A esa parte zen dentro de mí le choca aceptarlo, pero a veces, me enojo con quien menos debo. Me desquito con alguien que lo único malo que hizo fue estar, como dicta el cliché, en un mal momento, en un mal lugar. Es una pena, pero en general así somos los seres humanos: vengativos, rencorosos, caprichosos y berrinchudos. Sin embargo, esta condición de pasarnos la vida buscando punching bags, por más natural que sea, debe parar. Por eso, mi necesidad de reivindicar y hacer las paces con quienes han salido embarrados en mis derroches neuróticos.Hace un poco más de un año viví una cierta historia de desamor, que como todas las grandes catástrofes, acabó damnificando a por lo menos un inocente. En mí caso, tras el resquebrajamiento en cientos de pedazos de mi corazón, le agarré una tirria espantosa, no a una persona, sino a un lugar. La verdad es que Puerto Vallarta nunca me hizo nada malo, simplemente fue la locación en la que sucedieron ciertos acontecimientos muy dolorosos. De alguna forma, en mi cabeza existía una pelea por el amor de una mujer, entre buenos (la Ciudad de México y yo) contra malos (Puerto Vallarta y un exiliado que ahí vive).
Mi reacción hacia la pobre ciudad del Pacífico fue, sobre más, desproporcionada. Cada vez que alguien me decía que visitaría el lugar, yo contestaba plantando una jeta inconsciente, que probablemente, más que aparentar mi apatía, se me juzgaba de envidioso. A su regreso todas las personas que visitaban esta playa, hablaban maravillas, acentuando mi desaire. Incluso, cuando llegué a escuchar que el puerto era amenazado por algún huracán, deseé que éste le pegara con la misma furia que vivía en mí. No me importaban ni las víctimas ni las consecuencias.Hace no mucho, tuve que hacer un viaje de negocios a Puerto Vallarta. Una de esas cosas que salen de sorpresa y que uno, simplemente tiene que hacer. Decir que mi motivación estaba renuente al viaje es una auténtica sobrevaloración de cómo me sentía al respecto. Vomitaba la idea como en resaca de borrachera de más de tres licores diferentes. Pero cuando la economía rige las decisiones, hay poco por decidir, así que emprendí el viaje.
Después de sobrepasar mi latente miedo a los aviones, aterricé en Vallarta. Mientras recorría el gusano para llegar al gate, el 89 por ciento de la humedad que había en la ciudad se apoderó de mis movimientos, convirtiéndome en un letárgico animal bípedo, que se desplazaba con la gracia de un manatí fuera del agua. Durante el trayecto del taxi al hotel me la pasé contestando los mensajes y llamadas que inesperadamente recibí durante el vuelo, mientras precavidamente, mi celular permanecía apagado. Finalmente, llegué a mi habitación con una fresca bienvenida del aire acondicionado. Esa noche, después de arreglar la presentación que me había llevado hasta allá, dormí poco pero muy profundamente.
A diferencia de este relato, la reunión fue breve y concisa, por lo que para el medio día yo ya había cumplido con mis obligaciones, quedándome cerca de ocho horas antes de tomar el vuelo de regreso. Me fui tres a la playa, donde el calor y los borbotones de sudor que escurrían de mi frente, hicieron imposible poder seguir leyendo la novela que llevé conmigo. Simplemente me recosté en el camastro y dejé que el ruido de la temporada baja, me arrullara durante una siesta. Después caminé por la arena hasta donde el sol me permitió, regresé y me fui directo a la habitación para darme un baño de aire acondicionado.Me quedé dormido otra media hora y me metí a la regadera para quitarme, como alguna vez me dijo la chava de Sonora, lo "chucatoso" o pegajoso por el sudor. Me volví a vestir y pedí a un taxista me llevara al malecón, que por mi misma misión de trabajo, estudié la noche anterior, generándome mucha curiosidad. Después caminé por el pueblito y me refugié en un Starbucks esperando encontrar un auténtico contraste de temperaturas. Al no ser así, seguí caminando y tomé otro taxi de regreso al hotel para empacar. La experiencia rebasó por mucho mis expectativas.
Realmente no pasé más de 18 horas, pero creo por mucho que fueron de las mejores 18 horas de mi vida. Hoy no sólo me doy cuenta que Puerto Vallarta nunca me hizo nada malo, sino que entiendo al exiliado, que en algún momento fue mi enemigo virtual, y las razones por las que se mudó ahí.
Quién sabe, en una de ésas, tal vez y lo alcanzo algún día.
1 comentario:
Y los aterdeceres ¿qué tal?
super lindos no?
besos,
Coquito
Publicar un comentario