miércoles, 2 de julio de 2008

Para el hombre con trabajo

Los viernes suelo llegar a mi casa al rededor de las cuatro de la tarde en un estado de absoluto agotamiento, después de partirme la madre durante toda la semana en mi oficina. Hay pocos momentos tan felices como cuando por fin llego, me como algo rápido y me duermo por lo menos un par de horas. A penas mi cabeza toca la almohada y entro en un sueño tan profundo que a veces no despierto sino hasta la media noche. Hace dos semanas, me acababa de acostar cuando mi celular timbró anunciando la llegada de un mensaje. Justamente acababa de cambiar este tono y había puesto el grito que hacía Goofy en las caricaturas cuando se caía de un peñasco. Inmediatamente brinqué de la cama por la sorpresa y lo estridente de la nueva alerta. Entre sueños abrí mi celular y leí el mensaje que Mema había mandado a sus amigos, avisando que Roberto, su hermano, había muerto.

Tuve que leer el texto en la pantalla del celular al menos tres veces antes de poderlo entender y no porque la breve oración no fuera clara, sino por la magnitud de la noticia. Cuando finalmente me incorporé, traté de marcarle varias veces a Memita sin conseguir hablar con él. Me metí al Facebook de Roberto y varias personas ya le habían dejado algunas palabras de despedida. En ese momento constaté (como si hubiera tenido fe de lo contrario) la noticia, e hice lo mismo.

La primera vez que vi a Roberto fue cuando estaba en primer semestre de la carrera y Mema aún estaba en prepa. Solíamos pasar mucho tiempo en el centro de Tlalpan, tomábamos café en La Selva y a veces cerveza en la cantina. Una noche mi amigo me invitó al restaurante 1900 a conocer a su hermano, que había regresado de tocar algunas plazas con Moenia. Era el ingeniero de sonido de varios grupos de esa época incluyendo Fobia, Julieta Venegas y la Maldita Vecindad. Me acuerdo perfecto de ese día, porque Roberto me saludó con un abrazo tan fuerte, como si yo hubiera sido un hermano Caballero más, que hace tiempo no veía. Toda la noche Mema y yo nos burlamos de nosotros mismos, porque nuestra selección de platillos para cenar era la más barata del menú, y en cambio, Roberto pedía lo que se le antojaba. Esa noche le pusimos Working Man, e hicimos toda una disertación sobre las diferencias de la vida de estudiante contra las de alguien económicamente activo. A partir de esa noche nos hicimos muy buenos amigos.

Hoy, tanto Mema como yo somos parte de la fuerza laboral del país y Roberto nos enseñó que se puede vivir relativamente bien, haciendo algo que realmente te gusta. Hoy, Mema y yo pedimos lo que se nos antoja cuando vamos a cenar a algún lugar.

Te voy a extrañar Working Man.