domingo, 23 de noviembre de 2008

El regalo perfecto

Es imposible caminar por la ciudad a mediados de octubre sin ver cómo empiezan a erguirse las escandalosas estructuras que formarán los escaparates navideños de los centros comerciales. La competencia por atraer consumidores es casi tan grande como su despliegue de parafernalia: toboganes para deslizarse por nieve real, pistas de patinaje en hielo, enormes árboles amorfos y animatronics que hacen ver a los de Showbiz Pizza como auténticas obras de inteligencia artificial. En fin, siguiendo con la tradición de estos lugares que cada año estiran más las fiestas decembrinas, me gustaría hacer una recomendación a todos aquellos que les gusta planear con anticipación sus regalos para esta temporada.

"Regale afecto, no lo compre" decía una campaña publicitaria del Instituto Nacional del Consumidor cuando yo era niño. Un slogan que no me hacía el más mínimo sentido, especialmente cuando era pautado simultáneamente con las últimas novedades en juguetes anunciadas por Chabelo. Pero en esta época de recesiones financieras, economías contracturadas y tipos de cambio volátiles, ese consejo cobra un nuevo significado. La navidad no es una fecha muy significativa para mí, pero si llegara mi hermana (o cualquier ser querido económicamente activo para el caso) el 24 de diciembre, me estrechara entre sus brazos y me diera un beso en la mejilla diciendo algo como, —¡Feliz navidad, hermano! Este abrazo es tu regalo, ¡Muchas felicidades!— la (lo) quitaría de encima, me levantaría ofendido y le dejaría de hablar hasta el siguiente año nuevo. Por eso, el chiste está en cómo expresamos nuestro afecto.

Es muy difícil quedar mal, sin importar la ocasión, cuando se regala música (a menos que el presente en cuestión sean los grandes éxitos de Laura Pausini o el "unplugged" de Mijares). Pero aún es más difícil quedar mal cuando se regala una compilación, hecha a mano, de la música que pensamos que le puede gustar a la persona sujeta al obsequio. En el clásico del confesionario masculino, "High Fidelity" de Nick Hornby, Rob, el personaje principal, dice que hacer un mix-tape, es como escribir una carta, porque hay mucho borrar, volver a empezar y pensamiento involucrado. Estoy de acuerdo, grabar un cassette era una auténtica ciencia, sobretodo para que cupieran todos las pistas en cada uno de los lados y no se cortaran a la mitad. Yo en particular medía la duración de cada canción e incluso calculaba el tiempo que debía haber entre una y otra. Gracias a los CDs y más recientemente al iTunes, hacer una compilación para alguien es mucho más fácil.

La última vez que regalé una antología casera fue hace dos años a mi sobrina Lucía. Mi lógica era muy sencilla: ¿qué se le regala a un recién nacido que, la verdad, lo tiene todo? ¿Un juguete, un peluche, el típico mameluco o chambrita? El resto de sus familiares, padrinos y similares se encargarían de eso. Así que le quemé un disco con la música que yo escuchaba cuando era niño y la que le pondría a mis hijos, si los tuviera. La selección recorría desde a los Muppets, pasando por Plaza Sésamo cantando a los Beatles, Bugs Bunny y los Looney Tunes, hasta cosas actuales que me dio mucho gusto descubrir; como la canción que hacen los Shins para el disco de Bob Esponja o la de Frank Black en el soundtrack de la Powerpuff Girls.

El criterio, por lo tanto, para elegir las piezas que integrarán el regalo, debe de ser un equilibrio entre lo que a nosotros nos gusta, con lo que esperamos le guste a la otra persona. Un balance entre el egoísmo y la empatía. Algo parecido a lo que hace (o debería hacer) un DJ cuando está poniendo música en un lugar. Es la confrontación de lo que a él le gustaría escuchar con lo que la gente espera escuchar. Un buen pinchadiscos debe tener la sensibilidad para percibir la forma en la que su audiencia está reaccionando a su selección. Tiene que percatarse del estado de ánimo colectivo y saber cuándo es un buen momento para ponerles algo que sea inusual. De esa misma forma se hace el mix-tape perfecto. Uno se tiene que anticipar a la reacción que probablemente está provocando un corte en particular y a dónde se quiere llevar al escucha con el siguiente. La experiencia se construye con cada track que se incorpora a la lista.

Existen softwares y páginas en Internet programadas para hacer recomendaciones musicales, dependiendo de los gustos de cada persona y, por ende, listas de reproducción. Last FM y Pandora son un par de buenos sitios que hacen su sugerencia basándose en las similitudes de la canción que se usó como referencia. El caso de Pandora es en especial interesante porque no sólo se basa en el género y grupos que pertenecen a una misma corriente, sino que analiza la estructura misma de la canción y sus arreglos, para hacer una propuesta. El Genius, la nueva función de iTunes hace, tal cual, listas de canciones "que van bien juntas" tomando en cuenta los gustos (y comportamiento comercial) de sus millones de usuarios alrededor del mundo, con resultados muy contundentes. Las opciones autómatas son divertidas y útiles, como cuando quieres que la música se ponga sola en una fiesta, sin embargo como regalo acaban siendo más frías que la temperatura que, por las mañanas, azota la ciudad.

Al final del día, hacer un buen mix para alguien depende justamente de ese factor: quién lo va a recibir. Por supuesto, antes que nada, se debe poner especial atención en las letras, por aquello de los mensajes erróneos ("The One I Love" de R.E.M. tiene que ser una de las piezas más malinterpretadas de la historia). Sólo hay que repasar las canciones que nos recuerdan y que asociamos con esa persona, dejarnos llevar por los estados de ánimo que surgen espontáneamente y escoger cuál es la pieza que, de manera natural, acompañaría a la anterior. Todo bajo un orden lógico (raras veces The Velvet Underground va bien después de Lionel Richie). Aunque pensándolo bien, lo más difícil de hacer una de estas compilaciones no es en sí el proceso de hacerla, sino el volverla a escuchar después de que terminó la historia con la persona a la que se la regalaste.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Martes negro

Al tratar de acercarme a Virreyes, lo único que se alcanzaba a escuchar era el chasquido que emite el iPod cuando las canciones pasan de arriba a abajo por la pantalla. Buscaba una ruta alterna a la interminable y estática fila de coches que se había formado en "el bosque", mientras Ana hacía lo propio, esperando encontrar una canción en el aparato. Media hora después, cuando por fin desembocamos en la avenida, nos topamos con otra fila más larga y más congestionada.

—Carlos tiene mejor iPod que tú— dijo mi acompañante, refiriéndose a mi colección de música.

Voltee a verla con reproche.

— ¿Te dolió, verdad? Quise que te doliera. ¡Ash! No tienes la que quiero de los Kooks— remató y en ese momento empezó a sonar "Shut Up and Let me Go" de los Ting Tings.

Pasaron otros quince minutos más y habíamos avanzado, cuando mucho, cinco metros. Me aflojé el nudo de la corbata y abrí el primer botón de mi camisa. Unos días antes me había pasado lo mismo en esa parte de las Lomas y es que últimamente, cualquier recorrido en esta ciudad toma al menos una hora, sin importar la ubicación geográfica del destino.

—¿Por qué no mejor escuchamos el radio? Por lo menos para saber cómo va Obama— sugerí.

—¿Ya estarán dando resultados?— me preguntó Ana.

—Supongo— dije al mismo tiempo que sintonizaba W Radio, la estación que se escucha con mayor claridad en mi coche.

Al aire estaba un reportero terminando de dar una nota sobre una avioneta que se había desplomado cerca de Reforma. Después, los dos locutores, un hombre y una mujer, claramente alterados por la noticia, especulaban sobre la posibilidad de que el Secretario de Gobernación podía haber estado en ese vuelo.

—¿Se mató Mouriño?— preguntó Ana inquieta—Oye, eso es súper cerca de aquí. ¡Qué horror! Es el vicepresidente.

Ambos sacamos nuestros celulares. Seguimos escuchando. Hablamos con nuestros familiares y amigos, tratando de encontrar una forma de salir del perenne embotellamiento, mientras surgían los detalles que hoy todos conocemos. Para este momento nuestra preocupación era más que evidente, no sólo por estar a unas cuantas cuadras del epicentro, sino porque nos estábamos quedando sin gasolina. El plan era volver por donde veníamos para tratar de ir hacia Santa Fe y esperar ahí, pero como cuando se destapa una tubería, el carril que conducía hacia Periférico Sur empezó a fluir milagrosamente. En cuestión de minutos llegamos a una gasolinera donde cargamos combustible y un respiro de tranquilidad. Desde ese punto le marqué a Evelio para saber cómo estaba transcurriendo el evento al que originalmente nos dirigíamos, la celebración de la Embajada de Estados Unidos por sus elecciones. Supusimos que todos los invitados ya estarían al tanto de la tragedia área, sin embargo la sorpresa de mi amigo, a cargo de la organización de la gala, me reveló lo contrario.

Ana y yo decidimos intentarlo una vez más, pero para el segundo asalto nos enfrentamos a una ciudad con calles desiertas, como pocas veces uno puede verlas. En cuestión de minutos ya estábamos en el hotel de Polanco, donde se vivía una realidad completamente diferente. Llegar al fin, en esas condiciones, se sentía como todo un triunfo, casi como el que se celebraba al cruzar los detectores de armas y la revisión por parte de la seguridad del embajador. Al interior del salón en el séptimo piso del Camino Real, nos recibieron Evelio, con esa calidez que lo caracteriza, y unas enormes pantallas que transmitían las señales de las diferentes cadenas de televisión gringas, todas anunciando los 200 y pico votos electorales que acercaban a Barack Obama a la presidencia.

—Quiero uno de ésos— demandó Ana, refiriéndose a unos sombreros con franjas y estrellas de brillantina que traían algunos invitados.

—Ven, vamos a conseguirte uno— dije y, poco a poco, Ana y yo nos dejamos envolver por la festividad. Llegaron el resto de nuestros amigos. Bebimos demasiado como solemos hacer y nos reímos demasiado, como también solemos hacer. Acosamos a los meseros para que nos trajeran de los platos típicos (hamburguesas y hot dogs) que se estaban sirviendo. Seguimos en su júbilo al minoritario grupo, rodeado de republicanos, que aplaudió cuando Obama ganó Virginia y minutos después, cuando CNN lo declaraba vencedor de la contienda electoral. Pero cada vez que salíamos a la terraza a fumar, los helicópteros que sobrevolaban las Lomas nos restregaban nuestra realidad, una muy diferente a la que se proyectaba en las pantallas. La realidad de un posible atentado, de las pérdidas cándidas, de un país infiltrado en lo más íntimo de sus estructuras y de la impotencia convertida en rutina.

Hubo un momento en el que nuestra desvergonzada fiesta se vio interrumpida por una pequeña ovación, y es que Obama estaba por dar su primer discurso como presidente electo. Es innegable la forma en la que el hombre fungió como estandarte de fe, no sólo para un país, sino para el mundo. Apoyar a Obama era estar a favor de un cambio en el modelo económico, que durante la era de Bush, estaba centrado en el armamentismo y la guerra. Como ciudadanos del mundo estábamos obligados a apoyarlo.

Fue una noche de contrastes. Una noche con mucho que lamentar y otro tanto que celebrar.



domingo, 26 de octubre de 2008

Crónica del desconcierto

Entre la represión priísta, el miedo a los disturbios y saldos rojos o simplemente la falta de cultura, por años México fue ignorado como escala en las giras de los grupos alrededor del mundo. Con rarísimas y enigmáticas visitas de The Police, Queen, The Doors, Rod Stewart y Bon Jovi en un lapso de veinte años, los conciertos no eran más que una idea utópica. A partir de 1991 cuando se adaptó el Palacio de los Deportes como arena de espectáculos, en ese histórico show de INXS, las presentaciones en vivo se vieron con más frecuentes, aunque nunca con actos en el punto más alto de sus carreras, salvo tal vez los casos de Guns N' Roses, U2 y Metallica.

Antes de emoción o arrebato, la reacción predominante del público mexicano es siempre de sorpresa, cada vez que se anuncia el concierto de algún artista o se publica el cartel de un festival, aun cuando México, Guadalajara y Monterrey son ya sedes importantes para este tipo de espectáculos. Los promotores descubrieron el negociazo que es traer a un grupo, pero nosotros todavía no estamos acostumbrados a recibirlos en nuestro país. Esa sorpresa, junto con todos esos años de tenernos hambrientos como a los leones en el circo romano, redituaron en un júbilo furioso que se manifiesta en cada presentación. Para la última fecha de Pearl Jam en la capital, de esa legendaria primera visita en 2003, cuando ya habían tocado por más de tres horas y que después de que se encendieran las luces del lugar para que la gente lo desalojara, Eddie Vedder y compañía salieron nuevamente al escenario para interpretar Yellow Ledbetter, sorprendidos por la reacción del público, que forzaba sus límites de entrega.

El sábado pasado, durante el Motorokr, Wayne Coyne de los Flaming Lips compartió con los miles de individuos que tenía frente a él, que en repetidas ocasiones sus colegas le habían preguntado que, ¿por qué no habían tocado nunca en México, si era uno de los mejores públicos del mundo? A lo que él respondía: "Ni siquiera sabía que nos querían aquí". Pensar en juntar a los Flaming Lips en un mismo cartel con grupos consolidados como Nine Inch Nails y la reunión de Stone Temple Pilots hubiera sido impensable hace diez años, pero que además lo hicieran con MGMT y The Kooks que están en boga y apenas tienen uno y dos discos respectivamente, es un auténtico logro en este país. Ese sábado me sorprendí como hace mucho tiempo no me ocurría.

Después de consultar los horarios para el festival, como suelo hacer con prácticamente todo, organicé un itinerario de lo que quería ver: llegar para los Kooks, esperar en ese escenario a los Flaming Lips, salir corriendo a ver a MGMT y volver a correr a ver a Stone Temple Pilots, ver un par de canciones de Nine Inch Nails y regresar a mi casa o tratar de conectar una fiesta, si el cansancio me lo permitía. Justo antes de salir para el festival, mientras esperaba a que mi amiga Ana llegara a mi casa para irnos en metro, recibí mi primera sorpresa, un mensaje de facebook de Celeste diciéndome que estaba muy enojada con nuestra situación. Lo que había pasado es que yo acordé con ella hacerme a un lado, dada la vertiginosa rapidez con la que me estaba clavando, siendo que su posición era el exacto punto opuesto. Ella deseaba que fuéramos sólo amigos o "mejores amigos" de ser posible. Quise así explicarle lo mucho que detesto (y lo doloroso que es) establecer este tipo de relaciones con las mujeres que me gustan, por lo que pedí que entendiera que no iba a poder estar tan cerca como lo había estado en los últimos dos meses y pico. Celeste estuvo de acuerdo y ahora estaba enojada, así que contesté a su inesperado mensaje ofreciéndole dejar atrás el posmodernismo con el que habíamos manejado las cosas (todo fue vía messenger y facebook) y vernos en vivo al día siguiente. Habiendo picado el botón de send a mi mensaje, bajé a encontrarme con Ana y a emprender el recorrido hacia el Autódromo.

Ya ahí, disfruté el concierto como lo hago con todos los conciertos a los que voy: bailo, brinco, cargo a alguna chica que mida menos del metro sesenta en mis hombros para que pueda ver y tomo cerveza como Homero Simpson. También, pude apreciar que los Kooks no van a llegar a ningún lado, pero son divertidos (además de que fue el único set que vi completo con Ana, que sí es fan). Los Flaming Lips no sonaron nada bien, pero me conmovieron muchísimo; el Foro Sol cantó una versión muy emotiva de "Yoshimi" con sólo un pianito, tipo el de Schroeder de Peanuts, de acompañamiento. MGMT lo vi muy lejos, pero sobretodo, estaba demasiado distraído tratando de enlazar inútilmente mi celular, con el de alguno de los muchos conocidos que también estaban ahí. Después, llegué a la segunda canción de los Stone Temple Pilots y no puedo negar que toda esa nostalgia noventera fluyó por mis venas junto con el alcohol de las ocho cervezas que me había tomado. Bailé más, brinqué más y por fortuna, no tuve que cargar a nadie porque ya estaba con amigos en las gradas. Todo estaba saliendo conforme a mi plan, hasta que salió Nine Inch Nails. A diferencia de lo que había programado, no me pude ir a la segunda canción.

Si Stone Temple Pilots dan un gran concierto de rock, entonces Nine Inch Nails es una pieza de arte. Antes que cualquier otra cosa, quiero reiterar mi escepticismo con respecto a la música de Trent Reznor, que nunca me ha tocado lo suficiente o tal vez, nunca he estado lo suficientemente enojado con el mundo. Sin embargo, su show en vivo es una experiencia sublime en todos los sentidos de la palabra. Es un espectáculo que vale el precio del boleto y hasta sale barato. Es un despliegue de tecnología atada estrechamente con una dirección de arte vanguardista y estética. Todo esto sucede gracias a tres pantallas de leads sensibles al tacto, que proyectan un collage de imágenes cuya capacidad de impactar, conmover y sorprender van in crescendo conforme avanza el setlist. Cada canción está ligada a un mini performance visual de lo más sofisticado, casi hipnótico, dejando a la música en un segundo plano (para los que no somos fans) y seguramente en un total cúmulo de sensaciones catárticas para los que sí.

Unos días antes del concierto, en una reunión, Celeste nos puso un video de Youtube donde aparece Tom Cruise hablando de la cientología, con una determinación y fanatismo que más que ser simpáticos, acaban dando mucho miedo. Es terrible ver cómo perdió su voluntad y se dejó atrapar en una maraña de ideas incoherentes, que ahora, defiende como si fueran la verdad más absoluta. En el caso de mi experiencia con Nine Inch Nails, no me importó abandonar mis convicciones y dejarme convertir por Reznor, junto con varios cientos que inicialmente no teníamos planeado estar ahí (entre ellos Ana, con quien había acordado el itinerario y a quien le escribí un mensaje diciendo: "Espero que no te hayas ido") y sin embargo, para nuestra sorpresa, terminamos viendo algo sencillamente hermoso. Lo que definitivamente extrañé fue no poder estar con Celeste para compartirlo con ella, le hubiera encantado, pero de todas formas lo disfruté con la ilusión de verla al día siguiente, con una esperanza ingenua de volver a ser sorprendido.

domingo, 12 de octubre de 2008

Al maestro con cariño

Parece que desde su salida de las salas, el Caballero de la Noche se llevó con él las buenas opciones para ir al cine, dejando una cartelera seca y extraña. Van y vienen comedias de los actores que algún publirelacionista vivaracho y chafa se atrevió a apodar como the Frat Pack, que incluye a Ben Stiller, Jack Black, Will Ferrell, Luke Wilson y Steve Carell. Todas fracasos totales, exhibiéndose, si bien les va, sólo un par de semanas. Por otro lado, hay varias películas mexicanas y las típicas de terror, que generalmente evito por ser muy aprehensivo y sufrir de pesadillas en las noches. De hecho hay películas mexicanas como Divina Confusión y Kada Kien su Karma (así la escriben), que me dan más miedo ver, que las propias de horror.

Ante la falta de alternativas, hace unos días fui con mi amiga Leticia a ver Charlie Bartlett, una película muy rara y pretenciosa que sólo estuvo una semana en el cine. Entramos porque salía Robert Downy Jr., sin embargo el protagonista era Anton Yelchin, un chamaquito infumable al que quieres que le vaya mal durante todo el desarrollo de la trama. Es sobreactuado, cursi y tiene una vocecita que provoca el mismo efecto que te hagan un piercing en el cerebelo. En sí la película trata de un estudiante rico y edípico, que es tan avispado y carismático, que no tiene ni un sólo amigo y lo expulsan de todas las escuelas privadas. Es así como llega a una institución pública, con todos los clichés que eso conlleva: las porristas, los bullies, los nerds y los desadaptados suicidas. Como es de esperarse, el nuevo chico pijo es detestado por sus compañeros (y el espectador de paso) por venir de una escuela más fresa. Es ahí cuando decide empezar a venderle a los demás estudiantes los antidepresivos que a él le recetan, con la esperanza de caerles mejor. Nadie hace amigos como Prozac y Charlie se convierte rápidamente en el más popular de la escuela, ofreciendo no sólo medicamentos controlados, sino psicoterapia dentro de los cubículos del baño de hombres. Robert Downey Jr. interpreta al director de la escuela, el maestro incansable de historia venido a menos por la aplanadora burocrática de sueños que representa su puesto actual. Es el encargado de encausar a Charlie por el buen camino, aunque su alcoholismo y arranque de celos (el muchacho se anda tirando a su hija) obstaculizan su misión.

La educación es un tema sensible y por años Hollywood a hecho homenaje a la noble profesión de enseñar con cintas como To Sir With Love (1967), Dead Poets Society (1989), Rushmore(1998), Finding Forrester (2000) y hasta el Karate Kid (1984). Lo que trata de hacer Charlie Bartlett (claramente sin éxito) es enseñarnos otro ángulo, uno más egoísta y visceral pero que no convence a nadie. En su lugar, la producción debió darse una vuelta por nuestro bonito país, inspirarse en una de las muchas manifestaciones que organiza el Sindicato de Maestros y contar la historia a Doña Elba Esther. ¿Qué más egoísta y visceral quieren? En comparación, el personaje de Robert Downey Jr. es tierno y soso.

De alguna forma, todos hemos tenido maestros que han cambiado el curso de nuestras vidas. Los que lo logran son los que tienen la capacidad de sortear nuestras barreras de rebeldía y autoritarismo; los que cuando dan clases le tiran a ganarse nuestra confianza y hasta amistad. Pero la condición básica para enseñar es el respeto y es que es imposible aprender de alguien, a quien al final del día, sólo quieres hacerle la vida imposible. En alguna ocasión mi maestra de biología en secundaria le pidió ayuda al profesor de química para controlarnos. El maestro, que era de Gales, entró al salón con con una regla de madera, pasando completamente desapercibido por los 22 estudiantes que se escuchaban como la Central de Abastos en viernes de quincena. En ese momento el británico estrelló la regla en una de las mesas del laboratorio, generando tal estruendo, que provocó un silencio abrumador en el cuarto. La atención del grupo era suya. Tomó su regla, se la entregó a la maestra de biología y salió. El rostro de ella se parecía al de los primeros hombres después de descubrir la rueda. Trató de seguir con su clase, al tiempo que nosotros seguimos nuestro desmadre, pero ahora no estaba sola, tenía un poderoso instrumento de control. La mujer se paró en el centro de su pequeño estrado, apuntó con precisión el metro de madera y lo dejó caer con toda su fuerza sobre la mesa frente a ella. Con dificultad se alcanzó a escuchar un flaco "clac", lo que provocó un escaso segundo de silencio en el salón, seguido de la más pura hilaridad. Las cínicas carcajadas obligaron a la maestra a tomar sus cosas y salir con la cabeza agachada.

Ahora que lo veo en retrospectiva, me siento mal por la mujer quien parecía haberse puesto el reto profesional de dejar sus clases en "maternal", para darlas en un aula llena de pubertos de catorce años. Sin embargo, también me emociona recordar a los que definitivamente moldearon mis percepciones: Lourdes (español), que me provocó mi primer desamor en primaria; Mr. Mac (literatura) que me enseñó a leer y a escribir de verdad; Mayahuel (filosofía) que me puso "10" por el resto del semestre después una plática de pasillo; Íñigo (historia) que me hizo testigo en su boda; Alejo (políticas públicas) que me hizo ambientalista; Julián (comercio internacional) que me metió a la economía y luego me ayudó a dejarla y Manuel (creación literaria) quién me enseñó a mostrar y no a demostrar. Espero que conforme pase el tiempo, la cartelera de cine mejore y esta lista se haga más grande.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Pláticas de sobrefiesta

No habían pasado ni treinta segundos desde que el mesero trajo la quesadilla de Celeste y las órdenes de bisteck a nuestra mesa, cuando el ritual de preparación del taco de media noche fue abruptamente interrumpido por un comentario proveniente de la mesa de junto.

―No mames güey, el otro día estuve con unas gringas, delis, delis― escuchamos decir a un tipo.

―Mhhhmmm― le contestó su amigo, ignorándolo por completo.

Celeste, masticando su primer bocado, volteó a verme tratando de dirigir mi atención a la conversación, aunque era imposible evadirla. Le sonreí con complicidad y nuevamente tomé la cuchara con salsa para verterla sobre la carne, que cada vez humeaba menos. Sin decir nada acordamos no hablar entre nosotros y acompañarnos del imprudente soliloquio.

― Es que las gringas son otro pedo. Estaba en el evento de la semana pasada, ¿no? Bueno pues en eso, pues que me encuentro con unas gringas súper delis todas. Y pues les enseño mi acreditación y pues ya, güey. Me agarré a una para que me chupara el pipí ― dijo el desinhibido comensal.

Celeste y yo encontramos una vez más nuestras miradas, tan incrédulos como alarmados por lo que acabábamos de escuchar. No era lo que estaba diciendo, sino cómo lo estaba diciendo. "Chupar el pipí" tiene que ser una de las peores frases para describir el sexo oral en la historia. Es como se lo diría alguien a su mamá, si le tuviera mucha confianza como para hablar con ella de esas cosas: "Mamá, conocí a Fulanita, me chupó el pipí. Súper deli."

Aunque yo estaba algo entretenido con la situación, traté de interpretar la expresión de mi acompañante, que oscilaba entre la sorpresa y la incomodidad, para saber si quería que hiciera algo al respecto. Ambos seguimos escuchando, dejándonos llevar por el surrealismo de la escena. En ese momento entraron al local lo que Celeste describiría como unas "moderniquis": tres mujeres entre los veinticinco y treinta años, vestidas con pantalones de tubo, tacones, playeras con imaginería ochentera y cortes de pelo asimétricos.

―¡Sof! ¿Qué onda güey?― gritó el tipo a la última del trío, la única güera, quien a su vez hizo una seña a sus amigas de "espérenme tantito, voy a saludar y las alcanzo". Las otras dos moderniquis entraron al sitio con cara de fuchi, mientras que su compañera se dirigió hacia la mesa detrás de nosotros. Sin poder pecar de absoluta indiscreción, Celeste y yo mantuvimos firmes nuestras posiciones, sólo escuchando.

―¿Qué pedo, Sof? Siéntate, trae a tus amigas. ¿Qué onda, a dónde se fueron? Quédate tú. Qué chingón verte. Déjanos invitarte algo― siguió incisivamente el único que hablaba de los dos―. No mames güey, ¿a qué no sabes de dónde vengo?

―No, pues ni idea― respondió Sof, la moderniqui rubia.

Burning, fucking, Man, güey. Fucking crazy.

―Qué chingón, ¿dónde fue o qué? Osea, a mí nadie me invitó.

―¿Cómo?― preguntó confundido por un instante el tipo ―. No güey, fue en Vegas, fucking Las Vegas, baby. Burning Man, búscalo en Google, mañana. You, Google, tomorrow, fucking Burning Man Festival.

Celeste, que no disfraza sus emociones ni un segundo, empezaba a impacientarse con cada incoherencia que decía el hombre, al mismo tiempo que nuestros tacos se hacían menos apetecibles. La plática continuó por varios minutos hasta que la moderniqui recordó que sus amigas la esperaban y apresurada se despidió del emocionado personaje, que seguía pidiéndole que buscara el festival de Burning Man en Google.

Cuando por fin terminamos, el mesero se acercó a preguntarnos si queríamos algo más, y al unísono, Celeste y yo pedimos la cuenta. Con el movimiento aproveché para ver de reojo a los protagonistas de nuestra cena. Tenían más de cuarenta años. Camisas abiertas hasta medio torso, cadenas de oro, pantalones Dockers y mantenían el mismo look que seguramente usaban en 1983, cuando al ritmo de Take on me, aterrorizaban las "discotecas" de México y Acapulco.

―Güey la Sof, güey― remató a grito pelado el que no había hablado en toda la noche, mientras yo firmaba el baucher de la tarjeta lo más rápido posible―. ¿Está deli no? Puta, seguro chupa el pipí súper rico.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Exhaltando el nacionalismo

Hay cosas que llegan a nuestras vidas a través de un accidente o una simple casualidad y otras que van abriéndose brecha, con una persistencia admirable. Ambas pueden ser igual de relevantes. Ambas pueden tener el mismo impacto y lograr el mismo nivel de consolidación. La única diferencia entre ambas formas es el tiempo que tardan en hacerlo. Mi gusto por el grupo de Cincinnati, hoy reubicado acertadamente en Brooklyn, The National es un claro ejemplo del segundo caso.

Hace no tanto tiempo como me gustaría pensar, cuando aún vivía con mis papás, gozaba de ciertas comodidades que hoy han quedado sepultadas debajo de varios recibos de pagos de servicios y rentas. Una de las más memorables era mi Dish Network, una especie de Sky gabacho, que me permitía ver toda la televisión que pudiera imaginar, a un precio relativamente bajo y sin infringir ninguna ley. Esto último porque la empresa no existía ni operaba propiamente en México y por lo tanto, piratear su señal quedaba amparada en una especie de limbo legal que la exentaba de ser un delito. En esa época me gustaba sentarme a escribir en mi computadora, al igual que lo estoy haciendo ahora, pero con el canal MTV2 de música de fondo. Las madrugadas de los domingos eran particularmente buenas porque repetían Subterranean, el programa que sustituyó al desaparecido 120 minutes y en el que se mostraba una selección de lo mejorcito de la música alternativa, indie o como se le llamara en su momento. Hace dos años, la noche del 21 de agosto para ser exactos (esta precisión es cortesía de los fans que publican las listas de videos que salían en el programa, domingo a domingo) fue cuando escuché por primera vez a The National. Eran los invitados de dicho programa y la verdad es que ni pelé la entrevista que les hicieron, pero captaron mi atención cuando presentaron su video "Abel"; una claustrofóbica presentación del grupo y aunque sencilla, era bastante emocionante. En ese momento pensé que eran un grupillo más de la oleada de los prefijos "the" y que no pasarían de ahí.

La verdad es que no me equivoqué del todo, porque el grupo desapareció un tiempo considerable, no volvió a ser programado en MTV2, ni en la radio, ni tampoco se hablaba de ellos en revistas o publicaciones masivas. No supe nada de ellos hasta el 6 de noviembre del siguiente año (ahora la exactitud es cortesía de Gmail), cuando la niña con la que salía me mandó ese día tres canciones por correo electrónico del nuevo disco de un grupo "que me iba a encantar y que tenía que oír". Agradecí mucho tanto el gesto, como el regalo, pero nuevamente no puse mucha atención. Obviamente se trataba de The National y lo que había pasado con ellos durante este tiempo, es que se habían enclaustrado para a escribir uno de los mejores discos de 2007 y sin duda, el que más veces he escuchado en lo que va del año, Boxer, aunque yo no lo hice hasta después del concierto que dieron en México.

La noche del 29 de marzo de este año (fecha confirmada por last.fm) fue insólita porque, por primera vez en muchos años, se traslapaban dos muy buenos shows en la ciudad. Por un lado, Justice hacía una segunda visita al país, con su celebradísimo DJ set que tanto gusta, y por el otro, el Indie'O Fest, que prometía en su cartel a Broken Social Scene y a The National. Éste último lo organizaron los muchachos de Chikita Violenta, que deberían aceptar que son mejores promotores de conciertos que músicos y dedicarse exclusivamente a esto. Por varias semanas consideré ambas opciones con mucho cuidado, aunque la decisión se tomó sola. La chava a la que le estaba tirando la onda quería ir a ver a Broken Social Scene, así que la invité, mientras que todos nuestros amigos iban a Justice. La situación con la muchacha en cuestión no prosperó, pero el concierto fue memorable.

The National está formado por Matt Berninger (voz) y dos pares de hermanos: Bryan y Scott Devendorf (bajo y bateria) y Aaron y Bryce Dessner (guitarras), que como bien señaló en alguna ocasión mi amigo Javier Manzanera, manejan el look "hobbit". En vivo se comportan como un equipo, cada uno aceptando y jugando una posición específica para ejecutar a la perfección cada canción; pero al mismo tiempo, se siente que son buenos amigos y que se la están pasando bien. Sus filas están bien divididas con los Davendorf al fondo, Scott en el bajo, siempre dándole el costado al público e intercambiando miradas con su hermano, ambos detrás de unos lentes de gota. La línea frontal la integran los Dessner flanqueando a Berniger, quien carece de la imagen prototípica del frontman de una agrupación (es alto, güero y teto), sin emabrgo en el escenario entra en un trance, un tanto ezquizoide, que logra el objetivo de emocionar al público: cierra los ojos de principio a fin de cada canción, aplaude a contratiempo, se emociona y aletea sus brazos sin moverse de su lugar. Entre piezas baja la mirada, da las gracias susurrando al micrófono y empieza la que sigue.

Al final The National me convencieron que no eran una bandilla más. Salí corriendo a comprar los discos y ahora no puedo dejar de escucharlos. Me han acompañando una buena parte del año, y en muchas ocasiones, involuntariamente. A veces la verdad está en los lugares comunes. Con The National, definitivamente, descubrí el hilo negro.



jueves, 7 de agosto de 2008

La ecología de la inspiración

Todo buen ambientalista sabe que talar árboles no es malo. Los seres humanos nos hemos acostumbrado al uso de la madera para un sin fin de prácticas (mis pisos de duela, por ejemplo) y que difícilmente pueden ser sustituidos por otras materias primas. Aquellos individuos que se atan a los árboles con consignas hippies no son ambientalistas, son precisamente eso: hippies. El daño ecológico de cortar un árbol no es en sí producido por el hecho de tirarlo, sino por la velocidad a la que se hace; y con esto no me refiero a que debemos de hacer concursos para serruchar bosques despacito. Todos los insumos renovables tienen una tasa natural de reproducción, que si se calcula y se respeta con exactitud, se pueden consumir sustentablemente, sin alterar su biodiversidad, regeneración y vitalidad, tanto hoy, como en los años venideros. El gran problema de la deforestación es la tala ilegal que no toma en cuenta estas velocidades de renovación, y por consiguiente, por la falta de políticas y leyes que persigan a los infractores.

Hace unos días me di cuenta que el cuaderno que cargo a todas partes para escribir diferentes ideas aisladas (no porque sean significativas, sino para que no se me olviden por aquello del déficit de atención), también tiene su propia tasa de uso y desuso. Por alguna razón que desconozco mis cuadernos y libros sufren de una cierta erosión al ser transportados en una mochila (sin importar cual sea ésta). Las pastas se empiezan a resquebrajar, doblar y de alguna forma a marchitar. Las letras impresas en ambas caras se difuminan y se pierden en los fondos. Los lomos se desprenden y terminan por liberar las páginas que antes sujetaban. En fin, parece que en lugar de llevarlos con uno de paseo, los estuviera mandando a la guerra. Obviamente mientras más tiempo pasen lejos del librero, peor termina siendo su condición física.

El punto es que había pasado ya tiempo desde que sacaba dicho cuadernillo para apuntar algo, y es que en las últimas semanas he estado en particular inspirado. Así fue como descubrí que la tasa natural de mi generación de ideas estaba muy por debajo de la tasa de desgaste por transportación permanente de mi libreta, por lo que a ese paso, no completaría su vida útil. Esto quiere decir que mi sequía emocional estaba contribuyendo al rápido deterioro del cuaderno, que a su vez está hecho principalmente de papel, y hasta donde entiendo, ésta se elabora con pulpa de los árboles.

Si mi teoría no falla, el amor es autosustentable y mi cuaderno regresará a su mochila.

Ilustraciones: Ben Wilson
www.benwilsonart.com