domingo, 2 de diciembre de 2007

Donde todos conocen tu nombre

Prácticamente todos los martes voy a la mezcalería de Alfonso Reyes. En tan sólo un año, este ritual se ha convertido en un oasis para mi rutina alcohólica. Es una luz, una promesa de entretenimiento tóxico en medio del tedio de todo lo que representa el "entre semana". Su cómodo horario de lunes a miércoles (cierra a las 11 pm) hace que no haya pretextos para desvelarse. (De jueves a sábado cierra alrededor de las 2 am). Ahí se reúnen buenos amigos, de esos que uno frecuenta poco, y el amable staff que siempre te recibe con el gusto de los anteriores. El resultado es un ambiente realmente encantador.

El menú trata de ser lo más cercano y fiel posible a lo regional oaxaqueño: mezcal (obvio), cervezas de chasers, quesillo, habas enchiladas y tamales. La verdad es que en este asunto soy un neófito, porque la primera y única vez que fui a Oaxaca, tuve miedo de probar el místico aguardiente. Sin embargo, en poco tiempo he encontrado una noble bebida que como todas las cosas, no hay que perderle el respeto.

Hace unos cuantas semanas Memita Cremita, mi fiel compinche, y yo nos dispusimos ampliar las posibilidades de la mezcalería. Un viernes cualquiera, Cremita me preguntó si quería ir a a echar un mezcalito para precopear. Acepté sin dudarlo y mientras manejaba por Minería para llegar al recinto en cuestión, Mema me marcó al celular. Citándolo, dijo que estaba "hasta el moco", pero que podíamos probar la sucursal a escasas dos cuadras de la original.

El negocio de la mezcalería ha resultado ser uno tan prolífico, que los socios están abriendo sucursales en diferentes partes de la ciudad. Su estrategia es clara, buscan barrios bohemios y plazas concurridas. Hasta ahora sé que que con la desaparecida en Coyoacán, han existido cinco mezcalerías en la ciudad bajo el mismo concepto de "la Botica". Las mezcalerías siguen el mismo modelo de expansión de negocios que Starbucks. Cada una de Las Boticas es exactamente igual a la otra, cuidan meticulosamente la decoración, los menús, las mesas, las sillas, los muñequitos de Star Wars ochenteros que decoran las barras, el póster del maguey sobre una plasta de color rosa, etc. Todas son exactamente iguales, cambiando únicamente en la distribución de los locales y en dimensiones. Lo que cambia es el ambiente y, por absurdo que parezca, de una mezcalería a otra, se pueden encontrar tribus urbanas radicalmente opuestas.

Ese viernes en el que Memita y yo quisimos olvidar un día lleno de trabajo de oficina y que nos vimos obligados a sentarnos en la mezcalería de Campeche, en vez de la de Alfonso Reyes, pude constatar este fenómeno. Tan pronto entré Mema me recibió aliviado y es que en la mesa junto a nosotros estaba un "pseudomodelo" con espíritu condesero. De esos que dicen palabras como "trendy", "fashion" e "in". Cuando me senté y dejé mi mochila en una silla vacía, una mesera muy guapa, como las que suelen atender estos lugares, me preguntó qué quería beber.

Yo sé lo que va a tomar. Un...contestó por mí el imbécil de la mesa de junto.

La verdad es que ni siquiera supe que dijo, pero el hecho de que se sintiera el rey del lugar y que podía meterse en la comanda de los que ahí estábamos me enervó.Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, Mema y yo volteamos hacia el tipejo con jetas y le dijimos "nah" que no tenía idea qué íbamos a pedir.

Un minero y una Pacífico por favor ordené, dirigiéndome exclusivamente a la apenada mesera.

El imbécil regresó su atención a seguir tratando de impresionar a su pareja, una mujer claramente más grande que él, con un corte de pelo y un atuendo que trataban de ser trendy, fashion e in.

Para todo esto, Memita estaba absorto en la conversación que estaban teniendo en otra mesa, también vecina a la nuestra. Eran tres hombres de unos cuarenta años, teniendo una discusión a un volumen tal, que el resto de los que estábamos en el diminuto lugar podíamos participar.

¿Oíste lo que dijo? me preguntó Mema.

No, ¿qué?

"Las piezas, del ajedrez de la vida, se acomodan solas..." citó mi amigo y yo me cagué de la risa.

Después de unos 20 minutos de beber nuestros mezcales y cervezas en silencio, observando a los comensales y a sus amigos que pasaban a visitarlos vestidos de colores fosforescentes en este ya tan choteado revival de los ochentas, y de escuchar las pláticas incoherentes y molestas, en un acto de completa intolerancia, pedimos la cuenta.

¿Por qué se van? preguntó la mesera desconsolada.

Básicamente por la gente le respondió Mema.

Somos regulares de Alfonso Reyes agregué.

Ahhhhh, sí aquí en Campeche es otra cosa. Pero... no se vayan. Porfa. nos contestó es que afuera hay unos patanes a los que no les quiero dar la mesa. Sólo quédense en lo que paso a otros.

Con su comentario, esa noche de viernes, seguía poniéndose cada vez más rara. Era muy evidente que ella tampoco estaba cómoda trabajando ahí. ¿Pero cómo puede un lugar cambiar tanto a unas cuantas cuadras de distancia de su sucursal?

Mema y yo no quisimos averiguarlo y nunca más volvimos ahí. Nos quedamos en Alfonso Reyes, de donde nunca debimos haber salido.

* Gracias a los autores de las fotos que tomé prestadas en Flickr.

sábado, 13 de octubre de 2007

I ♥ PV

A esa parte zen dentro de mí le choca aceptarlo, pero a veces, me enojo con quien menos debo. Me desquito con alguien que lo único malo que hizo fue estar, como dicta el cliché, en un mal momento, en un mal lugar. Es una pena, pero en general así somos los seres humanos: vengativos, rencorosos, caprichosos y berrinchudos. Sin embargo, esta condición de pasarnos la vida buscando punching bags, por más natural que sea, debe parar. Por eso, mi necesidad de reivindicar y hacer las paces con quienes han salido embarrados en mis derroches neuróticos.

Hace un poco más de un año viví una cierta historia de desamor, que como todas las grandes catástrofes, acabó damnificando a por lo menos un inocente. En mí caso, tras el resquebrajamiento en cientos de pedazos de mi corazón, le agarré una tirria espantosa, no a una persona, sino a un lugar. La verdad es que Puerto Vallarta nunca me hizo nada malo, simplemente fue la locación en la que sucedieron ciertos acontecimientos muy dolorosos. De alguna forma, en mi cabeza existía una pelea por el amor de una mujer, entre buenos (la Ciudad de México y yo) contra malos (Puerto Vallarta y un exiliado que ahí vive).

Mi reacción hacia la pobre ciudad del Pacífico fue, sobre más, desproporcionada. Cada vez que alguien me decía que visitaría el lugar, yo contestaba plantando una jeta inconsciente, que probablemente, más que aparentar mi apatía, se me juzgaba de envidioso. A su regreso todas las personas que visitaban esta playa, hablaban maravillas, acentuando mi desaire. Incluso, cuando llegué a escuchar que el puerto era amenazado por algún huracán, deseé que éste le pegara con la misma furia que vivía en mí. No me importaban ni las víctimas ni las consecuencias.

Hace no mucho, tuve que hacer un viaje de negocios a Puerto Vallarta. Una de esas cosas que salen de sorpresa y que uno, simplemente tiene que hacer. Decir que mi motivación estaba renuente al viaje es una auténtica sobrevaloración de cómo me sentía al respecto. Vomitaba la idea como en resaca de borrachera de más de tres licores diferentes. Pero cuando la economía rige las decisiones, hay poco por decidir, así que emprendí el viaje.

Después de sobrepasar mi latente miedo a los aviones, aterricé en Vallarta. Mientras recorría el gusano para llegar al gate, el 89 por ciento de la humedad que había en la ciudad se apoderó de mis movimientos, convirtiéndome en un letárgico animal bípedo, que se desplazaba con la gracia de un manatí fuera del agua. Durante el trayecto del taxi al hotel me la pasé contestando los mensajes y llamadas que inesperadamente recibí durante el vuelo, mientras precavidamente, mi celular permanecía apagado. Finalmente, llegué a mi habitación con una fresca bienvenida del aire acondicionado. Esa noche, después de arreglar la presentación que me había llevado hasta allá, dormí poco pero muy profundamente.

A diferencia de este relato, la reunión fue breve y concisa, por lo que para el medio día yo ya había cumplido con mis obligaciones, quedándome cerca de ocho horas antes de tomar el vuelo de regreso. Me fui tres a la playa, donde el calor y los borbotones de sudor que escurrían de mi frente, hicieron imposible poder seguir leyendo la novela que llevé conmigo. Simplemente me recosté en el camastro y dejé que el ruido de la temporada baja, me arrullara durante una siesta. Después caminé por la arena hasta donde el sol me permitió, regresé y me fui directo a la habitación para darme un baño de aire acondicionado.

Me quedé dormido otra media hora y me metí a la regadera para quitarme, como alguna vez me dijo la chava de Sonora, lo "chucatoso" o pegajoso por el sudor. Me volví a vestir y pedí a un taxista me llevara al malecón, que por mi misma misión de trabajo, estudié la noche anterior, generándome mucha curiosidad. Después caminé por el pueblito y me refugié en un Starbucks esperando encontrar un auténtico contraste de temperaturas. Al no ser así, seguí caminando y tomé otro taxi de regreso al hotel para empacar. La experiencia rebasó por mucho mis expectativas.

Realmente no pasé más de 18 horas, pero creo por mucho que fueron de las mejores 18 horas de mi vida. Hoy no sólo me doy cuenta que Puerto Vallarta nunca me hizo nada malo, sino que entiendo al exiliado, que en algún momento fue mi enemigo virtual, y las razones por las que se mudó ahí.

Quién sabe, en una de ésas, tal vez y lo alcanzo algún día.

martes, 2 de octubre de 2007

Historias de la publicidad, en boca de un economista. Vol. I

Hoy, cuando no podía ser un día más frustrante, en el que apenas y juntaba dinero suficiente para la renta de mi departamento, por ahí de las 12 del día recibí una llamada de un tal Antonio que me dijo, ― ¿Tocayo? Hola.

― ¿Quién habla?― le pregunté.

― Toño, tu tocayo― a lo que yo me quedé callado.

― Toño de sistemas― siguió ―. Oye, ¿quería saber si me podías prestar tu computadora?

Le contesté que no podía, que estaba esperando cambios del storyboardista y que me urgía mandar un mail.

― Es que me la vas a tener que prestar. Es muy importante. Yo no estoy en la oficina, pero ahorita va a ir contigo Marco― justo en ese momento Marco, un hombre no muy alto con la cabeza rapada tocó mi hombro ―. Le tienes que dar
tu computadora a Marco. Ahorita.

― Pues voy a tener que hablar con mi jefa, yo no le puedo dar la computadora a nadie. Estoy muy ocupado ― contesté, ya encabronado.

― Te vamos a dar otra― respondió mi "tocayo"
.

― Muy parecida― agregó Marco como si se hubieran puesto de acuerdo en su sincronizado plan macabro.

― Ni madres. Yo no les voy a dar nada. Voy a hablar con mi jefa que dudo mucho que esté de acuerdo con esto...

― A ver, dame la extensión de Cecilia ― interrumpió Antonio.

Colgué con él, y cual mafioso esperando la orden para acatar una sentencia Marco dijo, ― yo espero.

Acabé de mandar el mail y salí rabioso a ver a mi jefa. Antonio acababa de hablar con ella y no hubo nada más que hacer. Mi máquina fue asignada a alguien más.

Esperé toda la tarde para recibir mi nueva computadora, molestando al pobre becario para que me dejara checar mi correo en la suya. Finalmente me dieron la de la antigua directora creativa. Mucho peor que la que me quitaron.

Esta misma tarde, Cecilia me pidió que fuera a recoger un premio porque habíamos resultado finalistas en el concurso de publicidad infantil, El Chupete, por nuestro comercial de "Pancitas Felices". Subí al escenario con Luis Bassat (creativo multigalardonado en Cannes, Presidente de Bassat Ogilvy en España y candidato para presidir el FC Barcelona) y Rodrigo Ron (Presidente del festival), me tomaron unas fotos con el premio y me fui a casa, esperando ahora, juntar dinero para pagar las tarjetas de crédito.

jueves, 9 de agosto de 2007

Una de cal

En la película de los Simpsons hay una escena en la que Homero pregunta qué es una epifanía. Hace rato tuve una. Fofa, mi compañera brasileña de piso, no lo pudo haber dicho mejor, "cuando la gente está machucada, hace muchas cosas que no haría normalmente, y que seguro, después se arrepiente".

Sin sonar a justificación, creo que he estado "machucado" muchas veces y he dicho y hecho cosas que desafortunadamente han embarrado a mucha gente. Si usted, amable lector, es una de ellas, de todo corazón le pido una disculpa.

domingo, 3 de junio de 2007

No es que no exista, es que está subestimado

Tengo entendido que Luceli conoció a Mehdí en un viaje que hizo por Europa. Rápidamente Luceli se enamoró del mejor amigo de Mehdí y éste de la amiga de Luceli. Después, el viaje terminó y con él, el romance. Luceli encontró a Mehdí y empezaron a platicar todos los días por messenger. Se encontraron en otro viaje a Nueva York y se enamoraron. Uno realmente no escoge de quién se enamora ni donde. Se fueron a vivir juntos a Canadá y el sábado pasado los conocí a ambos en su boda.

Mehdí nació a más 13 mil kilómetros de México, en Irán, lo que probablemente lo puso en conflicto con su amada durante la pasada copa del mundo, cuando los países se enfrentaron en el primer partido del grupo. Después del primer tiempo y estar empatados a un gol, México ganó 3-1, tras las anotaciones de Omar Bravo y de Zinha. No tengo idea cómo lo habrán vivido Luceli y Mehdí, pero lo que si es un hecho, es todo lo que tuvieron que pasar para casarse.

Para llegar a la boda, los papás de Mehdí fueron a la embajada mexicana en Irán, donde cual oficina de gobierno se las hicieron de tos con todos los papeles, trámites, formas y demás burocracias para conseguir la visa. Parece que la presión gabacha para frenar la inmigración de Medio Oriente ya permeó en nuestro país. Finalmente los padres del novio tuvieron que dejar empeñadas las escrituras de sus propiedades en Irán en nuestra embajada, para poder venir. Más de 30 horas de vuelo después llegaron a México y celebraron la unión de su hijo como pocas veces tiene uno oportunidad de presenciar.

La misa fue en realidad una bendición extraña, como me lo explicó Emilia, mi date para la ocasión. Le dijo a mi agnóstico e inculto ser que la diferencia radicaba en que no hubo lectura del evangelio. El cura le pidió a Luceli que le explicara a Mehdí que le daba la bienvenida a "su iglesia, a su Dios y a su familia". Me gustó el detalle, suelo no coincidir ni congeniar mucho con el clero.

Ya en la recepción hubo un buffet de antojitos mexicanos, que no estaban mal pero tampoco increíbles. Durante la cena, el DJ puso ese disco de éxitos de los 90s en jazz que tanto suena ahora. Después de cenar, los novios pasaron a una especie de altar donde los papás de él practicaron una ceremonia, en donde a los recién casados se les espolvoreó azúcar y compartieron diferentes dulces típicos de Irán, para que tengan "un matrimonio dulce". Cuando ya abrieron pista, el DJ mezcló la típica música de boda ("pasamé la botella", caballo dorado, todas las de los animalitos, reggaeton, etc.) con éxitos iraníes. Cuando estos sonaban, los mexicanos en la pista se hacían un poco para atrás y aplaudiendo dejaban a los familires de Mehdí bailar. Reacción extraña siendo que la música era tan exótica como el "Buddha Bar".

El momento que más me conmovió en la noche fue el video que la hermana de Luceli dedicó a los novios. Más allá de ser el típico video de graduación, con imágenes que narran cronológicamente el encuentro de ambos amantes, sobrepuesto a la canción de "te amaré" de Miguel Bosé, logra por completo, y debo decir sorprendentemente, capturar el amor que verdaderamente se vibra entre estas dos personas.

Luceli y Mehdí se conocieron por accidente, tuvieron ondas respectivamente con sus mejores amigos y por azares de la vida, terminaron profundamente enamorados. Se casaron en México en una boda que, con mucho esfuerzo, trataba de ser como las demás bodas: las amigas de la novia corriendo como gallinas sin cabeza al rededor del salón antes del ramo, los novios bailando "You're still the one" de Shania Twain, los colados como yo, tratando de beber gratis. Sin embargo, la boda de Luceli y Mehdí fracasó en su objetivo de ser como las demás. Fue una auténtica celebración del amor entre dos personas y todos los presentes, iraníes, mexicanos y canadienses brindamos por éso. ¡Salud!

martes, 29 de mayo de 2007

Ahora en papel

En la más reciente entrega de la revista Quo aparece la primera colaboración que hice para ellos, disponible en todos los puestos de revistas del país.



lunes, 28 de mayo de 2007

Más de lo que ves

La premisa de Transformers, la próxima película Michael Bay y de las caricaturas que con tanta devoción veía en los ochentas, es que un grupo de robots extraterrestres emigran a la Tierra, ante la falta de alimento en su propio planeta. Como si los 6,602,224,175 individuos que actualmente la habitamos no fuéramos suficientes. El caso es que como son robots gigantes y los seres humanos somos bastante paranoides, toman la forma de diferentes vehículos para camuflajearse entre nosotros. De esta forma se "transforman" a voluntad de una cosa a otra y de ahí, el título de la historia. Yo quiero ser un Transformer.

Desde niño siempre he sido muy aprehensivo, producto tanto de la educación terrorista que recibí, como de mi propia personalidad. El problema es que al combinar ambos factores, me convertí en alguien muy susceptible e incluso frágil ante la frustración. No me gusta que las cosas no salgan a mi manera. Cuando quiero algo, cuando por fin me cae el 20 y me doy cuenta de que éso es lo que necesito, hago todo en mi poder para conseguirlo. Soy tenaz, ambicioso y hasta rayo en lo obsesivo. Claro, para llegar hasta ese punto pasaron varios sentimientos opuestos como desidia, conformismo y hasta la más pura hueva.

Cuando uno va por algo, siempre hay un límite en nuestras posibilidades, no todo depende de nosotros y sería muy ególatra pensar lo contrario. En cualquier meta, proyecto o esfuerzo hay una variable exógena cuyo desenvolvimiento no depende para nada de uno. A esta variable exógena la llamamos "suerte".

Es horrible pensarlo así, pero es vital aceptar la suerte y ponernos a sus pies, cuando ya hemos hecho todo lo que sí estaba en nuestras manos para ver el desenlace en cuestión. Una entrevista de trabajo por ejemplo. Puede ser el trabajo para el que naciste, prepararte para las entrevistas y exámenes, vestirte con tus mejores trapos, tener un extraordinario desenvolvimiento, la gracia y el carisma necesarios, pero ¿de qué depende realmente? Que no haya alguien con mejor curriculum, mejores trapos, más agradable, gracioso y seguro de sí mismo, con más experiencia o que simplemente le guste más al reclutador. Siendo muy honestos, que ése ser asqueroso llegara por el mismo puesto que uno, realmente no depende de nosotros.

Siendo consciente de todo esto, últimamente han habido cosas que me han salido bien y cosas que no; cosas con las que sé que no he hecho todo lo que tenía que hacer para conseguirlas y aun así las logro, y contrariamente, cosas en las que realmente me he esforzado pero me la he pelado. De niño pensaba que cuando algo no me salía bien, es porque en futuro sería compensado por una fuerza superior, probablemente divina. Hoy me doy cuenta que básicamente la vida no es justa y la única compensación que uno obtendrá de un fracaso es el aprendizaje intrínseco del mismo. Es un hecho, cada cagada tiene su lección.

Por lo tanto, me guste o no, las cosas no siempre van a salir como yo las planeé, pero aceptarlo no le quita el tan grotesco sabor que deja la frustración. Por eso, como los Transformers me quiero convertir en algo para poder pasar desapercibido entre mis fracasos y creo que la forma que quiero tomar es la de un hippie. Pero no un hippie tocatambores de Coyoacán. Yo quiero ser uno como Jeffrey "The Dude" Lebowsky, con la indiferencia que le permite después de tener uno de los peores días de su vida, servirse un Ruso Blanco y tirarse en su tapete a contemplar el techo de su departamento.

Me quiero transformar en alguien que, al final del día, se muerda la lengua y sonría.