá. Haciendo todo lo posible por mantener la calma, me informó que era inminente internar a mi papá. Acababa de colgar con el médico después de recibir los resultados de las pruebas de sangre, que le había mandado a hacer un par de horas antes, dado su progresivo deterioro físico.

—No saben exactamente lo que tiene. Parece que es una obstrucción en las vías biliares.
—¿Qué es eso? Es del hígado ¿no?— pregunté muy nervioso por las connotaciones que puede tener la palabra ‘obstrucción’.
—El doctor me dijo: «Está muy grave, señora»— repitió mi mamá, haciendo énfasis en el superlativo—, tenemos que esperar a las tomografías, pero se ve mal.

Me dejé caer en mi silla para escuchar el relato de mi madre que, de repente, interrumpió mi papá, para darme un recado. Quería encargarme una bata de baño nueva y una novela de aventuras. Cuando indagué más sobre el género de la encomienda, mi mamá, atareada por dejar lista la maleta, me pasó a mi padre. «Algo de aventuras, como el "Capitán Alatriste", que sea fácil de leer, porque no sé cuánto tiempo voy a estar en el hospital», pidió con lucidez, pero con una voz muy débil, que se apagaba antes de terminar las oraciones, casi como un silbido. Cuando colgué era cerca de la una de la tarde. Salí disparado de mi oficina, con la cabeza llena de pensamientos turbios. Lloré como un niño chiquito todo el camino para recoger a mi hermana, quien ya me esperaba en el acceso de su edificio. A diferencia de mí, se veía entera, un poco seria, pero sin mostrar un ápice de preocupación.

—¿Tienes gripa?— me preguntó cuando subió al coche.

Después de comer fuimos al centro comercial de Santa Fe. En el Péndulo, tras una certera recomendación del encargado —un tipo sabio de barba crecida y escasa cabellera, de quien prácticamente me despedí de abrazo—, compré Capitán de Mar y Tierra de Patrick O’Brian, mientras mi hermana se encargaba de la bata. Satisfechos con nuestras compras emprendimos el largo camino hacia el sur. Hicimos una escala en casa de mis papás para dejar un coche y agarrar algunas cosas. Mientras yo iba al baño, sonó el teléfono. Cuando salí, mi hermana escuchaba con atención lo que mi madre le decía a través del auricular. Sin voltear a verme estiró un brazo y levantó su dedo pulgar hacia el techo. Sin entender exactamente cuáles, supe que eran buenas noticias.

—No es cáncer— susurró dirigiéndose a mí, tapando la bocina para no interrumpir a mi madre. Sentí como, con esas tres palabras, mi cuerpo se liberaba de una terrible opresión.

La impresión al llegar al hospital fue más surrealista que desgarradora. Su aspecto era terrible, había envejecido diez años en sólo cuatro días; toda su piel, desde la calvita hasta la última arruga, estaba teñida de un color intenso, que mi madre no pudo describir mejor: «amarillo Simpson». Su habitación estaba en el sexto piso del inmueble —prestación a la que tenía derecho mi padre, por ser médico de ahí—, una planta que remodelaron a principios de los años noventa, cuando se puso de moda entre personajuchos del medio farandulero, pseudocelebridades, que no querían mezclarse con el resto de los pacientes. De hecho, en esa época una leyenda urbana decía que Luis Miguel tenía una habitación permanente ahí, para desintoxicarse cada vez que visitaba México. La iluminación era tenue y hacía juego con los pisos de mármol negro con acentos verdes y unas figurillas espantosas, como las que se venden en la sección de regalos del Palacio de Hierro. Parecía el interior de una casa en el Pedregal en 1988. La atención, en teoría, debía haber sido mejor que en los otros niveles, pero teníamos que tocar el timbre varias veces para que alguna señorita lo atendiera. Durante esos días una auténtica convención de especialistas se dio cita en la habitación; desfilaban con arrogancia, pavoneando sus batas blancas, mientras las enfermeras hacían todo el trabajo sucio —literalmente. Cada uno era invocado por otro, como deidades mitológicas para funciones específicas, pero en lugar de fertilidad, abundancia o condiciones climáticas para una mejor cosecha, el hematólogo, gastroenterólogo, cardiólogo, hepatólogo, los residentes, cirujanos, la nutrióloga e infectólogo se pasaban la bolita, tenían pequeñas riñas de poder y planeaban sus vacaciones, mientras mi padre los veía frustrado, con unos ojos en los que el ámbar había sustituido al blanco.

Los diagnósticos dieron varias oscilaciones entre cosas terminales e infecciones pinchurrientas, pero lo que era una realidad es que mi papá, cada vez, lucía peor. Pronto resolvieron que tenían que hacerle una endoscopia, pero para esto, necesitaban un donador de plaquetas. En el laboratorio nos rechazaron a mi mamá (por haber tomado medicamentos) a mi hermana y cuñado (ambos por el grosor de sus venas) y a mí (por mi «estilo de vida promiscuo» y haber tenido más de una pareja sexual en el año). Por fin encontraron a mi primo el cardiólogo, un hombre ejemplar para los altos estándares del banco de sangre: esposo y padre de dos. Él, a su vez, nos explicó lo extenuante del procedimiento de este tipo de donación, por lo que quedamos en deuda con él. Los días siguientes fueron probablemente los más difíciles. La endoscopia duró más de tres horas y tuvo que ser interrumpida porque el corazón de mi papá estuvo a punto de ceder. Su estado era crítico. Por dos semanas se dedicaron a fortalecerlo, querían prepararlo para una futura cirugía en la que le quitarían su destruida vesícula.

Empezaron las guardias nocturnas, por las que tuve que faltar un par de veces a a la oficina. Las vacaciones de invierno estaban a menos de una semana y mi ausencia no tuvo mayores implicaciones. A diferencia de los días, las noches en el hospital eran pacíficas, por lo menos entre las doce y las cinco de la mañana, en las que las intermitentes visitas de las enfermeras eran menos frecuentes y cuando lo hacían, entraban sin encender la luz, sigilosas como enormes ratones blancos, revisaban las máquinas y salían sin hacer el menor ruido. Yo pasaba ese tiempo en vela, aprovechando la calma para leer y escribir un poco. Me alumbraba con la luz tenue de una lamparita que tenía que estar acomodando, para seguir las líneas de mi libro de Auster. A esas horas sólo se escuchaba el gorgoteo de la bomba que dosificaba los medicamentos y el alimento a mi padre, que dormía apaleado por todos los estudios que le practicaban durante el día.

—Hijo, ¿puedes ver que trajeron?— me preguntó una mañana, ilusionado después de ver salir al hombre de la «dieta».
—Dos vasos de agua, pa— contesté. Por su expresión pude ver que era una de las peores noticias que le habían dado hasta el momento. Bajó la mirada y empezó a darle vueltas a su mascarilla de oxígeno como un niño aburrido. Le ofrecí prender la televisión o pasarle su libro, pero rechazó las propuestas. Llevaba más de cinco días sin probar alimento, sin experimentar un sabor en su boca. Le daban de comer a través de una sonda que entraba por su nariz y bajaba hasta el estómago.

Quizá la segunda persona, después de mi padre, que más resintió todo este calvario, fue mi mamá. Sus jornadas eran maratónicas. Fue la que más tiempo estuvo en el hospital, además de encargarse de sus ocupaciones habituales. Incluso preparó una modesta cena las noches del 24 y el 31, no sólo para nosotros, sino para el staff del piso. De no haber sido por ella, las celebraciones de Navidad y Año Nuevo hubieran pasado desapercibidas. Estábamos agotados y desmoralizados, y es que hay edificaciones que están cargadas de ciertas emociones por naturaleza. Los aeropuertos, por ejemplo, son lugares nostálgicos, uno está rodeado de despedidas y reencuentros, de los que esperan y de los que se van. En los hospitales, en cambio, sólo hay angustia. Es ver a alguien que quieres en un estado de absoluta vulnerabilidad, en los momentos más patéticos y dolorosos. Es verlo con un eterno cableado que penetra su piel, dejando a su paso moretones y llagas.

Para la tercera semana el cirujano hizo un paréntesis en sus vacaciones y la operación llegó. De repente parecía que la decisión se tomó en base a una agenda y no a los análisis de sangre —que le practicaban diariamente a las cinco de la mañana. La intervención fue difícil, larga y, de boca del propio equipo médico, todo un reto; en cambio, la recuperación fue rápida y exponencial. Todos los días mi papá recuperaba una habilidad: caminar, masticar, ir solo al baño. Cada vez había un cablecito menos en su cuerpo, hasta que por fin, una semana después, la mañana del primer lunes del 2009, lo dieron de alta.

Ese domingo lo fui a visitar a su casa, y vimos juntos el partido del Atlas. Era un encuentro en el que mi equipo jugaba contra el Pachuca por un pase para la Copa Libertadores. Para el final del primer tiempo iban perdiendo por tres goles, sin embargo, el Atlas, milagrosamente, logró empatar y hacer que el juego se decidiera en penales. Mi papá se veía repuesto, había recuperado el tono natural de su piel y una complexión más saludable. Tenía buen ánimo a pesar de todas las restricciones a las que estaba sujeto.

—Yo conocí al Atlas cuando te conocí a ti, bueno, desde que tú le vas, con eso que te da por moverte siempre fuera de los estándares y lo convencional. Pero bueno, si tú te vuelves finlandés, yo me volveré también finlandés— me dijo al finalizar la sesión.

Es la vez que más he disfrutado ver perder a mi equipo de fútbol.


miércoles, 31 de diciembre de 2008

Los 10 discos de mi 2008

Hay un himno terrible que involuntariamente me recuerda a mi infancia. Es una canción de uno de los primeros boybands en la historia y cada vez que suena, se adhiere en el inconsciente con la fuerza y simpatía con la que lo hace un chicle a una suela de zapato. Por si fuera poco, está acompañada de un bailecillo que aún se puede ver ejecutado por personas —de escasa dignidad— en bodas y eventos similares. En este año que pronto expirará, creo que por fin entendí a Menudo cuando hacían su súplica misericordiosa, y es que si pudiera definir el año con una sola palabra, definitivamente ésta sería "claridad". Los últimos 365 días fueron un lapso en el que pude apreciar las cosas con una mayor nitidez, casi como un espectador imparcial. No sé si adjudicarle esta percepción a mi edad, al psicoanálisis o a ambas. No hubieron tantos dramas ni tantas sorpresas, más sí muchas decepciones. Pocas fiestas para tantas borracheras. Rescaté varios recuerdos para examinarlos bajo esta nueva lente. De alguna forma este sentimiento se refleja en la lista de los discos que repercutieron más en mi 2008. De hecho, todas las presentes son grabaciones previas, que por lo menos tienen un año de antigüedad. En esta lista no hay fiesta, no hay Hot Chips ni MGMTs —por extraordinarios que sean. Hay reflexión y retrospección. Una mirada al ayer, para tratar de, finalmente, dejarlo ir.

10) Iron & Wine - "The Shepherd's Dog"

Todos sabemos que los grandes cambios no ocurren de la noche a la mañana. Pero de alguna forma, muchos de nosotros así los esperamos. Sam Beam (nombre de pila de Iron & Wine) había prometido un cambio en su música para su nueva producción. Mucho se especuló al respecto, y personas cercanas a él hablaban de una progresión hacia sonidos cercanos del rock setentero. El disco salió en 2007 y con él, volvieron los susurros melancólicos que han caracterizado al cantautor, pero ahora cargados de arreglos elaborados, dando un primer paso lejos del folk acústico. Para concebir un cambio a largo plazo hay que entender los pasos intermedios, los baby steps, y Sam Beam, sin miedo a las presiones mediáticas, los sabe dar con una precisión coreográfica.

9) The Dandy Warhols - "Thirteen Tales From Urban Bohemia"

Una de las más grandes cualidades que tienen los Dandy Warhols es que, a diferencia de los padres, saben crecer con uno. Aceptan el lugar y el momento en el que estás. Su música no envejece, se amolda y permanece vigente, aún cuando utiliza en su grabación recursos de otro momento, como scratches de discos en tornamesas. Thirteen Tales from Urban Bohemia es probablemente el álbum mejor logrado de los Warhols. Editado en 1999, fue una cámara visionaria que predicaría muchos de los sonidos, las imágenes y las historias que viviríamos en la primer década del nuevo siglo.

8) R.E.M. - "Green"

El 2008 fue un año de reencuentros inesperados, tanto con las personas como con la música que jugaron un rol esencial durante mis años universitarios. Íñigo, Karla Renata y Sánchez me han ayudado a recordar quién fui, mientras Green ha estado sonando en el fondo. Es un disco que anunciaba la dirección que tomaría R.E.M. después de dejar el mundo "independiente" y firmar un contrato multimillonario con Warner Brothers. La experimentación sonora, el optimismo irónico y una latente madurez musical son algunas de los características que hacen de Green una obra redonda. Hay veces que los elementos del pasado crecen con uno, adaptándose a las nuevas realidades e incluso pueden llegar a disfrutarse más, que en el momento de su gestación.

7) Band of Horses - "Cease to Begin
"

El fin del verano —cual teen movie gabacha— estuvo cargado de experiencias etílicas compartidas y patrocinadas por un grupo de nuevos y extraordinarios individuos. A mi edad los excesos diarios y sus respectivas intrigas, por más divertidos que sean, tienden a generar un desgaste exponencial. El fin de ese periodo era inminente y cuando llegó, me encontró desilusionado y, como típicamente pasa, con el corazón roto. Encontré refugio en la fraternal amistad que establecí con el Maestro Evelio Rojas y en la música de Band of Horses, un grupo que había visto cambios drásticos en su alineación, pero que han repercutido mínimamente en su esencia. Cease to Begin es un reflejo de que la adversidad puede ser el mejor motor creativo.

6) The National - "Alligator"

Ocurre muy esporádicamente, pero hay veces que un grupo llega a nuestras vidas intempestivamente, con el azote de un huracán, apropiándose de nuestros furores más fanáticos. Cuando descubrí a The National en el programa Subterranean de MTV2, jamás pensé que dos años después se arraigaría tanto en mí el humilde grupo que, durante la transmisión en televisión, le costaba trabajo sostenerle la mirada a su entrevistador. En el caso de The National he ido conociendo su discografía de atrás para adelante, y siempre cuestioné que otro disco pudiera siquiera alcanzar a Boxer. Alligator es casi tan bueno, y después de varias oídas, incluso pensé que era mejor.

5) Feist - "The Reminder"


La voz de Leslie Feist es ambivalente. Tiene el poder de aliviar las heridas más profundas o bien, ser un espectáculo de pirotecnia cuando estás celebrando algo. Es el cable azul y el cable rojo de una bomba, puede estallar o puede sembrar paz. Tiene la capacidad de navegar por melodías reflexivas y juguetonas, tomando ingredientes prestados de Nina Simone, los Kings of Convenience y de sus cuates de Broken Social Scene. En The Reminder, Feist nos invita a sonreír, a llevárnosla leve, a departir y a disfrutar del eterno cachondeo que es, en sí, la condición humana. Cuando tienes delante todas esas subidas y bajadas, lo mejor es levantar los brazos.

4) Tegan & Sara - "The Con"

Una de las personajes que más he admirado en mi vida dijo alguna vez, "no es fácil ser verde". Tegan y Sara Quin son dos hermanas gemelas que saben exactamente a lo que la Rana René se refería con esta frase —porque si alguien ha sido alienado y sabe predicar sobre la tolerancia es la Rana René. En The Con, más que celebrar sus diferencias y preferencias sexuales con el resto de la sociedad, Tegan, Sara y sus diminutos cuerpos la enfrentan con furia, relevándose con maestría sin concederle ninguna oportunidad a sus rivales. Las canciones son certeras y contundentes, sin dejar atrás ese encanto y sensibilidad tan particulares que han desarrollado hasta ahora.

3) Wolf Parade - "Apologies to the Queen Mary"


Es probable que no seamos conscientes hasta donde puede llegar la banda de Montreal, Wolf Parade. Su potencial es realmente abrumador. Los coequiperos en la dirección del grupo, Spencer Krug y Dan Boeckner manejan una técnica de composición similar a la de Lennon y McCarney, en la que uno lleva la batuta de sus piezas y el otro la acentúa. Su primer disco, Apologies to the Queen Mary, tiene un trabajo meticuloso en su producción, que logra un balance casi perfecto de ambas personalidades. Mientras Boekner es prototípicamente "rockero", Krug tiende a experimentar con progresiones y sonidos ambientales. Wolf Parade nos demuestran que la diplomacia puede lograr grandes cosas. La única pregunta es: ¿cuánto durará?

2) Death Cab for Cutie -"Plans"


Entre Transatlanticism y Plans hay dos años de diferencia. Dos años que le permitieron a Death Cab for Cutie hacerse un poco más viejos y un poco más ricos. Plans es un muy bonito ejemplo de cómo emigrar hacia una disquera transnacional y no prostituirse en el camino. Es indiscutible la libertad creativa que tuvieron para hacerlo. El guitarrista Chris Walla siguió a cargo de la producción, como lo había hecho en las últimas entregas del grupo, administrando con maestría la nueva cubetada de recursos. Es un disco donde no sólo resalta el trabajo de estudio, Ben Gibbard sigue trabajando en los contenidos, con letras más ambiciosas que construyen relatos sencillos y sólidos. Plans es un disco que te hace recordar, aunque no quieras, al ser que sigues amando y que ya no te contesta los mails que aún le mandas.

1) The National - "Boxer"

Tanto que decir y tan poco tiempo para hacerlo. La barítona voz de Matt Berninger retumba en lo más profundo de las emociones, encontrando la belleza en las cosas más mundanas. El duelo de guitarras desoladoras entre los hermanos Dessner lleva las melodías, libres de protagonismos. Un par de hermanos más, los Devendorf escondidos en el escenario —uno detrás de la bateria y el otro viendo uno de los costados del escenario con un bajo colgando de su hombro—, son los ingenieros detrás de la grandeza de cada canción. Es el disco que más escuché, el que más me pegó, el que más me ayudó y el que más me curó. Es un disco que suena a un grupo de amigos que renunciaron a sus trabajos y que no podrían estar haciendo otra cosa. Que creen en las causas, pero que no se toman demasiado en serio la vida. El 2008 no fue el mejor de los años, de hecho fue uno muy ríspido y accidentado. De no haber sido por Boxer, tal vez lo lamentaría.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Nombre es destino

A lo largo y ancho de la cultura popular hay un nombre propio que es, probablemente, de los más influyentes de entre todos sus colegas denominadores. Tiene tan sólo cuatro letras, pero cada vez que se pronuncia está cargado de un cierto brío y respeto implícito. Hacer un poco de memoria es suficiente para encontrar a un "Jack" célebre (vivo o muerto, real o ficticio) en prácticamente todas las disciplinas. En el cine Jack Nicholson, Jack Rollins (el productor de cabecera de Woody Allen), Jack Warner (fundador de la Warner Brothers) y Jack Skellington (entrañable personaje de Burton); en la música Jack White y Jack Johnson (que no me da pena reconocer que me cae bien y me gusta lo que hace); en la literatura Jack Kerouac y Jack London; en el arte contemporáneo Jackson Pollock; asesinos famosos como Jack The Ripper y Jack Kevorkian (el padrino de las muertes asistidas); en los deportes Jack Sikma (que ayudó a mis desaparecidos Supersonics a conseguir su único título en el '79); en la televisión Jack Bauer, Samurai Jack y Jack Handey (autor de los Deep Thoughts en Saturday Night Live); y hasta en los licores Jack Daniel.

Sin embargo, a pesar de su nombre y de una carrera de gran éxito, hay un Jack que no suele recibir muchos elogios. Su nombre no es sinónimo de grandeza ni de vanguardia, sino más bien se asocia a lo burdo y lo insustancial. Incluso, hubo un momento en el que dudé si debía o no dedicarle toda una entrada en este blog, y es que de pura casualidad y por diferentes motivos, en las últimas semanas he encontrado algo muy agradable en el trabajo de Jack Black.

Hace un poco más de un mes fui con un grupo de amigos a ver Be Kind Rewind de Michel Gondry, una película que, por un lado, hace un homenaje al cine meramente de entretenimiento, y por otro, critica la sobreprotección y explotación de los derechos de autor. Al salir de la sala, los cuatro estábamos divididos en partes iguales sobre el veredicto: a Lucía y Mema les había parecido "equis" —que no me extrañó en lo más mínimo, ya que ambos se jactan de ser críticos implacables—, mientras que a Evelio y a mí nos había gustado mucho. Definitivamente, una de las particularidades que más disfruté de la cinta, además de la precisa dirección de Gondry, fue la mancuerna que forman los protagonistas. En el mundo del Hip-Hop, la autoridad de Mos Def es indiscutible. Es uno de los artistas más sólidos e innovadores en el género. En Be Kind Rewind logra una actuación notable, y mucho se debe a la química que tiene en pantalla con su coestelar, Jack Black, que a su vez se desenvuelve como un actor experimentado, sin perder su bufona personalidad, misma que le ha dado de comer bastante bien en los últimos años.

En el 2004 Noah Baumbach escribió junto con Wes Anderson The Life Aquatic with Steve Zissou y el siguiente año dirigió y escribió The Squid and the Whale. Ambas películas tienen guiones y tonos muy diferentes, pero comparten un cierto toque agridulce que las hace igual de entrañables. Hace un par de semanas, navegando por el IMDB (Internet Movie Data Base), encontré que después de Squid & The Whale, Baumbach había hecho otra película y, coincidentemente, la miré de reojo en el muro de "estrenos" durante mi última visita al Blockbuster. Siendo entusiasta de sus entregas anteriores, no lo pensé dos veces y salí corriendo a rentar Margot at the Wedding. Es una película difícil —sin contar que la vi al mediodía y que las cortinas de manta de mi departamento permiten que la luz entre con libertad, provocando un reflejo insoportable en la superficie de la televisión—, con diálogos inconexos y secuencias que entran de golpe sin un establecimiento previo. Pero la pura presencia de Nicole Kidman (con su felino e inexpresivo rostro después de varias sesiones de botox) en el rol principal, hizo mi experiencia completamente agotadora. La odio. No sé qué fue de esa criatura celestial, de rizada cabellera bermellón, que dominaba la pantalla en Dead Calm (1988). Hoy en día, Kidman tiene que ser una de las actrices más sobrevaloradas de la industria. En cambio, la pequeña participación que tiene Jack Black en la película es conmovedora y genuina. Hay una escena en particular que me sorprendió mucho, donde su personaje tiene que llorar en un arranque histérico, suplicando a su pareja (Jennifer Jason Leigh) por una segunda oportunidad.

Haciendo un recorrido por el resto de su filmografía desde School of Rock, hasta Kung Fu Panda, pasando por Nacho Libre y su proyecto de chiste-rock, Tenacious D —con quien ha grabado cuatro discos y sí, son bastante chistosos— probablemente Jack Black nunca gane un Oscar, ni reciba mayor distinción. Pero finalmente es un tipo creativo, naturalmente bonachón, con buen tino para elegir guiones. Su trabajo puede no gustar, pero nunca decepciona. Jack Black nos recuerda que la grandeza no necesariamente se obtiene por un legado de obras extraordinarias, por romper paradigmas o violentar convenciones. La grandeza se puede lograr haciendo bien lo que te gusta, sin importar que a los demás no.

domingo, 23 de noviembre de 2008

El regalo perfecto

Es imposible caminar por la ciudad a mediados de octubre sin ver cómo empiezan a erguirse las escandalosas estructuras que formarán los escaparates navideños de los centros comerciales. La competencia por atraer consumidores es casi tan grande como su despliegue de parafernalia: toboganes para deslizarse por nieve real, pistas de patinaje en hielo, enormes árboles amorfos y animatronics que hacen ver a los de Showbiz Pizza como auténticas obras de inteligencia artificial. En fin, siguiendo con la tradición de estos lugares que cada año estiran más las fiestas decembrinas, me gustaría hacer una recomendación a todos aquellos que les gusta planear con anticipación sus regalos para esta temporada.

"Regale afecto, no lo compre" decía una campaña publicitaria del Instituto Nacional del Consumidor cuando yo era niño. Un slogan que no me hacía el más mínimo sentido, especialmente cuando era pautado simultáneamente con las últimas novedades en juguetes anunciadas por Chabelo. Pero en esta época de recesiones financieras, economías contracturadas y tipos de cambio volátiles, ese consejo cobra un nuevo significado. La navidad no es una fecha muy significativa para mí, pero si llegara mi hermana (o cualquier ser querido económicamente activo para el caso) el 24 de diciembre, me estrechara entre sus brazos y me diera un beso en la mejilla diciendo algo como, —¡Feliz navidad, hermano! Este abrazo es tu regalo, ¡Muchas felicidades!— la (lo) quitaría de encima, me levantaría ofendido y le dejaría de hablar hasta el siguiente año nuevo. Por eso, el chiste está en cómo expresamos nuestro afecto.

Es muy difícil quedar mal, sin importar la ocasión, cuando se regala música (a menos que el presente en cuestión sean los grandes éxitos de Laura Pausini o el "unplugged" de Mijares). Pero aún es más difícil quedar mal cuando se regala una compilación, hecha a mano, de la música que pensamos que le puede gustar a la persona sujeta al obsequio. En el clásico del confesionario masculino, "High Fidelity" de Nick Hornby, Rob, el personaje principal, dice que hacer un mix-tape, es como escribir una carta, porque hay mucho borrar, volver a empezar y pensamiento involucrado. Estoy de acuerdo, grabar un cassette era una auténtica ciencia, sobretodo para que cupieran todos las pistas en cada uno de los lados y no se cortaran a la mitad. Yo en particular medía la duración de cada canción e incluso calculaba el tiempo que debía haber entre una y otra. Gracias a los CDs y más recientemente al iTunes, hacer una compilación para alguien es mucho más fácil.

La última vez que regalé una antología casera fue hace dos años a mi sobrina Lucía. Mi lógica era muy sencilla: ¿qué se le regala a un recién nacido que, la verdad, lo tiene todo? ¿Un juguete, un peluche, el típico mameluco o chambrita? El resto de sus familiares, padrinos y similares se encargarían de eso. Así que le quemé un disco con la música que yo escuchaba cuando era niño y la que le pondría a mis hijos, si los tuviera. La selección recorría desde a los Muppets, pasando por Plaza Sésamo cantando a los Beatles, Bugs Bunny y los Looney Tunes, hasta cosas actuales que me dio mucho gusto descubrir; como la canción que hacen los Shins para el disco de Bob Esponja o la de Frank Black en el soundtrack de la Powerpuff Girls.

El criterio, por lo tanto, para elegir las piezas que integrarán el regalo, debe de ser un equilibrio entre lo que a nosotros nos gusta, con lo que esperamos le guste a la otra persona. Un balance entre el egoísmo y la empatía. Algo parecido a lo que hace (o debería hacer) un DJ cuando está poniendo música en un lugar. Es la confrontación de lo que a él le gustaría escuchar con lo que la gente espera escuchar. Un buen pinchadiscos debe tener la sensibilidad para percibir la forma en la que su audiencia está reaccionando a su selección. Tiene que percatarse del estado de ánimo colectivo y saber cuándo es un buen momento para ponerles algo que sea inusual. De esa misma forma se hace el mix-tape perfecto. Uno se tiene que anticipar a la reacción que probablemente está provocando un corte en particular y a dónde se quiere llevar al escucha con el siguiente. La experiencia se construye con cada track que se incorpora a la lista.

Existen softwares y páginas en Internet programadas para hacer recomendaciones musicales, dependiendo de los gustos de cada persona y, por ende, listas de reproducción. Last FM y Pandora son un par de buenos sitios que hacen su sugerencia basándose en las similitudes de la canción que se usó como referencia. El caso de Pandora es en especial interesante porque no sólo se basa en el género y grupos que pertenecen a una misma corriente, sino que analiza la estructura misma de la canción y sus arreglos, para hacer una propuesta. El Genius, la nueva función de iTunes hace, tal cual, listas de canciones "que van bien juntas" tomando en cuenta los gustos (y comportamiento comercial) de sus millones de usuarios alrededor del mundo, con resultados muy contundentes. Las opciones autómatas son divertidas y útiles, como cuando quieres que la música se ponga sola en una fiesta, sin embargo como regalo acaban siendo más frías que la temperatura que, por las mañanas, azota la ciudad.

Al final del día, hacer un buen mix para alguien depende justamente de ese factor: quién lo va a recibir. Por supuesto, antes que nada, se debe poner especial atención en las letras, por aquello de los mensajes erróneos ("The One I Love" de R.E.M. tiene que ser una de las piezas más malinterpretadas de la historia). Sólo hay que repasar las canciones que nos recuerdan y que asociamos con esa persona, dejarnos llevar por los estados de ánimo que surgen espontáneamente y escoger cuál es la pieza que, de manera natural, acompañaría a la anterior. Todo bajo un orden lógico (raras veces The Velvet Underground va bien después de Lionel Richie). Aunque pensándolo bien, lo más difícil de hacer una de estas compilaciones no es en sí el proceso de hacerla, sino el volverla a escuchar después de que terminó la historia con la persona a la que se la regalaste.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Martes negro

Al tratar de acercarme a Virreyes, lo único que se alcanzaba a escuchar era el chasquido que emite el iPod cuando las canciones pasan de arriba a abajo por la pantalla. Buscaba una ruta alterna a la interminable y estática fila de coches que se había formado en "el bosque", mientras Ana hacía lo propio, esperando encontrar una canción en el aparato. Media hora después, cuando por fin desembocamos en la avenida, nos topamos con otra fila más larga y más congestionada.

—Carlos tiene mejor iPod que tú— dijo mi acompañante, refiriéndose a mi colección de música.

Voltee a verla con reproche.

— ¿Te dolió, verdad? Quise que te doliera. ¡Ash! No tienes la que quiero de los Kooks— remató y en ese momento empezó a sonar "Shut Up and Let me Go" de los Ting Tings.

Pasaron otros quince minutos más y habíamos avanzado, cuando mucho, cinco metros. Me aflojé el nudo de la corbata y abrí el primer botón de mi camisa. Unos días antes me había pasado lo mismo en esa parte de las Lomas y es que últimamente, cualquier recorrido en esta ciudad toma al menos una hora, sin importar la ubicación geográfica del destino.

—¿Por qué no mejor escuchamos el radio? Por lo menos para saber cómo va Obama— sugerí.

—¿Ya estarán dando resultados?— me preguntó Ana.

—Supongo— dije al mismo tiempo que sintonizaba W Radio, la estación que se escucha con mayor claridad en mi coche.

Al aire estaba un reportero terminando de dar una nota sobre una avioneta que se había desplomado cerca de Reforma. Después, los dos locutores, un hombre y una mujer, claramente alterados por la noticia, especulaban sobre la posibilidad de que el Secretario de Gobernación podía haber estado en ese vuelo.

—¿Se mató Mouriño?— preguntó Ana inquieta—Oye, eso es súper cerca de aquí. ¡Qué horror! Es el vicepresidente.

Ambos sacamos nuestros celulares. Seguimos escuchando. Hablamos con nuestros familiares y amigos, tratando de encontrar una forma de salir del perenne embotellamiento, mientras surgían los detalles que hoy todos conocemos. Para este momento nuestra preocupación era más que evidente, no sólo por estar a unas cuantas cuadras del epicentro, sino porque nos estábamos quedando sin gasolina. El plan era volver por donde veníamos para tratar de ir hacia Santa Fe y esperar ahí, pero como cuando se destapa una tubería, el carril que conducía hacia Periférico Sur empezó a fluir milagrosamente. En cuestión de minutos llegamos a una gasolinera donde cargamos combustible y un respiro de tranquilidad. Desde ese punto le marqué a Evelio para saber cómo estaba transcurriendo el evento al que originalmente nos dirigíamos, la celebración de la Embajada de Estados Unidos por sus elecciones. Supusimos que todos los invitados ya estarían al tanto de la tragedia área, sin embargo la sorpresa de mi amigo, a cargo de la organización de la gala, me reveló lo contrario.

Ana y yo decidimos intentarlo una vez más, pero para el segundo asalto nos enfrentamos a una ciudad con calles desiertas, como pocas veces uno puede verlas. En cuestión de minutos ya estábamos en el hotel de Polanco, donde se vivía una realidad completamente diferente. Llegar al fin, en esas condiciones, se sentía como todo un triunfo, casi como el que se celebraba al cruzar los detectores de armas y la revisión por parte de la seguridad del embajador. Al interior del salón en el séptimo piso del Camino Real, nos recibieron Evelio, con esa calidez que lo caracteriza, y unas enormes pantallas que transmitían las señales de las diferentes cadenas de televisión gringas, todas anunciando los 200 y pico votos electorales que acercaban a Barack Obama a la presidencia.

—Quiero uno de ésos— demandó Ana, refiriéndose a unos sombreros con franjas y estrellas de brillantina que traían algunos invitados.

—Ven, vamos a conseguirte uno— dije y, poco a poco, Ana y yo nos dejamos envolver por la festividad. Llegaron el resto de nuestros amigos. Bebimos demasiado como solemos hacer y nos reímos demasiado, como también solemos hacer. Acosamos a los meseros para que nos trajeran de los platos típicos (hamburguesas y hot dogs) que se estaban sirviendo. Seguimos en su júbilo al minoritario grupo, rodeado de republicanos, que aplaudió cuando Obama ganó Virginia y minutos después, cuando CNN lo declaraba vencedor de la contienda electoral. Pero cada vez que salíamos a la terraza a fumar, los helicópteros que sobrevolaban las Lomas nos restregaban nuestra realidad, una muy diferente a la que se proyectaba en las pantallas. La realidad de un posible atentado, de las pérdidas cándidas, de un país infiltrado en lo más íntimo de sus estructuras y de la impotencia convertida en rutina.

Hubo un momento en el que nuestra desvergonzada fiesta se vio interrumpida por una pequeña ovación, y es que Obama estaba por dar su primer discurso como presidente electo. Es innegable la forma en la que el hombre fungió como estandarte de fe, no sólo para un país, sino para el mundo. Apoyar a Obama era estar a favor de un cambio en el modelo económico, que durante la era de Bush, estaba centrado en el armamentismo y la guerra. Como ciudadanos del mundo estábamos obligados a apoyarlo.

Fue una noche de contrastes. Una noche con mucho que lamentar y otro tanto que celebrar.