—No saben exactamente lo que tiene. Parece que es una obstrucción en las vías biliares.
—¿Qué es eso? Es del hígado ¿no?— pregunté muy nervioso por las connotaciones que puede tener la palabra ‘obstrucción’.
—El doctor me dijo: «Está muy grave, señora»— repitió mi mamá, haciendo énfasis en el superlativo—, tenemos que esperar a las tomografías, pero se ve mal.
Me dejé caer en mi silla para escuchar el relato de mi madre que, de repente, interrumpió mi papá, para darme un recado. Quería encargarme una bata de baño nueva y una novela de aventuras. Cuando indagué más sobre el género de la encomienda, mi mamá, atareada por dejar lista la maleta, me pasó a mi padre. «Algo de aventuras, como el "Capitán Alatriste", que sea fácil de leer, porque no sé cuánto tiempo voy a estar en el hospital», pidió con lucidez, pero con una voz muy débil, que se apagaba antes de terminar las oraciones, casi como un silbido. Cuando colgué era cerca de la una de la tarde. Salí disparado de mi oficina, con la cabeza llena de pensamientos turbios. Lloré como un niño chiquito todo el camino para recoger a mi hermana, quien ya me esperaba en el acceso de su edificio. A diferencia de mí, se veía entera, un poco seria, pero sin mostrar un ápice de preocupación.
—¿Tienes gripa?— me preguntó cuando subió al coche.
Después de comer fuimos al centro comercial de Santa Fe. En el Péndulo, tras una certera recomendación del encargado —un tipo sabio de barba crecida y escasa cabellera, de quien prácticamente me despedí de abrazo—, compré Capitán de Mar y Tierra de Patrick O’Brian, mientras mi hermana se encargaba de la bata. Satisfechos con nuestras compras emprendimos el largo camino hacia el sur. Hicimos una escala en casa de mis papás para dejar un coche y agarrar algunas cosas. Mientras yo iba al baño, sonó el teléfono. Cuando salí, mi hermana escuchaba con atención lo que mi madre le decía a través del auricular. Sin voltear a verme estiró un brazo y levantó su dedo pulgar hacia el techo. Sin entender exactamente cuáles, supe que eran buenas noticias.
—No es cáncer— susurró dirigiéndose a mí, tapando la bocina para no interrumpir a mi madre. Sentí como, con esas tres palabras, mi cuerpo se liberaba de una terrible opresión.
La impresión al llegar al hospital fue más surrealista que desgarradora. Su aspecto era terrible, había envejecido diez años en sólo cuatro días; toda su piel, desde la calvita hasta la última arruga, estaba teñida de un color intenso, que mi madre no pudo describir mejor: «amarillo Simpson». Su habitación estaba en el sexto piso del inmueble —prestación a la que tenía derecho mi padre, por ser médico de ahí—, una planta que remodelaron a principios de los años noventa, cuando se puso de moda entre personajuchos del medio farandulero, pseudocelebridades, que no querían mezclarse con el resto de los pacientes. De hecho, en esa época una leyenda urbana decía que Luis Miguel tenía una habitación permanente ahí, para desintoxicarse cada vez que visitaba México. La iluminación era tenue y hacía juego con los pisos de mármol negro con acentos verdes y unas figurillas espantosas, como las que se venden en la sección de regalos del Palacio de Hierro. Parecía el interior de una casa en el Pedregal en 1988. La atención, en teoría, debía haber sido mejor que en los otros niveles, pero teníamos que tocar el timbre varias veces para que alguna señorita lo atendiera. Durante esos días una auténtica convención de especialistas se dio cita en la habitación; desfilaban con arrogancia, pavoneando sus batas blancas, mientras las enfermeras hacían todo el trabajo sucio —literalmente. Cada uno era invocado por otro, como deidades mitológicas para funciones específicas, pero en lugar de fertilidad, abundancia o condiciones climáticas para una mejor cosecha, el hematólogo, gastroenterólogo, cardiólogo, hepatólogo, los residentes, cirujanos, la nutrióloga e infectólogo se pasaban la bolita, tenían pequeñas riñas de poder y planeaban sus vacaciones, mientras mi padre los veía frustrado, con unos ojos en los que el ámbar había sustituido al blanco.
Los diagnósticos dieron varias oscilaciones entre cosas terminales e infecciones pinchurrientas, pero lo que era una realidad es que mi papá, cada vez, lucía peor. Pronto resolvieron que tenían que hacerle una endoscopia, pero para esto, necesitaban un donador de plaquetas. En el laboratorio nos rechazaron a mi mamá (por haber tomado medicamentos) a mi hermana y cuñado (ambos por el grosor de sus venas) y a mí (por mi «estilo de vida promiscuo» y haber tenido más de una pareja sexual en el año). Por fin encontraron a mi primo el cardiólogo, un hombre ejemplar para los altos estándares del banco de sangre: esposo y padre de dos. Él, a su vez, nos explicó lo extenuante del procedimiento de este tipo de donación, por lo que quedamos en deuda con él. Los días siguientes fueron probablemente los más difíciles. La endoscopia duró más de tres horas y tuvo que ser interrumpida porque el corazón de mi papá estuvo a punto de ceder. Su estado era crítico. Por dos semanas se dedicaron a fortalecerlo, querían prepararlo para una futura cirugía en la que le quitarían su destruida vesícula.
Empezaron las guardias nocturnas, por las que tuve que faltar un par de veces a a la oficina. Las vacaciones de invierno estaban a menos de una semana y mi ausencia no tuvo mayores implicaciones. A diferencia de los días, las noches en el hospital eran pacíficas, por lo menos entre las doce y las cinco de la mañana, en las que las intermitentes visitas de las enfermeras eran menos frecuentes y cuando lo hacían, entraban sin encender la luz, sigilosas como enormes ratones blancos, revisaban las máquinas y salían sin hacer el menor ruido. Yo pasaba ese tiempo en vela, aprovechando la calma para leer y escribir un poco. Me alumbraba con la luz tenue de una lamparita que tenía que estar acomodando, para seguir las líneas de mi libro de Auster. A esas horas sólo se escuchaba el gorgoteo de la bomba que dosificaba los medicamentos y el alimento a mi padre, que dormía apaleado por todos los estudios que le practicaban durante el día.
—Hijo, ¿puedes ver que trajeron?— me preguntó una mañana, ilusionado después de ver salir al hombre de la «dieta».
—Dos vasos de agua, pa— contesté. Por su expresión pude ver que era una de las peores noticias que le habían dado hasta el momento. Bajó la mirada y empezó a darle vueltas a su mascarilla de oxígeno como un niño aburrido. Le ofrecí prender la televisión o pasarle su libro, pero rechazó las propuestas. Llevaba más de cinco días sin probar alimento, sin experimentar un sabor en su boca. Le daban de comer a través de una sonda que entraba por su nariz y bajaba hasta el estómago.
Quizá la segunda persona, después de mi padre, que más resintió todo este calvario, fue mi mamá. Sus jornadas eran maratónicas. Fue la que más tiempo estuvo en el hospital, además de encargarse de sus ocupaciones habituales. Incluso preparó una modesta cena las noches del 24 y el 31, no sólo para nosotros, sino para el staff del piso. De no haber sido por ella, las celebraciones de Navidad y Año Nuevo hubieran pasado desapercibidas. Estábamos agotados y desmoralizados, y es que hay edificaciones que están cargadas de ciertas emociones por naturaleza. Los aeropuertos, por ejemplo, son lugares nostálgicos, uno está rodeado de despedidas y reencuentros, de los que esperan y de los que se van. En los hospitales, en cambio, sólo hay angustia. Es ver a alguien que quieres en un estado de absoluta vulnerabilidad, en los momentos más patéticos y dolorosos. Es verlo con un eterno cableado que penetra su piel, dejando a su paso moretones y llagas.
Para la tercera semana el cirujano hizo un paréntesis en sus vacaciones y la operación llegó. De repente parecía que la decisión se tomó en base a una agenda y no a los análisis de sangre —que le practicaban diariamente a las cinco de la mañana. La intervención fue difícil, larga y, de boca del propio equipo médico, todo un reto; en cambio, la recuperación fue rápida y exponencial. Todos los días mi papá recuperaba una habilidad: caminar, masticar, ir solo al baño. Cada vez había un cablecito menos en su cuerpo, hasta que por fin, una semana después, la mañana del primer lunes del 2009, lo dieron de alta.
Ese domingo lo fui a visitar a su casa, y vimos juntos el partido del Atlas. Era un encuentro en el que mi equipo jugaba contra el Pachuca por un pase para la Copa Libertadores. Para el final del primer tiempo iban perdiendo por tres goles, sin embargo, el Atlas, milagrosamente, logró empatar y hacer que el juego se decidiera en penales. Mi papá se veía repuesto, había recuperado el tono natural de su piel y una complexión más saludable. Tenía buen ánimo a pesar de todas las restricciones a las que estaba sujeto.
—Yo conocí al Atlas cuando te conocí a ti, bueno, desde que tú le vas, con eso que te da por moverte siempre fuera de los estándares y lo convencional. Pero bueno, si tú te vuelves finlandés, yo me volveré también finlandés— me dijo al finalizar la sesión.
Es la vez que más he disfrutado ver perder a mi equipo de fútbol.
4 comentarios:
Querido, amigo:
Bienvenido a la parte más gacha de la vida real.
Felicidades porque todo salió bien, Anjo.
Que bueno que todo salió bien con tu papá. Hay angustias feas y esas de hospital.
Ja, te rechazaron por tu "estilo de vida promiscuo" en las donaciones, la última vez que quise donar sangre para el papá de una amiga, básicamente me dijeron que jamás iba a poder donar sangre, tengo check en todos los dont´s: piercings, tatuajes, eso que ellos llaman promiscuidad, pasado anémico, he estado en medicamentos fuertes... mi sangre no sirve, que triste. Más triste es que tengo un tipo de sangre muy raro y si llego a necesitar transfusiones a ver dónde diablos la consiguen.
Un gran relato de un difícil acontecimiento, cuya mejor parte es, sin duda, el feliz desenlace que por varios días se veía incierto y complicado. Un abrazo, amigo.
Primo, se que es muy tarde para enviar mi comentario de que realmente me importa pero desconocía tu blog. Un relato verdaderamente impresionante por su contenido pero no desconcertante por venir de quien lo escribe. Muchos besos y que bueno que todo salió bien.
JA PINELO
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