Estaba sentado en una de esas sillas plegables de director durante el rodaje de un comercial. Claro, yo no iba a dirigir ni mucho menos, pero sí presencié una escena que aún no logro calificar. Todo pasó detrás de los monitores del video assist mientras la directora creativa, el cliente, la chava de cuentas y yo veíamos las tomas que se estaban filmando en la parte de atrás de la locación. Estábamos rodeados por la gente de producción; los de audio, video, arte e iluminación pero había un tipo en particular, un postproductor se nos quedaba viendo mucho. Se paseaba frente a nosotros, estudiándonos, como tratando de descifrar algo. Aunque me era irrelevante, su actitud logró captar mi atención.
Hubo un momento que el cliente se levantó al baño, yo me fui a asomar al set para darle una indicación al director sobre el guión. Cuando volví, el tipo raro estaba parado hablando con la de cuentas. Ahora todo tenía sentido, nuestra directora de cuenta es una colombiana de 29 años bastante guapa, por lo que la frecuente mirada del postproductor era obviamente hacia ella. Mi jefa, la directora creativa, tenía una cara de incomodidad que apenas y podía poner atención en los monitores. Yo me acerqué con discreción, ya que como buen antropólogo del amor, no quise interrumpir el momento. Era como realizar un documental para el Discovery Channel, cualquier movimiento en falso puede interrumpir a la pareja en su momento de apareamiento. Sin embargo me pude acercar lo suficiente como para escuchar parte de su diálogo. Él le estaba preguntando a ella sobre su acento, cuestionando si realmente era de Colombia y argumentando que más bien, parecía del norte de México. Yo estaba feliz presenciando esto con morbo y fascinación, porque cuando los hombres nos acercamos a una mujer para ligarla, cualquier intento de lograr una conversación coherente desaparece dejando una estela de balbuceos.
Junto conmigo se acercó la productora ejecutiva, así que el tipo vio cómo su oportunidad de lograr un acercamiento más profundo pronto desaparecería, así que se alejó un poco para que todos pudiéramos ocupar nuevamente nuestros lugares. Sin embargo le quedó la espina clavada y regresó para preguntarle a la colombiana si "era salserona", porque según él, todas las colombianas aman este ritmo tropical. Ella le contestó tajante que no le gustaba para nada. Así que él con poca gracia se alejó y no lo volvimos a ver en un rato.
Nuestra cuenta, NIDO, está dirigida principalmente a mamás jóvenes y primerizas, así que a la hora de la comida la conversación era principalmente sobre bebés. Nos sentamos en la misma mesa que la nutrióloga que estaba siendo filmada para el comercial y nos platicó algunas experiencias con guarderías. Para cuando llegó el mesero a ofrecernos el menú del día, la directora de cuenta y el cliente ya se habían ido a otra junta. Nuevamente se acercó el postproductor y se sentó con nosotros para comer. Al integrarse a la plática, preguntó a la nutrióloga si conocía buenas guarderías en la zona de Palmas y Lomas, porque su esposa, tras siete meses de haber nacido su hija, quería regresar a trabajar. Éste era el mismo postproductor que escasos minutos antes se acercó a ligarse a mi directora de cuenta y con ese descaro, ahora nos enteraba de que era papá.
La verdad, y sin tratar de sonar mocho, conservador, prejuicioso o mojigato, al estar rodeado de tantos niños tan chiquitos y simpáticos, la actitud del postproductor me pareció repugnante. No podía dejar de reflexionar que si algún día yo llego a ser papá, espero sentir el amor, la pasión y el respeto suficientes para entregarme a mi familia en su totalidad. El momento me hizo pensar en lo difícil que es educar a un hijo, que cada decisión que tomemos puede afectar y cambiar radicalmente su vida. Tatuarlo con nuestras ideas.
Creo que sí soné mocho, conservador, prejuicioso y mojigato.
¿Será que así suena el idealismo?
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