—Carlos tiene mejor iPod que tú— dijo mi acompañante, refiriéndose a mi colección de música.
Voltee a verla con reproche.
— ¿Te dolió, verdad? Quise que te doliera. ¡Ash! No tienes la que quiero de los Kooks— remató y en ese momento empezó a sonar "Shut Up and Let me Go" de los Ting Tings.
Pasaron otros quince minutos más y habíamos avanzado, cuando mucho, cinco metros. Me aflojé el nudo de la corbata y abrí el primer botón de mi camisa. Unos días antes me había pasado lo mismo en esa parte de las Lomas y es que últimamente, cualquier recorrido en esta ciudad toma al menos una hora, sin importar la ubicación geográfica del destino.
—¿Por qué no mejor escuchamos el radio? Por lo menos para saber cómo va Obama— sugerí.
—¿Ya estarán dando resultados?— me preguntó Ana.
—Supongo— dije al mismo tiempo que sintonizaba W Radio, la estación que se escucha con mayor claridad en mi coche.
Al aire estaba un reportero terminando de dar una nota sobre una avioneta que se había desplomado cerca de Reforma. Después, los dos locutores, un hombre y una mujer, claramente alterados por la noticia, especulaban sobre la posibilidad de que el Secretario de Gobernación podía haber estado en ese vuelo.
—¿Se mató Mouriño?— preguntó Ana inquieta—Oye, eso es súper cerca de aquí. ¡Qué horror! Es el vicepresidente.
Ambos sacamos nuestros celulares. Seguimos escuchando. Hablamos con nuestros familiares y amigos, tratando de encontrar una forma de salir del perenne embotellamiento, mientras surgían los detalles que hoy todos conocemos. Para este momento nuestra preocupación era más que evidente, no sólo por estar a unas cuantas cuadras del epicentro, sino porque nos estábamos quedando sin gasolina. El plan era volver por donde veníamos para tratar de ir hacia Santa Fe y esperar ahí, pero como cuando se destapa una tubería, el carril que conducía hacia Periférico Sur empezó a fluir milagrosamente. En cuestión de minutos llegamos a una gasolinera donde cargamos combustible y un respiro de tranquilidad. Desde ese punto le marqué a Evelio para saber cómo estaba transcurriendo el evento al que originalmente nos dirigíamos, la celebración de la Embajada de Estados Unidos por sus elecciones. Supusimos que todos los invitados ya estarían al tanto de la tragedia área, sin embargo la sorpresa de mi amigo, a cargo de la organización de la gala, me reveló lo contrario.
Ana y yo decidimos intentarlo una vez más, pero para el segundo asalto nos enfrentamos a una ciudad con calles desiertas, como pocas veces uno puede verlas. En cuestión de minutos ya estábamos en el hotel de Polanco, donde se vivía una realidad completamente diferente. Llegar al fin, en esas condiciones, se sentía como todo un triunfo, casi como el que se celebraba al cruzar los detectores de armas y la revisión por parte de la seguridad del embajador. Al interior del salón en el séptimo piso del Camino Real, nos recibieron Evelio, con esa calidez que lo caracteriza, y unas enormes pantallas que transmitían las señales de las diferentes cadenas de televisión gringas, todas anunciando los 200 y pico votos electorales que acercaban a Barack Obama a la presidencia.
—Quiero uno de ésos— demandó Ana, refiriéndose a unos sombreros con franjas y estrellas de brillantina que traían algunos invitados.
—Ven, vamos a conseguirte uno— dije y, poco a poco, Ana y yo nos dejamos envolver por la festividad. Llegaron el resto de nuestros amigos. Bebimos demasiado como solemos hacer y nos reímos demasiado, como también solemos hacer. Acosamos a los meseros para que nos trajeran de los platos típicos (hamburguesas y hot dogs) que se estaban sirviendo. Seguimos en su júbilo al minoritario grupo, rodeado de republicanos, que aplaudió cuando Obama ganó Virginia y minutos después, cuando CNN lo declaraba vencedor de la contienda electoral. Pero cada vez que salíamos a la terraza a fumar, los helicópteros que sobrevolaban las Lomas nos restregaban nuestra realidad, una muy diferente a la que se proyectaba en las pantallas. La realidad de un posible atentado, de las pérdidas cándidas, de un país infiltrado en lo más íntimo de sus estructuras y de la impotencia convertida en rutina.
Hubo un momento en el que nuestra desvergonzada fiesta se vio interrumpida por una pequeña ovación, y es que Obama estaba por dar su primer discurso como presidente electo. Es innegable la forma en la que el hombre fungió como estandarte de fe, no sólo para un país, sino para el mundo. Apoyar a Obama era estar a favor de un cambio en el modelo económico, que durante la era de Bush, estaba centrado en el armamentismo y la guerra. Como ciudadanos del mundo estábamos obligados a apoyarlo.
Fue una noche de contrastes. Una noche con mucho que lamentar y otro tanto que celebrar.

1 comentario:
Martes negro, ¿es una alusión racista? jaaaa.
El avionazo distrajo mi atención por completo de las elecciones, por las que tenía un interés genuino esta vez.
Pero como no me gusta hacer comentarios políticos de ningún tipo, sólo hago chistoretes de mal gusto como puedes ver en mi blog.
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