jueves, 23 de diciembre de 2010

Deja ir

He platicado tantas veces esta historia en en los últimos dos meses, que ya mejor la dejo redactada aquí para futuras referencias. Todo empezó con un miedo irracional. De ésos que se agarran por vivir algún tipo de experiencia traumática y que, al final, terminan por no ser tan irracionales. De hecho, fue un miedo que tardó en manifestarse durante mis sesiones de terapia. Supongo que las historias constantes de desamor en el que está envuelta mi vida, habían acaparado las conversaciones con la psicóloga.

No recuerdo cuántos exactamente, pero hace como ocho o nueve años, estaba con mi exnovia Annie –que en ese entonces era mi novia– en un avión rumbo a Phoenix, Arizona. Era la escala dentro de un itinerario que debía llevarnos a la ciudad de Seattle. Hasta ese momento el vuelo había sido un tanto accidentado, con un brincoteo constante producto de la turbulencia, pero dentro de lo considerado normal. Annie platicaba con nuestro vecino de fila –un tipo que alegaba haber sido roadie de Flans en los ochentas– sobre accidentes carreteros, lo que a mí me tenía un tanto ansioso pero, nuevamente, dentro de lo normal.

Cuando la distancia se había cubierto prácticamente en su totalidad, el piloto advirtió que iniciaría el tan esperado descenso. Siempre es emocionante llegar a cualquier lugar, pero en nuestro caso, teníamos boletos para ver a U2 –que en ese entonces no eran tan despreciables como ahora–, íbamos a visitar a mi abuela que se había mudado allí hace un par de años y, en general, estábamos contentos porque eran nuestras primeras vacaciones desde que éramos novios. El rutinario protocolo de aterrizaje siguió. La gente subió sus mesitas y enderezó sus asientos, las sobrecargos regresaron a sus lugares y el avión hizo lo suyo. De repente, las turbinas resonaron y la nave volvió a tomar altura. El piloto, a través del sonido local, dijo que las condiciones del clima no eran favorables para aterrizar, y que sobrevolaríamos la ciudad por lo menos quince minutos más hasta que la torre de control autorizara la maniobra.

No habían pasado ni cinco minutos –los conté con mi reloj– cuando empezamos a bajar precipitadamente. No llegó en ningún momento a sentirse como una caída libre, pero el rostro de desconcierto y, por momentos, de franco miedo en las sobrecargos obviaba que algo no estaba bien. Por las ventanillas una densa capa gris nos prevenía de saber exactamente lo que estaba pasando. Incluso el roadie de Flans dejó de narrar sus anécdotas para sujetarse solemnemente a su asiento. El aterrizaje fue terrible. En el proceso una de las alas golpeó el concreto y el avión derrapo por la pista, provocando uno que otro grito. Una vez en tierra un silencio abrazó a todos los pasajeros. No hubo despedidas cordiales por parte de la tripulación, ni los tradicionales informes meteorológicos. Caminamos como comitiva de un funeral hasta el carrusel donde una a una fueron apareciendo nuestras maletas. Después pasó algo que puso en evidencia que algo falló durante ese vuelo. Fue a la hora de entrar al país, los agentes migratorios se portaron de lo más cordiales, no hicieron el interrogatorio habitual y nadie en el vuelo tuvo que pasar aduana. El viaje y el resto de nuestros planes fluyeron sin contratiempos, pero a partir de nuestro regreso, no volví a poner pie dentro de un avión.

Pasaron al menos seis años antes de poder volar otra vez. Primero fue un viaje a Guadalajara y después otro a Puerto Vallarta. Ambos a Jalisco, ambos duraron 45 minutos y ambos fueron por motivos de trabajo. Pensar en viajar por gusto me parecía aberrante. La sola idea de subirme a un avión hacía que el cuerpo se me engarrotara y, sin importar el clima, me daba bofetones de escalofríos. Conforme pasó el tiempo yo me hice más viejo y mi fobia más fuerte. Los lugares por conocer parecían multiplicarse. Pláticas de ciudades y de eventos; crónicas de vacaciones, de urbes y conciertos; playas y continentes, todos me eran igual de recónditos.

Al principio eran pocos los que conocían de esto. Aunque poco a poco mi debilidad comenzó a relucir con mayor frecuencia y, de igual forma, cinismo. La compartía con quien pudiera, siempre recibiendo expresiones de incredulidad y decepción a cambio, como si tuviera pinta de un viajero empedernido. Y así, con cada persona con la que me confesaba, mi confianza creció. Fue como una especie de "salida del clóset" de la cobardía aérea y se convirtió en un grupo de ayuda multitudinario y aleatorio. "Yo no vuelo", solía decir en mis primeras citas con mujeres, dejando en claro que mi falta de experiencia geográfica se debía a una manía, sin dar pie a otras interpretaciones. Lo que en algún momento me pareció imposible también ocurrió. El deseo por querer vencer el miedo se incrementó con cada recuento. Al repetirlo una y otra vez, y al ver siempre las mismas caras de lástima y pena ajena de mis interlocutores, lo fue fortaleciendo.

Un día como cualquier otro mi colega Emilia me envió por messenger un enlace. Se trataba de un ofertón, de esos que casi nunca suceden, para viajar a California por menos de $200 dólares. Por otro lado, George, uno de mis mejores amigos de toda la vida, llevaba algo así como seis años invitándome –inútilmente– a visitarlo en Los Ángeles. Parecía que los planetas se habían alineado y sin pensarlo demasiado compré un boleto de avión para irme de vacaciones a esa ciudad.

Los días pasaron, y conforme se acercaba la fecha de mi viaje sufría como si también lo hiciera el final de mi existencia. Para alguien que no ha experimentado lo que son las fobias esto puede parecer ridículo, pero ése es justamente el punto de los miedos irracionales, temerle a algo ridículo. Me sentía como Sean Penn en Dead Man Walking —o lo que supongo experimentaba el personaje de esa película porque la verdad, nunca la vi— antes de ser ejecutado. Incluso el día del vuelo, al despertar, la resignación había sepultado por completo a la emoción. Llegué al aeropuerto y había pasado tanto tiempo desde la última vez que había salido del país, que nunca me habían tocado las revisiones exhaustivas que surgieron después del 11 de septiembre.

Mientras el agente revisaba el interior de mis Vans buscando explosivos, una pequeña niña de unos tres años jugaba con su madre en la sala de espera. Al verla todo el miedo antes de abordar se diluyó. Me hizo recordar lo emocionante que era viajar cuando tenía su edad, la frustrante espera antes de abordar el avión y la euforia que despertaba cuando los motores finalmente se encendían. Subí a la nave que iba semi vacía y tomé mi asiento. Había escogido pasillo y el asiento de junto nunca se ocupó. En el de la ventanilla estaba un muchacho en sus veintes. Usaba lentes y llevaba puesto un pantalón de vestir y una camisa fajada. Miraba ansioso por su ventana y leía el tarjetón con las medidas precautorias. Me dio la impresión de que se trataba de su primer viaje en avión, porque cada vez que la aeronave hacía cualquier tipo de maniobra, él volteaba a verme buscando con una mirada que le dijera que todo estaba bien. Me sentí obligado a ayudarlo. Cuando sentía que me veía, bajaba mi libro y hacía contacto visual con él, asegurándole que no pasaba nada malo. Ni yo mismo podía creer mi repentina seguridad aérea.

El piloto anunció el descenso, pero esta vez, a diferencia de lo que pasó en Phoenix, el aterrizaje fue tan suave como si un niño colocara un avión de juguete sobre el edredón de su cama. Al recoger mi equipaje y pasar todo el protocolo de seguridad, George ya me esperaba en la terminal aérea. Con su característica gorra para atrás, bermudas y chanclas me dio la bienvenida y nos subimos con prisa a su jeep. De inmediato me acurrucó el clima que caracteriza y ha hecho famosa a California, saqué de la maleta mis lentes de sol y me recosté en el asiento, mientras la contrastante arquitectura desfilaba por mi ventana. Cuando llegamos a su departamento, mi amigo se disculpó de tener que salir corriendo, pero había habido un cambio en su horario y debía llegar antes a su trabajo. Me explicó donde estaba todo, volvió a subir a su jeep y desapareció por las siguientes nueve horas. Tenía poco más de veinte minutos en Los Ángeles, estaba solo y no tenía idea qué hacer.

Me metí a Google Maps, que en Estados Unidos funciona mejor que cualquier guía turística, para buscar algún lugar cerca en donde comer y pasear un rato. En los Ángeles las distancias son eternas y las mejores opciones que encontré fueron un Costco y un restaurante de comida hindú, el cual me había advertido mi amigo que le había causado un diarreón el día anterior. En eso escuché ruido en la cocina. Asumí que era la compañera de piso de George y salí a presentarme. Traté de hacer ruido al caminar para no asustarla. Era una diminuta mujer que buscaba en cuclillas algo en el refrigerador para echar a una sartén humeante. Por su atuendo supe que estaba en Los Ángeles. Traía puestos unos shorts minúsculos, sandalias y una blusa que dejaba ver su ropa interior y varios tatuajes pequeñitos en puntos estratégicos de su cuerpo. Tras las formalidades y preguntas redundantes sobre el clima, Eileen me sugirió caminar un par de millas para ir a la playa. Ante mis opciones —Costco, diarrea o playa— decidí hacerle caso. Me puse unas bermudas y seguí sus direcciones hacia Venice Beach.

Mi recorrido estuvo adornado por estereotipos gringos. Pasé por una típica secundaria americana, que me hizo reconocer lo fidedignas que son las representaciones de éstas en la tele y las películas. También compré agua en una tiendita que era atendida por lo que parecía el hermano joven de Cheech Marín y, a la mitad de mi camino, el sol se colocó justo detrás de una calle enmarcada por palmeras infinitas. Conforme me iba acercando al mar, el ambiente se relajó. Las calles se inundaron de gente andando en bicicletas, paseando a sus perros, haciendo ejercicio y regresando de surfear. Las paredes se empezaron a pintar con murales y los edificios a sofisticar con vanguardias arquitectónicas. Las tiendas de tatuajes se multiplicaban, incluso superando en número a los Starbucks y otras cafeterías. Sin darme cuenta topé con la playa. El sol estaba a la mitad de su ocaso, pintando el cielo de un degradado que iba de cobre a azul marino. La gente parecía haber puesto pausa a sus actividades, esperando ese momento. Se podía escuchar música de cada uno de los establecimientos del malecón —en su mayoría lentes de sol, camisetas y, por supuesto, tatuajes—, pero las personas guardaban un silencio casi religioso. Me fui acercando a la arena y descansé en una barda mientras el sol acababa de ocultarse. En ese instante me invadió una paz y un sentimiento de logro absoluto. Aunque traté de capturar el momento con la cámara de mi celular, al voltear a mi alrededor descubrí cual sería la mejor forma de no olvidar ese atardecer en Venice.

Regresé al departamento, saqué mi libreta y me puse a bocetear lo que sería mi primer tatuaje. La idea original era una pequeña la silueta de avión —como las de los taxis de aeropuerto— en mi muñeca. Pero al explorar las posibilidades supe que tenía que ser un avión de papel visto desde arriba con la leyenda "Deja Ir". Averigüé de varios lugares donde podía hacérmelo y con quién, entre ellas el de Kat Von D, pero sus costos exorbitantes, además de que ella no está físicamente ahí, me hicieron descartarla. Finalmente me decidí por Ink Monkey Tattoo, un estudio que estaba muy cerca de casa de George y ampliamente recomendado por Eileen y su novio. Una mañana de miércoles mi amigo me despertó temprano y me dijo en inglés que si quería tatuarme, ése era el día, así que sin pensarlo mucho fuimos al estudio, le enseñé el boceto a uno de los tatuadores, lo calcó, mejoró la tipografía, aplicó el esténcil y 45 minutos después mi piel quedó grabada para siempre. Un recordatorio que permanecerá en mi antebrazo mientras viva, y con el que ojalá, no olvide de todas las cosas que el miedo me ha privado y del mundo que aún tengo por recorrer.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

wow...primera vez q te leo y me encantó! tu tatoo rocks too!

Iñigo dijo...

La única manera de superar los miedos es así, encarándolos, por muy jodido que sea.

Es grato volverte a leer, Anjo. Ánimo y suerte.