jueves, 10 de diciembre de 2009

Nostalgia de domingo entre semana

A pesar de sus aires apocalípticos, de esa sensación de que sólo le quedan unas cuantas horas al fin de semana —24, para ser exactos—, el domingo es definitivamente mi día favorito. Es el único de toda la semana en el que se vive una paz que no comparte con ninguno de sus seis compañeros. Hay un contraste maravilloso entre las calles vacías y el movimiento que inunda a las plazas, parques, restaurantes o salas cinematográficas. Es como si existiera un Departamento de la Buena Onda que limpiara, con un camión gigante, a toda esa gente que normalmente abruma las vialidades, y purificara el aire de los claxonazos y las mentadas. Los recorridos tardan sólo el tiempo que deberían tomar, y las distancias cobran sus dimensiones reales. El tiempo se calcula con mayor precisión y volvemos a ser dueños del nuestro. Es un día, como diría mi querido amigo Evelio, para "ejercer la voluntad", en el que da gusto cruzar la ciudad para ver a la familia, o de no quitarse la pijama en lo absoluto, con esa desidia que despiertan las jornadas deportivas. Es el día perfecto para depositarle toda nuestra energía a levantar una cerveza en frente de la televisión, o para desplazarse en dos ruedas. El 'paseo' se redime y desempolva como idea, porque el traslado de un lugar a otro deja de ser una obligación, y tiene como único fin llevarnos a donde queremos ir.

El tiempo no parece transcurrir en domingo. Es condescendiente. La gente no tiene prisa, ni de despertar, ni de llegar. Es el día en el que nos permitimos todo tipo de indulgencias, desde gastronómicas, hasta etílicas —cómo rehusarse a un mezcalito para cerrar la semana—. Es la ocasión ideal para salir a desayunar hotcakes y ponerles mucha miel; para sacar a pasear a nuestras mascotas o, para adoptar alguna. El domingo se lleva bien con las coincidencias y las sorpresas, como cuando una insignificante ida al súper puede resultar —tras un espontáneo desvío por café— en un encuentro con un muy querido amigo y su familia, después de mucho tiempo de no verlo.

Pero es imposible; no se puede ignorar su terrible presagio. Con el pasar de cada hora resuena con mayor fuerza ese sentimiento fatídico, ese recordatorio de que todo está en constante equilibrio, y de que "es demasiado bueno para ser verdad": la inminente llegada del lunes. Es posible que por esta misma razón, —la impotencia y resignación de saber que el fin está cerca—, por la que nos damos permiso de hacer lo que sea. Puede ser, entonces, que el domingo sea, en sí, la mayor enseñanza de vida. ¿Qué pasaría si viviéramos todos los días como vivimos los domingos? Tal vez le sacaríamos un poquito más de jugo a la rutina. A diferencia de lo que piensa el señor Morrisey, ojalá que todos los días fueran domingo.

1 comentario:

New Found Lust dijo...

El fin del fin es agridulce...para mi el rey es el sabado!