jueves, 7 de agosto de 2008

La ecología de la inspiración

Todo buen ambientalista sabe que talar árboles no es malo. Los seres humanos nos hemos acostumbrado al uso de la madera para un sin fin de prácticas (mis pisos de duela, por ejemplo) y que difícilmente pueden ser sustituidos por otras materias primas. Aquellos individuos que se atan a los árboles con consignas hippies no son ambientalistas, son precisamente eso: hippies. El daño ecológico de cortar un árbol no es en sí producido por el hecho de tirarlo, sino por la velocidad a la que se hace; y con esto no me refiero a que debemos de hacer concursos para serruchar bosques despacito. Todos los insumos renovables tienen una tasa natural de reproducción, que si se calcula y se respeta con exactitud, se pueden consumir sustentablemente, sin alterar su biodiversidad, regeneración y vitalidad, tanto hoy, como en los años venideros. El gran problema de la deforestación es la tala ilegal que no toma en cuenta estas velocidades de renovación, y por consiguiente, por la falta de políticas y leyes que persigan a los infractores.

Hace unos días me di cuenta que el cuaderno que cargo a todas partes para escribir diferentes ideas aisladas (no porque sean significativas, sino para que no se me olviden por aquello del déficit de atención), también tiene su propia tasa de uso y desuso. Por alguna razón que desconozco mis cuadernos y libros sufren de una cierta erosión al ser transportados en una mochila (sin importar cual sea ésta). Las pastas se empiezan a resquebrajar, doblar y de alguna forma a marchitar. Las letras impresas en ambas caras se difuminan y se pierden en los fondos. Los lomos se desprenden y terminan por liberar las páginas que antes sujetaban. En fin, parece que en lugar de llevarlos con uno de paseo, los estuviera mandando a la guerra. Obviamente mientras más tiempo pasen lejos del librero, peor termina siendo su condición física.

El punto es que había pasado ya tiempo desde que sacaba dicho cuadernillo para apuntar algo, y es que en las últimas semanas he estado en particular inspirado. Así fue como descubrí que la tasa natural de mi generación de ideas estaba muy por debajo de la tasa de desgaste por transportación permanente de mi libreta, por lo que a ese paso, no completaría su vida útil. Esto quiere decir que mi sequía emocional estaba contribuyendo al rápido deterioro del cuaderno, que a su vez está hecho principalmente de papel, y hasta donde entiendo, ésta se elabora con pulpa de los árboles.

Si mi teoría no falla, el amor es autosustentable y mi cuaderno regresará a su mochila.

Ilustraciones: Ben Wilson
www.benwilsonart.com

domingo, 13 de julio de 2008

...y iTunes mató a todos los demás

Para mi octavo cumpleaños en 1985, al igual que todos los años, mis papás me preguntaron qué quería de regalo. Fue la primera vez que no escogí un juguete de los que anunciaba Chabelo los domingos en la mañana; en cambio ese año pedí un disco, el Make it Big de Wham!, un dueto inglés conformado por George Michael y otro tipo que hoy nadie recuerda. El día que recibí lo que en mis manos era un enorme acetato, y puse la aguja justo en la rayita correspondiente para que sonara Wake me up before you go go, independientemente de lo bizarro de la selección, fue cuando empezó mi melomanía. Se había acabado la era de Parchis, Timbiriche, Burbujas y El Duende Bubulín, para dar paso a la música pop y un fanatismo absoluto por los Hombres G, Madonna (a quien desprecio hoy en día) y Mecano, de quienes compré varios viniles.

El cambio de formato y la masificación del cassette me agarró en un viaje que hice con mis papás a Nueva York, donde me llevé un Walkman y me clavé por primera vez en el Hip-Hop. Compré cintas de Run DMC, Young MC y Digital Underground y las escuchaba mientras mi mamá nos paseaba a mi hermana y a mí por las calles de esta ciudad. Cuando por fin llegó el CD, porque a mi casa llegó tarde, yo ya estaba inmerso en Guns N' Roses y bandas aledañas de la escena glam de esa época. Sin embargo, aún cuando los géneros van y vienen, lo que ha permanecido a lo largo de mis 31 años, es que siempre que he tenido un excedente de dinero, voy a gastarlo a una tienda de discos. Desde la tan desaparecida como legendaria Zorba en Perisur, hasta la siempre certera Amazon en Internet, la experiencia de poseer un álbum nuevo me es en extremo placentera.

Por casi 20 años, varios formatos como el MiniDisc y el DCC (Digital Compact Cassette) trataron de amedrentar al siempre noble Disco Compacto. Todos sin éxito hasta hoy, cuando su latente sucesor trasgredió la barrera de lo físico. Es como un ninja, virtual y sigiloso, que golpea cuando nadie se lo espera, sin dejar huella de sus pasos, y es que con el lanzamiento de la tienda de iTunes, las ventas de CDs se colapsaron. Ciertamente el desarrollo del mp3, el mp4 y su difusión vía Internet tuvieron un fuerte impacto sobre la industria discográfica en general, obligándola a replantear sus prácticas, estrategias, costos y políticas. Sin embargo con iTunes, quienes aún contamos con un poco de conciencia moral sobre los derechos de autor, tenemos una opción legal de bajar música a un precio moderado. Sólo basta comprar o mandar pedir una tarjeta prepagada en una tienda de Apple en el gabacho y listo.

He de confesar que al principio me emocionaron mucho mis primeras compras en la tienda virtual, ya que se trataron principalmente de rarezas y versiones exclusivas que no son fáciles de encontrar en otros lugares. Sin embargo, pronto me di cuenta que comprar un mp3 es como el chorizo de pavo, las galletas sin azúcar o cualquiera de las "opciones saludables" que nos ofrecen a las personas que hemos tenido que seguir una dieta; nada más no sabe igual que el original. Hay algo demasiado etéreo en la adquisición de archivos digitales. Se pierde la sensación de abrir un disco, de ver todo el trabajo de diseño que hay en él, de hojear el librito con anticipación antes de que empiece a sonar la primer pista, en fin, todo el ritual que me ha acompañado desde que era un preadolescente.

La verdad es que no tengo nada en contra del formato. Es vital para el funcionamiento del iPod, artefacto que que me dio la libertad de cargar a todas partes mi discografía, y en pocas palabras, la oportunidad de ser muy feliz a donde quiera que vaya. Tampoco estoy en contra de la difusión de estos archivos en Internet y mucho menos de la tan sonada tienda en línea. Nunca antes habíamos tenido la oportunidad, como especie, de tener tantas opciones musicales, tan variadas y tan cerca. Incluso los grupos están obligados a hacer mejores discos completos, porque ahora los consumidores tienen la oportunidad de comprar una sola canción. Poco a poco los tracks de relleno morirán o simplemente no se venderán. Además el control, creativo y económico, está regresando a las manos de los artistas, quienes nunca debieron perderlo en primer lugar.

Ni modo. Supongo que también me tendré que acostumbrar al chorizo de pavo.

miércoles, 2 de julio de 2008

Para el hombre con trabajo

Los viernes suelo llegar a mi casa al rededor de las cuatro de la tarde en un estado de absoluto agotamiento, después de partirme la madre durante toda la semana en mi oficina. Hay pocos momentos tan felices como cuando por fin llego, me como algo rápido y me duermo por lo menos un par de horas. A penas mi cabeza toca la almohada y entro en un sueño tan profundo que a veces no despierto sino hasta la media noche. Hace dos semanas, me acababa de acostar cuando mi celular timbró anunciando la llegada de un mensaje. Justamente acababa de cambiar este tono y había puesto el grito que hacía Goofy en las caricaturas cuando se caía de un peñasco. Inmediatamente brinqué de la cama por la sorpresa y lo estridente de la nueva alerta. Entre sueños abrí mi celular y leí el mensaje que Mema había mandado a sus amigos, avisando que Roberto, su hermano, había muerto.

Tuve que leer el texto en la pantalla del celular al menos tres veces antes de poderlo entender y no porque la breve oración no fuera clara, sino por la magnitud de la noticia. Cuando finalmente me incorporé, traté de marcarle varias veces a Memita sin conseguir hablar con él. Me metí al Facebook de Roberto y varias personas ya le habían dejado algunas palabras de despedida. En ese momento constaté (como si hubiera tenido fe de lo contrario) la noticia, e hice lo mismo.

La primera vez que vi a Roberto fue cuando estaba en primer semestre de la carrera y Mema aún estaba en prepa. Solíamos pasar mucho tiempo en el centro de Tlalpan, tomábamos café en La Selva y a veces cerveza en la cantina. Una noche mi amigo me invitó al restaurante 1900 a conocer a su hermano, que había regresado de tocar algunas plazas con Moenia. Era el ingeniero de sonido de varios grupos de esa época incluyendo Fobia, Julieta Venegas y la Maldita Vecindad. Me acuerdo perfecto de ese día, porque Roberto me saludó con un abrazo tan fuerte, como si yo hubiera sido un hermano Caballero más, que hace tiempo no veía. Toda la noche Mema y yo nos burlamos de nosotros mismos, porque nuestra selección de platillos para cenar era la más barata del menú, y en cambio, Roberto pedía lo que se le antojaba. Esa noche le pusimos Working Man, e hicimos toda una disertación sobre las diferencias de la vida de estudiante contra las de alguien económicamente activo. A partir de esa noche nos hicimos muy buenos amigos.

Hoy, tanto Mema como yo somos parte de la fuerza laboral del país y Roberto nos enseñó que se puede vivir relativamente bien, haciendo algo que realmente te gusta. Hoy, Mema y yo pedimos lo que se nos antoja cuando vamos a cenar a algún lugar.

Te voy a extrañar Working Man.


jueves, 5 de junio de 2008

Historias de la publicidad en boca de un paladar sofisticado

Hace seis meses, cuando recibí la carta con la oferta económica para entrar a la agencia donde trabajo actualmente, también venían desglosadas las prestaciones. Entre ellas destacaba, como una muy interesante, el servicio de comedor. Por la módica cantidad de $15 pesos, que se descargan automáticamente de una tarjetita y se cobra vía nómina mes tras mes, uno puede tener acceso de lunes a jueves a dos opciones de sopa, guarnición y plato fuerte, además de postres. En el caso que la selección de menú no sea del agrado del comensal, también hay a elegir una serie de platillos que se preparan al momento: carne, pechuga o queso panela asados, huevos al gusto o bien, el platillo hipocalórico (nombre rimbombante para ensalada con atún). En papel no suena nada mal, pero la realidad es que las opciones acaban siendo temáticas, monótonas y, por lo tanto, poco apetecibles. Por ejemplo, si hacen chiles rellenos, entonces la sopa y el arroz también son a la "poblana" o alguna variación que incorpore este tipo de chile en su preparación, para ahorrar en ingredientes.

Hay una receta en particular que me malviaja de sobremanera, el "caldo Xochitl". Su elaboración es tan simple, como insípido su sabor. Se toma un recipiente con salsa pico de gallo (chiles serranos, jitomate picado y cebolla) y se vierte en una enorme cacerola con agua. Eso es todo y con ese mismo descaro lo sirven. Las opciones que se preparan al momento son en verdad lamentables, en especial la carne asada, que sería una auténtica suela de zapato, claro está, si las suelas de zapato fueran pellejudas.

Alguien me preguntó hace poco, "¿qué esperabas por 15 pesos?" y la respuesta es simple: no mucho. Sin embargo, con tan sólo cruzar la calle del edificio de McCann, todas las tardes se pone una seño que vende tacos de guisado. Una auténtica artesana en la selección de ingredientes y la combinación de los mismos para elaborar un menú diferente todos los días, expuesto en un pizarroncito colgado en la barda de la casa donde se pone. Los guisos van desde lo clásico como la tinga, el bisteck con nopal, la longaniza con papas y el huevo revuelto, hasta lo más sofisticado como el chile relleno o las tortitas de espinaca. Cada taco es servido con tres tortillas y una camita de arroz o frijol, por lo que echarse dos es casi una comida completa. Todo este glamour garnachero por tan sólo $5 pesos más que el comedor empresarial. Estos tacos de autor son una delicia y no por nada la cola para pedirlos puede ser de más de 20 personas. Además si de salud se trata, la comida del comedor es elaborada con grandes cantidades de aceite que supera por mucho a la que usa la seño.

Definitivamente este país se caracteriza por sufrir grandes desigualdades en todos los niveles. En este caso, la brecha se invirtió.

jueves, 15 de mayo de 2008

Una breve sobre uno que era grande

El otro día estaba comprando música en línea con los $50 dólares que tengo de tarjetas prepagadas en iTunes. En eso, me topo con el décimo sencillo más vendido en la tienda titulado "Viva la Vida" y pienso, Coldplay es demasiado grande para que les dé $0.99 centavos así nada más. Así que decido buscar la canción en hypem.com para escucharla primero ahí.

De entrada el título me pareció en extremo cursi, principalmente porque está en español y en segunda por lo que en sí quiere decir. Sin embargo, no puedo negar que esto me generó aún más curiosidad de escucharla. Cuando piqué play, me moví de ventana para contestar lo que alguien me escribía por messenger en lo que cargaba la canción. De repente en mis bocinas empezó a escucharse como un remix de la canción de Alizée. Ésa que acompañada por el video donde sale con el traje del pescadito, nos hipnotiza a los hombres como el flautista a las ratas en Hamelin.

Cuando tienes TDA (trastorno por déficit de atención) se te puede olvidar de un instante a otro lo que estabas haciendo, y ya inmerso en mi conversación virtual, la música de fondo me sacó
muchísimo de onda. ¿Por qué sonaba la cantantilla francesa? En ese momento la voz Chris Martin aparece en la canción y recordé lo que había seleccionado. En efecto era el nuevo sencillo de Coldplay que utiliza el mismo arreglo de cuerdas que "J'en Ai Marre" de Alizée. Incrédulo, la volví a escuchar desde el principio y la impresión fue la misma. Coldplay estaba plagiando un clásico del eurotrash. La canción nunca levanta y nunca evoluciona; se mantiene monótona e insípida.

A Cecilia, mi jefa del trabajo, le he aprendido muchas cosas. Hace no mucho, estábamos platicando sobre Coldplay y la segunda serie de conciertos que hicieron en México y ella dijo, "Yo dejé de comprar los discos desde que ese güey se casó con la Paltrow. Es lo mismo que le pasa a todos los artistas cuando ya no están deprimidos." Lo más irónico de esto es que las primeras líneas de la canción dicen: "I used to rule the world".

Definitivamente ya no.

lunes, 7 de abril de 2008

Un clavo sí saca a otro clavo

Odio con toda el alma los anglisismos, cuando irónicamente soy una persona que al hablar se expresa con muchas palabras en inglés. Pero por lo mismo, me genera un gran conflicto escribir la palabra fútbol, derivación fonética de football, en lugar de su correcta grafía. En fin, si para la RAE está bien, ¿quién soy yo para juzgarla?

En mi primaria, como en el resto de las escuelas de este país, el deporte nacional era el fútbol. Mis compañeritos, todos seguidores del América, parecían sacados de un anuncio de Televisa: comían, respiraban, soñaban y cagaban fútbol. Para mí era mucha presión, ya que aunque no me desagradaba para nada el deporte, mis intereses estaban diversificados. Me encantaba la clase de música y tocar los xilófonos de madera, dibujaba por horas, me metía a la biblioteca y devoraba todos los libros que podía de Dr. Seuss, además de echar con mis amigos la cascarita en el recreo. Me acuerdo perfecto de mi momento más glorioso jugando soccer (¿por qué no escribimos "sóquer"?) cuando de puro churro dejé mi puesto de defensa, recorrí la banda derecha, me cayó un balón rebotado justo en la pierna y disparé para anotar el gol con el que mi equipo, el Quinto A, le ganó una final a Sexto. El problema eran los cinco niños de mi salón que tenían pasatiempos limitados y sólo vivían para el fútbol. Mi amigo Gabriel y yo nos vimos en más de una ocasión teniendo que jugar partidos en contra de nuestra voluntad, para completar el equipo. En esta edad tan formativa, es terrible obligar a un niño a hacer algo que no quiere, así que me traumé y aunque no me he perdido un mundial, una Copa Europea o finales importantes, mandé el fútbol a la chingada.

Hay algo en seguir a un equipo, sin importar el deporte, que llena un gran vacío en el macho (y algunas hembras) de la especie humana y creo está relacionado con la testosterona y la adrenalina que se libera durante un encuentro. En mi caso lo llenaban con el basket. Siempre he seguido a los Sonics de Seattle, por todo el cariño que le guardo a esta ciudad y por la oportunidad de poder ver algunos partidos ahí. En cuanto al fútbol, todos mis primos lo practicaban e incluso uno tuvo propuestas para ser arquero profesional, hasta que mi tío atajó sus sueños y lo convenció en un lance espectacular de ser arquitecto. En la familia existía una gran rivalidad entre los Nava-Townsend que le iban al América y los Pinelo-Nava, hinchas de las Chivas. En casa de los Nava-Kainz, mi padre apoya a su alma mater, los Pumas de la UNAM, aunque como muchos mexicanos, es un americanista de clóset.

A mediados de los años 90 si alguien me preguntaba a quién le iba, yo respondía "villamelonamente"que al Atlas, porque no veía muchos partidos y sólo me enteraba de los resultados. Esto ocurrió porque mi abuelo, el austriaco, vivía en Guadalajara y además era el equipo del que es aficionado Trino Camacho. En esa época yo era muy fan del monero tapatío. Amaba al Santos (que hacía junto a Jis) y el Galimatías, la sección que tenía dentro del programa Blanco y Negro con Carmen Aristegui y Javier Solórzano, donde doblaba películas antiguas de Superman, Batman y el Llanero Solitario y parodiaba situaciones políticas de la época, desde el "error de diciembre", hasta el asesinato de Colosio.

Doce años después, los Sonics de Seattle están a punto de ser exportados a Oklahoma y sus dueños llevan un par de años dinamitando al equipo para hacer un cochinero administrativo y así, lograr una huida más rápida de la ciudad. Mi afición deportista había quedado huérfana, por lo que empecé a seguir los partidos del Atlas. Vi con gusto como Andrés Guardado se fue al Deportivo la Coruña y con tristeza como fueron el peor equipo del torneo pasado. Este año, no han mejorado mucho, pero el equipo clasificó por un volado a la Copa Libertadores lo que cambió su actitud de juego en el campeonato mexicano. Yo paralelamente, quise llevar mi fanatismo a otro nivel y en el puente pasado hice un viaje relámpago a Guadalajara con mi cuñado (Puma) y hermana (sin equipo), para bautizarme con la la siempre fiel porra del Atlas, la Barra 51.

Mi visita junto con los Pumas al estadio Jalisco fue por demás emocionante. Al medio tiempo, los rojinegros se fueron al vestidor con un hombre menos y perdiendo 2-0. Pero al iniciar la segunda mitad y tras un cambio afortunado, Omar Flores entró al partido y anotó rápidamente de cabeza. El equipo de la Universidad tuvo tantas llegadas, como mala suerte para concretarlas. Cuando parecía que los Pumas se robarían tres puntos de Guadalajara, en el minuto 93, habiendo ya transcurrido el tiempo reglamentario, Bruno Marioni cobró un penal para empatar el partido. Yo me uní al grito eufórico de "gol"con los otros treintaytantosmil atlistas que asistieron al estadio. En ese momento, pegando de brincos, no sólo superé los traumas de mi niñez, también me entregué a una nueva relación que espero esté llena de goles.

sábado, 22 de marzo de 2008

La suerte bajo el microscopio

En la edición de marzo (que está próxima a desaparecer) de la revista Quo aparece un artículo que escribí sobre la suerte, el cual sufrió algunas modificaciones por parte de mis editores. Entre las bajas está una entrevista que hice con el astrólogo Jaime Polanco y una que otra "jiribilla" que no encajaba en el formato de la revista.
A continuación, el Author's Cut de dicho artículo:


La suerte bajo el microscopio

Por Antonio J. Nava

Una noche de regreso de cenar con mi papá, cuando tenía unos 12 años, se me ocurrió preguntarle qué hacer para ligarme a la chava que me gustaba. En su época, mi papá siempre se cotizó muy bien con las chicas y realmente necesitaba su consejo. Me contestó que los hombres no ligan a las mujeres, que ellas nos ligan a nosotros. No entendí. Me explicó que lo único que yo tenía que hacer para “ligar” era estar atento a las señales que me mandaran las mujeres y sobretodo tener la seguridad para enfrentarlas. Hace aproximadamente un mes conocí a una mujer maravillosa con la que creo tener toda la química del mundo y no pude dejar de recordar el sabio consejo de mi papá. Sin embargo, con toda su experiencia, mi padre olvidó decirme algo que es fundamental. No importa el tamaño del reto, ante cualquier cruzada se necesita tener buena suerte, y es que la mujer en cuestión, la chica que me ha quitado tantas horas de procesos mentales, tiene novio.

Después de estudiar economía y llevar cerca de diez materias de estadística en la carrera, me cuesta trabajo pensar que la suerte es una fuerza sobrenatural que nos envuelve y determina nuestro destino. Independientemente de cómo la percibamos o qué características le atribuyamos, es una realidad que al final del día, nuestras vidas están a su merced. El simple hecho de abrir los ojos cada mañana, nos pone en su total disposición, tanto para lo bueno como lo malo. ¿Cómo saber que nos deparan las siguientes horas? Tal vez es el día que nuestro jefe nos de el tan anhelado aumento de sueldo, o al caminar por la calle pisamos excremento de lo que esperamos sea un perro. Tal vez, el equipo de fútbol al que le vamos pierde el partido que parecía en la bolsa o, la chava que nos gusta, nos favorezca con su preferencia.

Entre definiciones y percepciones

Una opinión dividida

De una forma u otra, todos en algún momento de nuestras vidas hemos aceptado la existencia de la suerte. Nos hemos sentido favorecidos o bien, escupidos por ella. Todos hemos verbalizado las frases, “qué buena suerte” o “tengo la peor suerte”. Pero ¿qué es realmente la suerte?

Las diferentes fuentes parecen tener un conflicto conceptual al presentar sus respectivas definiciones sobre el tema. Por ejemplo, en el diccionario de Merriam-Webster la suerte es definida como “una fuerza que trae buena fortuna o adversidad”. La Real Academia Española (RAE) la define como un “encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito o casual”. La Wikipedia, la nueva fuente de conocimiento popular en línea, dice que “es una forma de superstición interpretada de forma diferente por individuos diferentes”. El hecho es que no hay una congruencia conceptual en su definición.

La noción de suerte es tan vieja como la humanidad misma y podemos verla personificada en diferentes deidades mitológicas alrededor del mundo. En las representaciones de Tyche, la diosa griega de la suerte y el azar, ésta suele cargar en sus manos un timón simbolizando la forma en la que decidía el curso del mundo o bien, con una esfera que ilustraba cómo su decisión sobre un acontecimiento podía “rodar” a donde su impredecible juicio quisiera. En las culturas nórdicas y escandinavas encontramos a Loki, que aunque no era un dios como tal, muchos le rezaban para mejorar su fortuna. Y hablando de la misma, así es como los romanos llamaban a la deidad que veneraban para cambiar su suerte. Fortuna, la diosa romana del azar, fue muy popular en su época, ya que existían varios templos para rendirle tributo al rededor de las ciudades. Fortuna llevaba en sus brazos una cornucopia o cuerno de la abundancia.

A diferencia de lo que comúnmente pensamos, la astrología no trata de revelarnos lo que nos depara la suerte. En una entrevista, el astrólogo mexicano Jaime Polanco me comenta que la suerte es un concepto menor, "Jung decía que lo que los gitanos llaman suerte a lo que los filósofos llaman destino". Con más de diez años de estudios en astrología, Polanco explica que la concepción popular de suerte demerita su verdadero sentido, "en hebreo suerte se dice mazal que a su vez es sinónimo de destino".

Para el astrólogo las supersticiones que buscan "cambiar" o "predecir" la suerte, acaban por rebajarla, a lo que él llama, "un nivel mundano". Polanco dice que las supersticiones refuerzan los estereotipos negativos sobre el destino, "no hay que interpretar los actos donde interviene la suerte independientes los unos de lo otros". Por ejemplo, al adjudicarle que algo no nos salió a la mala suerte generada por a pasar por debajo de una escalera o al cruzarse con un gato negro, nos remite a seres sin autonomía y sobre todo, sin responsabilidades, ya que estamos justificando nuestras conductas y comportamientos. En cambio, para el astrólogo debemos de interpretar cada cosa que nos pasa como parte de una gran cadena que se engarza para ayudarnos a descubrir el por qué de nuestra existencia. Cuando uno cobra autoconsciencia de que todo lo que vivimos es por algo, entonces nos obligamos a ser responsables de nuestros actos, "la astrología busca que cada persona se dé cuenta que todo está conectado, que las cosas que nos pasan tienen un significado, por lo que siempre debemos preguntarnos por qué estamos viviendo ésto y conectarlo con toda nuestra vida.


Desde los antiguos filósofos griegos, el concepto de suerte fue mencionado desde un punto de vista científico sin llegar a explicarla a profundidad, e incluso, la adjudicaron a diferentes deidades. Aristóteles, en cambio, explora a detalle la noción de suerte y su relación con la naturaleza en el segundo Libro de su obra “la Física”. El filósofo teoriza que en cualquier cambio na
tural existen un sin número de causas accidentales, siendo la suerte y el azar dos de ellas. Las distingue al decir que el azar es una causa accidental, mientras que en la suerte confluye una decisión consciente, como las que tomamos a diario los seres humanos. Por ejemplo, supongamos que me urge ver a un amigo que es el único que puede ayudarme en un problema. Voy a una fiesta y de repente, ahí está mi amigo, Aristóteles diría que tuve buena suerte. Por otro lado, mi suerte hubiera sido mala si en la fiesta me encontrara a alguien que odio y simplemente no quisiera ver. Entonces para Aristóteles la suerte es un acontecimiento que puede desenlazarse en dos vertientes: una buena y una mala.

En cambio, el azar es aquel desenlace que no involucra ningún tipo de voluntad, por ejemplo cuando un peñasco se desprende de una montaña, cae y mata a dos personas. El peñasco nunca “pensó” en caer. Así, el azar es una coincidencia, un accidente causal que ocurre en algunas ocasiones. Para Aristóteles la suerte tiene un propósito, un fin, ocurre por alguna razón.

Una visión interesante sobre la suerte y la ciencia es la de Mark Twain, tal y como la presenta en su cuento corto “La ciencia vs. La Suerte”, publicado originalmente en la revista The Galaxy en 1870. En esta historia, Jim Sturgis es un abogado con una carrera brillante, nunca ha perdido un caso y no tiene pensado hacerlo. Un día le asignan una particular tarea en la que debe defender a unos muchachos que estaban acusados de jugar cartas, y en la época, los juegos de azar estaban prohibidos.

Sabiendo que, efectivamente, los chicos habían apostado dinero en diferentes juegos de cartas, Sturgis tuvo un momento de iluminación. Durante el juicio, el prominente abogado sorprendió a la corte al afirmar que los muchachos sí habían estado jugando cartas, pero que éstas no eran un juego de azar, sino de ciencia. El juez expectante permitió a Sturgis seguir con su demostración, para la cual convocó a dos grupos. El primero estaba conformado por seis decanos que defenderían la postura que los juegos de cartas son de “suerte”; mientras que el segundo equipo tendía seis maestros jugadores, viejos tahúres que defenderían el lado de la ciencia. Ambos equipos se encerraron en un cuarto con una baraja. Después de varias horas y de que los decanos tuvieran que repetidamente pedir dinero prestado a los presentes, se llegó a un veredicto: los juegos de cartas no podían ser una cuestión ni de azar ni de suerte, ya que en toda la noche los decanos no ganaron ni una mano. Si hubiera sido un juego de azar, en algún momento la suerte debió favorecer a estos, pero ésto nunca pasó.

Para Chip Denman, profesor de estadística de la Universidad de Maryland y fundador de la National Capital Area Skeptics, asociación que promueve el pensamiento crítico para el entendimiento de las ciencias, “la suerte es cuando la probabilidad se toma personalmente”.

El profesor Denman explicó en una entrevista para el Washington Post que la probabilidad es la rama de las matemáticas que se encarga de cuantificar el azar, la incertidumbre y el error. La estadística, a su vez, es la ciencia que trata de hacer conclusiones incluso cuando hay incertidumbre sobre un resultado. Pero cuando perdemos de vista la gran escala de las cosas, tomamos el lado personal de la probabilidad y nos concentramos en las cosas buenas y malas que nos ocurren, entonces a eso le llamamos “suerte”.

De probabilidades a probabilidades

En su libro Lady Luck: The Theory of Probability, el matemático Warren Weaver relata los hechos de un sorprendente acontecimiento, tal y como aparecieron en la revista Life, que desafiaron todas las leyes de la probabilidad. Una noche, los 15 miembros del coro de una iglesia en Beatrice, Nebraska llegaron tarde por alguna razón a la reunión que tenían programada a las 19:20 hrs., el primero de mayo de 1950. Existieron más o menos diez razones diferentes y, totalmente independientes, por las cuales los miembros del coro no llegaron a la cita. Weaver dice que no sólo fueron estas coincidencias afortunadas, ya que la iglesia se desplomó por una explosión exactamente a las 19:25 hrs., sino que también fueron altamente improbables. Los miembros del coro le atribuyeron sus respectivos retardos a un acto de divino.

En términos muy sencillos la probabilidad de que algo suceda, P(E), se calcula dividendo el número de casos favorables para que ocurra el evento (n) entre el número total de resultados posibles (N). Matemáticamente la fórmula es la siguiente:

P(E)= n/N

Por ejemplo, para calcular la probabilidad de que al tirar un dado salga un número determinado como el dos, dividimos el número de caras marcadas son un dos en un dado, entre el total de caras. O sea:

P(salga un dos)= 1/6

Por lo tanto, la probabilidad de que al tirar un dado, salga un dos es de 17%.

El profesor Weaver calculó la probabilidad de que ocurriera un acontecimiento tan increíble como el de los 15 coristas de la iglesia, llegando a un número aproximado de uno en un millón, más o menos 0.0001%. Si redondeamos ésta número obtenemos una probabilidad de cero, o bien un accidente. Según la RAE, por “accidente” entendemos un “suceso eventual que altera el orden regular de las cosas”.

Sería muy natural decir que los coristas tuvieron muy buena suerte por haber llegado tarde a su ensayo, ya que de otra forma los cimientos de la iglesia les hubieran caído en plena entonación del Ave María, sin embargo tenemos frente a nosotros un hecho completamente probabilístico y no de suerte.

Pongamos otro ejemplo y pensemos en un árbol que dio sus primeros brotes una tarde de primavera, en medio de un pastizal. Los árboles más cercanos están a unos 600 metros cuadrados de distancia, así que nuestro amigo árbol nunca tuvo que competir por agua ni nutrientes en la tierra con otros árboles, por lo que en tan sólo 23 años logró llegar a su absoluta madurez. Cada año, sus ramas se llenan de unas manzanas tan rojas como majestuosas. Supongamos que calculamos la probabilidad de que durante una tormenta eléctrica un rayo caiga justo sobre nuestro árbol, y que ésta, es también una en un millón. Si cae el rayo e incinera a nuestro árbol, nadie va a decir “qué mala suerte” o pensar “pobre arbolito de manzanas, tiene la peor suerte, ese rayo cayó justo donde él estaba”. La vida está llena de accidentes, de probabilidades poco factibles pero como dice el doctor Chip Denman se lo atribuimos a la suerte cuando las tomamos personalmente.

Podemos cambiar nuestra suerte

El profesor Richard Wiseman de la Universidad de Hertfordshire lleva más de diez años estudiando la suerte. Como lo describe en un artículo publicado por BBC News, quiso saber por qué algunas personas están en el lugar correcto en el momento preciso, mientras otros sólo viven una larga cadena de fracasos. Wiseman afirma que la mayoría de la gente, tanto con suerte como los que no, no están conscientes de las causas que originan su fortuna. Sin embargo, después de realizar un experimento sencillo el profesor afirma que son los pensamientos y comportamiento los responsables de su buena o mala suerte.

Reunió a un amplio grupo de personas que se autodenominaban como "afortunados" o "desafortunados" a través de una convocatoria masiva en diferentes medios impresos. Una vez seleccionados, los participantes recibieron un periódico donde debían contar el número de fotografías que había. Wiseman colocó en cada periódico un anuncio de media plana que leía: "Menciona al investigador que viste esto y recibe £250 libras." La mayoría de los desafortunados no vieron el anuncio mientras los que se consideraban con suerte sí. Wiseman encontró que la gente sin suerte tiende a ser más ansiosa, condición que no les permite percibir cosas y situaciones inesperadas. Van a fiestas con la misión de encontrar al amor de su vida y se pierden la oportunidad e hacer buenos amigos. En cambio, la gente afortunada es más relajada y abierta por lo que ven "lo que está ahí, lo que hay" en lugar "de lo que buscan."

Wiseman propone que existen cuatro principios para cambiar nuestra suerte. La gente con suerte tiene la habilidad de percatarse cuando existe una oportunidad, toman decisiones a partir de su intuición, crean profecías satisfactorias a través de la generación de expectativas positivas y adoptan una actitud elástica y resistente que transforma la mala suerte en buena.

Al poner su teoría en práctica con un grupo de voluntarios, Wiseman obtuvo resultados dramáticos. A través de la implementación de ejercicios que les permitiera captar oportunidades, escuchar su intuición, esperar tener suerte y fortalecerse contra la mala suerte, el 80% de los participantes se consideraba "más felices", más satisfechos con su vida, y sobretodo, con mejor suerte.

La fórmula de Wiseman para cambiar nuestra suerte se sintetiza en cuatro consejos básicos:

  • Escuchar a nuestros instintos más primarios (suelen estar en lo correcto)
  • Estar abierto a nuevas experiencias además de tratar de romper con la rutina
  • Tomar el tiempo para recordar los momentos en los que nos ha ido bien
  • Visualizarse a sí mismo teniendo suerte antes de una llamada telefónica, junta importante o donde queremos que nos vaya bien
Independientemente de lo que hagamos por cambiar nuestra suerte, ésta no desaparece, dejándonos siempre a su merced. Tal y como ocurre en la película "La Provocación" (Match Point, 2005) de Woody Allen, en donde el resto de nuestras vidas pueda estar decidido por un microscópico acto de suerte, como que una pelota de tenis, al pegar en la red, caiga o no en nuestro lado. Lo que debemos hacer es conocer y entender que estamos frente a un hecho probabilístico que puede resultar a nuestro favor o no. Tenemos que tratar de inclinar la balanza de nuestro lado y tratar de siempre sentirnos satisfechos con lo que nos tocó hacer, desde ponernos nuestro mejor traje para una entrevista, hasta confesarle nuestro amor a la chica que nos gusta.

Buena suerte.