jueves, 18 de septiembre de 2008

Pláticas de sobrefiesta

No habían pasado ni treinta segundos desde que el mesero trajo la quesadilla de Celeste y las órdenes de bisteck a nuestra mesa, cuando el ritual de preparación del taco de media noche fue abruptamente interrumpido por un comentario proveniente de la mesa de junto.

―No mames güey, el otro día estuve con unas gringas, delis, delis― escuchamos decir a un tipo.

―Mhhhmmm― le contestó su amigo, ignorándolo por completo.

Celeste, masticando su primer bocado, volteó a verme tratando de dirigir mi atención a la conversación, aunque era imposible evadirla. Le sonreí con complicidad y nuevamente tomé la cuchara con salsa para verterla sobre la carne, que cada vez humeaba menos. Sin decir nada acordamos no hablar entre nosotros y acompañarnos del imprudente soliloquio.

― Es que las gringas son otro pedo. Estaba en el evento de la semana pasada, ¿no? Bueno pues en eso, pues que me encuentro con unas gringas súper delis todas. Y pues les enseño mi acreditación y pues ya, güey. Me agarré a una para que me chupara el pipí ― dijo el desinhibido comensal.

Celeste y yo encontramos una vez más nuestras miradas, tan incrédulos como alarmados por lo que acabábamos de escuchar. No era lo que estaba diciendo, sino cómo lo estaba diciendo. "Chupar el pipí" tiene que ser una de las peores frases para describir el sexo oral en la historia. Es como se lo diría alguien a su mamá, si le tuviera mucha confianza como para hablar con ella de esas cosas: "Mamá, conocí a Fulanita, me chupó el pipí. Súper deli."

Aunque yo estaba algo entretenido con la situación, traté de interpretar la expresión de mi acompañante, que oscilaba entre la sorpresa y la incomodidad, para saber si quería que hiciera algo al respecto. Ambos seguimos escuchando, dejándonos llevar por el surrealismo de la escena. En ese momento entraron al local lo que Celeste describiría como unas "moderniquis": tres mujeres entre los veinticinco y treinta años, vestidas con pantalones de tubo, tacones, playeras con imaginería ochentera y cortes de pelo asimétricos.

―¡Sof! ¿Qué onda güey?― gritó el tipo a la última del trío, la única güera, quien a su vez hizo una seña a sus amigas de "espérenme tantito, voy a saludar y las alcanzo". Las otras dos moderniquis entraron al sitio con cara de fuchi, mientras que su compañera se dirigió hacia la mesa detrás de nosotros. Sin poder pecar de absoluta indiscreción, Celeste y yo mantuvimos firmes nuestras posiciones, sólo escuchando.

―¿Qué pedo, Sof? Siéntate, trae a tus amigas. ¿Qué onda, a dónde se fueron? Quédate tú. Qué chingón verte. Déjanos invitarte algo― siguió incisivamente el único que hablaba de los dos―. No mames güey, ¿a qué no sabes de dónde vengo?

―No, pues ni idea― respondió Sof, la moderniqui rubia.

Burning, fucking, Man, güey. Fucking crazy.

―Qué chingón, ¿dónde fue o qué? Osea, a mí nadie me invitó.

―¿Cómo?― preguntó confundido por un instante el tipo ―. No güey, fue en Vegas, fucking Las Vegas, baby. Burning Man, búscalo en Google, mañana. You, Google, tomorrow, fucking Burning Man Festival.

Celeste, que no disfraza sus emociones ni un segundo, empezaba a impacientarse con cada incoherencia que decía el hombre, al mismo tiempo que nuestros tacos se hacían menos apetecibles. La plática continuó por varios minutos hasta que la moderniqui recordó que sus amigas la esperaban y apresurada se despidió del emocionado personaje, que seguía pidiéndole que buscara el festival de Burning Man en Google.

Cuando por fin terminamos, el mesero se acercó a preguntarnos si queríamos algo más, y al unísono, Celeste y yo pedimos la cuenta. Con el movimiento aproveché para ver de reojo a los protagonistas de nuestra cena. Tenían más de cuarenta años. Camisas abiertas hasta medio torso, cadenas de oro, pantalones Dockers y mantenían el mismo look que seguramente usaban en 1983, cuando al ritmo de Take on me, aterrorizaban las "discotecas" de México y Acapulco.

―Güey la Sof, güey― remató a grito pelado el que no había hablado en toda la noche, mientras yo firmaba el baucher de la tarjeta lo más rápido posible―. ¿Está deli no? Puta, seguro chupa el pipí súper rico.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Exhaltando el nacionalismo

Hay cosas que llegan a nuestras vidas a través de un accidente o una simple casualidad y otras que van abriéndose brecha, con una persistencia admirable. Ambas pueden ser igual de relevantes. Ambas pueden tener el mismo impacto y lograr el mismo nivel de consolidación. La única diferencia entre ambas formas es el tiempo que tardan en hacerlo. Mi gusto por el grupo de Cincinnati, hoy reubicado acertadamente en Brooklyn, The National es un claro ejemplo del segundo caso.

Hace no tanto tiempo como me gustaría pensar, cuando aún vivía con mis papás, gozaba de ciertas comodidades que hoy han quedado sepultadas debajo de varios recibos de pagos de servicios y rentas. Una de las más memorables era mi Dish Network, una especie de Sky gabacho, que me permitía ver toda la televisión que pudiera imaginar, a un precio relativamente bajo y sin infringir ninguna ley. Esto último porque la empresa no existía ni operaba propiamente en México y por lo tanto, piratear su señal quedaba amparada en una especie de limbo legal que la exentaba de ser un delito. En esa época me gustaba sentarme a escribir en mi computadora, al igual que lo estoy haciendo ahora, pero con el canal MTV2 de música de fondo. Las madrugadas de los domingos eran particularmente buenas porque repetían Subterranean, el programa que sustituyó al desaparecido 120 minutes y en el que se mostraba una selección de lo mejorcito de la música alternativa, indie o como se le llamara en su momento. Hace dos años, la noche del 21 de agosto para ser exactos (esta precisión es cortesía de los fans que publican las listas de videos que salían en el programa, domingo a domingo) fue cuando escuché por primera vez a The National. Eran los invitados de dicho programa y la verdad es que ni pelé la entrevista que les hicieron, pero captaron mi atención cuando presentaron su video "Abel"; una claustrofóbica presentación del grupo y aunque sencilla, era bastante emocionante. En ese momento pensé que eran un grupillo más de la oleada de los prefijos "the" y que no pasarían de ahí.

La verdad es que no me equivoqué del todo, porque el grupo desapareció un tiempo considerable, no volvió a ser programado en MTV2, ni en la radio, ni tampoco se hablaba de ellos en revistas o publicaciones masivas. No supe nada de ellos hasta el 6 de noviembre del siguiente año (ahora la exactitud es cortesía de Gmail), cuando la niña con la que salía me mandó ese día tres canciones por correo electrónico del nuevo disco de un grupo "que me iba a encantar y que tenía que oír". Agradecí mucho tanto el gesto, como el regalo, pero nuevamente no puse mucha atención. Obviamente se trataba de The National y lo que había pasado con ellos durante este tiempo, es que se habían enclaustrado para a escribir uno de los mejores discos de 2007 y sin duda, el que más veces he escuchado en lo que va del año, Boxer, aunque yo no lo hice hasta después del concierto que dieron en México.

La noche del 29 de marzo de este año (fecha confirmada por last.fm) fue insólita porque, por primera vez en muchos años, se traslapaban dos muy buenos shows en la ciudad. Por un lado, Justice hacía una segunda visita al país, con su celebradísimo DJ set que tanto gusta, y por el otro, el Indie'O Fest, que prometía en su cartel a Broken Social Scene y a The National. Éste último lo organizaron los muchachos de Chikita Violenta, que deberían aceptar que son mejores promotores de conciertos que músicos y dedicarse exclusivamente a esto. Por varias semanas consideré ambas opciones con mucho cuidado, aunque la decisión se tomó sola. La chava a la que le estaba tirando la onda quería ir a ver a Broken Social Scene, así que la invité, mientras que todos nuestros amigos iban a Justice. La situación con la muchacha en cuestión no prosperó, pero el concierto fue memorable.

The National está formado por Matt Berninger (voz) y dos pares de hermanos: Bryan y Scott Devendorf (bajo y bateria) y Aaron y Bryce Dessner (guitarras), que como bien señaló en alguna ocasión mi amigo Javier Manzanera, manejan el look "hobbit". En vivo se comportan como un equipo, cada uno aceptando y jugando una posición específica para ejecutar a la perfección cada canción; pero al mismo tiempo, se siente que son buenos amigos y que se la están pasando bien. Sus filas están bien divididas con los Davendorf al fondo, Scott en el bajo, siempre dándole el costado al público e intercambiando miradas con su hermano, ambos detrás de unos lentes de gota. La línea frontal la integran los Dessner flanqueando a Berniger, quien carece de la imagen prototípica del frontman de una agrupación (es alto, güero y teto), sin emabrgo en el escenario entra en un trance, un tanto ezquizoide, que logra el objetivo de emocionar al público: cierra los ojos de principio a fin de cada canción, aplaude a contratiempo, se emociona y aletea sus brazos sin moverse de su lugar. Entre piezas baja la mirada, da las gracias susurrando al micrófono y empieza la que sigue.

Al final The National me convencieron que no eran una bandilla más. Salí corriendo a comprar los discos y ahora no puedo dejar de escucharlos. Me han acompañando una buena parte del año, y en muchas ocasiones, involuntariamente. A veces la verdad está en los lugares comunes. Con The National, definitivamente, descubrí el hilo negro.



jueves, 7 de agosto de 2008

La ecología de la inspiración

Todo buen ambientalista sabe que talar árboles no es malo. Los seres humanos nos hemos acostumbrado al uso de la madera para un sin fin de prácticas (mis pisos de duela, por ejemplo) y que difícilmente pueden ser sustituidos por otras materias primas. Aquellos individuos que se atan a los árboles con consignas hippies no son ambientalistas, son precisamente eso: hippies. El daño ecológico de cortar un árbol no es en sí producido por el hecho de tirarlo, sino por la velocidad a la que se hace; y con esto no me refiero a que debemos de hacer concursos para serruchar bosques despacito. Todos los insumos renovables tienen una tasa natural de reproducción, que si se calcula y se respeta con exactitud, se pueden consumir sustentablemente, sin alterar su biodiversidad, regeneración y vitalidad, tanto hoy, como en los años venideros. El gran problema de la deforestación es la tala ilegal que no toma en cuenta estas velocidades de renovación, y por consiguiente, por la falta de políticas y leyes que persigan a los infractores.

Hace unos días me di cuenta que el cuaderno que cargo a todas partes para escribir diferentes ideas aisladas (no porque sean significativas, sino para que no se me olviden por aquello del déficit de atención), también tiene su propia tasa de uso y desuso. Por alguna razón que desconozco mis cuadernos y libros sufren de una cierta erosión al ser transportados en una mochila (sin importar cual sea ésta). Las pastas se empiezan a resquebrajar, doblar y de alguna forma a marchitar. Las letras impresas en ambas caras se difuminan y se pierden en los fondos. Los lomos se desprenden y terminan por liberar las páginas que antes sujetaban. En fin, parece que en lugar de llevarlos con uno de paseo, los estuviera mandando a la guerra. Obviamente mientras más tiempo pasen lejos del librero, peor termina siendo su condición física.

El punto es que había pasado ya tiempo desde que sacaba dicho cuadernillo para apuntar algo, y es que en las últimas semanas he estado en particular inspirado. Así fue como descubrí que la tasa natural de mi generación de ideas estaba muy por debajo de la tasa de desgaste por transportación permanente de mi libreta, por lo que a ese paso, no completaría su vida útil. Esto quiere decir que mi sequía emocional estaba contribuyendo al rápido deterioro del cuaderno, que a su vez está hecho principalmente de papel, y hasta donde entiendo, ésta se elabora con pulpa de los árboles.

Si mi teoría no falla, el amor es autosustentable y mi cuaderno regresará a su mochila.

Ilustraciones: Ben Wilson
www.benwilsonart.com

domingo, 13 de julio de 2008

...y iTunes mató a todos los demás

Para mi octavo cumpleaños en 1985, al igual que todos los años, mis papás me preguntaron qué quería de regalo. Fue la primera vez que no escogí un juguete de los que anunciaba Chabelo los domingos en la mañana; en cambio ese año pedí un disco, el Make it Big de Wham!, un dueto inglés conformado por George Michael y otro tipo que hoy nadie recuerda. El día que recibí lo que en mis manos era un enorme acetato, y puse la aguja justo en la rayita correspondiente para que sonara Wake me up before you go go, independientemente de lo bizarro de la selección, fue cuando empezó mi melomanía. Se había acabado la era de Parchis, Timbiriche, Burbujas y El Duende Bubulín, para dar paso a la música pop y un fanatismo absoluto por los Hombres G, Madonna (a quien desprecio hoy en día) y Mecano, de quienes compré varios viniles.

El cambio de formato y la masificación del cassette me agarró en un viaje que hice con mis papás a Nueva York, donde me llevé un Walkman y me clavé por primera vez en el Hip-Hop. Compré cintas de Run DMC, Young MC y Digital Underground y las escuchaba mientras mi mamá nos paseaba a mi hermana y a mí por las calles de esta ciudad. Cuando por fin llegó el CD, porque a mi casa llegó tarde, yo ya estaba inmerso en Guns N' Roses y bandas aledañas de la escena glam de esa época. Sin embargo, aún cuando los géneros van y vienen, lo que ha permanecido a lo largo de mis 31 años, es que siempre que he tenido un excedente de dinero, voy a gastarlo a una tienda de discos. Desde la tan desaparecida como legendaria Zorba en Perisur, hasta la siempre certera Amazon en Internet, la experiencia de poseer un álbum nuevo me es en extremo placentera.

Por casi 20 años, varios formatos como el MiniDisc y el DCC (Digital Compact Cassette) trataron de amedrentar al siempre noble Disco Compacto. Todos sin éxito hasta hoy, cuando su latente sucesor trasgredió la barrera de lo físico. Es como un ninja, virtual y sigiloso, que golpea cuando nadie se lo espera, sin dejar huella de sus pasos, y es que con el lanzamiento de la tienda de iTunes, las ventas de CDs se colapsaron. Ciertamente el desarrollo del mp3, el mp4 y su difusión vía Internet tuvieron un fuerte impacto sobre la industria discográfica en general, obligándola a replantear sus prácticas, estrategias, costos y políticas. Sin embargo con iTunes, quienes aún contamos con un poco de conciencia moral sobre los derechos de autor, tenemos una opción legal de bajar música a un precio moderado. Sólo basta comprar o mandar pedir una tarjeta prepagada en una tienda de Apple en el gabacho y listo.

He de confesar que al principio me emocionaron mucho mis primeras compras en la tienda virtual, ya que se trataron principalmente de rarezas y versiones exclusivas que no son fáciles de encontrar en otros lugares. Sin embargo, pronto me di cuenta que comprar un mp3 es como el chorizo de pavo, las galletas sin azúcar o cualquiera de las "opciones saludables" que nos ofrecen a las personas que hemos tenido que seguir una dieta; nada más no sabe igual que el original. Hay algo demasiado etéreo en la adquisición de archivos digitales. Se pierde la sensación de abrir un disco, de ver todo el trabajo de diseño que hay en él, de hojear el librito con anticipación antes de que empiece a sonar la primer pista, en fin, todo el ritual que me ha acompañado desde que era un preadolescente.

La verdad es que no tengo nada en contra del formato. Es vital para el funcionamiento del iPod, artefacto que que me dio la libertad de cargar a todas partes mi discografía, y en pocas palabras, la oportunidad de ser muy feliz a donde quiera que vaya. Tampoco estoy en contra de la difusión de estos archivos en Internet y mucho menos de la tan sonada tienda en línea. Nunca antes habíamos tenido la oportunidad, como especie, de tener tantas opciones musicales, tan variadas y tan cerca. Incluso los grupos están obligados a hacer mejores discos completos, porque ahora los consumidores tienen la oportunidad de comprar una sola canción. Poco a poco los tracks de relleno morirán o simplemente no se venderán. Además el control, creativo y económico, está regresando a las manos de los artistas, quienes nunca debieron perderlo en primer lugar.

Ni modo. Supongo que también me tendré que acostumbrar al chorizo de pavo.

miércoles, 2 de julio de 2008

Para el hombre con trabajo

Los viernes suelo llegar a mi casa al rededor de las cuatro de la tarde en un estado de absoluto agotamiento, después de partirme la madre durante toda la semana en mi oficina. Hay pocos momentos tan felices como cuando por fin llego, me como algo rápido y me duermo por lo menos un par de horas. A penas mi cabeza toca la almohada y entro en un sueño tan profundo que a veces no despierto sino hasta la media noche. Hace dos semanas, me acababa de acostar cuando mi celular timbró anunciando la llegada de un mensaje. Justamente acababa de cambiar este tono y había puesto el grito que hacía Goofy en las caricaturas cuando se caía de un peñasco. Inmediatamente brinqué de la cama por la sorpresa y lo estridente de la nueva alerta. Entre sueños abrí mi celular y leí el mensaje que Mema había mandado a sus amigos, avisando que Roberto, su hermano, había muerto.

Tuve que leer el texto en la pantalla del celular al menos tres veces antes de poderlo entender y no porque la breve oración no fuera clara, sino por la magnitud de la noticia. Cuando finalmente me incorporé, traté de marcarle varias veces a Memita sin conseguir hablar con él. Me metí al Facebook de Roberto y varias personas ya le habían dejado algunas palabras de despedida. En ese momento constaté (como si hubiera tenido fe de lo contrario) la noticia, e hice lo mismo.

La primera vez que vi a Roberto fue cuando estaba en primer semestre de la carrera y Mema aún estaba en prepa. Solíamos pasar mucho tiempo en el centro de Tlalpan, tomábamos café en La Selva y a veces cerveza en la cantina. Una noche mi amigo me invitó al restaurante 1900 a conocer a su hermano, que había regresado de tocar algunas plazas con Moenia. Era el ingeniero de sonido de varios grupos de esa época incluyendo Fobia, Julieta Venegas y la Maldita Vecindad. Me acuerdo perfecto de ese día, porque Roberto me saludó con un abrazo tan fuerte, como si yo hubiera sido un hermano Caballero más, que hace tiempo no veía. Toda la noche Mema y yo nos burlamos de nosotros mismos, porque nuestra selección de platillos para cenar era la más barata del menú, y en cambio, Roberto pedía lo que se le antojaba. Esa noche le pusimos Working Man, e hicimos toda una disertación sobre las diferencias de la vida de estudiante contra las de alguien económicamente activo. A partir de esa noche nos hicimos muy buenos amigos.

Hoy, tanto Mema como yo somos parte de la fuerza laboral del país y Roberto nos enseñó que se puede vivir relativamente bien, haciendo algo que realmente te gusta. Hoy, Mema y yo pedimos lo que se nos antoja cuando vamos a cenar a algún lugar.

Te voy a extrañar Working Man.


jueves, 5 de junio de 2008

Historias de la publicidad en boca de un paladar sofisticado

Hace seis meses, cuando recibí la carta con la oferta económica para entrar a la agencia donde trabajo actualmente, también venían desglosadas las prestaciones. Entre ellas destacaba, como una muy interesante, el servicio de comedor. Por la módica cantidad de $15 pesos, que se descargan automáticamente de una tarjetita y se cobra vía nómina mes tras mes, uno puede tener acceso de lunes a jueves a dos opciones de sopa, guarnición y plato fuerte, además de postres. En el caso que la selección de menú no sea del agrado del comensal, también hay a elegir una serie de platillos que se preparan al momento: carne, pechuga o queso panela asados, huevos al gusto o bien, el platillo hipocalórico (nombre rimbombante para ensalada con atún). En papel no suena nada mal, pero la realidad es que las opciones acaban siendo temáticas, monótonas y, por lo tanto, poco apetecibles. Por ejemplo, si hacen chiles rellenos, entonces la sopa y el arroz también son a la "poblana" o alguna variación que incorpore este tipo de chile en su preparación, para ahorrar en ingredientes.

Hay una receta en particular que me malviaja de sobremanera, el "caldo Xochitl". Su elaboración es tan simple, como insípido su sabor. Se toma un recipiente con salsa pico de gallo (chiles serranos, jitomate picado y cebolla) y se vierte en una enorme cacerola con agua. Eso es todo y con ese mismo descaro lo sirven. Las opciones que se preparan al momento son en verdad lamentables, en especial la carne asada, que sería una auténtica suela de zapato, claro está, si las suelas de zapato fueran pellejudas.

Alguien me preguntó hace poco, "¿qué esperabas por 15 pesos?" y la respuesta es simple: no mucho. Sin embargo, con tan sólo cruzar la calle del edificio de McCann, todas las tardes se pone una seño que vende tacos de guisado. Una auténtica artesana en la selección de ingredientes y la combinación de los mismos para elaborar un menú diferente todos los días, expuesto en un pizarroncito colgado en la barda de la casa donde se pone. Los guisos van desde lo clásico como la tinga, el bisteck con nopal, la longaniza con papas y el huevo revuelto, hasta lo más sofisticado como el chile relleno o las tortitas de espinaca. Cada taco es servido con tres tortillas y una camita de arroz o frijol, por lo que echarse dos es casi una comida completa. Todo este glamour garnachero por tan sólo $5 pesos más que el comedor empresarial. Estos tacos de autor son una delicia y no por nada la cola para pedirlos puede ser de más de 20 personas. Además si de salud se trata, la comida del comedor es elaborada con grandes cantidades de aceite que supera por mucho a la que usa la seño.

Definitivamente este país se caracteriza por sufrir grandes desigualdades en todos los niveles. En este caso, la brecha se invirtió.

jueves, 15 de mayo de 2008

Una breve sobre uno que era grande

El otro día estaba comprando música en línea con los $50 dólares que tengo de tarjetas prepagadas en iTunes. En eso, me topo con el décimo sencillo más vendido en la tienda titulado "Viva la Vida" y pienso, Coldplay es demasiado grande para que les dé $0.99 centavos así nada más. Así que decido buscar la canción en hypem.com para escucharla primero ahí.

De entrada el título me pareció en extremo cursi, principalmente porque está en español y en segunda por lo que en sí quiere decir. Sin embargo, no puedo negar que esto me generó aún más curiosidad de escucharla. Cuando piqué play, me moví de ventana para contestar lo que alguien me escribía por messenger en lo que cargaba la canción. De repente en mis bocinas empezó a escucharse como un remix de la canción de Alizée. Ésa que acompañada por el video donde sale con el traje del pescadito, nos hipnotiza a los hombres como el flautista a las ratas en Hamelin.

Cuando tienes TDA (trastorno por déficit de atención) se te puede olvidar de un instante a otro lo que estabas haciendo, y ya inmerso en mi conversación virtual, la música de fondo me sacó
muchísimo de onda. ¿Por qué sonaba la cantantilla francesa? En ese momento la voz Chris Martin aparece en la canción y recordé lo que había seleccionado. En efecto era el nuevo sencillo de Coldplay que utiliza el mismo arreglo de cuerdas que "J'en Ai Marre" de Alizée. Incrédulo, la volví a escuchar desde el principio y la impresión fue la misma. Coldplay estaba plagiando un clásico del eurotrash. La canción nunca levanta y nunca evoluciona; se mantiene monótona e insípida.

A Cecilia, mi jefa del trabajo, le he aprendido muchas cosas. Hace no mucho, estábamos platicando sobre Coldplay y la segunda serie de conciertos que hicieron en México y ella dijo, "Yo dejé de comprar los discos desde que ese güey se casó con la Paltrow. Es lo mismo que le pasa a todos los artistas cuando ya no están deprimidos." Lo más irónico de esto es que las primeras líneas de la canción dicen: "I used to rule the world".

Definitivamente ya no.